Siempre salía de mi casa los viernes y sábados alrededor de la medianoche. Prefería cubrir aquel turno. Sacaba el coche blanco del garaje y me dirigía a la avenida para dar vueltas hasta encontrar a alguna pasajera que cumpliera mis requisitos. No solía importarme la edad, pero está claro que todas a las que había llevado a su casa hasta ahora obedecían un mismo patrón: chicas de entre 20 y 35 años con los ojos hinchados y el rímel corrido hasta la barbilla.

En realidad el taxi no era mío. Yo era enfermera. Pero como a mí me habían prejubilado y a mi vecino Ramón le habían dado la baja por depresión, pensé que usar su taxi podía ser un experimento interesante. Le pregunté a Ramón y él me dijo que sí, que no le importaba. No le importa ya nada a Ramón. Muy pocas cosas. Así que cuando se lo propuse en el ascensor y le dije que lo que ganara se lo daría para él, me pidió que lo acompañara a por las llaves.

—Ya sabes en qué plaza lo tengo aparcado, ¿no?

Cuando abrió su apartamento, todo seguía tal cual lo había dejado Rosa, pero mucho más sucio. En realidad, todos en el edificio nos deprimimos en mayor o menor medida cuando murió Rosa. Así que un poco de pena sí que me dio Ramón, aunque una vez yo lo viera salir de donde las putas cuando me dirigía a recoger unos papeles de mi jubilación al hospital.

Aunque lo viera salir de lo de las putas con cara de satisfacción me da pena ahora. Un poco de pena sí me da. Pero en parte pensé que se merecía la depresión Ramón. O que le vendría incluso bien conectar con la tristeza, conectar con el dolor, conectar con la gratitud de lo que tuvo. No sé. Conectar con alguna cosa.

Porque Rosa me lo decía. Me decía que Ramón era un asqueroso y un desagradecido. Cuando yo le conté lo de las putas me lo dijo. Y luego escuché la discusión de ellos desde mi casa. Pero decidí cerrar la ventana porque ya todo se puso demasiado personal.

Lo último que escuché fue a Ramón diciendo:

—Te juro que me pongo la goma, mira —y creo que entonces se sacó unos condones de la cartera, porque escuché el ruido de un plastiquito y a Rosa llorar.

A mí eso me revolvió el estómago y cerré mi ventana con cuidado para que ellos no supieran que yo sabía. Por eso me sorprendió que Ramón me dirigiera la palabra de nuevo y que me prestase su coche. Imagino que necesitaba el dinero. O que estaba todo empastillado y ya no tenía fuerzas de ponerme malas caras ni de rallarme el buzón, como hizo durante meses después de mi chivatazo. De mi chivatazo de lo de las putas.

Como si me importase a mí mi buzón. Solo me llegan cartas de Hacienda y ofertas de Domino's Pizza. Pero tampoco tenía otra forma de joderme, el desgraciado de Ramón.

Rosa subió a disculparse por lo del buzón un par de veces. Me miraba con la vergüenza de la mujer que ha perdonado lo que un día juró que nunca perdonaría. Todas conocemos esa expresión. Así que yo trataba de devolverle el gesto de la mujer que lo entiende porque también lo perdonó un día. Pero yo no sabía si conseguía poner esa cara. Una vez la practiqué frente al espejo y sentencié que no me salía muy bien. Creo que solo transmitía una especie de pena.

—No me mires así, Mari. Ya sé que te juré por mi madre que lo iba a dejar.

—¿Cómo te miro, Rosa?

—Que no me mires así. Con esa carita de pena.

—Para nada te miro con pena —le respondí. —A mí me da igual lo que hagas, Rosa. Yo a mi Ricardo lo perdonaba siempre. Tardé 15 años en dejarlo. A mí qué me vas a decir.

—Pero tú tenías tu trabajo en el hospital. ¿Yo lo dejo y qué hago? —Rosa agachó la cabeza y se puso a llorar. —Si es que tendría que haber terminado el curso ese de corte y confección por correspondencia que empecé hace cinco años. Así al menos tendría un oficio. Un algo de donde agarrarme.

—No digas eso. Te puedes venir conmigo un tiempo.

—Claro. Y tengo a Ramón arriba y veo cómo se lo come la mierda. Que este no sabe ni lo que es un centrifugado, Mari, pobrecito mío.

A los dos días de aquella conversación, atropellaron a Rosa cruzando el puente que conecta nuestro barrio con el centro. Venía de hacer las compras. Cuando se llevaron el cuerpo para la investigación, le devolvieron a Ramón una bolsa con todas las pertenencias que Rosa llevaba encima: un vestido de lunares, la alianza con el nombre de él, detergente, pan, media docena de huevos y una revista de corte y confección. Murió en el acto según la autopsia. En el tanatorio, el ataúd estaba abierto y me asomé para despedirme. "No me mires así, Mari".

Desde que Rosa murió, esperaba sentada a que alguien tocase el timbre. No sé quién. Abría de par en par las ventanas para ver si escuchaba a otros vecinos. Ponía la tele muy alta. Me pasé así un mes y medio hasta que se me ocurrió lo del taxi.

Hoy es viernes y es mi tercera semana llevando pasajeras. Mi procedimiento es siempre el mismo.

Aminorando considerablemente la velocidad del coche y, con las ventanillas bajadas, me detengo delante de las puertas de las discotecas y terrazas principales y observo a las parejas peleando. A veces espero un rato cuando veo que la discusión está muy acalorada y hago contacto visual con las chicas. Ellas me miran avergonzadas y levantan el brazo para que las lleve. Normalmente se suben aún con lágrimas en los ojos. Yo les ofrezco una botella de agua y un pañuelo de los que llevo en la guantera.

Siempre me cuentan la misma historia: que Pablo les había prometido que no iba a usar cocaína nunca más y se lo encontraron en el baño con los amigos y el turulo en la nariz. O que volvieron de la barra y Rubén estaba bailando con otra. O que Julio se había puesto celoso porque otro chico las estaba molestando, aunque ellas ni siquiera sabían quién era ese otro chico.

Ellas se llaman María. Se llaman Teresa. Se llaman Natalia. Yo las dejo hablar y las escucho desde el asiento del conductor hasta que se calman. Hasta que su respiración se vuelve más pausada. Y entonces me dicen que es una tontería. Que se sienten estúpidas. Que en realidad Diego las quiere, que Francisco va a cambiar, que Antonio es así solo porque está borracho. Yo les devuelvo una sonrisa cómplice a través del retrovisor y las dejo en la puerta de casa. Siempre espero a que entren en su portal antes de arrancar de nuevo hacia la puerta de otra discoteca.