Era una noche calurosa de diciembre. La Navidad ya había terminado y todos nos disponíamos a transitar esos días extrañísimos entre una fiesta y otra: ese sopor de calor y hastío en el que una queda en suspenso, esperando que llegue el Año Nuevo para, recién entonces, decidir qué hacer.

Esa noche salimos de la casa y fuimos al fondo. Alguna razón —que olvidamos rápidamente— nos llevó a levantar una de las hojas del malvón, y ahí vimos algo que apenas se movía. Volvimos a levantar la hoja y revisamos con atención: un pichoncito asustado —y seguramente al borde de la muerte— se había escondido debajo.

¿Se había caído del nido? ¿Se tiró al intentar aprender a volar y no pudo volver por esas plumitas todavía de bebé? ¿Lo habían bajado los gatos y logró esconderse?

Las preguntas iban y venían, pero entre todas ellas surgía una certeza palpitante: dejarlo ahí era dejarlo morir, y no estábamos dispuestos a hacer eso.

Sin saber muy bien qué hacer, agarramos al pichoncito entre las manos. Sentir su párpado abriéndose y cerrándose en contacto con la piel fue la confirmación más intensa de que teníamos vida entre las manos, y de que así debía seguir siendo. Armamos una jaulita improvisada y nos dispusimos a alimentarlo, para que pudiera sobrevivir y convertirse en un pajarito más de los que andan cantándole al cielo y le dan color a nuestros días.

Unas horas más tarde, intentamos darle algo de comer. No tuvimos suerte. Su piquito estaba completamente sellado y, la verdad, tampoco sabíamos muy bien con qué había que alimentarlo ni cuál era la forma correcta de hacerlo. Tomó un poquito de agua, eso sí (luego supimos que no había que darle, pero tomó con ganas). Y sobrevivió a la primera noche: al amanecer, con una fuerza sorprendente, dio su primer pitido

A la mañana siguiente, todo tenía otro color. Comenzaron las averiguaciones sobre la especie, los contactos con centros de rescate de aves y los intentos por mejorar su jaulita improvisada. Al mismo tiempo, siguió la búsqueda de la alimentación adecuada y los ensayos —todavía torpes— para alimentarlo. También se estableció la necesidad de que las prácticas de vuelo se vuelvan una rutina ineludible de cada día.

Las buenas noticias no tardaron en aparecer: era un pichón de calandria y, de un momento a otro, decidió abrir el pico para que pudiéramos darle de comer. ¡Y el cambio fue total! Desde ese primer bocado que dio, nada lo —o la— paró, porque creemos que es una hembrita: lombrices, ciempiés, la papilla preparada especialmente para pajaritos bebés, uvas, banana, naranja… todo iba a parar a su buche. Cualquiera que pasara por al lado era motivo suficiente para que abriera el pico con determinación, dispuesto o dispuesta a recibir el alimento que hubiera para darle.

Y así pasaron los días: con pitidos que fueron ampliándose de a poco en su repertorio —sonidos nuevos aparecían a gran velocidad—; una alimentación constante, lo más diversa posible y a demanda; y la progresiva pérdida de las plumitas de bebé, reemplazadas por plumas más fuertes, que le permitían una mayor precisión en las prácticas de vuelo.

La calandria era extremadamente dócil. Cada día parecía más dispuesta a adaptarse a la vida que teníamos para darle. El contacto con los centros de rescate continuaba, y fue mucho el asesoramiento que recibimos de su parte para poder salvarla.

Sin embargo, el objetivo era claro e indiscutido: había que darle las herramientas necesarias para que pudiera hacer su vida de pajarito bonaerense en libertad. Ahora bien, ¿cuándo había que soltarla? ¿Cuál era el límite entre el rescate y la dependencia? Las dudas afloraban, pero también la certeza de que todo iría resolviéndose a su debido tiempo.

La víspera de Año Nuevo llegó. La calandria estaba cada día más fuerte y su vuelo había ganado mucha precisión. Ya no quedaban plumitas suaves de bebé aunque, claro, su colita seguía siendo corta y su cuerpito, regordete.

Colgamos la jaula debajo del árbol del que seguramente había caído. Así comenzó la revinculación con su familia. A los pocos minutos, se acercaron dos calandrias adultas y el hermanito, un pajarito visiblemente diferente tanto de la calandria bebé como de sus padres.

Con el tiempo entendimos la razón de esa diferencia: los tordos suelen dejar sus huevos en los nidos de las calandrias. Así, entre los propios, crecen también pichones ajenos, criados con el mismo cuidado y la misma dedicación.

Una vez que tuvimos la certeza de que su familia estaba ahí y dispuesta a recibir a la pichona, la sacamos de la jaula. Voló rápidamente hasta el paredón que está debajo del árbol. Sin dudarlo ni por un segundo, comenzó a saltar de ramita en ramita para volver con los suyos.

Ese momento estuvo cargado de una emoción profunda, difícil de poner en palabras. Fue una despedida, pero también una enseñanza: la confirmación de la importancia —a veces dolorosa, pero siempre necesaria— de saber dejar ir.

Convencidos de que ya no volvería, pero también emocionados y curiosos por saber qué estaría haciendo, volvimos al fondo. Al vernos, ella bajó enseguida —bajo la mirada atenta y quizá confundida de la madre— para pedirnos alimento.

¿Cómo nos dimos cuenta? Porque descendió hasta el paredón y abrió su piquito gigante, de par en par, esperando su ración de comida. Eso sucedió unas tres o cuatro veces, entre la víspera y el Año Nuevo.

Luego pasaron un par de días en los que no estuvimos, y volvió a aparecer la duda: ¿se acordaría de nosotros? ¿se acercaría? ¿respondería a los pobres chiflidos que hacíamos para llamarla?

Y volvió a suceder.

El 3 de enero, muy temprano a la mañana, salí de la casa y fui hasta el árbol, llamándola. Ella bajó, paciente, ramita por ramita, para saludarnos y recibir su porción de alimento. La verdad es que es difícil no emocionarse. Conformar así un vínculo con un pajarito, que trasciende los días y los obstáculos, es algo que nunca había podido experimentar.

Después nos fuimos de vacaciones. Durante dos semanas no estuvimos ahí para verla ni llamarla, y la pregunta volvió a aparecer, esta vez en silencio.

Cuando regresamos, la encontramos todavía volando alrededor del nido, junto a sus padres. El tordo ya no estaba con ella. Al llamarla, voló y se posó en el techo del vecino. Desde ahí, nos miró con curiosidad y nos contestó, pero no bajó.

Y fue exactamente en ese gesto que entendimos que todo había salido bien: nos miró, nos contestó y siguió su vuelo por los cielos bonaerenses.

Calandria de los campos que tienes la querencia
sobre la cumbrera de un rancho caído;
cada vez que cantas vuela de tu pico
una onda hecha música del alma de América.

En el monte hay muchas iguales a ti;
ellas me despiertan al venir el día;
pero en la cumbrera siempre estás tú sola:
yo no sé si eres otra
o eres la misma...

Tu canto es salvaje porque está impregnado
de selva nativa;
tu voz es salvaje pero es femenina;
cada vez que te oigo cantar
me parece que pena una india.

Calandria de vincha charrúa
que has hecho querencia sobre la cumbrera;
¡Yo no sé por qué causa siempre eres la única;
yo no sé por qué causa siempre eres la hembra!

Como las campesinas
en los ranchos clásicos
se peinan cantando
muy de mañanita:
—calandria nativa—
peinándote un ala cantas todo el día.

(Fernán Silva Valdés)