Acaba el año, empieza uno nuevo. Mil anuncios con deseos, con felicitaciones, con esperanzas y con nuevos motivos para plantearse que todo es posible.
Uno de los que vi me llamó la atención especialmente, por mi deformación profesional, esa que a veces me dice que soy escritor (y otras que dejen de mentir de una vez por todas).
El ilusionante mensaje decía lo siguiente:
En el año 1956, una escritora frustrada, Nelle Lee, acudió a la cena de Navidad de sus amigos Michel y Joy Brown. En ese momento, Nelle trabajaba como agente de viajes y nunca tenía tiempo para cumplir su sueño de escribir una novela. Ese año recibió un regalo muy especial por parte de Michel y Joy, un sobre con una nota: un año sin trabajo para escribir tu novela. Gracias a ellos pudo utilizar 12 meses para escribir su libro. Un libro que decidió publicar con su segundo nombre Harper, Harper Lee, y el título "Matar a un ruiseñor".
Tú también puedes dedicarle un año entero a tu novela…
Y luego ya derivaban a la típica oferta encubierta con descuentos para cursos y esas cosas. Aunque uno ya se sepa esos trucos, no puede evitar pensar en la buena de Nelle, Harper y soñar…
Un año entero para hacer lo que más me gusta, un regalo único. La lotería en mis manos, el gordo de Navidad, la fecundidad en la punta de mis dedos sobre el teclado, una ilusión, un objetivo, ¡una mierda! Los sueños, sueños son. Nadie regala un año sabático para escribir, eso solo pasa en las películas y en los Estados Unidos de Norteamérica en los años cincuenta. La buena de Nelle seguramente vivía sola y gastaba muy poco, estoy convencido de que los huevos no estaban tan caros como lo están hoy después de la gripe aviar (heredada desde USA, por cierto). No aprendí a tocar la trompeta soñando con tocar la trompeta, aprendí comprándome una, pasándome muchas horas soplando y haciendo ruidos horribles (todavía se escapa alguno) y sufriendo, robándole horas a otras cosas que me gustan mucho.
No, amigos, no hay gente buena regalando años sabáticos para escribir la novela de tus sueños. El tiempo es oro y hoy el oro está por las nubes porque la nube oscura de la tercera guerra mundial asoma cada dos por tres. El bueno de Donald Trump presiona a Ucrania para aceptar la paz que dejará un país recortado, una Rusia reforzada y, al mismo tiempo, como si fuera un corsario del siglo XIV, le birla un barco lleno de petróleo a Venezuela para anticipar una posible invasión terrestre o moral, una invasión que terminará con un régimen nefasto para instaurar uno peor, uno dependiente del imperio decadente que él dirige con mano firme y al mismo tiempo errática. Porque no nos confundamos, Donald no está viviendo un año sabático para escribir una novela de terror, Donald está sembrando el terror en el mundo real, que no es virtual.
Y tiene muchos millones de votantes, gente como la que votó a Kast en Chile o a Milei en la Argentina. A esos no les hace falta un mentor que les regale un año sabático para escribir la novela de sus sueños; esos ultraderechistas están cumpliendo su sueño ahora mismo a costa de millones de personas. El sueño podría llamarse: Make X great again!, donde X es el país que hay que destruir, la sociedad a la que hay que desarmar para transformarla en un generador de consumidores y fabricantes mal pagados que odian a los inmigrantes y a las minorías.
No, el sueño del mentor, el sueño de que el débil y el pobre pueden conseguir lo que quieren en un país de oportunidades ya no puede conseguirse ni en USA, incluso es cuestionable que eso existiera en el pasado.
Todos los que llegaron desde abajo a conseguir publicar su novela, crear su negocio tecnológico en un garaje o montarse su negocio piramidal o puesto de comida basura con expansión internacional, todos ellos fueron fomentados y creados por el establishment con un claro interés. El pobre diablo que creció y montó un imperio era y es parte de un sistema que lo tiene atrapado. A distintos niveles, en distintas ligas, pero todos ellos han cumplido el sueño de alguien que no ha hecho nada y se ha llevado casi todo el dinero. El superventas de alguien es la máquina de hacer dinero de un agente o una editorial.
Ese regalo que fue el año sabático para escribir era en realidad una inversión en un activo humano. Y no lo juzgo (demasiado), en un país super capitalista es lícito y hasta positivo crear valor a partir de las personas, sería mejor valorarlas para que el valor se lo quedaran ellas, pero bueno, usarlas para generar valor y dejarles disfrutar parte de esos beneficios es, por lo menos, una manera de hacer que ese valor (literario en este caso) vea la luz.
Lo que ocurre hoy es que ya ni siquiera se invierte en humanos. La Inteligencia Artificial está robándole la ilusión a los que viven en la cuenca del capital y los que vivimos en los alrededores ya ni olemos las migas de lo que eran esos regalos para poder crear arte. El arte depende de nuestras horas libres, de ese pequeño resquicio que encontramos, que robamos, al trabajo que paga las cuentas.
Leía hace poco que para poder escribir poesía hay que estar tranquilo y descansado en casa. Oh, benditos los poetas que no hacen nada más que escribir poesía, benditos aquellos que no sufren el yugo de un trabajo de ocho horas al día, cuarenta semanales. ¿Cuál es la realidad del creador? Vivimos en un mundo viciado, estresado y capitalista. No podemos creer en el bondadoso ser que nos quitará de trabajar para poder ejercer de artistas a tiempo completo.
Pero de ilusiones vive el hombre…
¡Harper Lee, bendita, tú eres entre todas las escritoras! Los artistas ya no tenemos mecenas, no es que sobraran mecenas en el pasado, pero actualmente podría decirse que están casi extintos. La buena voluntad y el amor al arte por el arte mismo han perdido la batalla contra la Inteligencia Artificial y las malas uvas. Al interés económico puro se le ha sumado la falta de respeto por el creador humano, ese que tiene sentimientos y necesita comer y dormir para poder escribir algo que valga la pena leer.
Este 2026 quiero tener la paz y el tiempo suficientes para escribir desde las entrañas, como lo he hecho desde que empecé a escribir. No pienso colaborar con ninguna IA, no porque piense que me van a robar el alma, como cuando te sacan una foto (sonrisas que no se ven), sino porque creo que las herramientas tienen que servir como herramientas, no como un fin en sí mismas. Y si se quiere favorecer el arte, es necesario invertir en personas, no en herramientas. Las personas seremos siempre (crezca lo que crezca la tecnología) las que entenderemos el arte y la expresión artística. Puede que usemos herramientas para ello, como siempre se ha hecho, pero valemos y valdremos siempre mucho más que las herramientas que usamos, eso creo que es el problema que estamos viviendo actualmente.
Ojalá las herramientas no superen a los que las usan en importancia, porque cuando eso suceda, el arte, como lo conocemos, estará en peligro.















