Jueves, víspera de fin de semana de carnaval. Madrid encadena su octava borrasca. Se dice pronto: ocho. El cielo encapotado nubla los pensamientos y enfría el estado de ánimo. Con razón hay quien dice que el Romanticismo se originó en Alemania e Inglaterra por razones esencialmente atmosféricas. A España aquello llegó tarde porque no nos pegaba, y nos esforzamos tanto por ser héroes románticos al estilo Byron que, cuando quisimos darnos cuenta, Europa estaba ya en otro rollo, cazando mariposas, diseccionando ranas, escribiendo novelas sobre esa cosa tan sucia que es la realidad. Y nosotros, a por uvas, como siempre desde que Cervantes inventó la novela moderna y Lope de Vega hizo lo propio con el teatro.

En realidad, entiendo perfectamente a los románticos españoles. ¿Cuántas veces intenta uno, al cabo de un día, ser quien no es? ¿Cuánto interés ponemos al cabo de una jornada de fingir lo que no somos? ¿No es este mismo empeño, de alguna manera, algo muy parecido a una identidad? ¿De verdad somos capaces de huir de nuestros propios personajes? ¿Somos todos una panda de malos actores?

Los griegos sabían algo de esto, aunque esta sea una lección olvidada, como casi todas. La etimología de la palabra “persona” remite al etrusco phersu y al griego prosopón, que eran las máscaras que usaban los actores en sus obras teatrales. Es decir, ellos tenían claro que actuar, lo que se dice actuar, actuamos todos. Sin ir más lejos, esto que están leyendo ustedes ahora mismo no deja de ser una representación: yo finjo que tengo algo interesante que decirles y ustedes, si son benevolentes, esperan hasta el final del texto para descubrir que en realidad no, que fue un teatro, un engaño, tal vez un sueño. Así es el teatro y así es la vida. Pobre Segismundo.

Pero contra el teatro cotidiano y el lamentable baile diario de máscaras, la ineludible verdad del carnaval. Hay quien sitúa su origen en oscuros ritos religiosos celebrados en honor a dioses paganos de hace más de 4.000 años. Es muy posible. Puede, incluso, que sea más antiguo todavía. Puede que provenga de los tiempos en que lo fastidiamos y lo arreglamos todo con la palabra. Ante la infinita posibilidad de mentir, una fiesta en que solo decimos la verdad. Para ello, claro, nos disfrazamos y fingimos: así es de aterrador ver quiénes somos. Da más miedo que Halloween, otra fiesta en que nos disfrazamos para conjurar el miedo a la verdad más absoluta: la muerte.

Para mí, solo hay un carnaval: el de Cádiz. Dice mi madre que los descubrió estando embarazada de mí, en calurosas madrugadas de primavera en que mis patadas no la dejaban dormir. Un buen periodista le habría preguntado cómo conseguía ver el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas de Cádiz (el ya famoso COAC) desde su piso en el barrio de El Salvador, en Madrid, en 1992, sin internet, sin TDT, sin acceso a la televisión autonómica andaluza y, sobre todo, sin una legión de expertos criticando en gaditano cada actuación en Twitter. Pero ni se lo he preguntado ni lo haré nunca porque me gusta demasiado la idea de imaginar que ya entonces nos dormíamos a la vez los dos mecidos por el tres por cuatro. En esta vida, cada uno debe escoger bien sus engaños.

No se asusten, que no tengo ni puta idea del carnaval de Cádiz. No distingo un cuplé de un pasodoble, y por más que me esfuerzo, nunca consigo saber quién va por arriba en cada agrupación. Tampoco sé decir en qué agrupaciones han participado tipos como Manolo Santander o Tino Tovar.

Sin embargo, corren los primeros días del mes de febrero de 2010. Yo tengo 17 años. Adormilado en el sofá y sin enterarme de mucho, veo junto a mi madre el carnaval de Cádiz. Lo hago porque me gusta y porque es una tradición que tenemos desde antes incluso de que yo naciera, pienso sin hacerme muchas más preguntas. Semifinales, todavía hay morralla que cribar. De repente, unos tipos en trajes de colores cantan:

Y hace falta, también,
para saber qué la vida se ha vivido,
equivocarse de horizonte y de camino,
andar perdido y caer,
sentir el vértigo, la náusea y el hastío,
ver al diablo cara a cara y apretar,
muerto de frío,
los huesos contra la pared.
Y hace falta, también,
tener fortuna, tener cuna y tener tiempo,
tener el don de ser tú mismo, tu arquitecto
y el arte de envejecer.
Para que el mundo te vea como un caballero,
que se ha reído del amor
y se ha reído del dinero.
Y nadie ha vivido como él.

Recuerdo abrir mucho los ojos y sentir la necesidad de atrapar esas palabras con las manos. Especialmente los últimos versos: que la gente vea a todo un caballero que se ha reído del amor y se ha reído del dinero, y que nadie ha vivido como él. Aún hoy, si tuviera que elegir epitafio, sería este. Desde entonces, como esos malos novelistas que escriben pensando en la contraportada de sus libros, vivo con arreglo a estos versos. Porque esa gente me estaba hablando a mí. A mí y solo a mí, igual que José de Espronceda con el poema aquel del barco pirata. Sí, ese que todos nos aprendemos en el cole sin saber qué puñetas significa.

Tuve que esperar a la mañana siguiente para poder ver en un YouTube rústico pero ya funcional la actuación completa. La comparsa se llamaba Luces de bohemia, y el autor era Juan Carlos Aragón. Estaba seguro, ese señor me hablaba a mí. A mí y solo a mí.

Desde entonces, el concurso cobró para mí otro significado. Ya no lo veía solo por tradición, lo veía para ver, me decía Juan Carlos Aragón. Ganó en 2015 y en 2018 y dejó para la posteridad una particular versión del Padrenuestro que todavía se recita. Pero a mí me gustó especialmente en 2012, cuando salió con la Serenissima, unos gondoleros venecianos que hablaban en un italiano medio inventado. Esto dijeron, traducido más o menos por mí:

Porque con máscara nos liberamos
Y así nos desenmascaramos
Y somos eso que queremos ser
Por eso nuestra vida solo es una máscara

El hombre que es un ángel se enmascara de diablo
El que es un diablo se enmascara de ángel
El hombre afeminado se enmascara de mujer
El hombre que es político no necesita máscara.

Porque con máscara nos liberamos
Y así nos desenmascaramos
Y somos eso que queremos ser
Por eso nuestra vida solo es una máscara.

Vamos, lo que yo decía. Aragón, el hombre que solo me hablaba a mí, murió en 2019 a causa de un cáncer. Su muerte me produjo la clase de vacío que imagino que deja la muerte de un buen terapeuta y del escritor favorito de cada cual: un dolor sordo, profundo e íntimo, el tipo de dolor que uno lleva en soledad porque no lo sabe explicar. Porque, ¿cómo explicar que alguien que no conociste nunca te conocía mejor que tú mismo? ¿Cómo explicar esa conexión que solo consigue la literatura, las palabras? La palabra arregla lo que la palabra jode, dice una persona que suelo escuchar. Tengo esa esperanza.

Este año volveré a ver el COAC. He encontrado otro autor a quien apoyar: Ale El Peluca. Creo que tiene algo del talento y la rebeldía de Aragón. Mientras, en Madrid seguirá lloviendo.