No sobrevive quien puede, sino quien decide sobrevivir.

(Matilde Fernández)

El paso de la Edad Media hacia un mundo en expansión, marcado por descubrimientos, nuevas comprensiones del tiempo y transformaciones en la economía, provocó una mutación radical en la sociedad. La difusión de libros y el avance de la cultura aceleraron el cambio. La Edad Media, con su estructura rígida, entra en declive y finalmente desaparece.

Este giro abrupto impacta profundamente el alma humana. El ser humano ya no se conforma con obedecer: quiere saber, quiere conocer.

Atrás queda una de las herramientas más efectivas del poder eclesiástico dominante: la excomunión. Durante siglos, esta fue la amenaza impuesta a todo aquel que osara pensar diferente: reyes, nobles o vasallos. Cualquiera que cuestionara o indagara en busca de la verdad era considerado hereje por la Iglesia católica, que no admitía el pensamiento libre ni el diálogo.

Con el humanismo, el hombre se convierte en el centro de los acontecimientos. El “yo soy” se vuelve símbolo de la autoconciencia: el hombre como dios menor en la Tierra. “Soy hombre; nada de lo humano me es ajeno” —la famosa sentencia “Homo sum”— expresa el antropocentrismo de esta nueva era.

En este contexto se busca también claridad en la teología religiosa, intentando equilibrar razón y fe. Las necesidades del ser humano —animal racional— se encuentran en el libro El elogio de la locura de Erasmo de Róterdam, una obra hábil para explicar las contradicciones del pensamiento humano.

Una especie de fragmento del humanismo entre la Edad Media y el Renacimiento que arropa una de las frases del propio humanismo: “soy hombre, nada de lo humano me es indiferente”. Su obra fue publicada en París en 1511, aunque escrita dos años más tarde.

Según Erasmo, la creación divina ha dividido a los hombres entre quienes aman lo material y el dinero, aquellos cuya conciencia está guiada por la necesidad, y quienes alcanzan la sabiduría, desapegados de lo terrenal y muchas veces olvidados por el mundo. Pero hay una necesidad que está por encima de todos los demás, y Erasmo la expresa con una claridad cristalina.

Capítulo XVII – La mujer, encarnación de la necesidad

...la mujer es la misma necesidad en persona dice El elogio de la locura, pero no con desprecio, sino con ironía. Si se mira de cerca —insiste— es gracias a la necesidad de que las mujeres gozan de ciertos privilegios que las hacen más dichosas que los hombres.

Poseen, en primer lugar, el don de la belleza, que anteponen a todo y que, por sí sola, ejerce dominio incluso sobre los más poderosos. ¿De dónde proviene la rudeza del hombre, su piel velluda, su barba espesa y su aspecto envejecido incluso en la juventud, si no del hábito de la cordura? En cambio, la mujer conserva la voz fina, las mejillas suaves y el cutis delicado, como si fuese imagen de juventud perpetua.

¿Qué anhelan más las mujeres, sino agradar a los hombres? ¿Y no está todo dirigido a ese fin? Sus adornos, tintes, baños, peinados, perfumes y afeites. Todo ese arte de embellecer, de pintar el rostro, de fingir y agradar.

Y entonces, ¿no es justamente la necesidad lo que las hace encantadoras? ¿Hay algo que los hombres no les perdonen? ¿Y todo por qué? Por el borrado.

Lo que deleita, dice Erasmo, es la necesidad. Incluso los caprichos y torpezas del hombre se disculpan si son movidos por el deseo, que despierta a la mujer.

La locura como necesidad esencial

La locura no solo es inevitable: es necesaria. Es impulso de amor, arte, fe y placer. Pero también sirve para revelar las locuras verdaderas: las del poder, la vanidad, la corrupción y el fanatismo.

Incluso el arte puede ser víctima de esta locura. El Elogio llega a despreciar aquellas obras genuinas que no se ajustan al gusto superficial del mercado. Cuántas veces el arte verdadero es reemplazado por modas vacías, saturadas de colores de moda amarillos, rojos, solo para satisfacer la demanda de las academias o las vanguardias.

Reflexión final: la locura sagrada y el hombre que envejece

Cuando reflexionamos con razón empírica —deductiva, racional— o con razón experimental —inductiva, basada en la experiencia—, descubrimos que la llamada "locura sagrada" se manifiesta en los santos, místicos y mártires. Aquellos que parecen locos ante el mundo, pero están guiados por una sabiduría superior, celestial.

En cambio, muchos intelectuales vanidosos se creen sabios, pero son necios orgullosos que se pierden en disputas estériles. Y lo mismo sucede con políticos y gobernantes, que viven en la farsa de creerse justos, cuando en realidad son guiados por la ambición y el deseo de aprobación.

Finalmente, Erasmo observa con agudeza que cuanto más el hombre se acerca a la vejez, más se parece a un niño. Y como un niño, el viejo parte de este mundo sin sufrimiento, sin el cansancio de la vida ni el peso de la muerte. Así se cierra el ciclo de la vida. Pero, por otro lado, advierte que el mundo apenas encuentra una porción de razón para el poder debido a una confusión sin sentido.
Todas las locuras, necesarias para ser feliz...