Sin gallardía os ofreceré.
Mi más pueril debilidad
Todos los días sin saber qué.
Sin saber na'
Los ojos de la gente.
Probablemente siguen ahí.
Aproximadamente a razón de un par por nariz
Dioptría feliz1.

Este artículo nace inspirado por la lectura atenta y demorada del hermoso libro de Pierre Sansot, Den buen uso de la lentitud, una obra que no se lee con prisa, sino que se saborea con la parsimonia que él mismo defiende como arte de vivir. En sus páginas, colmadas de sabiduría serena y ternura lúcida, encontré no solo una defensa de otro ritmo de vida, sino también una mirada alternativa al tiempo, al cuerpo, a la ciudad, al pensamiento. Lo que aquí se plantea es, en gran medida, un eco agradecido de esa lectura, un intento de continuar, con humildad, la conversación que Sansot propuso a quienes aún se atreven a detenerse un momento antes de seguir corriendo.

En una época en la que todo debe ser inmediato —las respuestas, las decisiones, las emociones, incluso el descanso— reivindicar la lentitud es, más que un gesto estético, un acto ético. Frente al imperio del rendimiento, de la eficacia, de la multitarea como religión y del “yaísmo” como norma, la lentitud se presenta no como una carencia, sino como una virtud olvidada. Vivimos inmersos en una cultura de la urgencia que ha reducido la vida a una carrera contra el tiempo, y hemos perdido, en el proceso, la capacidad de simplemente estar, de vivir verdaderamente. La lentitud no es pereza, es profundidad; no es inercia, es atención; no es pasividad, es una forma distinta —y quizás más sabia— de acción.

El sabio lento y despacioso es como ese familiar amable que, ante la precipitación de todos, nos invita a entrar en su casa, a sentarnos sin prisa, a tomar un té servido con lentitud ceremonial. Escucha antes de hablar. Se detiene. Reflexiona. Se interrumpe mientras enciende su pipa. A primera vista, puede parecer un pesado, incluso un inadaptado. Pero, poco a poco, empezamos a sentirnos a gusto en su compañía, a desear que no acabe la conversación. Porque nos habla de las cosas pequeñas que el ritmo acelerado de nuestra época ha barrido de la conciencia: las solteronas de provincia, el aburrimiento de calidad, las antiguas escuelas, la escritura pausada, el silencio compartido. Un mundo que ya no corre, sino que respira.

Velocidad

Tardé en comprender la verdad de las cosas
La espina es lo bello de las rosas
Tardé en comprender que la vida es muy corta
Y que el gusano se convierte en mariposa2.

Dentro de las afecciones más graves —si no mortales— de nuestro tiempo está la velocidad. “Los seres lentos no tenían buena reputación”, escribe Sansot con lúcida ironía. En efecto, todo en nuestra cultura empuja a huir de la lentitud como si fuera un estigma. El propio Sansot, tras trabajar en Angola durante un año a un ritmo más humano, regresó a su país y sintió vértigo: todo iba demasiado rápido, los coches le pitaban, las gentes le empujaban. No porque estorbara, sino porque su placidez era ofensiva. Porque, en un mundo de prisas, gozar del tiempo propio puede resultar insultante.

Pero existe, al menos, una alternativa: ver en la lentitud no una tara, sino una gracia. “A mis ojos, la lentitud era sinónimo de ternura, de respeto, de la gracia de la que los hombres y los elementos a veces son capaces… Los árboles centenarios cumplían su destino siglo tras siglo, y tal lentitud era semejante a la eternidad.” Esa ternura de la lentitud, ese ritmo acompasado a la naturaleza, a los sentidos, a la interioridad, es lo que nos permite redescubrir la vida como algo más que un proceso productivo.

Pascal, en una de sus sentencias más célebres, nos advierte: “Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos dentro de una habitación”. Si lo dice alguien que, en apenas 39 años, revolucionó la física, la matemática, la filosofía y la teología, no puede ser tomado como apología de la pereza. Pascal no se refugió en la pasividad, sino en una fecundidad interior que sólo pudo darse gracias a su capacidad de recogimiento. Estar inactivo no significa no hacer nada; significa estar presente, sin distracciones, sin necesidad de ocupar cada segundo. La lentitud, entonces, es también una forma de recogimiento, de conocimiento, de sabiduría.

La prisa, en cambio, impide el encuentro real con los otros y con uno mismo. Nos obliga a decidir sin comprender, a actuar sin pensar, a responder sin escuchar. De ahí que incluso la cercanía de la muerte puede hacer que algunos seres mediocres y mediatizados, lejos de calmarse, a menudo se precipiten aún más: “Con la edad, muchos apresuran el paso… ¿Cómo se explica semejante bulimia?... Esperan descubrir por fin sus pasiones.” Frente a esa voracidad, ¿qué alternativa existe? Está claro, vivir sin gula, sin prisa, aceptando que no hay que agotarlo todo para vivir plenamente. Porque “lo esencial no se apresa”.

Lo esencial —es decir, la vida misma— se revela en los gestos mínimos, en los instantes lentos. En escribir, escuchar, hablar y amar sin prisas. En caminar sin rumbo, en contemplar un atardecer, en perder el tiempo como quien gana el alma. En el arte de callejear sin detener el tiempo, pero sin dejar que nos atropelle. “La lentitud no es un rasgo de carácter, sino una elección vital”. Una elección contra la alienación del trabajo mecánico, contra la ideología difusa que nos impone la eficacia por encima de todo. Contra, justamente lo mainstream del mundo en el que vivimos. Es fácil, se trata de tener criterio, coherencia y ser fuerte para mantenerlos.

La lentitud nos devuelve a nosotros mismos, nos permite acercarnos a nuestras emociones más profundas, a nuestras preguntas esenciales: ¿Quién soy? ¿Qué daño he hecho? ¿A dónde quiero ir? Y no desde la culpa ni desde la ansiedad, sino desde la ternura, desde la serenidad que otorga el tiempo no colonizado. “Mi pasado aún no ha adquirido forma. Aún tengo que recorrerlo, acabarlo, vivirlo con unos colores más vivos…” La lentitud es también ese viaje hacia adentro, hacia lo no dicho, lo no comprendido, lo aún por sentir. Lo universalmente personal y globalmente compatible.

“Yaísmo”

No tengo ningún interés en llegar a ser alguien
Ni en acallar el rumor que nos molesta a dos
No tengo ningún interés en andar de rodillas
Ni en cambiar mi forma de mirar a las hormigas3.

Vivimos en la era del ya. El ahora inmediato, urgente, irrebatible. El yaísmo —término tan informal como profundamente revelador— no es solo una forma de hablar o de comportarse, sino una verdadera ideología dominante, una patología cultural de nuestro tiempo. El yaísmo impone su lógica en todos los rincones de la vida contemporánea: en la tecnología, en la economía, en las relaciones humanas, en la educación, en la política e incluso en la espiritualidad. Todo debe ser resuelto ya, experimentado ya, vivido ya. No hay lugar para la espera, ni para el proceso, ni para el silencio.

Esta obsesión por la inmediatez se manifiesta de mil formas. Queremos respuestas automáticas de los buscadores, entregas en 24 horas, diagnósticos en segundos, amistades instantáneas, resultados visibles al día siguiente de comenzar una dieta o un proyecto. Se ha convertido en un gesto casi sacrílego pedir tiempo para pensar, para sentir o para simplemente no saber. El yaísmo convierte la espera en debilidad, la reflexión en torpeza y la lentitud en defecto. Su lema tácito parece ser: “Si no es ahora, ya no sirve”. Pero, ¿a qué coste?

La velocidad impuesta por el yaísmo no es neutra. Tiene consecuencias profundas, existenciales. Nos despoja del misterio, de la paciencia, del gozo de los procesos. Esa incapacidad de habitar el presente sin necesidad de producir, reaccionar o consumir es precisamente lo que alimenta el yaísmo. No sabemos esperar porque nos angustia no estar haciendo algo que pueda ser cuantificado. Y así nos convertimos en consumidores perpetuos de estímulos, atrapados en una cadena de urgencias artificiales que solo incrementan la ansiedad y la alienación.

La cultura del ya ha hecho del rendimiento una especie de salvación secular. Se exige eficacia, respuesta inmediata, disponibilidad continua. Pero esa aceleración tiene un precio: la superficialidad. Cuanto más rápido queremos vivir, menos capacidad tenemos para comprender. Pensar requiere demora. Sentir requiere pausa. Amar, escuchar, perdonar, aprender: todas las acciones esenciales del alma humana son enemigas del apuro. El yaísmo, al convertir la prontitud en virtud suprema, nos arrebata lo más humano: el tiempo profundo.

No se trata aquí de una nostalgia romántica por un pasado idealizado, sino de una crítica cultivada y constructiva. La lentitud, como elección, no niega los avances de la técnica ni la agilidad del pensamiento moderno; lo que plantea es un modo distinto de relacionarse con el tiempo y con uno mismo. Reivindica el derecho a demorarse, a no responder de inmediato, a no vivir bajo el imperativo del todo ahora. Porque hay cosas —las más importantes— que sólo se revelan con el tiempo: una amistad verdadera, una obra de arte, una comprensión íntima, una transformación personal.

Frente al yaísmo, esa ternura del tiempo recobrado se convierte en una forma de resistencia serena, en un arte vital que no es complacencia ni pasividad, sino profundidad. De hecho, si observamos con atención, los ritmos verdaderamente trascendentes del mundo son lentos: el crecimiento de un árbol, la sedimentación de la roca, la maduración del pensamiento, la formación del carácter. Lo fugaz tiene su encanto, pero lo duradero es lo que da sentido.

El yaísmo, además, genera una forma nueva de violencia sutil. Al no tolerar los procesos, impone una lógica que margina a quienes necesitan más tiempo: los niños, los ancianos, los enfermos, los que dudan. ¿Qué espacio queda en esta sociedad para quien no se adapta al ritmo brutal del yaísmo? ¿Qué valor se otorga al pensamiento que necesita madurar, al arte que no se viraliza, a la conversación que no se resuelve en 280 caracteres? El yaísmo excluye todo lo que no cabe en sus marcos temporales artificiales. Y en esa exclusión perdemos humanidad.

Por eso, la crítica al yaísmo no es simplemente una queja de intelectuales cansados o de románticos fuera de época. Es una defensa de la vida con sentido, de la cultura como construcción paciente, de la democracia como deliberación, del amor como construcción y no como match. Es una defensa de la lentitud como forma de atención: atención a los otros, a nosotros mismos, al mundo.

El yaísmo es, en última instancia, una trampa. Nos hace creer que vamos ganando tiempo cuando en realidad lo estamos malgastando. Nos promete más vida, pero nos la fragmenta en mil tareas inconexas. Nos dice que vivir rápido es vivir más, pero lo que nos da es apenas un simulacro de vida. Nos empuja a acelerar, cuando lo que necesitamos es simplemente “detenernos un poco, ver, palpar, respirar, saborear”.

Construir una crítica culta al yaísmo implica recuperar los saberes de la lentitud. No se trata de abolir la rapidez, sino de reintroducir la medida. Como con el vino, el problema no es el vino, sino el atracón. El problema no es la velocidad en sí, sino el frenesí. La lentitud es mesura, es sabiduría antigua: esa que nos enseña a no decidir bajo presión, a no responder sin pensar, a no vivir sin haber vivido.

En un mundo que idolatra lo instantáneo, detenerse es un acto de valentía. Leer un texto largo hasta el final, saborearlo, compartirlo no por “viral” sino por significativo, es casi revolucionario. Porque va contra la corriente de un sistema que nos quiere apurados, cansados y sin tiempo para pensar.

Así que, sí: desaceleremos. Pongamos en cuestión el yaísmo. Reclamemos el derecho a no vivir con prisa. A decir “ahora no”. A decir “a su debido tiempo”. A decir simplemente: espera. Porque en esa espera —humana, fecunda, sabia— se encuentra quizá lo único que realmente vale la pena vivir.

La vida como un devenir pausado, como un relevo sin carrera, una entrega lenta y consciente al paso del tiempo. Allí se celebra el milagro de seguir siendo, de seguir sintiendo, de volver a ser “vidente” cada día. De maravillarse con la luz y con las estaciones, de descifrar las emociones del otro, de dejar que el mundo se nos ofrezca sin la ansiedad de tener que abarcarlo todo. “Presentarme como un ser vivo frente a la muerte sería el más hermoso de los finales”. Y lo es, porque vivir lentamente no es renunciar, sino elegir. No es evadir, sino profundizar.

La cultura, en este sentido, no es un lujo ni una decoración de la existencia, sino el camino para ser uno mismo. Escribir, pintar, componer, leer con lentitud: no para exhibir talento, sino para evitar “desperdiciarse durante toda una existencia”. Mirar, escuchar, rememorar, pasear, callar, pasionar… La lentitud es, entonces, una forma de cuidado, una forma de verdad, una forma de libertad. Porque un hombre verdaderamente libre es aquel que no se deja arrastrar por las urgencias ajenas, que sabe detenerse, escuchar, reflexionar. Que sabe vivir.

Quienes desprecian estos textos por largos, quienes no tienen “tiempo” para leer, quizás están atrapados en esa quimera moderna de que correr es vivir. Pero se equivocan. Porque al querer aprovechar cada segundo, están perdiendo lo único que realmente importa: el sentido, la emoción, la intensidad verdadera, la capacidad de sentir y de emocionarse, de llegar a poner en lugar de… de subsumirse en otros y otras cosas. No la del exceso, sino la de la presencia.

La lentitud, finalmente, es una apuesta por lo auténtico frente a lo superficial. Es el perfume frente a la aspereza. Es el jardín al atardecer, la música suave, el libro que se subraya despacio, la conversación que no quiere terminar. Es el arte del buen vivir, de vivir bien. Y por eso es un regalo. Para quienes quieran vivirlas sin prisas. Para quienes quieran recordar que la vida no está hecha para consumirse como un tweet, sino para ser saboreada como un vino lento y verdadero. Mañana nacerá un nuevo día. Que no nos pille corriendo.

En una época dominada por la hiperconectividad, la urgencia, la eficacia y la omnipresencia del yaísmo —esa manía de quererlo todo de inmediato—, el aburrimiento se ha convertido en un enemigo a eliminar. No se le permite existir: en cuanto asoma, se lo combate con una notificación, una serie, una compra en línea, una distracción cualquiera. Y sin embargo, hay una forma de aburrimiento que merece ser rescatada, cuidada y, más aún, cultivada. Me refiero al aburrimiento de calidad, ese estado de alma que no es vacío sino pausa; no es inercia, sino espacio fértil. No es tiempo perdido, sino tiempo abierto.

Aburrimiento de calidad

Puedes mirar como un asesino.
Puedes lanzar las más crudas blasfemias.
Puedes vestir como un delincuente,
ser la sombra que asusta a la gente.
Indiferente a toda soledad.
Puedes vivir como un fugitivo.
Puedes dar muerte a todo ser vivo.
Puedes amar como un pervertido,
a la luz o a la sombra todo está permitido4.

La sociedad contemporánea ha declarado la guerra al aburrimiento. Como si se tratara de una enfermedad, todo está diseñado para evitar que lo sintamos: las plataformas de contenido infinito, las redes sociales que nunca descansan, las aplicaciones que notifican sin cesar, las listas de tareas interminables. El aburrimiento, en este contexto, parece una derrota. Un fallo del sistema. Una señal de que no estamos “aprovechando el tiempo”.

El aburrimiento sin calidad —el aburrimiento ansioso, hueco, sin forma— es el que tratamos de eliminar con urgencia. Pero el aburrimiento con calidad es otra cosa. Es el silencio después del ruido. El momento sin propósito que nos devuelve a nosotros mismos. Es ese espacio donde las ideas se gestan sin apuro, donde los recuerdos se reordenan, donde la imaginación despierta y el alma respira.

Elegir la lentitud también es permitir el aburrimiento, darle lugar y dejar que se instale sin miedo. Escribir, pasear, mirar por la ventana, estar en silencio: todo esto puede parecer aburrido bajo el imperativo de la productividad. Pero en realidad son actos de resistencia. Espacios donde el yo se reencuentra con sus preguntas, sus emociones, sus vacíos.

Hay una forma de aburrimiento que es pura potencia. No es el tedio deprimente de quien no encuentra sentido a nada, sino el estado del que no se siente obligado a entretenerse constantemente. Como quien deja que el tiempo pase sin culpa, sin ansiedad, sin necesidad de justificarlo. Es el aburrimiento que precede a la creación, al pensamiento, a la contemplación. Como el barbecho que necesita la tierra antes de dar nuevos frutos.

En la tradición filosófica y literaria, el dolce far niente ha sido muchas veces ensalzado como una forma de sabiduría. No hacer nada no es no vivir; es vivir sin la carga del deber constante. Existe una sentencia fundamental: el tiempo que no está lleno de tareas puede estar lleno de nosotros mismos.

Cuando uno se permite aburrirse con calidad, reaparece lo que estaba en sombras. Lo olvidado, lo reprimido, lo soñado. Se escuchan mejor las emociones. Se dialoga con uno mismo. Se vuelve a sentir. Y entonces el aburrimiento se convierte en una forma de estar vivos, profundamente vivos, sin necesidad de hacer ruido.

Se pierde, quizás, la oportunidad de vivir a un ritmo humano. De preguntarse quién se es, qué se desea, qué duele. El aburrimiento de calidad nos ofrece ese espacio. Es la habitación de Pascal, sin pantallas, sin agenda. Es el jardín al atardecer, el banco del parque sin conversación, la mirada al techo mientras llueve. No es evasión: es presencia.

En lugar de temer el aburrimiento, deberíamos aprender a habitarlo. Educar en él. Enseñar a los niños, a los jóvenes, a los adultos, que no hacer nada no es perder el tiempo, sino abrirse al tiempo real. Que estar aburrido —cuando no se está dominado por el ruido ni por el miedo— puede ser la puerta a la creatividad, a la libertad interior, al pensamiento crítico.

Es hora de defender este aburrimiento fértil como un derecho cultural. Como una forma de cuidado. Como un modo de reconquistar la dulzura de vivir. Porque solo en el aburrimiento de calidad dejamos de reaccionar y empezamos, por fin, a responder.

Por ello, y para concluir, dejaré una invitación: una invitación a detenerse, a no temer el silencio, a buscar instantes sin utilidad aparente. A aburrirse sin culpa. A redescubrir el tiempo propio. Porque si logramos presentarnos “como un ser vivo frente a la muerte, sería el más hermoso de los finales”. Y para ello, quizás, debamos empezar por algo tan subversivo como esto: mirar al vacío, sonreírle y dejar que, por fin, el aburrimiento nos enseñe a vivir.

Notas

1 El Bosque. Joséle Santiago, del álbum Transilvania 2017.
2 El lado oscuro de las cosas. 091, del álbum El baile de la desesperación. 1991.
3 Las hormigas. Esclarecidos, del álbum De espaldas a ti. 1989.
4 Todo está permitido. Ilegales, del álbum A la luz y a la sombra, todo está permitido. 1990.