Había viajado 9 horas y cruzado el Atlántico para poder verla, pero ni bien había pisado el antiguo continente, un malestar se había hecho presente, como la predestinación de lo inminente. Luego de salir del aeropuerto, se sentía incómodo en la silla trasera del SEAT. El tránsito del aeropuerto al L'Hospitalet no duró tanto como para poder sentirse más estable, más sobre la tierra.

Cuando finalmente llegó, miró al décimo piso y vio las cortinas ondeando, suspiró porque se sintió tan cerca de ella como para poder olerla. Al abrir la puerta, el piso parecía desierto, pero al afinar el oído oyó unos gemidos cortos que salían de la recámara interior. Era extraño ver el inmenso horizonte, lleno de mar, nubes y sol, y sentir el frío del agua otoñal en los pies. Con las sandalias en la mano, pensaba en ella, en sus ojos de fuego y en sus brazos; en cómo la seda se desliza por su piel; y luego pensaba en el ardor en los riñones, en la sensación de estar dentro de ella, de ese deseo que nunca termina.

Las luces parpadeaban, los letreros de neón no dejaban que olvidara el lugar en el que me encontraba. Llevaba una camisa, muy ligera, desabrochada hasta el ombligo, con las mangas dobladas hasta el antebrazo, ojos verdes oscuros que reflejaban secretos, aros en sus orejas, una barba de meses, el cabello engominado, un pantalón de mezclilla y unas botas de cuero. Así arrastraba su esqueleto apestoso a sudor, whiskey y cigarrillo. Franco tenía el pelo castaño y la piel tostada por el sol. Con la botella pegada a su cuerpo, meciéndose, recordaba la melodía de altas trompetas melancólicas que atravesaban aquella noche en que se descubrió enamorado.

No iba borracho; sin embargo, la cabeza le daba vueltas. Paso a paso recordaba la embriagante melodía que era la ventana para que ingresara esa fragancia, ese dulce almizcle de su boca. Quería verle de nuevo, volver a sentirla cerca.

Con la penumbra que comenzaba a adueñarse del ambiente y las sombras que empezaron a alargarse, el aire que se hizo denso de calor parecía que al batir la mano se le podía coger. Vino a su mente el porqué de su desesperación: la sabía en brazos de alguien más, por ello su pecho no pudo albergar otra cosa que evasión.

Al final de la calle, vio un fino portón de madera, tenía unos grabados de caballeros cruzados, de murallas defendidas de piratas, de santos cristos. Al intentar levantar la vista, se dio cuenta de que era una pequeña marmita de cal, atravesada con sendos parales de madera que sostenían el techo. Un campanario en ruinas y una campana tumbada sobre el techo a la mitad de la construcción lo hicieron pensar en su ruinosa situación. Dejó caer la botella y golpeó la puerta esperando encontrar a alguien. Las ruinas devolvieron silencio y su desesperación comenzó a hacerle brotar lágrimas. Estaba angustiado porque creía saber lo que quería, pero sus convicciones no le permitían avanzar, rogar ni darse por vencido.

Pateó la puerta, esta se abrió y entró trastabillando para luego caer de rodillas en la mitad del corredor central. El suelo de unos gastados adoquines de barro estaba lleno de polvo, trozos de madera del techo y escombros. Continuó de rodillas, rogando perdón, implorando sosiego para su sufrimiento. Sintió una paz y tranquilidad infinitas, llegó al púlpito y vio al Cristo que lo miraba compasivamente, con la cabeza ladeada; así ingresó en un estado de letargo, que duró un par de segundos que parecieron años. Pasó la lengua por sus labios para remojarlos, sintió sed y un calor desértico que se le colaba por los huesos. Quiso estar loco solo para darse cuenta de que ya lo estaba y entonces la luz le llenó los ojos, era como si la iluminación le llegara de dentro, como si lo llenara una dicha y una certidumbre que no había sentido antes. Y entonces rezó, le rezó a esa fuerza infinita que le había dado el poder de decidir.

Aquella fuerza le hizo sentir y saber lo que quería, pero inesperadamente lo abandonó la tranquilidad, lo abandonó esa dicha pacífica y lo poseyó la fuerza del fuego. Entendió que el Ángel caído se había apoderado de su ser, pero, lejos de repelerlo, abrazó su fuerza y quiso tener más y más poder, el poder de hacer todo lo que le parecía y quería. Así se levantó, abrió los brazos y de un tirón se desnudó el torso; parecía más bello, más alto y más musculoso. Tuvo la certeza de amar, la certidumbre de ir por ella y de pertenecer ad aeternitatem. Sabía que ella lo amaba y que a pesar de estar con alguien más, sus almas no dejarían de entrelazarse hasta el fin de todos los tiempos.