En este texto no habitan monstruos ni fantasmas, viven sólo recuerdos. Tal vez, sólo sean retazos. Pedacero de ensueños, recortes de impulsos, o incluso parches de buenas intenciones. Ni las cápsulas amargas que meto a la boca logran que la memoria se diluya, nada más me producen acidez. Ahí están, necesitando desde su pequeñez frijolera que siente el impulso de crecer. Aparecen por las noches, me hacen sudar frío en las madrugadas, es en lo primero que pienso al amanecer. Me obligan a quedarme mirando el techo, si parpadeo emergen en la oscuridad, si dejó que me venza el sueño, se convierten en pesadillas tan perturbadoras que me hacen saltar de la cama, tan vívidas que siento que las puedo masticar.

Son imágenes que crecen fuertes y altas como los tallos de las habichuelas que Juanito plantó en el suelo y de las que brotaron las enredaderas que lo llevaron al castillo del ogro. Ahí estoy, en un laberinto húmedo que lleva a la fortaleza de piedra musgosa situada entre nubes algodonosas que me envuelven y me roban el aire. Es que me siento observada por un ojo que me mira incrustado en un rostro rugoso, lleno de verrugas, que tiene un apetito voraz y un carácter que me hace temblar porque me da la idea de que me juzga. Pero, no ni es monstruo ni fantasma. Son retazos.

Retazos que brotan entre las remembranzas de lo que pudo ser y crecen estridentes en la resonancia de lo que nunca fue. Es el engendro que de niña habitó debajo de la cama y hoy vive entre la funda de la almohada y el cojín sobre el que intento dormir. Y no lo logro. Cierro los párpados y me asaltan las imágenes. Abro los ojos y tiemblo en la penumbra. La cabeza me palpita como si me escurrieran notas musicales del hueco de las orejas. Siento que el cráneo parece un huevo de Pascua lleno de confeti de color rojo. Rechina anunciando el momento en el que tronará, pero no, no estalla ni se estrella, sólo retumba.

El corazón palpita a ochenta y tres pulsaciones por minuto y aunque ChatGPT y GeminAI me dicen que es normal, yo las escucho como si tocaran en Do sostenido entre mis orejas. La mollera se convierte en algo así como en el diagrama de un átomo, en el que mi cerebro es el núcleo y esos recuerdos revolotearan alrededor de la forma en que lo hacen los electrones. Ni la taquicardia ni la sudoración fría se tranquilizan. Siento que soy el monstruo que salió del matraz que la maestra de química ponía sobre la mesa de aspecto rugoso en el laboratorio. Kena, se llamaba o así le decíamos y nos burlábamos de ella porque usaba el pelo tan teñido de rubio que parecía verde. La hacíamos llorar.

Era muy chaparrita, no creo que llegara a medir más de metro y medio. Usaba zapatos de charol con tacones de aguja y ni así alcanzaba el borrador que dejábamos en el marco de arriba del pizarrón para que tuviera que saltar para agarrarlo. Nos reíamos por todo lo alto de verla brincar y hacer equilibrios para no caerse. Y las veces que se cayó nadie le ayudamos a ponerse de pie. Se le salían lágrimas gordas que le manchaban las mejillas de negro, porque se le corría el maquillaje. Monstruo, insisto, pero no de papel: de carne y huesos.

Travesuras, decíamos. Me gustaba poner apodos, de esos que son filosos y traspasan el corazón, mejor si con esos me burlaba de la gordura de alguna de mis compañeras, del olor del mozo que recogía la basura en la escuela, de los granos en la cara de mi amiga. Me divertía tanto, hasta que un día llegó el esposo de Kena, un hombre tartamudo, pero enorme y musculoso. Parecía un gorila de pelaje oscuro, con un pecho amplio y una robusta estructura muscular. ¿Sabes qué eres?, me preguntó. Eres una inmundicia que vivirá cagada de miedo. Creí que me iba a golpear, ojalá lo hubiera hecho. Con esas palabras me dejó en boronas. Así sigo.

La cabeza me da vueltas, el vértigo llega al tope, tiemblo y no quiero perder el control. Ellos no son monstruos, son letras ni son fantasmas, son palabras. Es cierto, son recuerdos. El hormigueo en las manos crece y siento que tengo burbujas en la sangre. Me concentro en la jacaranda en flor que está frente a la ventana, sus ramas y su copa se me figuran una corona imperial. Me concentro en la calcomanía que puse en el vidrio de la ventana con la figura de un padre con cabeza cuadrada que se agacha a ver a su hija, él tiene cara de duda y ella sonríe. Él no confía en lo que ve, ella sí.

Me gustaría que fueran monstruos y fantasmas los que están en este texto. Me encantaría que eso fueran para poder doblar la hoja de papel a la mitad, convertirla en un barquito de origami, hacerla bolita y esconderla en una de las bolsas de mi mochila. Pero no son eso. Son retazos de infancia, girones de inocencia y de falta de ella. Son nieblas que oscurecen el cielo y no permiten que brille el sol. Son sueños encadenados que no permitieron que la vida floreciera y entregara frutos. Son maldades reales que se hicieron porque sí, porque se podía. Por eso, sólo dan retazos.

En este texto no hay monstruos ni fantasmas. Ojalá los hubiera.