La mayoría de los delincuentes, a pesar de lo que pueda uno creer, actúan de manera racional y con plena consciencia sobre sus actos y sobre el entorno, la sociedad y los estándares morales y legales que les rodean.
Esto, a su vez, los lleva a ser plenamente conscientes de que, a ojos de la sociedad, lo que han hecho está rotundamente mal.
Son conscientes de que su conducta delictiva supone un daño social, una ruptura de los valores morales de su comunidad y, en última instancia, un perjuicio a su propia imagen.
La teoría de la neutralización y la deriva fue desarrollada por Sykes y Matza en 1957 y buscaba ahondar en factores clave y motivaciones del comportamiento de los delincuentes juveniles.
El pensamiento dominante en aquellos tiempos venía a señalar que la delincuencia juvenil, y más concretamente el momento en el que un joven se iniciaba en su carrera delictiva, estaban provocados por una suerte de carencia absoluta de valores. Algo así como si la escala moral y de valores del criminal fuese diametralmente opuesta a la de la sociedad civilizada que le rodea.
Sykes y Matza replicaron este posicionamiento argumentando que el delincuente juvenil no rompe de manera unilateral con la sociedad y los valores que la rigen, sino que, de un modo u otro, sigue unido a esta. Los autores demostraron esta comunión entre el delincuente juvenil y la sociedad alegando que numerosos jóvenes pueden llegar a sentir culpa por los actos que cometen o vergüenza al ser descubiertos. También demostraron que los delincuentes juveniles tienen una escala de valores en la que pueden respetar y admirar a personas integradas en la sociedad y que representan sus valores, y en la que diferencian entre víctimas más o menos legítimas.
Al estar levemente integrados en el sistema de valores que les rodea, los delincuentes juveniles son conscientes del daño social y el daño a su imagen que comporta la comisión de crímenes. Es por ello por lo que recurren a una serie de mecanismos con los que justificar, exculpar o minimizar el daño social causado. Esos mecanismos fueron bautizados por Sykes y Matza como técnicas de neutralización.
Esas técnicas de neutralización fueron inicialmente concebidas para los delincuentes juveniles, pero son aplicables a cualquier tipo de criminal. Son perfectamente identificables en asesinos en serie, miembros del crimen organizado, terroristas e incluso agresores sexuales.
Los autores establecieron que esa minimización o intento de relativizar su conducta delictiva se articula a través de cinco técnicas de neutralización.
Negación de la responsabilidad. Cuando el delincuente alega no poder haber tenido una conducta mejor. Una suerte de determinismo en el que el criminal achaca su conducta a circunstancias que escapan de su control. Justificarse con sus circunstancias ambientales (mala infancia o amistades, por ejemplo) o diciendo que no tenía más remedio.
Negación del daño. En este tipo de situaciones, el delincuente asume su responsabilidad, pero minimiza o justifica su acto relativizando la cantidad de daño (o la ilicitud de este) que le ha causado a la víctima o a la sociedad. El delincuente defiende que su acto es inofensivo, poco grave o manejable por parte de la víctima.
Negación de la víctima. El delincuente reconoce su responsabilidad y el daño cometido, pero intenta justificar o minimizar su crimen atacando a la figura de la víctima. La negación de la víctima se suele articular de dos formas. La primera, culpabilizándola y alegando que se lo merecía. La segunda, alegando que la víctima es un ente intangible al que no se le puede poner cara, como instituciones, organizaciones, empresas o grandes superficies.
Condenar a los que condenan. En esta situación, el intento de minimizar los actos cometidos recae sobre la legitimidad de aquellos que aplican la ley, en general, y deben castigar al delincuente en particular. La neutralización radica en representar al interlocutor como alguien igual de corrupto, inmoral e ilegítimo que el propio criminal. La corrupción política, la brutalidad policial o el terrorismo de Estado suelen ser los campos más repetidos en esta forma de relativizar el crimen.
Apelar a algo superior: En un origen, esta técnica hacía referencia a la obediencia y el compromiso que algunos delincuentes juveniles profesaban a los miembros de su grupo o pandilla y a las normas que regían estos grupos. Normas que para ellos estaban por encima de la ley. Este hecho es perfectamente escalable y extrapolable a cualquier otro tipo de delito y delincuentes. Dios, la revolución socialista, la independencia de un país, la amenaza globalista, el cambio climático, la omertá… Hay cientos de ideas y conceptos que un delincuente posiciona por encima de la ley y con los que justifica sus actos.
Estas son las cinco técnicas que todo criminal emplea para tratar de neutralizar el impacto y el daño social que su conducta delictiva ha conllevado. Un conjunto de técnicas o excusas que me atrevo a decir que cualquier ciudadano ha empleado al menos una vez en su vida.















