
Si alguien me hubiera dicho hace unos años que iba a dedicar mi vida al agua, a los residuos y al clima, probablemente me habría reído. Empecé estudiando Derecho en Colombia, mientras tocaba violín en una orquesta clásica, y terminé viviendo al otro lado del mundo, en Rusia, aprendiendo un idioma y una cultura tan distinta a la mía que me obligó a mirar el mundo desde otros ángulos.
Durante un tiempo pensé que ese sería el lugar donde pasaría el resto de mi vida. Llegué allí para estudiar y, en paralelo, empecé a trabajar en una empresa multinacional del sector de las flores. Entré sabiendo muy poco del idioma y del negocio, y empecé literalmente desde abajo: pasé por distintos departamentos, incluidos barrer y limpiar neveras grandes de flores, hasta convertirme en director. Mi día a día giraba alrededor de ese mundo —sí, las flores—: rosas y claveles de Ecuador y Colombia, crisantemos y tulipanes de Países Bajos, verdes de Israel, rosas pequeñas de Kenia. Detrás de cada tallo había una cadena de personas, cultivos, aeropuertos, mercados y decisiones. Es un universo que casi nadie ve por dentro, con viajes constantes y aperturas de franquicias. Si en ese momento alguien me hubiera dicho que algún día trabajaría con agua y residuos, no lo habría creído.
En esa etapa casi nunca pensaba en residuos, sequías o acceso al agua potable. Mi preocupación estaba en que las cargas llegaran a tiempo, en cuadrar números, en hacer crecer la compañía. Sentía que mi mundo estaba completo… hasta que dejó de estarlo. Todo empezó a cambiar cuando decidí trasladarme a vivir a la República Dominicana. El contraste con esa vida anterior me obligó a mirar de frente una realidad que hasta entonces había sido invisible para mí, aunque siempre hubiera estado ahí.
En 2015, ya instalado en el Caribe y de regreso a Latinoamérica, empecé a ver de cerca la problemática de los residuos, el agua y la energía: residuos por doquier, vertederos a cielo abierto, barrios esperando el carro cisterna, comunidades organizando su vida alrededor de cuándo llega el agua, familias que tenían que decidir si pagar la luz, comprar agua embotellada o simplemente aguantar. Esa contradicción se fue haciendo demasiado grande como para seguir mirando hacia otro lado. Lo primero que hice fue reconocer algo sencillo y, a la vez, incómodo: no sabía lo suficiente sobre estos temas.
Empecé a aprender y a investigar por mi cuenta, a escuchar a gente que llevaba años trabajando en residuos, agua y energía, y a conectar con personas del mundo tecnológico y ambiental con quienes había coincidido en otras etapas de mi vida. Poco a poco, mi cabeza dejó de mirar solo balances y planes de negocio y empezó a concentrarse en una realidad que iba ganando peso: la ambiental y climática. Sequías prolongadas, países enteros con problemas de agua potable, energía costosa e inestable. ¿Cómo sostienes una vida digna cuando la base —el agua, la energía, el manejo de residuos— está siempre en duda? En ese contexto mi primera respuesta fue empresarial.
En 2015 fundé una compañía tecnológica centrada en la conversión de residuos y el procesamiento de agua. Durante un tiempo creí que la clave estaba solo en las máquinas: diseñar buenos proyectos, instalar equipos, demostrar que los residuos podían transformarse en agua y energía en lugar de acabar enterrados. Pero las escenas que se me quedaban grabadas no eran las de los tableros eléctricos, sino otras: una enfermera rellenando bidones porque el hospital dependía del camión cisterna; un barrio que había normalizado el olor del vertedero; una comunidad que sabía exactamente a qué hora dejaría de salir agua del grifo. Ahí empecé a entender que la crisis hídrica no era un “tema técnico”, sino un síntoma de algo mucho más profundo en la forma en que producimos y organizamos nuestras ciudades. Y la pregunta cambió de forma: ya no era solo qué podíamos hacer técnicamente, sino quién quedaba siempre fuera de las soluciones. Llegó un punto en que se hizo evidente que no todo podía abordarse desde el marco de una empresa, por muy comprometida que estuviera.
Hacían falta otros instrumentos y otra libertad para trabajar directamente con comunidades, administraciones y actores sociales, sin estar atado únicamente a la lógica del contrato. Con todo eso sobre la mesa, en 2021 tomé una decisión clave: fundar OIVA | Organización Internacional de Valoramos el Ambiente. En 2023 viví en España para completar su registro legal como ONGD de cooperación al desarrollo.
OIVA nace para recoger todo ese camino anterior y enfocarlo de manera específica en las personas y territorios que ya sufren los efectos del cambio climático, aprovechando al mismo tiempo las tecnologías desarrolladas por nuestro equipo y los fondos de donaciones canalizados desde el área de inversión del grupo hacia proyectos de agua segura, gestión de residuos y energía limpia. En OIVA la pregunta cambia: ya no es solo “¿podemos hacerlo?”, sino “¿cómo lo hacemos con y para las comunidades que están en primera línea?”. Hoy mi centro de gravedad es OIVA. Es el espacio donde tiene sentido todo lo demás: los años de experiencia empresarial, las alianzas tecnológicas, el trabajo con gobiernos locales y la sensibilidad que fui construyendo en el terreno.
Desde OIVA acompaño proyectos de agua segura, eliminación de residuos, energía limpia y resiliencia comunitaria en América Latina, el Caribe, África y el sur de Europa. Mi trabajo allí es muy concreto: visitar escuelas, hospitales y comunidades rurales; escuchar qué les preocupa, qué les duele y qué ya intentaron antes. Muchas de las mejores ideas nacen de una conversación que, en teoría, solo iba a ser una visita. La empresa que surgió en 2015 sigue siendo parte de mi historia, pero ya no es el centro del relato: hoy la veo como el brazo tecnológico que hace posible que muchas soluciones existan. De la misma forma, el área de inversión del grupo es, para mí, una herramienta para dirigir recursos hacia proyectos que de otro modo no tendrían financiación. No me interesa tanto la arquitectura empresarial como lo que permite: que una escuela tenga agua y energía, que un centro de cuidado pueda funcionar sin depender de camiones cisterna, que una comunidad recupere el control sobre su relación con el agua.
De todo ese recorrido nació la idea de crear un programa internacional al que denominé “Agua para la Vida: el Gran Reto de la Humanidad”, que hoy coordino desde OIVA. Más que un proyecto, es un marco de trabajo que une todo lo que me mueve: la crisis hídrica, la transición energética, la gestión de residuos y la dignidad de las comunidades que viven en primera línea de la policrisis que atravesamos. En la práctica, esto se traduce en llevar educación y agua potable a escuelas, hospitales, centros de cuidado y comunidades rurales; sistemas solares que aseguran energía donde la red no llega o llega mal; equipos para la eliminación de residuos a pequeña escala; y acuerdos comunitarios para cuidar la fuente y no dejar a nadie fuera.
Cada lugar se convierte en una especie de laboratorio vivo donde probamos, medimos, corregimos y volvemos a empezar. He vivido y trabajado entre Asia, América Latina, Norteamérica y Europa, con raíces personales y profesionales en Colombia, Rusia, República Dominicana y España. Esa vida entre orillas me ha dado dos perspectivas: la de quien ve las grandes tendencias globales y la de quien escucha, cara a cara, a la persona que abre un grifo y no sale nada. Las dos realidades son ciertas, y mi trabajo intenta tender un puente entre ellas. De mi etapa más “corporativa” conservo herramientas que hoy considero fundamentales: la disciplina para estructurar proyectos viables, la capacidad de hablar con inversores sin perder de vista a las comunidades, la experiencia de negociar con empresas tecnológicas y con administraciones públicas.
Hoy utilizo todo eso para algo muy sencillo de decir y muy difícil de hacer: que las decisiones sobre agua, residuos y energía se tomen pensando en la gente y no solo en las cifras. También he aprendido que lo que vivimos no es una crisis aislada, sino una policrisis que combina desigualdad, desconfianza, colapso de infraestructuras y modelos de producción que ya no dan más. ¿Cómo creamos acuerdos mínimos en medio de todo eso? Por eso me interesa la diplomacia ciudadana: sentar en la misma mesa a actores que normalmente no se hablan —gobiernos locales, empresas, universidades, organizaciones sociales, comunidades— y ayudarlos a construir lenguajes y acuerdos comunes. Esa es una parte muy importante de mi ADN y del de OIVA.
Fuera del trabajo, el deporte es una de las cosas que me mantiene en equilibrio. Llevo más de doce años corriendo y, con el tiempo, se han sumado la bicicleta y el ejercicio de gimnasio. Durante la pandemia, que me sorprendió viviendo solo en Nueva York, el deporte y el aprendizaje se convirtieron en refugio y rutina, y me hicieron mirar la vida y la naturaleza de otra manera. No lo vivo como rendimiento, sino como una forma de salir de la monotonía, ordenar la cabeza y entrenar disciplina. También leo muchas biografías: me interesa entender cómo otras personas han tomado decisiones difíciles en contextos de crisis y cambio.
Llevo escribiendo desde hace unos diez años. Al principio eran solo borradores dispersos sobre lo que iba pasando en el mundo; hoy son ensayos y artículos que intentan ordenar esa experiencia y hacerla útil para otros. Cada texto es un espacio para respirar y reflexionar, para mirar con algo de distancia lo que ocurre en los territorios donde trabajamos y preguntarme qué sentido tiene en el contexto global. En la serie “Agua para la Vida: el Gran Reto de la Humanidad” hablo de crisis hídrica, transición energética, gestión de residuos, diplomacia popular y comunidades que deciden no resignarse. Me gusta trabajar con datos e investigación, pero también con historias y con preguntas. Una de las frases que más repito es: “hacer la pregunta incómoda, donde el silencio suele ser la respuesta”.
La transición ecológica no es un eslogan verde; es la manera de evitar que millones de personas queden fuera del futuro. Si no somos capaces de verlo, no es porque falta información, sino porque falta educación y conciencia. Estoy convencido de que las soluciones técnicas —un generador atmosférico, un sistema solar, un modelo de reciclaje— solo funcionan de verdad cuando detrás hay comunidad organizada, acuerdos claros y responsabilidad compartida. Me emocionan especialmente los lugares que deciden convertirse en “laboratorio de futuro”: una escuela que asegura agua, gestión de residuos y energía limpia a sus estudiantes; un hospital que deja de depender de camiones cisterna y elimina directamente sus residuos peligrosos; un pequeño municipio que reorganiza su relación con el agua.
En los últimos años he participado en distintos foros internacionales sobre agua, energía y sostenibilidad. Allí insisto en algo que, para mí, es clave: lo que cambia el planeta no son las declaraciones, sino las decisiones que tomamos en los territorios concretos. Las cumbres pasan; lo que queda es si una comunidad tiene agua segura, si un niño respira aire limpio, si una familia puede vivir sin estar siempre al borde del colapso. En Meer escribo desde ese lugar: el de alguien que vive la transición ecológica no como un tema abstracto, sino como un trabajo diario con personas reales.
Me interesan las historias que empiezan en un punto del mapa —un barrio, un pueblo, una escuela, un centro de cuidado— y que, desde ahí, nos obligan a pensar qué estamos haciendo como sociedad. Si sigo escribiendo es porque creo que, en medio del ruido y de la saturación de información, todavía hay espacio para relatos honestos que conecten la gran palabra “crisis” con la vida cotidiana de la gente. Y porque estoy convencido de que, cuando esa conexión ocurre, la pregunta ya no es si debemos cambiar, sino cómo lo hacemos juntos.
