La puerta de la casa sonaba como un gato al abrirse. No era un chirrido cualquiera: era un maullido metálico, un quejido breve y orgulloso, como si la madera tuviera uñas y las arrastrara a propósito para avisar de que se entraba en territorio ajeno. Estaba situada en el centro de 4 esquinas: una casa encajada, dentro de un pasillo que se doblaba sobre sí mismo, como una calle que se arrepiente y vuelve, y que terminaba desembocando siempre en esa misma entrada. La puerta, además, desprendía un olor bohemio, es decir, una mezcla de vino, sudor y colonia. Al menos eso decían los pocos iniciados en ese laberinto. Los otros, los que se extraviaban, juraban que allí olía a sábado perpetuo y a maleta sin deshacer. Pero en el fondo, todos coincidían en que ese olor no era casual: era dejadez.
Allí vivía, detrás de esa puerta como quien vive detrás de una idea. No era alto ni bajo, ni joven ni viejo: era una suma de gestos y discursos. Tenía la mirada entrenada por Señor Libro y Señor Calle y eso se notaba. Era docto en varios saberes de toda índole científica y humana, versaba en la química, la alquimia, la historia y la genealogía, entre otros tantos entresijos. Cuando decía “alquimia” no lo decía con ironía, sino con una seriedad juguetona, como si la alquimia fuera una ciencia que se hubiera cansado de esperar a que la tomaran en serio y se hubiera ido a fumar al patio. Lo mismo hablaba del número atómico del sodio (hablar de Ná que decía él) que de la manera en que una familia puede arruinarse por una herencia mal repartida.
Era amante de la charla espontánea en compañía, ya sea de alcohol o de personas. A veces parecía que el alcohol era una persona más, un invitado sentado en el sofá, con sus propias opiniones y su propia voz. Otras veces, por el contrario, las personas eran vasos que se llenaban y se vaciaban: venían, se reían, se confesaban, desaparecían. La realidad era que el alcohol atenuaba sus innumerables pensamientos. Cuando bebía, las telarañas y enredaderas de su casa dejaban de crecer.
El piso no era exactamente un piso: era un ecosistema. Había libros apilados en columnas que amenazaban ruina, vasos que nadie recordaba haber usado, ceniceros con cicatrices de guerra y una lámpara cuyo cable estaba arreglado, con cinta aislante, como si fuera una herida. En una pared, alguien había colgado un cuadro torcido que representaba un paisaje imposible: un río que subía cuesta arriba. A Gato Conde le gustaba ese cuadro porque decía que era realista: “Lo raro”, sostenía, “es que los ríos bajen siempre. La vida, en cambio, sube, y cuando baja es porque ya no sabe qué hacer”. “¿Y tú qué crees, y tú qué crees, lo ves normal, qué opinas?” decía a nadie.
En una de sus innumerables y rutinarias aventuras por la urbe con su querido, se sorprendió al corregir al muchacho sobre cuál era el mejor Jack Daniel's. La escena fue sencilla y, sin embargo, se forjó en su memoria. Estaban en un bar de luces cálidas, de esos donde el camarero está demasiado nervioso de tanta cocaína. El señorito —a quien algunos llamaban “La Tóxica” por costumbre, su nombre cambiaba según la noche— pidió un Jack Daniels “del bueno”. Y Gato Conde, sin poder evitarlo, inclinó la cabeza como un profesor ante un examen mal respondido: “¿Del bueno? ¿Te refieres al Single Barrel o al Gentleman? Porque el "bueno" depende de para qué lo quieras: para pensar, para olvidar o para fingir que estás bien”. El muchacho se rió, pero notó algo: sabía demasiado sobre el alcohol.
Su paraíso era artificial y entonces, para sus adentros se preguntaba: ¿cuánta graduación provoca una sonrisa? ¿Dos dobles? No era una pregunta cómica; era una pregunta científica. En los momentos de silencio, cuando la calle se quedaba sin coches y el bar sin música, se le veía la costura de la alegría, el hilo que la sostenía. Tenía una sonrisa que funcionaba como una máscara bien tallada, pero a veces se le veía el cansancio antiguo, el que no se cura con dormir. Gato Conde intuía que la alegría, como la química, podía medirse en proporciones. “Si mezclas nostalgia con ron”, decía, “te sale una canción. Si mezclas orgullo con whisky, te sale una discusión. Si mezclas miedo con tequila, te sale un mensaje que luego borras”.
Él tenía su propio sistema métrico internacional. Medía la distancia en cigarrillos. De casa a la universidad eran 2, de casa al bar, 1, de su casa a la de su hija… ni se acordaba. En realidad, ese “ni se acordaba” no era un olvido cualquiera, era un olvido con piedras dentro. Esa distancia la calibraba en meses sin llamadas, en cumpleaños vistos a través de una pantalla, en juguetes comprados con retraso.
El tabaquismo exigía su propio ritual: encender el cigarro, dar tres caladas, mirar una esquina, soltar el humo: como si estuviera soltando una idea y proseguir. Las calles eran para él un tablero de ajedrez, donde cada paso implicaba una posibilidad. Conocía a los perros del barrio por sus nombres —por los que él les ponía— y sabía qué portales olían a sopa, cuáles a detergente barato, cuáles a humedad. Demasiadas madres solteras en su haber.
Su novio lo acompañaba a menudo, no por devoción sino por curiosidad. Robin a veces parecía una alumna y otras una cómplice, otras un alumno. Le gustaba escuchar a Gato Conde porque hablaba como si improvisara una conferencia en un vagón de tren. Iban por Madrid y él señalaba cosas insignificantes y las hacía grandes: un grafiti, una farola rota o una pareja que diacutía al lado de un kiosco. “Mira”, decía, “eso es química también: dos personas que se atraen y se repelen según la temperatura del día”. La señorita le reía las gracias, le decía que qué gracioso, pero luego se quedaba pensando: “menudos gilipollas”.
Una noche, al pasar frente a una tienda cerrada, Gato Conde se quedó quieto mirando su reflejo en el cristal. Se vio triple: él y la calle detrás, él y las luces, él y el humo. Se preguntó en silencio si seguía siendo él o una costumbre. Ella/él soltó una carcajada y le dio un golpe suave en el hombro en señal de aprobación.
Al volver a casa, la puerta volvió a sonar como un gato. Dentro, el aire parecía más espeso, como si las conversaciones antiguas siguieran flotando en el techo. A veces, de madrugada, Gato Conde juraba escuchar frases que nadie decía ya: un “salud” a destiempo, un “yo no quería” perdido en el pasillo, un “mañana lo arreglamos” que se quedó sin mañana.
Se quitaba el abrigo y lo dejaba en una silla que era perchero desde hacía años. Siempre encendía una luz pequeña, no por ahorrar, sino por respeto: la luz demasiado fuerte le parecía una intromisión en su psique. Se servía un vaso —no siempre, pero casi— y se sentaba entre libros y ceniceros, como un rey de un reino desordenado. A veces abría un volumen de historia y leía una página al azar; otras, se quedaba mirando la pared como quien espera que diga algo. Y, de nuevo, le volvía la pregunta: ¿cuánta graduación provoca una sonrisa? ¿Dos dobles? ¿ninguna?
En el fondo, su sistema métrico no era solo una extravagancia. Era una manera de no perderse. De su casa a la universidad eran 2, y eso lo tranquilizaba: dos cigarros y un aula, dos cigarros y una pizarra, dos cigarros y una voz que explicaba. De casa al bar, 1, y eso lo animaba: un cigarro y el ruido, un cigarro y la barra, un cigarro y una risa prestada. De su casa a la de su hija… ni se acordaba. Y, aun así, seguía caminando. Había caminatas que eran una forma de pedir perdón.















