Paso por fuera de la puerta del departamento de mi vecino, al que saludo cuando nos encontramos tirando la basura. Nuestras bolsas cargan sonidos similares, ecos duros atrapados dentro de un túnel, en el cuello de dos botellas vacías. Nos sentimos igualmente decepcionados por las promesas incumplidas que nos hicieron esas aguas mágicas la noche anterior, ser calmantes de tempestades internas.
Un saludo apurado de lejos, para volver rápido a las tareas domésticas. Tenemos puestos nuestros pijamas a las 5 de la tarde. Por fuerza mayor nos vestimos con los mejores disfraces para ir a la compra o algún trámite impostergable. Cedemos por la presión, por el pudor social que sigue aleteando vivo, aunque estemos aturdidos. En unas pocas horas sonarán las campanas de la iglesia, ese sonido metálico es uno de los que más irrita a mi vecino. Tiene sentimientos encontrados con el número 9 porque a esa hora él y su mujer se ponen sus trajes oficiales de descanso y quedan unificados en una complicidad añorada a lo largo del eterno día.
Las paredes del edificio son biombos auditivos translúcidos que nos obligan a escucharnos mutuamente. Me siento de regreso a la escuela con la profesora-vida, una que me ha sentado junto a un compañero sin preguntarme. Es una acción riesgosa que podría resultar un desastre o un obsequio del universo para los dos. A mi compañero vecino le han asignado ser el director de cocina, una tarea que no eligió. Se rebela a diario y en privado, interpelando a sus músicos.
-¡Orquesta de ruidos estridentes!
Con este llamado de atención, los muebles de madera de la cocina se llenan de nudos, los vasos de vidrio chirrían como un silbido que alerta a todo el resto de sus compañeros. Recuerdan la angustia de la vida prefabricada en la que existen, que no son otra cosa más que la creación de un diseñador industrial.
-El favorito de la ruleta, un talentoso artista que el mercado aplaude.
Se queda callado y vuelve a su monólogo con desgano.
-¿Artista? Nada de eso, él es solo un genio funcional que me da asco y pena.
En este diálogo con el mismo, una idea se levanta y lo enfrenta preguntándole.
-¿No te da más pena estar atascado dentro del laberinto doméstico?
Rápidamente contesta golpeando a su contrincante.
-¡No estoy atrapado sino protegido!
Con una voz débil agrega.
-El mundo es muy peligroso.
Está rodeado por un escenario práctico de objetos acumulados y desequilibrados, ollas, sartenes y platos con restos de alimentos pegados a sus paredes. Un circo culinario decadente. A nadie parece importarle, finalmente él se hará cargo del desastre. Convertirá la jornada en una sinfonía digna de aplausos, que llegarán tardíamente después de reclamos, demandas por la invisibilidad del trabajo en el espacio privado no remunerado.
El primer paso es reponer la bolsa del basurero. Se acerca a pasos firmes, pisa con el ánimo de hundir el suelo y atravesar varios pisos hasta llegar a tocar el subterráneo de esa torre donde está enjaulado este animal furioso con su máximo vigor. Pero no logra el efecto esperado, la voluntad se queda corta. No es fácil por culpa de esos zuecos de plástico que lleva puestos, otra conspiración contra los insurrectos como él. Eran prácticas esas pantuflas caladas de resina, livianas, cómodas, y lavables. Esta última virtud terminó por convencerlo para comprarlas online. Era una necesidad básica considerando que se pasaba buena parte del día ordenando y limpiando. Si al menos viviese en el siglo XVIII, habría sido retratado en el cuadro, “Pompas de jabón", de Jean Simeón Chardin. Hizo su grito de guerra antes de seleccionar la forma de pago.
-¡Porque yo me lo merezco!
Cómo extrañaba esos kilos extras que había tenido años antes y no los había valorado por vanidad. Esos veinte kilos le daban una enorme presencia en el mundo, tres veces más respetado. Los hombres le temían y las mujeres lo acosaban, dos sensaciones adictivas para un seductor como él. Con los años fue puliendo su carácter y las caras de su rostro. Se hizo un experto en cálculos entre los costos y beneficios para su ego. Con el sobrepeso vendría a cobrarle la empalagosa diabetes, sumado a los dolores articulares, y el castigo de la lujuria con la baja performance en la cama conyugal. Sacrificó maravillar con su presencia a sus rivales masculinos y a su anónima audiencia femenina por la doble ganancia a su favor. Obtuvo la esbelta salud y la sonrisa satisfactoria de su mujer cada vez que se desenredaba de su cuerpo.
En la mañana ella salía temprano y apurada a su trabajo.
-Uno que nos permite sostenernos económicamente… a los dos.
Le susurraba esta frase antes de darle el beso de buenos días. Con el tiempo, estas palabras todas unidas se convirtieron en una plancha de mármol sobre un hombre tumbado. Ella dejaba la cama desarmada para que él con sus manos hábiles estirara cada pliegue, ningún hombre era tan bueno como él en esto. Esa recompensa verbal era suficiente para frenar cualquier lucidez. Había días, los menos nítidos anímicamente, en que él hacía rimas con la palabra lucidez, pero prefería no dar espacio a esas ideas. En la cama se ponía el antifaz, el de bueno y complaciente. Lo contrario significaba esforzarse en ser otro, pero para qué si a ella le gustaba tal como él era.
-Yo soy perfecto, soy perfecto, perfecto.
Se repetía en voz alta al mismo tiempo que iba estirando las sábanas, pasando las manos como si fueran pequeñas planchas. Era un juego de niños, ¿qué había de malo en mantener ese espíritu de juventud eterna?
-La cama está como le gusta a ella, perfecta. Somos dos perfectos.
Esta vez escuchó su propia voz y le sonó menos convincente. Anticipándose a los posibles daños que podría sufrir en esta empresa amorosa, en su contrato matrimonial exigió ser dueño absoluto de su espacio y tiempo. Si controlaba esos dos factores, sobreviviría perfectamente.
Pasaba algunas horas entrenando habilidades de seducción inofensivas, en interacciones múltiples con féminas que buscaban lo mismo que él. Eran distracciones virtuales de excitación al ego mutuo que no tenían costo en su tarjeta de crédito, una ganancia que él celebraba. En otro momento del día, con lo que le quedaba de energía después de alimentar la atención de mujeres insaciables, lo dedicaba a cultivar sus semillas creativas. Él conocía dónde y a qué ritmo crecían sus plantas, y el momento preciso para exhibirlas. Todo lo tenía dibujado, diseñado en planos acumulados dentro de carpetas en su computador. Tenía un archivo con una presentación, soñaba con dar una conferencia para compartir sus ideas, pero estaba cómodo en la vida que tenía, ya vendría el momento perfecto para exponer su trabajo.
El departamento al cabo de los años se había convertido en un hermoso laberinto, impecable, meticulosamente organizado, cuidadosamente construido por su dueño, el talentoso Dédalo. Cada día se sentía más ansioso, esperaba que apareciera, Ariadna, con su madeja de hilo para sacarlo de ahí a pesar que él fuese un hábil tejedor. Se sentía aturdido, inconsciente para razonar, esa confusión lo alejaba de la vida que deseaba. Ariadna aparecía cada vez más en sus sueños, pero él no entendía sus mensajes llenos de simbolismos. Prefería huir de ella, lo irritaba más que las campanas de la iglesia, lo desafiaba y se sentía desorientado, pero ella no lo soltaba. Insistía en diferentes lenguajes diciéndole algo que despierto no quería recordar.
Tomó un sorbo de su botella y acomodó la bolsa en el basurero, pero se enganchó mal, y terminó rompiéndose, igual que su ánimo. Tomó otra bolsa y estiró los bordes con la máxima tensión que podía, la convirtió en una tela traslúcida que en cualquier momento explotaría al igual que la sangre que circulaba dentro de él. Sentía que iba por una autopista a toda pastilla, a 500 km por hora. Dio un golpe suave para cerrar las puertas del mueble del lavaloza, una palmadita delicada que despertó sus deseos de más. Ya que no había resistencia ni reclamos, probó con otra puerta que estaba entreabierta, una bofetada le apeteció esta vez, pero la bisagra moderna puso algo de resistencia, ya no eran como las antiguas construcciones, sumisas y silenciosas.
Una de estas puertas aguantó estoicamente reteniendo el aire, amortiguó el movimiento brusco. Esto provocó un aumento de temperatura corporal, se subió las mangas y pensó que tendría que aplicar más fuerza esta vez. Dio otro golpe a la puerta del refrigerador. Todos los alimentos que estaban reaccionaron temerosos y se pusieron regresivos como mecanismo de defensa contra el maltrato. Contaron y cantaron con voz infantil 1, 2, 3 congelados, y siguieron contando suplicando que apagara la luz del ártico tecnológico.
Los sucios cubiertos metálicos se habían convertido en un ejército de soldados, cometiendo el delito de desobediencia militar. ¿Cómo se atrevían a desafiarlo? Aunque él no siguiera las normas, le gustaba dictarlas a los que lo rodeaban. En muchas ocasiones lo hacía acompañado de sabiduría y cariño, esto hacía muy difícil negarse a una orden suya. Tenía la capacidad de ver el mapa completo, una habilidad que solo los buenos estrategas poseen.
Tomó un puñado de soldados, concentró todas sus fuerzas en sus manos, quiso estrangularles el ímpetu, pero se detuvo asustado de sí mismo. Sintió compasión por la rebeldía olvidada por tantos años. Se había amoldado tanto al deber ser, a la jerarquía invisible de las relaciones afectivas, que había adormecido sus instintos vitales. Se dejó vencer por las cucharas de té, las mismas que usaba para preparar las tostadas a su mujer. Les dejaba caer un hilo de miel sobre ese territorio blando, el hilo, ese hilo dulce, dulce como su querida y olvidadiza Ariadna, ¿se acordaría de que él seguía ahí? ¿Recordaría que se había convertido en un animal mitológico encerrado en un corral humanizado por ella?
Pensó en hacerles un favor a todos, abrió al máximo la llave de agua. Puso en una fuente un chorro de jabón. Por la potencia del agua se formó una espuma que desbordó la fuente. Con ambas manos sostuvo en lo más alto que pudo el ejército plateado domesticado. En el precipicio, en ese momento previo, en la espera les gritó.
-¡¿Están ahí? ¡¿En qué lugar sigue vivo el espíritu?! Díganme, ¿dónde están? ¡Respondan! ¡Se los exijo, es una orden! ¡No los escucho! claro…cómo van a responder si no tienen nada que decir... ¡Cobardes!
Los dejó caer. Soltó un puñado de tenedores, cuchillos y cucharas al suelo perfectamente cristalizado. El edificio había sido dinamitado por dentro, y estaba derribado. Así cayó él también al piso, que por culpa de la espuma del jabón se había transformado en un espejo empañado. Cuántas veces imaginó ser un tenedor, caer de las alturas, enterrándose en la arena. Después de emerger del desierto, correría por esa orilla costera sin que nadie lo detuviese. El viento sería su cómplice que no solo tomaría su mano sino todo su cuerpo, envolviéndolo en un escudo protector, hablándole sólo a él para alentarlo a seguir adelante, avanzar. Mojaría sus pies sin pensar en las marcas en el piso. Esa agua cristalina siguiéndolo en paralelo como una sombra traslúcida, un autorretrato en acuarela pintado sobre el lienzo aéreo en un cielo lluvioso, ese sería un día perfecto de invierno.
Se detendría frente a las olas para desafiarlas como un Dios griego. Daría su cara de frente a las olas, les reclamaría por cada herida de su alma, por cada lagrima derramada, tragada, aguantada, para que nadie viera ni conociera la fragilidad que retenía como un embalse a tope. Se daría el permiso para ser todo, no solo lo que se esperaba tradicionalmente de un hombre. Exigiría su recompensa por haber sacrificado su esencia, su instinto nómade y polígamo. Dejaría que las olas furiosas le salpicarán en el rostro sus descargos, como quien escupe en medio de la discusión ferviente, injusta, por un malentendido, una palabra fuera de contexto, mal pronunciada.
Convertiría la lenta danza de nubes en un espectáculo, el de las nubes nimboestratos, enfrentamiento a muerte entre dos enamorados que se aman…aún. Disfrutaría sentir que a las olas le importan su ira, sabría que no son indiferentes a él y que aún tiene el poder de despertar pasiones en la energía femenina. Y en ese momento soltaría una carcajada tan fuerte que se pasaría no tres sino treinta pueblos.
En este último pueblo antiguo y lejano se oye una sinfonía, una extraña melodía hecha con portazos que dan sus habitantes. Ese ruido enciende su ira y comienza a dar puñetazos y patadas a sus puertas.
-¡Déjenme salir! ¡Ariadna, ven a rescátame!
Al otro lado de la puerta está la mujer sentada con un largo vestido magenta, entre sus dedos juega con la hebra de hilo del mismo color de su vestido. La ve sentada, ponerse de pie y bailar, en medio del abrir y cerrar de la puerta, como si fuese un stop motion. Se le suma a esto el sonido de sus movimientos. Los hilos de su vestido suenan igual que un móvil construido de gotas de agua congelada chocando entre sí. Se acerca a ella y le arranca una gota y mira dentro, ve su rostro, es una máscara cristalizada que crece hasta convertirse en una esfera de hielo pesada. La sostiene con su mano izquierda, luego la cambia a la derecha. Es agotador, el frío entumece sus dedos.
Levanta la esfera y mira a través de ella. En la distancia ve una casa donde está la mujer con el vestido magenta sentada escuchando música con los audífonos. Ella le sonríe, es la señal, el hilo etéreo que indica qué camino seguir. Lo ha entendido. Corre por la calle para alcanzar la hebra de hilo que está suspendido en el aire, intenta alcanzarla, pero las veredas han perdido el juicio, se van girando los planos, corre de lado y luego de frente, como si fuese una pista dinámica. Cae al piso agotado, la esfera rueda de sus manos como un lanzamiento de bowling, choca con el pavimento y se rompe en pedazos irregulares.
El frío lo despierta, está completamente mojado de espaldas. Un pedazo de hielo de la esfera fragmentada se derrite por su columna convirtiéndose en un río que lo arrastra desde el paisaje simbólico hasta la cocina moderna de su departamento. Escucha una cascada, una corriente fuerte de agua que cae desde las alturas sobre su cabeza. Es el bautismo, uno, dos, tres, siente que se ahoga en cada uno de estos actos. No sabe cuál es su nombre. Escucha algunos que cree reconocer. Se incorpora para sobrevivir.
Comienza a trepar por una pared volcánica, viene a su memoria quien fue, un deportista muy ágil, pero tiene dudas de si podrá escalar hoy, a su edad. Con sus dedos sensibles busca las fisuras, engancha sus pies entre dos espacios muy separados. Es riesgoso lo que está haciendo, da una mirada rápida hacia el abismo. En medio del profundo miedo se siente por primera vez expandido, es un pulpo astral, su cuerpo agarrado a lo terreno y su mente sostenida por lo invisible. Llega a la cúspide y desde ese punto mira hacia el cielo, observa en la distancia todos los paisajes que ha pasado, esto le da la confianza para sostener su propio peso. Está convencido, no necesita que otros crean en él, puede hacerlo él mismo.
Abajo están resplandeciendo los objetos metálicos, cuchillos, tenedores, y cucharas que juegan con su cara encandilándolo, pero él los toma con la punta de sus dedos con la sabiduría de un adulto que ordena con firmeza, pero sin hacer daño. Cierra con suavidad la llave de agua del lavaplatos. Se quita las pantuflas de resina, se saca toda la ropa para dejar que el agua esculpa su cuerpo y aparezca su alma. Se mete a la ducha, el agua caliente crea una corriente atravesándolo interna y externamente, es su nacimiento.
Son las 5 de la tarde. El departamento está en silencio. Dédalo, mi vecino arquitecto, lleva puesta su camisa de lino magenta, la que usa para sus conferencias. Sobre su escritorio hay una libreta abierta que lee en voz alta “no se trata de ser perfecto, sino de ser completo”. En unas horas regresa de su exposición. Lo veo por mi ventana, entra al edificio, él, el Minotauro, Teseo, Dioniso y Dédalo, caminan todos juntos dentro de un solo hombre a nuestro encuentro. Adentro dejo mi madeja de hilo y las llaves del departamento. Hemos cerrado la puerta de esos departamentos a los que no regresaremos.
En la encrucijada, en otras calles del laberinto hay una que lleva a esta salida, pero hay otras.
La elección del final es de cada uno.
Lo escucho entrar y cerrar su puerta. Adentro dejo mi madeja de hilo y las llaves del departamento, cierro la puerta con la certeza de que no regresaré. Mi vecino se queda en su corral, se escuchan 9 campanas, es la señal. Se pone su pijama y espera que llegue su mujer. Ella entra, él le ofrece una copa de vino. Ella le encargará algún trabajo doméstico que lo mantendrá ocupado el día de mañana. Y así serán todos los días, uno tras otro, año tras año. La conferencia nunca ocurrió porque olvidó llegar a la hora. Se había quedado bebiendo y luego dormido en el suelo de la cocina. Su mujer entró y lo mandó a ducharse. Él reaccionó furioso. Miró a través de la copa que tenía en su mano, en el reflejo no vio su rostro sino el de un animal mitológico. Cerró los ojos para no verlo, luego bebió un largo sorbo de la copa y la lanzó contra el suelo. El gran espejo se rompió completamente.















