Cuando Mía me pidió que la acompañase al baño, yo acababa de meterme el otro trozo de pastilla con forma de nube que guardaba en la bolsita. Le ofrecí un cuarto, pero ella se quedó mirándome y se le pusieron los ojos brillantes. La verdad es que Mía siempre tiene los ojos vidriosos. Siempre parece que está muy feliz, muy emocionada de verte. O a punto de llorar. Muy triste por que hayas aparecido. El caso es que sus ojos desprenden cierta emoción. Por eso interpreté su mirada como una invitación a comerme la pepa yo solita. Me agarró de la mano y me arrastró hasta el interior del pasillo de aquella casa.
En cuanto entramos al baño, ella cerró el pestillo por dentro. Luego se bajó las bragas hasta las rodillas y se sentó para mear. Mía y yo llevábamos tres días sin dormir. Se me quedó mirando fijamente.
—¿Qué te pasa?, cuéntame —le pregunté.
Ella rompió en un llanto como de berrinche de bebé. Simultáneamente, expulsaba pis en la taza y lágrimas por los ojos. Esa imagen me dejó hipnotizada. Con fascinación, la miraba llorar y mear al mismo tiempo. Yo sólo pensaba en lo feliz que me hacía que Mía fuera amiga mía. Que estuviésemos las dos encerradas en aquel baño. Que, de todas las personas que había bebiendo vodka en aquel salón, hubiese confiado en mí. Y, sobre todo lo demás, pensaba en lo hermosa que era Mía y en si alguna vez se lo había podido decir.
Ella seguía llorando desconsolada. Le tendí un poco de papel higiénico para que se sonara. Me lo devolvió con sus mocos porque la basura se encontraba a mi lado. Justo antes de tirarlo, vi que el papel estaba teñido de rosa por los pases de tusi que nos habíamos metido un par de horas antes. Sonreí un rato porque me pareció como un truco de magia.
—¿Alguna vez te he dicho lo hermosas que me parecen tus facciones? —le pregunté.
Ella se limpió las lágrimas y sonrió.
—¿De verdad? ¿No crees que mi nariz es demasiado grande?
—¡Pero mira lo que hace tu nariz! —le respondí, mostrándole el papel rosado—. Convierte el papel higiénico en confeti rosa. Como Jesucristo.
Ella se rió, aunque aún se le escapaban algunas lágrimas por las mejillas. Se las limpié con cuidado.
Nuestro baño tenía azulejos de distintas formas. Algunos con rombos. Otros con círculos abstractos. Le pregunté si para ella también se estaban moviendo y me respondió que sí. Añadió que en el festival también había visto que la luna se movía.
—Amiga, la luna siempre se mueve.
—No, pero la de hoy se movía en zigzag —me contestó—. Fiun, fiun, fiun —dijo, moviendo los dedos de un lado al otro.
—Eso me lo perdí —respondí, riendo—. ¿Por qué estás llorando?, ¿qué ha pasado?
Mía se encogió de hombros. Nos miramos en silencio unos minutos. Sus pupilas eran como las bolas negras del billar. Como las que te hacen perder si las metes antes de tiempo. Pensé en eso un rato hasta que ella me respondió. En las lisas. En las rayadas. En los colores rebotando por la mesa. En los numeritos pequeñitos en el centro de cada bola. En la bola negra. Y de nuevo en las pupilas de Mía.
—No me pasa nada —contestó.
—¿De verdad?
—Bueno…
—Bueno, ¿qué?
—Es que Paula me prometió que después de aquello lo iba a dejar.
—¿Qué lo iba a dejar?
—Sí.
—¿El qué?
—Todo.
Sonreí porque Mía hizo un gesto como de enfado. Era preciosa su carita.
—¡Anda ya! Esa tusi te tiene emparanoiadísima.
—¿Tú crees?
—Sí.
—No sé. Puede ser.
Volvió a escucharse el pis.
—¿Estás meando de nuevo? —le pregunté.
Las dos nos echamos a reír. Me pidió que le subiese las bragas hasta arriba porque todo le daba vueltas. Yo obedecí y la agarré de la mano para salir hacia el salón.
Mía se sentó en el sillón junto a dos de las personas que estaban haciendo líneas en el móvil. Me voy a meter una, ya verás que se me quita este embotamiento tan grande. Aquellas palabras salieron de su boca pero sus labios parecían seguir cerrados. Miré a Mía con el billete hecho un rulito acercándose a la pantalla y sonreí. Yo sentía una euforia como la que supongo que sienten los pájaros al borde de un acantilado.
Puse mi mano sobre mi pecho, que retumbaba al son de la música electrónica que sonaba en los altavoces. Sentía cómo mis manos vibraban acompasadamente. Chun chun chun. Un amigo DJ había traído el CD player y estaba tocando en la mesa del salón. Era una música suavecita que me erizaba el vello de los brazos. Le enseñé a Mía mis pelos de punta y se levantó para abrazarme. El chico que estaba tocando lo vio y nos pidió a todos que apagásemos las luces y cerrásemos los ojos. Todo el salón obedeció. La música empezó a subir lentamente y sabíamos que se venía el drop. Nos abrazamos y esperamos a que rompiera.
Cuando las luces se encendieron de nuevo, se escuchó un llanto de bebé pero Mía ya no estaba llorando. Yo abrí los ojos un segundo y vi el billete doblado sobre la mesa, quieto, esperando su turno. Luego le puse una puntita a Paula en la nariz. Ella tenía los brazos ocupados.















