El primogénito de la hija de un coronel nació en el caserón de sus abuelos maternos en el corazón del Caribe y en el caserón se fue quedando, sus padres lo dejaron una vez, otra vez y otra vez hasta que los abuelos no pudieron imaginar la vida sin él y nadie tuvo corazón para arrancarles al nieto. El pequeño se convirtió en el rey de la casa, el único niño y el segundo hombre en la casona gobernada por un matriarcado. Fue un niño preguntón (¿quién fue Mambrú y a qué guerra fue? Un militar que combatió en la Guerra de los Mil Días con tu abuelo), mimado y celoso. Cuando algún otro chiquito iba de visita, el rey lo pellizcaba a escondidas y después le pedía que hiciera el favor de ir a llorar a su propia casa. ¡Esta criatura es un tormento, carajo!, explotaba su abuela de vez en cuando, aunque siguió consintiéndolo y ordenando que le cocinaran otra cosa si la comida no era del gusto de su majestad.
El tormento agotaba las energías de sus mayores como a las seis de la tarde, cuando comenzaba a oscurecer y entonces su abuela le mandaba sentarse quieto, no te muevas, hijito, o molestarás a tus tíos, le decía, aunque los tíos estaban muertos. El preguntón se quedaba estático y del puro susto acompasaba su respiración a la de los espíritus que ocupaban la mitad de las habitaciones de la casa. Antes de la hora en que las ánimas del purgatorio salen a mirar el perejil, las mujeres acostaban al niño en el cuarto de los santos. Las figuras de yeso eran más grandes que él y se alargaban, encogían y hasta caminaban, gracias al aire que movía la llama de la vela que dejaban encendida para que él no se asustara.
El pobre se tapaba la cara y se quedaba dormido sin poder decidir qué era más aterrador, si los fantasmas de la familia o la corte celestial. La mayoría de los muertos sólo quiere un poco de compañía, decía su abuela, a veces se sienten solos y hay que entenderlos, hijito. El primer muerto que el niño vio fue su vecino, que nunca importunaba y sólo tosía de vez en cuando, vivía en su propia casa, La Casa del Muerto, y el pequeño se lo encontró de cuclillas en la letrina la vez que entró a su casa persiguiendo al conejito que se le había escapado. Tomó a su conejo y salió disparado aunque comprobó que su abuela tenía razón, el muerto parecía muy triste. Hiciste mal, ¿qué te costaba hacerle un poco de compañía al pobre?
Un día, una de las mujeres del caserón anunció que se moriría pronto, dio un montón de instrucciones y cuando estuvieron cumplidas, se murió de verdad y a nadie le pareció raro. El niño aprendió que los duendes existen y aunque suelen ser bromistas y risueños, cuando se les tuerce el genio apedrean casas; supo que las brujas aburridas se dedican a hacer ruidos inexplicables para entretenerse con las caras de susto y que hay gente que sube al cielo en cuerpo y alma, como le pasó a una mujer hermosísima, que se elevó, se elevó y siguió elevándose hasta que desapareció, aunque las malas lenguas dijeron que había huido con un camionero porque las malas lenguas, además de mentirosas, no tienen ni idea de la vida.
El abuelo era un coronel en retiro y aunque peleó en todas las guerras civiles de su país, nunca conoció a Mambrú. Muchos años antes de que su nieto naciera, el coronel no tuvo más remedio que retar a duelo a un hombre que ofendió su honra en público. Él sabía que vencería y por ello pospuso la mala hora tantas veces que estuvo a punto de hacerle más daño a su honra. El duelo tuvo que darse, el coronel venció y a partir de entonces se topó con el fantasma del muerto reciente en cada esquina.
Lo vio tantas veces y le rompió el corazón de tal manera que tomó a su familia y la llevó a vivir muy lejos, no sabes lo que pesa un muerto, hijito. El hombre hablaba con su nieto como si se tratara de otro adulto, le contaba la historia de su tierra y de su gente, le leía el periódico, los conservadores nacen y los liberales se hacen, hijito y lo llevaba de la mano a todo sitio, a visitar a los amigos, al cine, al circo, y cada semana, al correo, a ver si por fin llegaba la pensión de jubilación que el Gobierno le había prometido.
Los domingos por la mañana, el hombre y el hombrecito cruzaban el pueblo para ir a chapotear al agua fría y misericordiosa de un río lleno de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. ¡Abuelo! ¡He visto unos pescados duros como piedras!, llegó corriendo a contarle un día con ojitos de plato. ¿Qué significa congelados?, respondió con una pregunta a la explicación y entonces el hombre lo tomó de la mano y lo llevó a conocer el hielo. En el taller de orfebrería de su abuelo, el niño dibujaba las historias llenas de vivos que habían muerto y de muertos que estaban vivos que sus mayores le contaban, mientras el coronel fabricaba pescaditos de oro con ojos de esmeralda.
El dibujante, que aún no aprendía a escribir, supo que su pueblo era El Dorado, que debía su color al banano y estaba habitado por los migrantes de todas las guerras de la humanidad. Su abuelo le habló de la avaricia de una compañía bananera, que protegía de los zancudos a sus funcionarios gringos, pero no protegía del hambre a sus obreros porque, aunque eran suyos, la compañía decía que no trabajaban para ella y era mentira, aunque también era verdad. El abuelo le contó la historia de la huelga de los obreros de nadie, que terminó en masacre, llenó de cadáveres un tren y espantó a Dios, quien respondió con un diluvio furioso que esparció sangre de pobres por toda la superficie de la tierra. Cuando el niño aprendió el alfabeto y encontró Las mil y una noches en la casona, casi se murió de tan feliz. Leer es lo más fascinante que hay en la vida, dijo, y nunca dejó de leer.
El coronel murió y la infancia de su nieto terminó. El niño estaba tan familiarizado con la muerte que no lo lloró sino hasta mucho tiempo después, cuando comprobó que nadie podía sustituirlo y hasta las alegrías se le volvieron un poco tristes por no poder contárselas. Años más tarde, la tumba del coronel desapareció sin explicación y si no fuera por su nieto, el hombre no habría existido. El niño se mudó a vivir con sus padres, que eran casi dos extraños para él.
Su papá era un telegrafista con alma de violinista y mala suerte para los negocios. Su mamá era bonita, práctica y fecunda y daba a luz a un bebé cada año. El amor de la pareja fue terco como mula y superó todos los obstáculos que el coronel puso al telegrafista que quiso llevarse a la niña de sus ojos y se la llevó. El día de la boda, sin embargo, la novia no llegaba y no llegaba. El telegrafista, de pie en el altar, sudaba de miedo y de dolor de corazón creyendo que aquella vez sí se le había escapado la paloma, hasta que el sacerdote, que había logrado que el coronel aceptara los amores de su única hija con el flacuchento, fue a ver qué pasaba.
Con la tranquilidad de tener el casamiento asegurado por la intervención del cura, la novia se había quedado dormida. Llegó en volandas al altar y se casó feliz de la vida, aunque pasó la boda bosteza que te bosteza. En casa de sus padres el dinero escaseaba y el nieto del coronel ganó su primera plata escribiendo. “Hoy no fío, mañana sí”, pintó en la tienda de la esquina a pedido del tendero. Cuando llegó a la adolescencia, supo que debía buscarse la vida y postuló a una beca. Llegó a la capital de su país, una ciudad sin mar ni aire, gris y fría. Cuando no vio ni una mujer en las calles, estuvo seguro de que se moriría de tristeza, aunque al final nunca se murió.















