En la historia de Poli con la constante Constanza, surge la cuestión de interpretarla en sus más profundas pesadillas. Es obvio que, desde el principio, nuestro héroe ya está condenado. Peor aún cuando –como primera cita– ella nos espera en un cine de lunes. Y lleva consigo toda la parafernalia de esos terrores de juguete, que no obstante nadie sabe cómo comienzan, cuándo se anudan, dónde cuernos se van a terminar.
No me presiones demasiado
Será mejor que corras por tu vida (corre por tu vida)
Cuando estoy de espaldas a la pared (a la pared)
Podría hacer cualquier cosa.(Back To The Wall – Divinyls)
Qué detalle –observa Poli delante del afiche de Freddy Krueger–. Mi sueño más preciado, en manos de una pesadilla. Se lo dice a Constanza con aire canchero e ingenioso. La chica no entiende el halago. Se mantiene callada, distraída, examinando el póster. No importa. Aunque tal vez sí. Que no lo haya entendido, quizás sea señal de que Constanza no está en su misma sintonía. Y eso no está bien. Porque ella me gusta, confirma Poli mientras la admira a escondidas: Cos está hermosa en su pelo suelto, musculosas blancas, zapatillas y pollera de jean. Y la carterita que le cruza las tetas le otorga un aire de pendeja lujuriosa. Al verla así tan sensual e inalcanzable, el pibe se siente como en su propia película de terror: y si no me da bolilla, se pregunta. Si esta cita me sale mal. Ahí sí que mi sueño se volvería pesadilla. Sería como una doble pesadilla. La pesadilla de una pesad
Qué estás murmurando, le pregunta Constanza. Nada, nada, responde Poli como volviendo a tierra, al hall del cine Colón. Esperame acá, voy a comprar las entradas, le dice medio a las bartolas apuntando para la fila de la boletería. Y moviendo las manos como en garras de imaginarias navajas, le tira otro de sus ingenios: no te vayas a dormir, eeehhh. Constanza lo mira, entre rendida y fastidiosa. Metele, boludo, le apura. Que ya está por empezar. De inmediato, Poli se siente ridículo, un papanatas desubicado, un lelo sin gracia. Cuando Constanza lo trata como a un pelele, la pesadilla que lo intranquiliza está más cerca de volverse real.
Al cruzar los cortinados de la sala, los disuelve la oscuridad. Poli no se esperaba esto. Tenía la idea de entrar temprano, llevar a Constanza a la mejor butaca –ni tan adelante ni tan atrás–, contarle algunas de sus mejores astucias y, mirándola a los ojos, envolverla a través de frases y chistes oportunos. Alguien le había dicho, acaso su madre, que sus ojos y su ingenio eran sus mejores encantos. Quién sabe. Las madres suelen decir esas cosas.
El tema es que ahora ya no puede intentar la seducción, al menos hasta que se termine la peli. Ahh, si no hubiera perdido tanto tiempo haciendo cola. Pero cómo intuir que tanta gente iba a venir hoy. Poli se había confiado en que, como todo lunes a la siesta, el cine estaría tranquilo. Siempre ha sido así, al menos en los muchos lunes que él ha ido al Colón. Pero que hoy se equivocó, ya lo ve. O antes lo vio. Ahora ya no ve un corcho. Todo arrancó mal en esta cita. Ni la coca ni el pochoclo tuvo tiempo de comprarle. Cos pensará que soy medio rata, piensa. Una rata alta, flaca y huesuda parada en la espesa sombra. Y esa imagen ya se parece a otra pesadilla.
Dónde nos sentamos, le dice la chica. No veo nada. Poli achina los ojos para acostumbrarse a las penumbras. Peor que la negrura total, ahora los avances del próximo estreno bombardean la pantalla de claroscuros y sonidos estruendosos. Y como en un boliche de luces psicodélicas, el ambiente se torna complicado. Numerosas cabezas bailotean al temblequeo de unos bichos espaciales desparramados por una nave que –para colmo– anda como apagada. Tiene pinta de que va a estar buena.
Pero a Poli lo que le preocupa es encontrar asientos. Y rápido, antes de que Constanza empiece a criticarle su falta de decisión. Allá parece que hay lugar, balbucea. Vamos, Cos. Y llevado por una súbita excitación, intenta tomarla por la cintura. La chica lo rechaza. Pará, boludo, que quiero ver, le dice hipnotizada por el nebuloso tráiler. Cierto que me dijo que le gustan estas tipo Aliens, recuerda Poli. La podría invitar el próximo lunes. Eso lo entusiasma. Se lo susurra: se me ocurre que si tanto te gustan las de aliesssshhhtttttt, le corta Constanza, dejame ver, te dije. Entonces, sí: la charla previa se ha perdido definitivamente. Porque si la interrumpo ahora, piensa Poli, Cos se va a enojar. Y ahí sí que chau mi plan. Habrá que esperar hasta el final nomás, se resigna. Y se come una uña, tragado por su propia oscuridad.
Lo que también oscurece demasiado es la sala. Apagado el avance alienígeno, de nuevo no se ve un carajo. Aunque, a continuación, surgen los primeros créditos: Pesadilla 4 va a comenzar. Y ellos siguen ahí, en la entrada, de pie. Dónde nos sentamos, apura Constanza de súbito. Dale, boludo, que empieza. El muchacho se desespera. Quisiera decirle que es su culpa –toda culpa de ella– por quedarse mirando el puto tráiler. Se muerde los dientes, claro: lo que debe hacer, mejor, es solucionar el problema. Aunque está difícil. Unas lucecitas fúnebres pretenden ser guías en esa boca negra y de música inquietante. Y el acomodador –o mejor, su linternita– se ve por allá lejos, como si fuese el Virgilio de personas de mejor fortuna. Poli levanta una mano y lo llama con un hilo de voz. Señor, señor, eh, señor. La linternita se bambolea, cada vez más lejos. Jijiji, mañana va a venir si le llamás así, se burla Constanza. Ahora, además de perdido y nervioso, Poli se siente humillado. Su chica lo sigue tomando para el churrete.
Seguro no nos vio, se defiende. Le voy a hacer otra seña, y vas a ver que enseg
Daalee, locoo, que me quiero sentar, lo apura Constanza salticando de fastidio como un resorte nuevo. Poli entiende que no puede esperar más. Y harto de mostrarse indeciso, la agarra por la mano: una mano muy helada. Pero no hay aire en el Colón –que yo sepa, nunca tuvo un lujo semejante– y hoy hace calor. Por qué Cos está tan fría –se pregunta– cuando a mí me hierve la sangre de solo tocarla. Tal vez sea ese ardor el que lo lleva a decretarse un héroe. Yo la voy a cuidar, se dice. Su chica antes le ha dicho: me encantan las pelis de terror. Y también: no quiero perderme nada. Aunque me haga gritar de miedo. Ese detalle había resultado decisivo a la hora de invitarla. Porque no hay nada como un buen susto para acercar los cuerpos. Aunque Poli también le tenga cagazo a Freddy, debe portar el temple de caballero para defender a su princesa. De modo que anudándose a los dedos –tan fríos– se la lleva a donde sea, hacia adelante, hacia un hueco donde se puedan acomodar.
La tarea no es sencilla. Por uno de los pasillitos del costado, Poli se esfuerza por hallar no uno, sino dos lugares. Y que estén uno al lado del otro, además. Aún sin irrumpir en pantalla, entre calderas y cadenas, la sombra de Freddy Krueger se vuelve amenaza, justo igual que la cita con Constanza. Esto es un desastre, se dice Poli. Ya empezó y no hay un miserable asiento. Cos me va a matar. Y vuelve a pensar en el acomodador. Pero la linternita, extrañamente, se mueve como en chispitas lejanas e incomprensibles. Salta sobre las cabezas, va de un lado al otro, flota por los aires, toca los techos, se hunde en el piso y, al fin, desaparece.
Como un gato confundido por un láser, Poli se deja atrapar por ese insólito circuito. Es como un bichito de luz o –ahora se le ocurre– varios insectos zumbando como en enjambre. No serán avispas rojas, se pregunta con desconfianza. Y también: cómo entraron esos bichos acá. Atrapado por el enigma, advierte luego que la sala pareciera haber duplicado su tamaño –que yo recuerde, el Colón nunca fue tan grande–. Y encima está hasta el cuello. De dónde sale tanta gente. Y todos inmóviles, como maniquíes. Es extraño, murmura algo inquieto. Todo esto es muy
Su mano –no la que agarra a Cos, la que lleva tanteando respaldos– golpea alguna cabeza ancha. Nunca falla cuando se anda a ciegas. Escucha la queja y voltea a pedir disculpas. Aún la gruesa oscuridad, dos pares de pupilas legañosas y entreveradas le erizan la nuca. Tené cuidado, pendejo, le dicen a coro esos cuatro ojos sin rostro, en voces dobles como de lata. Atravesado por un espanto repentino, Poli reprime un gritito y se apura a voltear hacia la pantalla. En la peli, ve cómo una chica –tan linda, tan sexy, la chica– ha sido atrapada por la casa de Elm Street, señal de que el infierno onírico de Freddy ha sido inaugurado. Como buen adolescente impresionable, a Poli la escena lo estremece y lo mueve al escape. Pero la mano fría que lo aprieta – esta sí, la de Constanza– lo tironea con una fuerza que no lo deja avanzar.
Acá, Poli, le dice su chica, sentémonos acá. Y le muestra un par de butacas libres. ¿Cómo puede ser? Es justo donde estaban sentados los ojos, si es que acaso los ojos pudieran tomar asiento. ¿Qué mierda está pasando? Como sea, en ese sitio ahora no hay nadie. Ni ahí ni en las otras butacas alrededor. Qué puta me pasa, se pregunta el muchacho. La misma pregunta que le susurra su chica: qué te pasa, boludo. Estás blanco. Poli nota el sudor frío, la boca de pasto, las ganas de mear. Nada, nada, responde conteniéndose como buen hombrecito. Me mareé un poco por la oscuridad. Pero ya está. Vos lo dijiste: sentémonos acá.
Correrán treinta y tres minutos de cinta y la sala es ya una caldera de trastornos. Además de la histeria colectiva, Poli tiene que soportar los gritos de Constanza en el oído, las uñas rasgándole un brazo y unos respingos como de yegua desbocada que lo atormentan cada vez más. Tampoco era esto lo que se había imaginado. Antes que estimularle el deseo, su chica lo está contagiando de mudo pavor. De pronto, el héroe está hasta las patas. No recuerda haber tenido tanto miedo en su vida. Además del dream master, la atmósfera mefítica, el resuello de la gente, la sala como en niebla, todo le parece tenebroso. Acaso estaré soñando, se pregunta. Acaso Krueger me ha tomado como Materia de Pesadillas.
Sin embargo, un héroe no puede mostrarse blandito, no ante su futura novia. Algo tenés que hacer, viejo. Y rápido. Aprovechando un diálogo medio de relleno en la peli, se decide por lo primero que se le cruza. Tenés sed, le pregunta a su chica. Te compro una coca. En un guiño de buena fortuna, Constanza le dice que sí, que dale. Perfecto, festeja Poli por dentro. Voy al baño, me lavo la cara, me despejo. Y a ella, además de la gaseosa, le compro un chocolate sorpresa. Es un buen plan, se convence. Y se siente mejor. Ya vengo, Cos, le dice. Y ya reconciliado con sus miedos, insiste en otra de sus bromas de garras: no te vayas a dormir, eeehhh. Ajajaja.
Sin embargo, al intentar levantar un pie, la alfombra se lo retiene con fuerza. Poli no puede mover la pierna izquierda. Puta madre, qué es esto, dice mientras todo se le aleja: los gritos de Constanza, los arañazos, la muerte de una chica a quien Freddy ha convertido en cucaracha. ¡Ya es suficiente! Harto de tanta sugestión, redobla sus esfuerzos en silencio, tratando de no llamar la atención. Luego de una hosca resistencia, el pie comienza a despegarse, aunque se agarran a su zapatilla un embrollo de hilachas como de telaraña. El terror es tan inmediato que lo pone de pie al insulto de puta madre, puta madre. De inmediato, un estruendoso Shhhhtttt lo censura. A lo lejos, la linterna del acomodador lo apunta. Y es como poner al séptimo arte y derivados, todos contra él.
Qué hacés, Poli, le reclama Constanza. Qué te pasa, boludo. Y, agarrándolo de un brazo, lo devuelve a la butaca. El cimbronazo lo conmueve al punto de intentar una explicación. Algo, pisé algo, farfulla él. Algo viscoso. Qué. Como algo viscoso, dice ella. Sí, ahí abajo, hay algo. Me agarró la zapatilla. No sé qué mierda es. Constanza se fastidia. No me dejás ver la película, le dice. Para eso me traés. Sos un bajón. Pero a Poli eso mucho ya no le importa. Hay una araña, algo ahí, le repite. Y por el aire andan como avispas, avispas rojas. Está lleno de bichos acá. Y acá, no se ve mucho, pero sí se nota la cara de Constanza. En incrédula calma, revuelve luego su carterita, saca un encendedor y se agacha a investigar. Hay todo chicle, le vocifera desde abajo, doblada por la cintura. Tus bichos son de chicle. Y luego, entre el persistente chisteo de la sala toda, le ilumina la zapatilla, la botamanga. No ves que pisaste un chicle, le reta. Me estás jodiendo. O estás buscando que nos echen.
Aún cuando fuera chicle, aún cuando no sean arañas ni avispas rojas, aún cuando su cita lo siga tratando como a un pelele, Poli ya no puede contra su pánico. Hasta la manera en que los demás lo chistean –como en ritmo de cumbia o salsa– es espeluznante. No, Constanzaaaa, todo esto es algo más, insiste. ¿No escuchás? Hay cosas raras acá. ¿Raras?, pregunta Constanza, la llamita del encendedor alterándole la cara, la boca torcida, los pómulos hundidos. Y también, los ojos en viva chispa, como quien acaba de resolver un dilema. Ahhh, cositaaa, no me digas que tenés miedo, le suelta socarrona. Poli no sabe qué decir. Está agazapado en la oscuridad de su butaca, respirando como fuelle viejo y a punto de correr por su vida. El tiempo de los héroes y las princesas se ha perdido, mucho antes de comenzar. Siiíi, tenés miedo. Jijiji. El nene tiene miedo, se le burla Constanza. Pobrecitoooo. ¿Querés que llamemos a mamucha?
Ahora sí que se arruinó. Su cita lo toma definitivamente para el churrete. Pero ya nada importa. No es gracioso, Cos, refunfuña Poli. Y entre ofendido y preocupado, le dice que no la molestará más, que mire tranquila su Pesadilla 4, que si ella quiere, él la deja sola y se va a su casa. Ante ese berrinche de nenito, Constanza se vuelve cruel: andá, tranquilo, Poli. Alguien más me va a venir a buscar. Desgarrado por la factible amenaza –siempre habrá otro gil apurado por buscarla– el muchacho se oculta en su derrota, quiere llorar. Constanza, entonces, parece apiadarse. Te estoy jodiendo, bobo, le dice con ternura. No quiero que te vayas. Y acercándole el rostro, le regala un beso húmedo y furtivo en la frontera de la boca. Quedate conmigo, por favor. A pesar del persistente espanto, a Poli ese giro de la trama se le vuelve grata sorpresa. Más aún cuando su chica redobla la apuesta y se le tira encima trenzándolo en una pelea de labios, dientes y lengua sofocadas.
Ay, nenito, refunfuña Constanza entre sus bocas abiertas. Qué voy a hacer con vos.
Como por arte de magia adolescente, el arrojo de la chica ayuda a mejorar las cosas. Poli se envalentona y se deja llevar. Esa mezcla de pánico y calentura lo pone en situación. La cita, al fin y al cabo, parece que va a terminar bien. Y él no quiere perder tiempo: con una mano, abraza a Constanza por el cuello y con la otra se vale para buscarle el calor de sus carnes desnudas. El contacto lo estremece. Aparte de helada, la piel de Cos se palpa tan rugosa como la de un sapo. Poli quita las manos y recula justo cuando en la pantalla el crudo alarido de la protagonista –un alarido como de muerte– se multiplica en la sala. El grito, amplificado por la concurrencia, le cae como un electroshock que le eriza la nuca, le crispa el rostro y lo induce a arrojarse al pasillo. De espaldas contra la pared, todo el pobre pibe hecho un aullido continuo, deshonroso, escalofriante.
GHAAAAAAAAAAAA GHAAAAAAAAAAA GHAAAAAAAA GHAAAAAAAA
Tan descarnado e inagotable es el aullido, que el cine entero se une no ya para censurarlo a chistidos, sino para directamente agredirlo a empujones y puteadas. Acosado por la turba, ahora Poli quisiera hacer alguna cosa. Correr por su vida, por ejemplo. O responder con alguna piña. Pero ya no se puede mover, menos defender. De espaldas contra la pared, el héroe perdido no puede dejar de gritar. Envuelto en ese pavor, advierte luego el tironeo del brazo que lo saca del círculo mortal y los vuelve a sentarse. Y desde algún vértice de su cerebro, descifra la voz de Constanza como en letanías. Pará, mi amor, pará ya, lo sacude su chica entre furiosa y preocupada. Qué carajos te pasa, boludo. En serio estás buscando que nos echen. Por qué temblás así, Polii. Y en tanto su chico no reacciona, Constanza se asusta más y solo se le ocurre protegerlo apretujándolo contra ella, como si quisiera ocultarlo de la hostilidad del mundo dentro de su adorado escote.
Pero, aunque la sensación de reptil haya desaparecido –y aunque las tetas de su chica lo envuelvan con renovada lujuria–, a Poli ya no lo emociona ni el roce de los cuerpos ni la suerte de la cita, ni siquiera su mismo terror. A estas alturas de las cosas, ya no hay nada que lo vaya a conmover. Convertido en un guiñapo, sudando helado fuego, Poli se va desinflando en su asiento, se va sumiendo en esa traidora inconsciencia que, cuando niño, lo agarrotaba seguido cada vez que el viejo miedo lo anudada en sus espesuras. Y donde, una vez instalado, ya es hasta agradable hacerse un ovillo, ponerse en blanco y dejarse olvidar.
Y acá empieza otra película, una pesadilla más turbulenta que Poli, enajenado por ese trance invencible, no tiene chances de comprender, de dimensionar. Aletargado y hundido en su crisis, él no se entera de esto. Que llega Virgilio abriéndose paso a luz de linternita y preguntando qué carajos pasa acá. Que Constanza, mientras intenta reanimar a su chico, le contesta que qué te pasa a vos, viejo puto, que quién mierdas te creés para venir a prepotear así. Que Virgilio, irritado por la conducta de esa borrega insolente, le contesta como un vulgar acomodador: yo digo lo que se me canta, pendeja del orto. Y como el viejo puto que es, le agrega: ahora se me rajan de acá, se me rajan los dos.
Que el viejo puto, encima, se quiere pasar de vivo y a propósito apunta el haz de luz directo a las tetas de Constanza. Que al toque ella le saca la ficha y, a chillidos pelados, le dice que por qué no se alumbra mejor el culo, y ahí nomás le manotea la linternita y la estrella contra la pared. Que entre el ruido a cristalitos y los claroscuros de Pesadilla 4 su chica se larga a insultarlo de manera casi pornográfica. Que entonces todo se desmadra y, ante la enardecida reacción del público en su contra, ella los manda –en manada– a la concha de sus respectivas madres, hermanas, tías y por qué no loras. Que ya hecha una brasa, agarra a Poli por la muñeca, lo alza de un saque y repartiendo puteadas a diestras y –sobre todo– a siniestras, lo saca de ahí a la rastra, no sin antes deshacerse en amenazas de juicio al Colón, a Virgilio, al boletero, a Robert Englund y al que venga a cruzarla: a vos, a vos y a vos. Y por las dudas a usted, lector, también.
Pero Poli no puede saber estas cosas. Lo que sí empieza a presentir, ahora que el letargo lo está dejando, es que anda caminando como a zancadillas. Lo que advierte también son esas luces como de óxido allá delante, donde parece haber un portal a punto de incendiarse –que yo recuerde, el Colón nunca tuvo una decoración similar–. Y más acá de esas visiones lejanas, acá muy cerca, esta multitud de remeras rayadas y chamuscados sombreros que se juntan a insultarlos en fila y parejo al paso. Y es como un desfile de Kruggers que los rodea como en un cementerio de autos. Que lo mira con ojos quemados. Y que lo empieza a oprimir contra la pared. Una pared que –como en un buen cliché de terror– antes no existía y tampoco ahora debería existir.
Como sea, ellos van a los tropezones. O es Poli que se lleva a todos por delante, arrastrado como un perrito en paseo, la cadena es el mismo brazo que Constanza tironea con ganas. Y es tanta la fuerza que le imprimen a su muñeca, que Poli está seguro de que no es Constanza, sino el famoso Demonio de los 3 Sueños quien lo transporta a un mundo de Pesadillas y Alucinaciones reales. Si hasta escucha ese rezo maldito, como en rosario, que cuchichea maldiciones alrededor. Y se espanta al comprender lo evidente, lo real. Estoy muerto. Me morí de miedo y esta criatura que creí Constanza es mi barquero Caronte. Y es el verdadero Freddy el que me espera del otro lado de esta orilla. Por eso no quiero ir, le gime entre dientes a quien sea que fuera esa Constanza que lo conduce. No me lleves ahí dentro, por favor.
Pero la criatura lo lleva directo al portal que arde en rojo intenso. Al verlo abrirse como abismo, Poli quiere gritar otra vez, aunque ya no tiene boca para intentarlo. Tranquilo, mi amor, ya pasa, ya pasó, le dice una voz como granulada. Y le agrega: soltalo todo y dejate ir. Absorbido por la falta de materia, de espacio, de tiempo, Poli se abisma de espaldas en una secuencia de cuadro por cuadro. Y es tan lenta la caída, que aún tiene tiempo de ver a su chica alejarse, corriendo fuera de esa fábrica herrumbrosa y consumida por algún temprano incendio.
Y como si no fuera suficiente la pesadilla, Poli está seguro de que Constanza está yendo a encontrarse con alguien más. Es lo que ella le ha dicho: alguien más la vendrá a buscar. Y esa idea espantosa lo pone contra la pared, dispuesto a hacer cualquier cosa. Hasta está seguro de intentar la patada al aire, al vacío, a la penumbra. Ese ardid de la oniria que debería despertarlo en el lugar donde todo empezó. Aún cuando patear las esquinas de una pesadilla, ahora lo sabe, es como sumergirse definitivamente En lo profundo de la noche. Y desde esos distritos, Poli ahora también lo sabe, no hay lugar para la esperanza del retorno o la tentación de alguna secuela.
Pero en el cine, Poli duerme en brazos de su amada Constanza. Y se revuelve de dolor cuando la sueña con alguien más.















