En el silencioso desplazamiento de una fuente de noticias, sucede. Aparece una foto de hace cinco años, un recuerdo que nos ofrece un algoritmo que no entiende la muerte. Ahí está tu amigo, sonriendo, capturado en un momento de vida vibrante. O aparece una notificación de cumpleaños de un ser querido que nunca volverá a cumplir un año más. Estos son los encuentros espectrales del siglo XXI, las colisiones inevitables con nuestros «fantasmas digitales».

Cuando una persona muere, su vida física termina, pero su yo digital a menudo persiste. Los perfiles de redes sociales, los álbumes de fotos, las entradas de blog y años de actualizaciones de estado casuales permanecen, congelados en el tiempo como una Pompeya moderna. Esto crea un panorama nuevo e inexplorado para el dolor, un espacio donde los muertos no han desaparecido por completo. Existen en un estado de limbo digital; sus perfiles se convierten en monumentos, archivos y, para algunos, heridas abiertas. Este fenómeno de la inmortalidad digital nos obliga a plantearnos una pregunta profunda: en una era de presencia perpetua en línea, ¿el duelo termina realmente alguna vez? ¿Y cuáles son las nuevas reglas para el duelo en un mundo en el que los fallecidos están a solo un clic de distancia?

La doble naturaleza del fantasma digital: consuelo y cruel recordatorio

Para muchos, estos restos digitales son una profunda fuente de consuelo. Los rituales tradicionales de duelo suelen estar limitados en el tiempo: se celebra un funeral, se observa un período de luto y se guardan recuerdos físicos, como fotografías y cartas, para visitarlos con intención. Sin embargo, las redes sociales ofrecen algo diferente: un archivo persistente y vivo.

Los psicólogos llevan mucho tiempo debatiendo la teoría de los “vínculos continuos” del duelo, que postula que puede ser saludable mantener una conexión con el difunto en lugar de buscar un desapego completo (Klass, Silverman y Nickman, 2014).

Los perfiles digitales son una herramienta poderosa para ello. Un cónyuge en duelo puede releer mensajes antiguos, un hijo puede ver vídeos con la voz de su padre o madre, y los amigos pueden desplazarse por años de recuerdos compartidos, fotos y bromas privadas. El muro del perfil se convierte en un espacio común para el recuerdo, donde las personas pueden publicar homenajes, compartir anécdotas y llorar colectivamente mucho después de que haya terminado el funeral. En este sentido, el fantasma digital es una presencia reconfortante, un testimonio de una vida vivida plenamente y una forma de mantener el recuerdo de esa persona integrado en el tejido del presente. Proporciona un espacio compartido donde la afirmación “viven en nuestros recuerdos” se vuelve tangible e interactiva.

Sin embargo, esta misma persistencia puede ser una fuente de dolor profundo e interminable. Los algoritmos que ejecutan estas plataformas no están diseñados para la pérdida humana. Están diseñados para la participación, no para la empatía. La aparición repentina de un “recuerdo” puede ser una intrusión discordante y desagradable, que reabre las heridas del dolor sin previo aviso. Una notificación de cumpleaños puede parecer una broma cruel. Ver el perfil del difunto sugerido como “una persona que quizá conozcas” es un fallo técnico que se percibe como un error espiritual.

Para algunos, esta accesibilidad constante impide el proceso psicológico necesario para aceptar la irrevocabilidad de la muerte. El duelo requiere reconocer la ausencia, pero el yo digital está perpetuamente presente. Esta paradoja puede frenar el proceso de duelo, atrapando a las personas en un ciclo de recuerdo que roza la obsesión. El fantasma digital, que para algunos es una presencia reconfortante, se convierte para otros en un recordatorio constante y doloroso de lo que —y a quién— se ha perdido. La naturaleza estática e inmutable del perfil puede subrayar la brutal realidad de que, aunque su huella digital permanece, la persona que la creó se ha ido para siempre.

El cambio sociológico: el duelo público y el velatorio digital

La vida después de la muerte de nuestro yo virtual también ha alterado fundamentalmente la sociología del duelo. El dolor, que antes era una experiencia relativamente privada o limitada a la comunidad, ahora se manifiesta a menudo en un escenario público. El muro de Facebook o la página de Instagram de una persona pueden transformarse en un velatorio público espontáneo. Amigos, conocidos e incluso desconocidos pueden publicar mensajes de condolencia, creando un vasto y, a veces, abrumador tapiz de dolor colectivo.

Esto tiene sus ventajas. Permite una forma más democratizada de duelo, en la que personas que quizá no hayan podido asistir al funeral físico (debido a la distancia o a sus círculos sociales) pueden participar en el acto de recuerdo. Para la familia, puede ser una poderosa afirmación ver cuántas vidas ha tocado su ser querido (King y Carter, 2022).

Sin embargo, también introduce nuevas presiones y complejidades sociales. ¿Existe una forma “correcta” de publicar un homenaje? ¿La manifestación pública del dolor se convierte a veces en algo más relacionado con el doliente que con el difunto, una forma de “dolor performativo”? La línea entre el pésame sincero y la postura social puede volverse borrosa. Además, este proceso de duelo público elimina la privacidad que tradicionalmente ha protegido a las familias en sus momentos más vulnerables, exponiendo su dolor crudo al escrutinio de un público más amplio.

El campo minado ético: interactuar con los muertos

Esta nueva realidad plantea una serie de cuestiones éticas para las que no existe un protocolo establecido. ¿Cuáles son las reglas para interactuar con el perfil de alguien que ha fallecido?

  • ¿Es apropiado publicar en su muro? Para muchos, escribir “Feliz cumpleaños” o “Te recuerdo” es una forma de sentirse conectados. Para otros, especialmente para los familiares cercanos, ver estos mensajes de conocidos casuales puede resultar angustiante.

  • ¿Se les debe etiquetar en las fotos nuevas? Etiquetar a un amigo fallecido en una foto de un evento grupal al que habría asistido puede ser un gesto cariñoso de inclusión, pero también puede ser un doloroso recordatorio de su ausencia y provocar notificaciones no deseadas para su familia.

  • ¿Quién controla el legado digital? Este es quizás el desafío ético más importante. Las personas fallecidas rara vez dejan un “testamento digital”. ¿Tiene la familia derecho a acceder, administrar o eliminar sus cuentas? ¿Qué pasa si los deseos de la familia entran en conflicto con lo que creen que hubiera querido el fallecido? (Bak y Willems, 2022).

Las empresas tecnológicas han tardado en responder, pero están empezando a ofrecer soluciones. La función “memorializar” de Facebook congela un perfil, impidiendo nuevas solicitudes de amistad y recordatorios de cumpleaños, mientras permite a los amigos existentes publicar recuerdos en la biografía. También ofrecen una opción de “contacto de legado”, en la que el usuario puede designar a alguien para que gestione su cuenta memorializada. El “Administrador de cuentas inactivas” de Google permite a los usuarios decidir qué ocurre con sus datos tras un periodo de inactividad.

Se trata de pasos en la dirección correcta, pero hacen recaer en el usuario la responsabilidad de planificar su muerte digital, algo que pocas personas, especialmente los jóvenes, se plantean. Sin directrices claras, las familias a menudo se ven obligadas a lidiar con un proceso burocrático complejo y emocionalmente agotador para obtener el control de los activos digitales de sus seres queridos.

El futuro: IA, chatbots y nigromancia digital

A medida que avanza la tecnología, el concepto de inmortalidad digital está evolucionando hacia un territorio aún más complejo. El auge de la inteligencia artificial ha dado lugar a la aparición de la “tecnología del duelo”, servicios que pueden crear chatbots a partir de la huella digital de una persona fallecida. Mediante el análisis de sus correos electrónicos, mensajes de texto y publicaciones en redes sociales, una IA puede aprender a imitar su personalidad y estilo de comunicación, lo que permite a sus seres queridos “hablar” con ellos después de su muerte (Hollanek y Nowaczyk-Basińska, 2024).

Esta tecnología, explorada de forma famosa en la serie de televisión Black Mirror, se mueve en una delgada línea entre la herramienta terapéutica y una forma profundamente inquietante de nigromancia digital. ¿Podría un chatbot proporcionar una sensación de cierre, permitiendo a alguien decir un último adiós? ¿O crea una ficción peligrosa, un eco hueco que impide la verdadera aceptación y la sanación? Las implicaciones éticas son abrumadoras, obligándonos a enfrentarnos a lo que significa preservar un recuerdo frente a crear una continuación artificial de una persona.

Navegando por el nuevo duelo

Somos las primeras generaciones que se enfrentan a la permanencia del alma digital. No hay precedentes históricos sobre cómo llorar la muerte cuando los difuntos permanecen tan visibles entre nosotros. La vida digital después de la muerte no es ni buena ni mala en sí misma; es un reflejo de la naturaleza dual de la memoria, una fuente tanto de consuelo como de dolor.

En última instancia, la experiencia es intensamente personal. Para algunos, un fantasma digital es una conexión apreciada; para otros, es un espectro que acecha su camino hacia la sanación. A medida que avanzamos, debemos desarrollar un nuevo tipo de alfabetización digital: un protocolo de la muerte.

Debemos conversar con nuestros seres queridos sobre sus deseos digitales y debemos aprender a navegar por estos espacios con compasión, reconociendo que detrás de cada perfil hay una compleja red de relaciones humanas y un viaje único de duelo.

Es probable que nuestra identidad en línea nos sobreviva a todos, y depende de nosotros, los vivos, decidir si estos legados digitales serán santuarios para la memoria o prisiones de un duelo sin fin.

Bibliografía

Bak, M. A. R., & Willems, D. L. (2022). Contextual exceptionalism after death: An Information Ethics approach to post-mortem privacy in health data research. Science and Engineering Ethics, 28(4), 32.
Hollanek, T., & Nowaczyk-Basińska, K. (2024). Griefbots, deadbots, postmortem avatars: On responsible applications of generative AI in the digital afterlife industry. Philosophy & Technology, 37(2).
King, R., & Carter, P. (2022). Exploring young millennials’ motivations for grieving death through social media. Journal of Technology in Behavioral Science, 7(4), 567–577.
Klass, D. E., Silverman, P. R., & Nickman, S. L. (Eds.). (2014). Continuing bonds: New understandings of grief.