La luz nunca permanece inmóvil. Cuando la mirada cree captarla, ya se ha desplazado. Se filtra entre sombras y penumbras, aparece en reflejos breves, atraviesa las superficies con la levedad del agua. Está presente en la vigilia nocturna y en la claridad del amanecer.

En ese movimiento constante articula una relación silenciosa entre lo interior y lo exterior, entre el cuerpo y aquello que lo atraviesa.

Para Dino Pedriali, ese movimiento se resume en una idea central: el equilibrio. No se trata de una noción técnica ni formal, sino de un estado emocional inestable, una frontera apenas visible que solo se cruza mediante una atención profunda. En sus fotografías, el equilibrio no se explica ni se subraya; se percibe en la forma en que las presencias aparecen y en la distancia justa con la que el fotógrafo se aproxima a ellas.

Las personas no son, para Pedriali, objetos de representación. Son acontecimientos. Cada imagen implica un acto de presencia y de responsabilidad. Su mirada asume una tarea cercana a la del testigo: observar sin intervenir, registrar sin imponer un sentido. En ese punto, la luz deja de ser un recurso estético y se convierte en un medio para inscribir la historia en la imagen.

El encuentro con Pier Paolo Pasolini se inscribe dentro de esta lógica. Fue breve, pero decisivo. Pasolini convocó a Pedriali para fotografiar su casa, sus objetos cotidianos y su propio cuerpo. No buscaba una puesta en escena ni un retrato convencional, sino alguien capaz de acompañar un momento límite. En ese gesto había una necesidad de registro, pero también de confianza.

Pedriali comprendió de inmediato que ese trabajo implicaba cruzar un umbral. En aquellas habitaciones se condensaba inquietud, lucidez y exposición. Pasolini se encontraba en un estado de extrema conciencia, y las imágenes registran esa condición sin dramatizarla. Fotografiarlo fue atender a una voz que sabía que el tiempo se estaba agotando: una voz directa, física, atravesada por la urgencia.

Las fotografías realizadas en esos días —que luego serían identificadas como las últimas— no funcionan como documento en sentido estricto. Anticipan. Son imágenes donde el cuerpo habla antes de que los hechos se impongan. Pedriali no intentó interpretar ni explicar ese momento. Se limitó a mirar, a dejar que la luz operara y que el cuerpo se inscribiera en la imagen con su propia carga de sentido.

En ese gesto hay una continuidad con una tradición visual más amplia. Así como Caravaggio dio cuerpo a una forma de pensamiento, Pedriali construye una representación de su tiempo a partir de los cuerpos. Cada rostro, cada postura, funciona como una pregunta dirigida al presente. La desnudez, la intimidad y el silencio no aparecen como límites, sino como zonas de tránsito.

Desde esa perspectiva, el arte se presenta como un espacio donde lo real, lo imaginario y lo onírico se superponen. No actúa solo sobre la vista: compromete la percepción completa y desplaza al espectador hacia una forma de contemplación activa. Se trata de un arte sin adjetivos, despojado de ornamentos discursivos, que conserva una dimensión de lo sagrado entendida en su sentido más antiguo: el contacto cercano entre la vida y la materia.

El arte, así concebido, no confirma un orden previo. Lo altera. Reorganiza el pasado, revisa jerarquías, desplaza significados. No promete ni consuela. Registra y revela. Su función no es cerrar un sentido, sino abrirlo.

La referencia de Matisse al negro como color de luz permite pensar esta operación visual. Un negro que no oscurece, sino que intensifica. En esa tensión entre lo visible y lo invisible se sitúa la obra de Pedriali, siempre atenta a aquello que aparece solo de manera parcial.

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Dino Pedriali (Roma, 1950-2021).

Su trabajo dialoga con la filosofía contemporánea y con tradiciones más antiguas, sin recurrir a citas explícitas ni a programas teóricos. Avanza por asociaciones, resonancias y correspondencias. Busca una forma de felicidad creativa vinculada a una línea histórica frágil, propia del arte occidental y particularmente del italiano: la tentativa de hacer legible el espíritu de una época a través de la imagen.

En el centro de este recorrido no hay una afirmación de verdad, sino una práctica de escucha. Las fotografías de Pedriali recogen voces que provienen de distintas capas del tiempo y que se manifiestan en cuerpos contemporáneos.

Por eso, en sus imágenes todo adquiere una dimensión escénica. No como artificio, sino como disposición del mundo ante la mirada. Un teatro que se extiende al espacio cotidiano, a las calles, a los gestos mínimos y a los paisajes, incluidos esos atardeceres que, de manera imprevisible, irrumpen como una forma de revelación.

En ese escenario se desarrolla un diálogo persistente entre la luz y el destino. Un diálogo que Pasolini alcanzó a escuchar hasta el final.

Y que Pedriali transformó en memoria.