El asesinato no se resolvió en un acto de una extensión excesiva. De una forma aparentemente espontánea el cadavérico cuerpo destrozó la ceja del escritor con una piedra puntiaguda. Durante el ataque se mantuvo elevado ante la multitud, como si su cuerpo se erigiese mediante un artilugio mecánico y aún tenía el pasquín arrugado donde se anunciaba el festival en su mano. Fue un golpe seco, como el que había visto en las películas con las que se había documentado para preparar la ofensiva. “Lo fundamental en un asesinato es la rapidez”, masculló justo antes de que las voces retumbaran contra las paredes del patio, algunos cuerpos huyeran y otros lo aplacaran. Después de más de 20 años, al fin el festival había logrado retratarse a sí mismo con el homicidio del vencedor del premio Pepe Carvalho gracias a un ciclo de suspense perfecto, un relato noir redondo y una persecución policial fallida.

Tan solo habían bastado tres días para que aquel joven barbudo y de cabellos dorados, que no hablaba ninguno de los idiomas que abundaban en la ciudad, atravesase el complejo camino moral que lleva a un ciudadano a acabar con la vida de otro. ¿Sería producto subliminal de las enormes lonas que se habían instalado en las avenidas más importantes de la ciudad en las que aparecía la cara del escritor vencedor del certamen con una sonrisa triunfadora? La policía lo interrogó durante días, con métodos diversos, y lo único que alcanzó a afirmar cuando le preguntaron por el motivo del asesinato fue que la neblina del festival lo había aturdido.

Durante días había vagado por los recintos culturales donde se desarrollaba el festival y escuchó atentamente a especialistas relacionados con la criminilística. Aprendió sobre técnicas de identificación de víctimas, el correcto estudio de los movimientos del objetivo o la preparación logística del ataque. Examinó con cuidado la elección del arma más adecuada para cada circunstancia y las opciones de una posible huida, algo que el joven boreal desdeñó desde un inicio. También se dejó caer por las mesas redondas donde se debatía sobre la existencia de la llamada malavida en las ciudades, que según los expertos vinculaba los márgenes sociales con el asfalto de la urbe. En una de esas conferencias fue, precisamente, donde su mente comenzó a imaginarse como uno de esos ladrones rechazados socialmente y de poca monta, destinados al fracaso, a las golpizas y a las miradas de indiferencia. El festival lo había maniatado y desde entonces encarnó su macabro personaje.

El discurso del evento literario le pareció sugerente y repleto de imágenes, palabras y escenas que le abrían un nuevo mundo de ropajes, actitudes y oscuridad. Comenzó a leer novelas de forma impulsiva. Todos los escritores anunciados pasaron por sus manos durante tres frenéticos días: A la vista de todos, de Teresa Cardona; Al final siempre ganan los monstruos, de Juarma; Cita con la muerte, de Elia Barceló; o Ecos en la nieve, de Mohamed El Morabet fueron algunos de los muchos que devoró paseando bajo la niebla invernal mientras fumaba en pipa, se diluía en escondrijos y comenzaba a sentir el afán de llegar a un fin con sus propias manos.

La policía comenzó a seguirle la pista tras la llamada de varios vecinos que se asustaron por su presencia errática por la ciudad, magnificada por una postura extraña, agazapada y una mirada perdida que escandalizó a los adultos y asustó a los más pequeños. Deambulaba encogido, como si se tratase de un animal vigilante de su presa justo antes de atacar. Unos agentes lo pararon una vez, pero su errático comportamiento no constituía ningún delito en ese momento.

Lo acecharon durante un par de horas, pero acabaron dándolo por una pobre bala perdida como tantas habitan en la ciudad. Abandonaron la vigilancia cuando vieron cómo abalanzó su imponente cuerpo sobre un contenedor, dejando únicamente sus zapatillas blancas a la vista, y se fajó con basura de todo tipo hasta que salió victorioso a la superficie con una chaqueta roja y un sombrero panameño desbaratado. Fue la indumentaria con la que perpetró el crimen. Durante horas se observó en los espejos de los escaparates y emitía frases y sonidos enigmáticos. Le parecía que un asesino que se precie debía tener un código propio; una especie de sustento ante las preguntas de los oficiales cuando le atrapasen.

El asesino permaneció tres décadas entre rejas hasta que murió. Lo hizo sin decir mucho más sobre lo que ocurrió aquel año 2026. Tras el trauma, el festival recordó aquella edición como la del crimen que cimentó la eternidad del festival. Expertos y curiosos del crimen asistieron cada año a Barcelona para fotografiarse en el contenedor donde el ilustre encontró su ropa o en los escaparates donde se observó. Con motivo del décimo aniversario del crimen, el ayuntamiento inauguró la escultura de una réplica del sombrero panameño que portaba el criminal.

Quienes quieran tentar sus pálpitos con el impulso de la mayor transgresión moral o reflexionar sobre lo que nos lleva a traspasarlos, tienen una oportunidad cada mes de febrero en la ciudad de Barcelona en el festival de literatura BCNegra. El principal riesgo es decidir ser el protagonista.