Nena, una cosa sí te voy a decir. Que cuando Claudys llegó a mi casa yo no sabía ni pronunciar su nombre. Claudia la llamaba. Yo la pensaba seguir llamando así: Claudia. Pero es que ella tiene una sonrisa amplia, amplia, que te da hasta cosilla decirle que no a ninguna cosa. Y en un santiamén me puso en mi sitio. Yo le decía: "Claudia, hazme el favor de bajar por pan". Porque en la cocina yo no dejo que se meta. Con eso todavía puedo. Encima que llevo toda mi vida cocinando para un regimiento. Ahora que solo tengo que cocinar para Claudys y para mí, claro que hago yo la carne con tomate.

Claudys nada más que sabe cocinar cosas de su país. Un día me hizo un plátano gigante que lo fríen y, la verdad, te tengo que decir que estaba bueno. Pero yo igualmente prefiero mi carne con tomate. Además, a Claudys le encanta. Y yo sé que ella ha cogido la costumbre de comérsela con pan. Que Claudys está españolizada perdida. Así que la mandé a bajar a la panadería.

—Claudia, hazme el favor de comprar un bollito —y ella me mira muy sonriente sin contestarme.

Y entonces yo ya sé que lo que ella quiere es que la llame por su nombre de verdad.

—Claudys, hija, perdona. Que se me va la cabeza —Claudys se ríe porque sabe que nanai. Que a mí la cabeza me funciona perfectamente.

En bajito, añado:

—Pero una cosa también te digo, hija mía de mi vida. En Venezuela se dirá Claudys, pero aquí se dice Claudia. De toda la vida de Dios.

Ella no deja de sonreír. Nunca deja de sonreír, Claudys, la verdad.

Y me responde:

—No, señora. Es que mi mamá se llamaba Claudia y mi papá se llama Elvis. Por eso lo juntaron y me pusieron Claudys. Claudys María de los Campos Elisios. Lo de María por mi abuela paterna y lo de los montes Elisios porque mi abuelo materno emigró desde Francia.

Yo me quedé perpleja, pa qué te voy a engañar. Pero me pareció bonito que su nombre, feo, feo, también hay que decirlo, contase su historia.

—Pues venga, Claudys, baja a por pan. Hazme el favor.

No te vayas tú a creer que yo tengo a Claudys para que me cuide a mí. Yo hasta me subo a la escalerita supletoria para cambiar las bombillas de mi casa. Que las veces que ha venido mi curro y me ha visto ahí subida me dice:

—Mamá, qué pronto me va a tocar heredar.

No le hace gracia a él verme ahí arriba, que lo sé yo. Pero es que cuando salgo por la puerta me santiguo, porque hay que estar agradecida con el de arriba. Que voy camino de los 81, pero Dios me conserva divinamente. Por eso te digo que no contraté a Claudys para que me ayudara a mí. Para nada.

Yo puse el anuncio en el ABC porque ya no podía yo sola con mi hermana Chari. Chari lleva tres años y pico que no sale de la cama. Tiene el suero puesto y bebe con pajita. No habla mucho, Chari. Cuando dice alguna cosa, yo la entiendo porque llevo ya una piara de años cuidando de ella. Pero como le dieron cinco trombos, no abre mucho la boca ni vocaliza. Gracias al cielo, Claudys no la entiende bien.

Chari nos llama guarras, nos llama putas y nos llama de to. Se le va la cabeza. Le levanto un brazo y Claudys le pasa el pañito por debajo. Y entonces mi hermana grita:

—¡Sois unas putaaaaas! —pero con la boca cerrada.

Así que, la verdad sea dicha, yo me hago la loca. Claro que sí, que tú lo disfrutas, le respondo a Chari. Me dirijo a Claudys y repito:

—Ella el baño lo disfruta.

Claudys sonríe y mira a mi hermana. Y siempre me contesta bien alto para que Chari se entere.

—Sí, señora. ¡Qué limpita se va a sentir su hermana después del baño!

Chari nos mira y vuelve a lo suyo.

—¡Zorras de mierda!

Claudys me guiña un ojo y le responde:

—Sí, señora. Ahora le lavamos las piernas.

A mí lo que más me gusta de Claudys es que es más cuadriculada que un azulejo malagueño. Siempre le hago la pregunta de si la crió un sargento militar.

—Hija mía, ¿pero a ti quién te crió? ¿Un sargento militar?

Al principio me contestaba que su padre era frutero.

—No, señora. Mi papá fue frutero, pero ya se jubiló.

Ya se ha dado cuenta de que se lo digo de guasa y solo se ríe.

—Jajaja —dice. —Señora, no me haga reír —dice.

Porque yo le pregunto:

—Claudys, ¿dónde está la palangana? —le pregunto —Claudys, ¿dónde has puesto la pomada? ¿Claudys, dónde tenemos el suero fisiológico? —, le pregunto.

Y ella me responde lo mismo. Siempre, siempre, me responde lo mismo:

—Señora, está en su sitio.

Y voy y Claudys tiene más razón que un santo, porque todo está donde se supone que tenía que estar, y esta casa no era así.

Yo se lo digo.

—Esta casa no era así antes de que tú llegaras.

Y ella me dice:

—Señora, no me diga eso que me sube los colores.

Claudys también tiene una hermana, pero vive en Francia. Un día me lo dijo. Que era un sueño que ella tenía. Que era Navidad y que su hermana venía a ver con ella las luces de Sevilla.

—Señora, ese sueño lo tengo cada año cuando llega el frío.

Hace ya cuatro inviernos que no se ven.

—¿Y la echas de menos?

—Claro que sí, señora. Extraño mucho a mi hermanita. Pero ella está feliz. Vive en París con su novio francés —Claudys me responde mirando hacia la habitación de Chari. Y yo, que avispada soy un rato, ya sabía lo que me quería decir.

—Sí, Claudys —le contesto—, yo también echo en falta a la mía.

Porque es verdad que qué pena más grande que ya Chari esté impedida. Chari vivía conmigo casi toda la vida. Desde que Antonio se fue de casa y ya no volvió. Y cuando le dio el telele, pues claro. Tuvimos que dejar de hacer las cosas que nos gustaban. Había una infinidad de cosas que hacíamos juntas, porque a ella le volvía loca comer churros y nos íbamos todas las tardes a merendar unos churritos y luego me acompañaba a mi clase de bulerías. Y ella se daba un paseo en lo que yo terminaba y me recogía de vuelta.

Porque ella se daba más al cante que al baile. Cantaba Chari que te quedas muerta. Un vozarrón. Y ya para terminar la tarde, comentábamos camino a casa si se nos habían repetido los churros y siempre decíamos: "Nena, es que la verdad ya no tenemos edad para meternos tremendos atracones".

Pero qué daría yo por volver a compartir unos churritos con mi Chari. Por eso cuando Claudys me dice lo de las luces, yo la comprendo. Cuando me dice que allí en Caracas todos los años celebraban la Navidad las dos juntas, yo me emociono y le pido que me enseñe fotos de su hermana, de su sobrino y del marido francés.

Uy, qué guapo es el Pierre. Todo blanquito y rubito y finito y la hermana toda morena y jaquetona. Un caso. Unos primores los dos. Pero la noche y el día.

Lo bueno es que aunque eche en falta a Chari, yo tengo a mi Currito.

Currito es el mayor. Él vive en la capital, pero todos los meses baja un par de veces a verme y yo le hago sus papas fritas con huevo. Porque Currito ha sido siempre mistiquito para lo que es el comer. Así que le hago una fritada de papas y sus dos huevos fritos con su chorreón de vinagre, y eso es lo que come. Lo veo todos los meses, pero lo echo en falta. Claro que sí. Cómo no. Si ese no se fue de casa hasta los 30 y largos, y me acompañaba al Maestranza y al cine del centro, al que echan películas antiguas los domingos. Y ahora que se me ha ido a Madrid, me toca ver con Claudys Cine de barrio y ella no entiende la importancia de Carmen Sevilla. Pero le encantan las películas y siempre se sienta conmigo, eso es verdad.

Además de Curro tengo a Carmen, pero Carmen está en el Japón. Está colocada allí, en una empresa tremenda de cosas de los ordenadores con un cargo alto de jefa de un poco de japoneses. Antes me mandaba fotos por correo postal porque yo me negaba a lo del teléfono sin botones. Pero desde que Claudys entró en esta casa, eso ha cambiado por completo. Carmen le dio su número japonés a Claudys.

Y qué misterio que esas llamadas. Si las haces con el Internet, no te cuestan un duro. Así que todas las tardes Claudys me dejaba su teléfono un rato. Qué alegría más grande que podía yo escuchar la voz de mi niña día sí y día también. Y me contaba que comía pescado crudo. Y me contaba que los japoneses comen carne de perro, pero que ella no se atreve. Uyuyuy… Unas cosas me contaba Carmen… Yo me quedo tiesa. Luego Carmen le mandaba fotos al teléfono y así yo la veía en el Japón.

Qué ojazos tiene mi Carmen. Los del hijoputa de su padre. Con perdón. Todos los días le mandaba fotos a Claudys de ella en el trabajo, de ella estudiando letras raras y de casitas de estas de techos bajos que hay infinidad en el Japón. Yo ahí ya me di cuenta de que Claudys tenía razón. Que yo me iba a quedar atrás en la vida si no me compraba un teléfono sin botones.

—Señora, cómprese un teléfono con Internet. Yo estoy encantada de dejarle el mío. Pero en un par de semanas yo le enseño y así puede usted manejarse sola.

Así que al final Claudys me convenció, la jodía. Me compré un teléfono de los nuevos. Me explicó primero lo que era el guassá. Un invento. Como escribo más bien despacito, Claudys me explicó que podía pulsar un botón y grabar un mensaje con la voz. Mis niños están que no dan crédito. Ahora llamo a Curro por las mañanas y a Carmen por las tardes, cuando sé que es una hora prudente en el Japón. La Claudys es una bendita.

Hace poco me enseñó a poner canciones y practico yo bulerías en la casa. Yutú. Si no son horas de molestar a los vecinos, Claudys me deja su altavoz y las bulerías suenan a to' lo que da. A ella le gusta mirarme bailando, porque dice que pongo cara de enfadada.

—Señora, el flamenco tiene mucho sentimiento, ¿verdad?

Yo siempre le respondo lo mismo. Que a mi madre no le subía la leche, así que me amamantaba una gitana del pueblo. Y que por eso tengo tanto arte. El Ama María. Qué guapa que era, con ese pelo más negro que el betún. Yo no la recuerdo bien, pero mi padre lo decía y mi madre se enfadaba. Claudys se ríe cuando le cuento esa historia.

—Se le nota, señora.

Y dice "olé" con acento en la e, y me da mucho coraje.

—Se dice óle, chiquilla.

Los detalles de la muerte de mi hermana, te los ahorro. ¿Pa qué vamos a mentar ruina? Te lo cuento por encimita.

Una noche de noviembre me desperté de un salto porque el ruido de su respiración dejó de sonar. Hay que ver lo que es la costumbre. Me levanté sobresaltada porque ya no oía el jadeíto de fondo. Y nada. Desperté a Claudys.

Después del tanatorio, Claudys se quedó conmigo toda esa semana para ayudarme con los preparativos de la misa de difuntos. A veces entraba en la cocina y me la encontraba llorando. Es muy sentida la Claudys.

—Señora, ¿está usted bien? Tiene que soltar las lágrimas, que si no se le enquistan.

Yo le digo que claro que estoy triste. Pero que la que yo veía en esa cama no se parecía en nada a mi Chari. Que yo lloré a mi hermana la última vez que la escuché cantar. Claudys me abraza. Es muy de abrazos ella. Y una lagrimita sí que se me escapa, pero me la limpio rápidamente.

Antes de ir al banco a por el finiquito de Claudys, pasé por El corte inglés. Resulta que están baratos los vuelos a París.

—Señora, ¿pero esto qué es? —Ya estaba llorando otra vez la chochona.

—Esto es una chuminá. Se acerca la Navidad y así te pegas un paseíto por allí.

Ya hace mes y medio que se fue. Dice que se queda allí. Me manda fotos con su hermana y yo le envío mensajes de los de voz.