El Holocausto (Shoah) se convirtió en la culminación de un proyecto político basado en el odio antijudío (antisemitismo) en su etapa exterminadora, en la cual la propaganda fue una herramienta esencial para la construcción del consenso social y la obediencia política, así como la deshumanización de los individuos que fueron asesinados. El liderazgo nazi comprendió que, para llevar a cabo un asesinato industrializado de millones de personas, era imprescindible lograr que la población alemana aceptara la persecución y posteriormente la exterminación de los judíos como una acción necesaria para su propia supervivencia.

La propaganda no fue únicamente un elemento accesorio, sino totalmente estructural, ya que moldeó la percepción de la realidad, instauró un lenguaje del odio e impuso una narrativa paranoica sobre un “enemigo judío” cuya situación social le permitía tener un poder que era una amenaza para sus sentimientos nacionalistas. Para el ideario del odio antisemita, los judíos eran responsables de guerras mundiales, impulsar conspiraciones mundiales y promover crisis económicas para beneficiarse ellos. Debido a esta lista de atrocidades inventadas, se dio como consecuencia la eliminación de ese enemigo, presentada como una empresa defensiva, legítima y hasta moralmente justa.

Se destaca el papel de Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi, como el arquitecto principal de dicha maquinaria de manipulación y se analiza cómo la propaganda fue interiorizada por la sociedad, facilitando la perpetración del genocidio más devastador del siglo XX.

Debe señalarse, además, que el antisemitismo alemán tenía profundas raíces culturales e históricas, pero solo en la coyuntura del nazismo se convirtió en una política de exterminio inspirada en el odio racista, en pseudociencias como la frenología y en la falsedad de la existencia de razas superiores. De acuerdo con Herf (2006), la clave para entender este salto hacia el genocidio está en cómo el régimen reinterpretó el conflicto como una guerra de existencia entre Alemania y el “poder judío internacional”, capaz de destruir a Alemania si no era destruido antes, basándose en el mito conspirativo que tendría orígenes en un pasado religioso.

De esta manera, Hitler expuso explícitamente esta lógica en su famoso discurso del 30 de enero de 1939, donde profetizó la “aniquilación de la raza judía en Europa” si estallaba una nueva guerra mundial. A lo largo del conflicto, Joseph Goebbels y los medios controlados por su ministerio repitieron incesantemente esta “profecía”, utilizándola como justificación para el asesinato sistemático de judíos: una “defensa preventiva” ante un supuesto intento de exterminio alemán. Así la propaganda, por tanto, no solo acompañó a la violencia, sino que la hizo posible.

Y es que, en este sentido, Goebbels no era un militar, sino un intelectual, un estratega político y un manipulador profesional. Su formación académica en filosofía, historia y literatura le permitió influir en las masas a través de símbolos, mitos e historias emocionales.

Su ascenso dentro del nazismo estuvo en sintonía con la transformación del partido de un movimiento local en un aparato de movilización nacional que cambió el paradigma partidario y le dio más mística. Así fue como convirtió a Hitler en un líder mítico, casi sagrado para el ideario del nazismo hasta la era actual, donde persisten seguidores del movimiento implementado por él. De esta manera, el propagandista impulsó la idea de que “Hitler era Alemania y Alemania era Hitler”.

Fue nombrado ministro de Ilustración Pública y Propaganda, desde donde controló la prensa, la radio, el cine y el teatro, la educación cultural, la censura hacia la disidencia política, así como el lanzamiento de campañas de odio masivo. De esta forma, la palabra y el lenguaje se transformaron en sus armas. Ideologizó el nazismo bajo el lema de que el enemigo judío era único e importante; por lo tanto, los alemanes debían neutralizarlo.

Los principios de manipulación que fueron diseñados y ejecutados por Goebbels fueron sistemáticos y progresivos, así como eficientes y devastadores, destacando un mensaje sencillo para todo el público, culpando a todos los judíos de los males sociales, la repetición de consignas para poder instaurar en la conciencia colectiva estereotipos, la victimización nacional con la que se justificaron los ataques contra los judíos como un elemento de autodefensa, el control de la información para evitar la disidencia de pensamiento, la deshumanización para restar la empatía hacia las víctimas y la explotación emocional para que se pudieran llevar adelante actos de odio contra las minorías atacadas.

De este modo, el régimen utilizó todos los medios técnicos modernos disponibles para convertir el antisemitismo en espectáculo político.

Según Shoup (2017), la propaganda antisemita permitió que una parte significativa de la población alemana viera al judío como alguien infrahumano (Untermensch), justificar su exclusión social y económica, adoptar los pogromos como castigos ejemplares y necesarios, la arianización, la propiedad y la indiferencia frente a las deportaciones y el horror. El exterminio fue posible en parte porque primero se logró que fuera normalizado socialmente.

También, el ministro Goebbels invirtió la realidad, presentó a los asesinos como víctimas y a las víctimas como agresores. Como resalta Herf, la propaganda nazi impuso un patrón paranoico en el que el judío era “culpable de todo” y llevaba a la decadencia alemana. De esa manera, el genocidio se convirtió en medida de salvación nacional.

Así, cuando el exterminio comenzó a ejecutarse de manera industrial entre los años 1941 y 1942, la propaganda continuó operando como la fachada narrativa que ocultaba los crímenes. El secretismo, el uso de eufemismos, así como la desinformación fueron parte de las estrategias implementadas. Goebbels dejó evidencias en sus diarios, donde celebraba las deportaciones y exterminios en términos de “solución necesaria”. Inclusive, el aparato de propaganda se aceleró durante el colapso militar nazi y cuando la guerra estaba en la peor etapa para Alemania, más se incrementaron los actos de aniquilación contra los judíos para sostener el mito de victoria.

Después de décadas de estudios sobre el fenómeno de la Shoah, es importante mencionar que han surgido discursos negacionistas que han intentado reescribir la historia, como los representados por publicaciones revisionistas que buscan minimizar o negar el genocidio contra los judíos. La investigación histórica y los testimonios de víctimas han permitido desmentir estos discursos, reforzando la verdad sobre los crímenes cometidos, pero aún siguen prevaleciendo estos comportamientos principalmente entre intolerantes que aparte han justificado históricamente el odio antijudío a lo largo de los años.

Sin lugar a dudas, las atrocidades cometidas por el nazismo contra los judíos no habrían sido posibles sin la estrategia de propaganda implementada. La decisión de exterminar a los judíos no fue un acto improvisado, sino una política deliberada sostenida por un aparato de manipulación masivo. En este, Goebbels fue el estratega que transformó el antisemitismo en una causa política nacional, y a la población en cómplice de un crimen indescriptible e irracional contemplando lo preparada y avanzada que era la sociedad alemana de entonces.

El estudio de la propaganda nazi revela una lección histórica urgente, el genocidio se nutre del lenguaje, con discursos que buscan reducir al otro a una amenaza, a un objeto, a un enemigo absoluto, por esto, recordar la Shoah exige reconocer la responsabilidad de la sociedad cuando acepta, normaliza o difunde ideas de odio.

Por esto, hoy es fundamental que la memoria histórica siga siendo una herramienta ética para prevenir la repetición de crímenes nacidos del discurso y legitimados por la propaganda.

Referencias

Herf, J. (2006). The Jewish Enemy: Nazi propaganda during World War II and the Holocaust. Harvard University Press.
Shoup, K. (2017). Nazi Propaganda: Jews in Hitler’s Germany. Cavendish Square Publishing.
Hadamovsky, E. (1933/2021). Propaganda e Potere: monopolio della manipolazione di massa. Edizioni TSC.
Ozacky-Stern, D. (2022). Goebbels: Nazi Master of Illusion – The Destructive Power of Joseph Goebbels’s Propaganda and the Holocaust. Lazar Institute.
Graf, J., & Mattogno, C. (2016). Das Konzentrationslager Stutthof: Seine Geschichte und Funktion in der nationalsozialistischen Judenpolitik (2. Auflage). Castle Hill Publishers.