Todo indica que, lo que se ha escrito desde siempre dentro de la ficción, es un reflejo de nosotros, ya sea de manera explícita o implícita, a través de metáforas y simbolismos.
¿Se puede escribir una historia interesante sin un conflicto central?
De todos los elementos que conforman la trama de una historia, el elemento que parece ser insoslayable, a lo largo de la Literatura, es el conflicto. Si bien existen textos que carecen de él, no sé si puede decirse que prescinden de él. Se opina, generalmente, que a estos les falta esa sal de la vida que es el conflicto. Pero, ¿y qué tal si, el hecho de que la mayoría de nosotros demandemos su inclusión en las ficciones se deba a que, en la vida real, no hemos aprendido a vivir sin él?
¿Por qué se considera el conflicto un pilar de la narrativa?
El conflicto es parte fundamental de la narrativa tal como la conocemos. No solo porque genera interés y dinamismo, sino porque permite el desarrollo de personajes y la exploración de dilemas humanos. Algunas corrientes, como el slice of life (trozo de vida) en la literatura y el cine, exploran historias sin un conflicto central evidente, enfocándose más en la contemplación y la experiencia de lo cotidiano. Pero incluso en esas obras, suele haber pequeñas tensiones o contrastes que mantienen el interés del lector/espectador.
Características del género slice of life
Muestra la vida cotidiana con realismo y sencillez.
Aborda temas comunes como amistad, romance, trabajo y la vida familiar.
Busca conectar con los lectores.
Ofrece reflexiones sobre la condición humana y las experiencias del día a día.
Contiene eventos que pueden sucederle a personas reales en la vida real.
Cómo vivir en paz y reflejarlo en la literatura
Es conocida la expresión “Uno se busca los problemas”, para significar que no podemos o no queremos vivir en paz. De ser así, entonces, una literatura sin conflictos solamente sería la preferida si, primero, aprendiésemos a trascender el conflicto en nuestras vidas. Pero, ¿cómo sería una trama interesante sin conflicto? Suena casi a un sinsentido algo así, teniendo en cuenta que, hasta en el género comedia, las historias avanzan gracias a un conflicto. Quizá, sin él, si no toda la literatura, al menos la prosa dejaría de existir tal como la conocemos, quedando la poesía, en tanto no sea dramática, por ejemplo.
Quizás la literatura evolucionaría hacia formas más meditativas, descriptivas o experimentales, como lo ha hecho la poesía en muchos casos.
Mientras tanto, veamos qué es el conflicto y cómo se desarrolla dentro de una trama ficcional.
Conflicto
Cuando hay una voluntad de hacer, y una resistencia —ya sea externa o interna— que se opone a esa voluntad, podemos decir que tiene lugar un conflicto. Esa confrontación entre voluntad y resistencia puede ser de manera física, verbal, o interna, como un personaje que experimenta un debate consigo mismo, porque necesita superar un miedo. El conflicto, se dice, es un requisito indispensable en la narración, ya que, sin él, quien lea la historia, asistirá a una mera sucesión de eventos, carente de interés, y que si hay un interés que justifica la historia, este reside justamente en el drama.
Desarrollo del conflicto: estructura
Como habremos notado al leer ficciones, en las obras hay una introducción expositiva que enuncia los términos en los que se desarrollará el conflicto. Quién quiere qué, y qué o quién se le opone.
Desde las primeras líneas, los autores nos van exponiendo, de manera clara, el carácter de los personajes y la historia.
Luego, nos introducen a fuego lento en el clima de la trama, ya que el comienzo debe llevarnos desde nuestro estado de ánimo actual, a otro, diferente, para sumergirnos emocionalmente en él.
Casi sin darnos cuenta, hemos transitado esa introducción expositiva y somos testigos del desarrollo o articulación del conflicto, donde vemos cómo evolucionan las acciones de los personajes, de acuerdo con el cumplimiento de sus objetivos, en un orquestado crecimiento de nuestro interés dirigido por quien escribe.
El desarrollo del conflicto implica explorar y profundizar en sus raíces y sus ramificaciones. A medida que la narración avanza, se agregan complicaciones y obstáculos que dificultan la resolución del problema. Estos desafíos pueden aumentar la intensidad del conflicto y poner a prueba a los personajes, lo que genera tensión y nos mantiene atrapados.
Abolido el tiempo que rige la rutina de nuestras vidas, hemos llegado, felizmente, a la culminación del conflicto, momento en que se define la historia: fracaso, éxito o postergación del objetivo de los personajes, o de los hechos que se plantearon en la primera etapa y se desarrollaron en la segunda. Es donde se alcanza el pico de un conflicto amoroso, una tensión dramática, una explicación técnica. Es el momento de máxima tensión o de “giro” en la historia. Y en este punto, es normal sentir (al menos a mí me pasa) una suerte de apego que me lleva a aminorar la marcha de la lectura, y me fijo cuántas son las pocas páginas que restan para que deba despedirme inevitablemente de la trama.
En esos momentos, recordamos la existencia del señalador, y nos surge un espontáneo deseo de honrar su función y colocarlo justo ahí, donde acabamos de bajar un cambio en nuestra caja de velocidades de lectura, y, casi al mismo tiempo, comenzamos a pensar en nuestros deberes rutinarios, para elegir rápidamente alguno, cualquiera sirve para interrumpir el placer de la lectura, sintiendo que hacer eso es lo último que desearíamos.
Luego de minutos, horas o días, lo que sea que hayamos aguantado hasta volver al libro que no ha dejado de reclamarnos, conocimos cómo, después del giro efectuado en la culminación, el proceso o la acción que se describía, ha pasado de un estado a otro. El triste desenlace (aunque sea alegre lo sentimos triste) es la nueva etapa de relación entre los componentes de la historia.
Sí, ya sé, acá es donde, antes, se decía Fin.















