Una mujer, sentada entre ruinas milenarias en Alejandría de Egipto, deja correr sus lágrimas que, al contacto con el polvo y la arena del desierto, parecen germinar la tierra estéril y castigada por el tiempo.

Llora porque carece de voz frente a egiptólogos y arqueólogos de fama internacional que jamás darían crédito a su proyecto: encontrar la tumba de una de las últimas reinas del Nilo, Cleopatra VII, la legendaria faraona que tuvo a sus pies, incluso al Imperio Romano.

De profesión abogada criminalista, es en España, durante una extensión de sus estudios donde obtiene una maestría en arqueología, lo que le cambiará la vida.

Desde niña, tuvo una profunda fascinación por la historia, con especial interés por la cultura egipcia y, particularmente, por la figura de Cleopatra, la reina del Nilo.

A los quince años, durante una reunión de intelectuales, organizada por su padre en casa, escuchó que se referían a Cleopatra como una mujer “lujuriosa” y “banal”. Con la inocencia de sus años, pidió tiempo para estudiar, prometiendo reivindicar su figura y demostrar que estaban equivocados.

Quince años más tarde, al término de un riguroso estudio sobre la última faraona de Egipto, tomó conciencia de que tenía, entre sus manos, un gran descubrimiento: la posible localización de la tumba de Cleopatra y Marco Antonio.

Pero su camino no sería sencillo. No pertenecía a la élite académica europea, más abierta al paso de las mujeres en la sociedad. Era de República Dominicana, hija de un padre conservador y abogado, que escuchaba con perplejidad los sueños de esa hija suya, para la cual él ya había diseñado el futuro.

A pesar de contar con una vida estable —un prestigioso bufete de abogados y una familia tradicional—, decidió emprender ese viaje que tantas veces había imaginado y comprobar si su proyecto podía siquiera ser escuchado por el arqueólogo más importante de este siglo, Zahi Hawass, entonces director del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto.

Durante el vuelo a El Cairo conoció a una arqueóloga francesa que, apenas disimulando una sonrisa, le preguntó cuántos meses pensaba quedarse. “Un mes”, respondió. La francesa, incrédula, le comentó que incluso los estudiosos europeos requerían mínimo tres meses para poder encontrar al eminente arqueólogo Hawass y ella, proveniente de un país sin tradición investigativa egiptológica, sin apoyo de alguna universidad de renombre internacional y de un país que ni siquiera contaba con representación diplomática en Egipto, parecía no tener ninguna posibilidad.

Las lágrimas que surcaron su rostro marcaron también el inicio de un nuevo destino.

Recorrió diversos sitios arqueológicos hasta llegar a uno que, debido a su investigación, lo encontraba imprescindible: Taposiris Magna. Al llegar, la emoción la invade y la frustración pronto ocupa su lugar pues descubre que el sitio arqueológico estaba a punto de ser cerrado, tras varias décadas de infructuosas exploraciones.

¿Qué más podía hacer?

La respuesta llega a su mente como un eco de aire que levanta el polvo y le dice Todo, entonces reflexiona y entiende que aún nadie le ha dicho que no, que ni siquiera ha intentado nada.

Sacude sus ropas y nota que sus lágrimas han desaparecido en ese halo de aire caliente que se ha llevado lejos la derrota imaginaria.

Convencida de la solidez histórica y científica de su hipótesis, considera factible arriesgarlo todo y trabajar por su proyecto. Retornó a su país y anunció su decisión de presentar formalmente su proyecto en Egipto. No encontró apoyo: su familia se opuso, su marido no comprendió su determinación y el matrimonio terminó en divorcio.

Luego de innumerables trámites logró clasificar con su proyecto para ser recibida por un par de minutos por Hawass y así, eventualmente, conseguir la licencia para excavar en Egipto, misión casi imposible ya que, son miles las postulaciones y ochenta las licencias que se otorgan cada año, de las cuales unas cuarenta son licencias que se renuevan de proyectos en curso.

Durante este breve encuentro debía defender su propuesta: Cleopatra no estaría enterrada en Alejandría, en ese entonces, ya ocupada por los romanos, sino a 45 kilómetros de allí, en el templo dedicado a Isis, diosa de la que la reina se creía encarnación. Hawass, escéptico y tras décadas de excavaciones en esa zona, sin resultados, rechazó la idea.

Es así como Martínez, sacando esa fuerza de mujer latina, lo interpela diciéndole que no tomaba en serio su propuesta por no provenir de una universidad europea, “seguro que, si fuera de la Universidad de Harvard, se interesaría al menos de lo que le he expuesto”, justo entonces, a su lado se encontraba un profesor de Harvard, presente en la reunión, quien expresó su interés en su proyecto y dirigiéndose a Hawass lo insta “si usted no está interesado en el proyecto expuesto, mi universidad sí”.

Kathleen agradeció el gesto, pero no aceptó. Quería que la investigación llevara la bandera de su país, la República Dominicana.

Este punto es de vital importancia para la investigadora pues, la entidad que presenta los proyectos es la que lidera las obras quedando bajo la bandera del país que representan, por esto ella defiende firme esta exigencia. Esto definitivamente convence a Hawass y le concede 2 meses de exploración.

El tiempo con el que cuenta es mínimo, pues un mes lo ocupará en realizar todos los trámites para las autorizaciones. Luego de tres semanas de exploración sin resultados, y con el equipo al borde de la renuncia, como última alternativa, dispone a tres trabajadores a excavar en tres puntos distintos, faltando tres horas para que el plazo se cumpliera, apareció la primera cavidad.

Hoy, Kathleen Martínez es exploradora de National Geographic y lidera un equipo internacional de científicos que explora tanto en tierra como bajo el mar. Entre ellos se encuentra Robert Ballard, el oceanógrafo, que descubrió el Titanic en 1985, quien reconoció en Kathleen el reflejo de su propia historia de incredulidad y perseverancia.

Taposiris Magna, “gran tumba de Osiris”, reúne todas las condiciones simbólicas, religiosas y arquitectónicas para haber sido el lugar de sepultura de Marco Antonio y Cleopatra. Fue el lugar que funcionó como tal por más de cinco siglos. Hasta la llegada de Kathleen, ni siquiera aparecía en los mapas y estaba cubierto de arena y olvido.

En 2022, anunció el hallazgo de un túnel de 1.300 metros de longitud, parcialmente sumergido, además de dos mil seiscientos artefactos: cerámicas ptolemaicas; objetos de cosmética; máscaras mortuorias, momias con lenguas de oro (24 quilates) que, según la creencia del tiempo, permitían a los difuntos hablar con los dioses en el más allá. Ha encontrado diversos túneles y alrededor de veinte catacumbas y restos de un templo griego-romano.

El hallazgo fundamental fue encontrar la piedra de fundación “Petra Magna”, con inscripciones, monedas con el rostro de Cleopatra y un pequeño busto de la reina del Nilo.

Morir por la mordedura de una cobra, Aspid, no fue casualidad para la reina, ya que era el animal protector de los faraones, la llevaban en la cabeza como una corona. La diosa Isis (la gran madre) estaba estrechamente ligada a la serpiente, a través de mitos de sanación y poder. Cleopatra quería morir como la diosa. Esto refuerza la creencia de Kathleen de que su muerte es el inicio de un rito religioso que se concluye al ser enterrada en el templo dedicado a la diosa Isis y este lugar es Taposiris Magna.

El siguiente paso será una inmersión submarina sin precedentes en la zona militar del Mediterráneo, para observar, por primera vez en dos mil años, los restos sumergidos del sitio arqueológico.

A lo largo de estos veinticinco años de exploración, los desafíos no se han limitado a la burocracia ni al intenso calor del desierto. La peligrosidad del entorno, marcada por la presencia de fauna venenosa, ha sido, desde siempre, una amenaza constante.

En numerosas ocasiones, la investigadora ha debido dar el ejemplo y ser la primera en descender a las fosas y túneles, con determinación y valentía, pues otros evitan hacerlo por temor a escorpiones y serpientes venenosas que habitan la zona.

Sin mencionar que las condiciones climáticas extremas restringen el periodo de excavación a apenas tres o cuatro meses al año, por lo que el avance de los trabajos puede parecer lento.

Hoy, Kathleen es ministra consejera de Asuntos Culturales de República Dominicana en Egipto; su misión va más allá de un hallazgo arqueológico: busca reescribir la historia, reivindicar la figura de Cleopatra y abrir espacio a las mujeres y a Latinoamérica en la arqueología mundial.

Cleopatra no fue una mujer banal. Fue una mujer extraordinariamente inteligente, políglota, filósofa, estratega y gobernante, capaz de enfrentar al imperio más poderoso de su tiempo.

Kathleen se considera su abogada histórica. Excavando las entrañas del desierto egipcio, también se está excavando en el relato que, durante siglos, ha minimizado su papel en la historia.

Sus hallazgos la han llevado a realizar exposiciones en distintos lugares del mundo, destacando especialmente su participación en el Museo de El Cairo, donde la bandera de República Dominicana ha ondeado con orgullo inédito.

Aunque su país no cuenta con una tradición arqueológica consolidada y sus autoridades aún no dimensionan plenamente la magnitud de este proyecto, su trabajo trasciende lo individual: no solo enriquece el patrimonio cultural mundial, sino que abre una puerta histórica para la inserción de Latinoamérica en el ámbito arqueológico internacional.

El gobierno egipcio le ha concedido autorización para impartir clases en terreno, lo que le permite formar y capacitar in situ a jóvenes estudiantes latinoamericanos y de otros continentes. Esta iniciativa sienta las bases para el desarrollo futuro de los estudios arqueológicos en su país y fomenta excavaciones que ayuden a reconectar con las propias raíces.

Recordando sus propias palabras, Kathleen lo expresa con claridad: “una nación que no protege su patrimonio carece de historia, identidad y proyección”.

Hoy, sentada nuevamente entre ruinas milenarias, envuelta en la arena y el polvo del desierto, sus ojos brillan y esta vez las lágrimas son de certeza de sentir que, si estás segura de lo que quieres, hay que persistir, luchar y, en su caso, ¡excavar!

image host. Hoy, Kathleen es ministra consejera de Asuntos Culturales de la República Dominicana en Egipto.