Si naciste en un país occidental, lo más probable es que la muerte sea un tema prácticamente tabú, que todo lo asociado a ella sea profundamente triste y que sea algo en lo que no se debe pensar nunca, como si no fuera parte de la vida. Pero esto no siempre fue así.
La visión actual que tenemos sobre la muerte viene de muchos factores históricos. El primero es el cristianismo, que instauró la idea de que la vida es una prueba moral y que la muerte es un momento de juicio eterno más que de un proceso natural. En la Edad Media había mucho temor a la muerte (y entre las guerras, epidemias y demás, era un elemento muy presente), pero principalmente por el aspecto espiritual. A la gente le atemorizaba morir sin confesarse, por ejemplo.
Con la llegada de la Ilustración llegó la ciencia y esta comenzó a imponerse sobre la religión. Esto trajo aún más distancia pues, por razones de higiene, la muerte fue expulsada de los espacios públicos, relegada a los cementerios y los procesos de enfermedades se volvieron algo más bien médico, ya las personas no morían en casa y no se velaban de manera comunitaria sino privada.
En la época actual los discursos han relegado a la muerte. Se vende una vida con todos los deseos, una negación del envejecimiento llena de tratamientos y cirugías para no aceptar el paso natural del tiempo. La fragilidad humana dejó de ser un tema común y pasó a ser algo que ocultar o negar. En los funerales se habla solamente de la tristeza de que la persona se haya ido, y no se celebra su vida, ni se ve como un acto de trascendencia.
Esta visión trágica de la muerte viene de varios siglos de separarla de la vida, como si no fuera parte de ella. Para la religión es una amenaza, para la ciencia médica es un fracaso y para la cultura se volvió algo tabú. La vida ya no se define como algo finito porque la muerte le da ese sentido, porque ahora evitamos pensar en ella, y eso dificulta los procesos de duelo y la asimilación del final de la vida como un concepto presente, real y natural.
Alan Watts habla de que el miedo a la muerte tiene que ver con una resistencia a la impermanencia, pues naturalmente nos resistimos al cambio, pero todo en la vida implica cambio. Dice que tratamos de percibirnos como algo inmóvil y separado de las corrientes de la vida, algo que busca evadir todo dolor. El trabajo de resistir el curso natural de las cosas genera agotamiento y frustración, y a pesar de toda resistencia, la impermanencia sigue prevaleciendo siempre. Llama a nuestros tiempos la “era de la ansiedad” y dice que en el último siglo se han perdido numerosas tradiciones sociales y culturales que proporcionaban seguridad, y que eso en la época actual se ha vuelto fútil porque buscamos seguridad y certezas en un mundo en que ya no existen. Propone que la única forma de conseguir significado y superar la ansiedad es vivir según esa corriente de vida y sin resistirse, un concepto muy taoísta.
Ernest Becker, un autor que ganó el premio Pulitzer, en su libro La negación de la muerte, lleva el concepto un paso más allá. Indica que el miedo a la muerte es lo que mueve a las sociedades, pues este miedo genera la búsqueda de la trascendencia simbólica, el impulso de lograr cosas más allá de la finitud humana. También, al igual que Watts, refiere que la solución es la aceptación de nuestra propia mortalidad.
No obstante, esta visión terrible y aterradora de la muerte no funciona de la misma forma en todas las culturas. En Japón, corrientes como el budismo zen, el taoísmo o el sintoísmo ven a la vida como un flujo en el que todo es transitorio, la vida fluye, la muerte es parte de la vida y lo efímero también puede ser hermoso, como las flores del cerezo cuando se marchitan; no es algo trágico sino parte normal de un ciclo de renovación. Allí la muerte no es una ruptura sino un cambio de forma; las personas la viven con un pensamiento de continuidad y serenidad, visitan el altar familiar y conversan con los antepasados.
El Día de los Muertos en México, con una fuerte herencia prehispánica, que era una cultura en la que la muerte tenía un rol fundamental, no es solo una celebración, sino una filosofía de la vida. A los muertos se les festeja, se come con ellos y se vuelven parte de rituales familiares y comunitarios. Los muertos siguen presentes porque no se los olvida y siguen siendo parte importante de la cotidianeidad.
En el Libro tibetano de la vida y la muerte se habla de otra visión sobre esto. Dicen que la conciencia es la base de la existencia, que por ende la felicidad, el sufrimiento, la vida y la muerte están en la mente y la conciencia. En el momento de un fallecimiento el trabajo de la conciencia está en soltar el apego, y lo ven como un tránsito entre vidas y no un final. Otra cultura que ve a la muerte como una transición es la polinesia, en muchas islas se cree que el espíritu vuelve al océano o a la tierra ancestral, por ende, no es un fin sino un retorno. Y tienen rituales de duelo en los que comunidades enteras participan cuidando a los dolientes durante varias semanas, con comida, canto y silencio.
En la India se cree que la vida buena y el desapego emocional generan un mejor renacimiento, por lo que, si bien se llora a los muertos, se les desea un buen tránsito y se considera una falta de compasión aferrarse a ellos. Por otro lado, en los pueblos Akan de Ghana, cuando alguien fallece, pasa a convertirse en un ancestro, parte activa del mundo espiritual, que tiene conexión con el de los vivos. Los funerales son considerados un crecimiento espiritual y, más allá delas pérdidas, son celebraciones.
En Bután enseñan que se debe pensar en la muerte al menos cinco veces al día, no para temerle sino para vivir plenamente; es un ejercicio espiritual diario que ayuda a dar claridad sobre lo que es importante. Finalmente, en Islandia y Escandinavia se promueve hablar de la muerte de forma cotidiana, integrar la idea de morir en la planificación de la vida e incluso existen los Death Cafés, que son reuniones no religiosas en donde las personas se juntan a conversar libremente sobre la muerte, sin jerarquías y para todas las edades.
Cada ritual y cada duelo son válidos, todos responden a experiencias de vida y a ideas culturales arraigadas. No obstante, quizás podemos aprender algo de otras culturas, que naturalizan la muerte como parte de la vida, que nos enseñan a mirarla a los ojos en lugar de negarla y silenciarla, y que nos preparan para valorar la vida de otra manera, aprendiendo a observar lo que es realmente importante.















