Según la IA, en un pequeño resumen, el mundo actual se define como una era de transición radical y compleja, marcada por una profunda dualidad: avances tecnológicos sin precedentes junto a una creciente incertidumbre, fragilidad estructural y desorientación.

Es una sociedad globalizada, hiperconectada y convulsa, donde la inmediatez y lo digital alteran la percepción de la realidad, generando ansiedad, pero también oportunidades de cambio.

Como escribió Bauman, en la sociedad líquida actual, abunda el individualismo, el populismo, la fragilidad de las relaciones humanas, el consumismo, entre otras cosas, que finalmente, transforman todo en valores volátiles, efímeros. Pasó aquel tiempo en que el hombre trabaja toda la vida en la misma empresa. El hombre era el que proveía económicamente mientras la mujer estaba en casa. Hoy, el matrimonio y el tener hijos son vistos como privilegio por los jóvenes. Lo más importante es la realización personal, pero los bajos salarios son un obstáculo, lo cual profundiza la ansiedad, surge el miedo y la inseguridad.

Tan líquido está todo, tan impredecible es la realidad que no sabemos cómo interpretarla. En tiempos pretéritos, Estados Unidos creó en Panamá una escuela para formar dictadores. Hoy, Estados Unidos, está eliminándolos. Quien lo hubiera imaginado.

Otra de las curiosidades difíciles de entender fue el regalo del Nobel que realizó la Sra. Machado a Trump. Lo más increíble fue que el personaje lo aceptara. Pero, en esta vida loca, como dice Ricky Martin, no ha sido el único. El escritor danés Niels Hav, en el número 83 de la revista Off the Record, nos relata que el premio Nobel de Literatura de 1920 otorgado al escritor noruego Knut Hamsun, personaje reconocido como admirador del nazismo, no encontró mayor honor que regalar su medalla Nobel nada menos que a Joseph Goebbels.

Retomando lo de Trump y el caso Maduro. La pregunta del millón es si es moralmente justo realizar esta acción cuando en países con dictaduras que violan los derechos humanos, las libertades y la realidad demuestra que las sanciones económicas, diplomáticas y boicots no dan resultado.

Recuerdo que en el año 1983 cuando iba rumbo a Mozambique hicimos escala en el aeropuerto de Johannesburgo. Grande fue mi sorpresa al ver la enorme cantidad de Jumbos estacionados. Eran las más importantes compañías aéreas del mundo occidental. Yo tenía entendido que las Naciones Unidas y los países desarrollados aplicaban duras sanciones al régimen racista de apartheid. Me quedó claro que las sanciones de los países desarrollados y de las Naciones Unidas no eran capaces de poner en jaque el sistema de apartheid. Se suponía que toda la humanidad no soportaba el racismo, que era y es transversal.

La historia demuestra que el apartheid sobrevivió 42 años. Que Mandela pasó 27 años en la cárcel. Mientras tanto, esa Sudáfrica se inundaba de turistas y hombres de negocios que se aprovechaban de la triste realidad que vivía el 80% de la población negra dominada por un 20% de blancos.

Que no hubiera dado yo en 1973 para que algún país o un comando de marcianos hubiera capturado a Pinochet el mismo día del golpe militar y evitar los 17 años de dictadura.

En los años que viví en Mozambique tuve la oportunidad de filmar varios documentales en los cuales describí diversos aspectos de la agresión de Sudáfrica de apartheid contra Mozambique socialista. El momento cúlmine de esa agresión fue el atentado mortal al presidente Samora Machel, perpetrado en el año 1986 contra el héroe de la independencia. A pesar del acuerdo de paz firmado por ambos países. Con la llegada de Frederik de Klerk a la presidencia de Sudáfrica en 1989 se decretó la libertad de Nelson Mandela. En la siguiente elección presidencial de 1994, Mandela fue electo presidente. En un gesto de sentido común, de pragmatismo, de inteligencia política, de maestro de ajedrez, Mandela nombró como vicepresidente nada menos que a Frederik de Klerk, su exrival. De esta manera lograban calmar, controlar, cualquier intento que pusiera en peligro la naciente democracia. Ambos fueron premiados con el Nobel de la Paz en 1993. Pocos años después, como corolario de la Paz entre Sudáfrica y Mozambique, la viuda de Samora Machel, la Sra. Graça Machel, contrajo matrimonio con Nelson Mandela.

Como sabiamente lo canta Pedro Navaja, La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

Lo que estamos viviendo podríamos llamarlo periodo especial. Son tiempos que exigen pensar, pensar y pensar, reflexionar, reflexionar y reflexionar, antes de hablar por hablar. Conozco varios compatriotas que viven en Chile y en Europa que con frecuencia visitan Cuba. Aterrizan con sus billeteras cargadas de euros y lo pasan regio bebiendo mojitos en La Bodeguita del Medio levantando el puño chorreando añejos y desgastados panfletos. Días después, están cómodamente sentados en un café de París disfrutando un frutoso vino con unos sabrosos quesos entre amigos alabando la consecuencia política en la isla. Realidad que ellos no soportarían vivir un solo día. Me duele mucho todo lo que sucede en la isla. La he visitado no menos de siete veces. Pero la vida continúa y hay que saber adaptarse al mundo real, y no quedarse pegado en los dogmas del pasado y menos exigiendo sacrificios a quienes los padecen. Como dice el gran escritor cubano residente en la isla, Leonardo Padura, los que aún están allí es porque no han tenido la oportunidad de huir.

Esta ceguera, miopía, de no reconocer que hemos cometido los mismos errores que criticamos a nuestros adversarios, es lo que, creo, ha hecho mayor daño a la izquierda. Nos quedamos sin autoridad moral para criticar. Entonces, ¿en qué nos diferenciamos? No hemos realizado la autocrítica profunda, necesaria, para enmendar rumbo.

Algunos políticos, intelectuales y artistas actúan como un hijo que, cuando grande, se entera de que su padre abusaba de su hermana y decide no denunciarlo por el hecho de ser su padre.

Esa falta de consecuencia la viví en carne propia en Mozambique, con los llamados expertos de ONG y de organismos de la ONU que llegaban para iluminar con su sabiduría. En varias reuniones que participé consumíamos bebidas cola y, por qué no decirlo, un whiskysito. Fue recurrente oír el comentario moralista de estos izquierdistas ortodoxos que se sorprendían vernos consumir productos icónicos del capitalismo. Vivíamos en un país que se proclamaba marxista leninista, cuyo eslogan decía: “viva el socialismo científico”; la paradoja era que el 90% de la población era analfabeta. Esto sucedía cuando aún existía el Muro de Berlín. Lo incomprensible es que aún después de la desaparición del Muro, los socialistas sigan pegados a su dogma. La URSS y los demás no desaparecieron por causa de un boicot.

Otra experiencia fue con mis colegas cineastas mozambicanos. Después de haber realizado una veintena de documentales y varios spots publicitarios con mi amigo y hermano mozambiqcano, Haroon Patel, decidimos crear nuestra productora audiovisual. Dimos una entrevista al Semanal Domingo, donde explicamos nuestra propuesta, la que fue titulada: Uma nova aposta no cinema moçambicano.

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Recorte de la entrevista publicada en Semanal Domingo.

El fin de semana siguiente, en el mismo Semanal Domingo, fue publicada una carta-respuesta firmada por varios cineastas nacionales que llevó por título: ¿Uma nova aposta de cinema moçambicano ou uma aposta obscura do cinema em Moçambique? El texto iniciaba con un extracto del discurso de Samora Machel pronunciado el día de la independencia:

El cine que produciremos en nuestro país deberá permitir fundamentalmente la consolidación de la unidad nacional y contribuir de un modo efectivo en la creación de una consciencia patriótica y socialista entre los trabajadores.

La intención de nuestros colegas perseguía impedirnos concretar el proyecto aduciendo que lo nuestro iba contra el sistema político imperante. Mi socio arriesgó ser enviado a um campo de reeducação. Yo no corría peligro por estar ligado a la embajada sueca. Fue el propio ministro de Relaciones Exteriores quien en mi casa me motivó para que siguiéramos trabajando, pero que no hiciéramos mucho ruido, luego agregó que el proceso de apertura política iba en esa dirección, pero que aún sobrevivían muchos viudos del Muro de Berlín.

El temor a la diversidad y libertad de emprendimiento es un suicidio lento.

El mundo desde siempre se ha manejado en base al comercio, entre la oferta y la demanda. No entender eso es simplemente no saber dónde uno está parado. Todos somos una especie de mini pyme. Escoger un determinado trabajo, oficio o una profesión no es otra cosa que estar definiendo cómo y dónde invertir nuestro futuro.

Otro caso que demuestra mi punto de vista aquí expuesto fue cuando contraté al famoso cineasta cubano Humberto Solas para que escribiéramos el guion de mi proyecto cinematográfico llamado Horcón. Lo traje a Chile, trabajamos una semana. Acordamos nueve mil dólares por su colaboración. Le pagué la mitad de inmediato. Como a esa altura yo aún era patria o muerte con Cuba, no reparé, no le di importancia a que Solas me pidió que le depositara ese dinero en una cuenta en Canadá. Después de varios meses de enviarnos fax con detalles del futuro guion, viajé a La Habana.

Al llegar, Solas me entregó un CD y me dice que hay que imprimir tres copias anilladas, dos para el concurso y la tercera para mí. Salí a recorrer La Habana en busca de Dimacofi. Naturalmente no existía nada parecido. Finalmente, fue a través del partido que logré hacer dos copias, deseché la mía dado lo escaso de papel y del tiempo. Mi ceguera producto del puño en alto me impidió preguntarme cómo era posible entregar las copias del guion al concurso el mismo día del inicio del festival. Finalmente, por arte de magia, el guion ganó. Solas ganó cinco mil dólares y la producción cien mil dólares otorgados por Canal Plus de España. De puro contento ofrecí a Solas pagarle el resto del 50%, a pesar de que el acuerdo era al final del film.

El ICAIC me ofreció coproducción. Fui invitado a almorzar con Fidel junto a Coppola, los hermanos Cohen, Costa-Gravras, entre otros. Camilo Vives, jefe de producción del ICAIC, me ofreció llevar el proyecto en su carpeta de proyectos a Europa. A su regreso, Camilo me comunicó que no le fue bien con mi proyecto, que ya no habría coproducción. Solas me escribe pidiendo cincuenta mil dólares debido a que no se realizaría el film, él dejaba de percibir ese monto como codirector. Nada de esto se había hablado ni menos escrito. Todo era una locura, un engaño, un fraude, una triquiñuela de Camilo y Solas para poner a Solas en vitrina con la complicidad de Manuel Pérez Estremera, director del área de cine del Canal Plus. A este Estremeras era común verlo durante los días del festival con un Cohíba en su boca exponiendo su panza al sol. Nunca vi el dinero del premio. La estrategia dio resultado. Humberto Solas realizó el film Miel para Oshun con mi premio.

Pasaron varios años hasta que logré escribir un nuevo guion y producir el film que titulé Horcón, al sur de ninguna parte. La película ganó el premio Pedro Sienna a Mejor Fotografía y el Festival de Cine de Viña por Mejor Banda Musical. Lo más interesante fue que lo seleccionaron para participar en el Festival de La Habana, fuera de concurso. Antes de viajar al festival, tomé la precaución de invitar a almorzar al restaurante-café Off the Record al actual secretario general del partido comunista de Chile, Lautaro Carmona. Le relaté con lujo de detalle toda la película que acabo de describir. Mi idea era que Lautaro estuviera al tanto de todo por si yo daba alguna entrevista en La Habana y me catalogaran de gusano.

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Recorte de la segunda nota publicada en Semanal domingo.

La desaparición de los países socialistas del espectro mundial, creo, se puede explicar con lo sucedido con la famosa marca Kodak. Aquel imperio creado por el Sr. George Eastman, autor de aquella marca, con un producto que revolucionó la fotografía al usar papel fotográfico, como también revolucionó la industria cinematográfica con el invento del celuloide. Productos que le permitieron dominar el mundo por más de cien años. Pero terminó cavando su propia tumba. Las décadas de dominio crearon arrogancia, no leyó los nuevos tiempos. Ignoró señales obvias que contradecían la visión cómoda de su imperio. Le faltó reflexión. Hasta que surgió lo digital, que revolucionó todo. No supo leer el momento histórico. Mientras tanto, las nuevas empresas sí entendieron lo importante que es la innovación, el estar permanentemente en la cresta de la ola y, sobre todo, saber interpretar el presente. Así lo han demostrado, por ejemplo, Apple, que no tuvo problemas y canibalizó su iPod con el iPhone, o Netflix, que mató al DVD con el streaming.

Sorprendernos de que el presidente de la primera potencia del planeta actúa como un auténtico empresario, creo que es no entender quién es. Ahora que los políticos se asombren, es aún más ridículo y patético. Todos sabemos que los partidos políticos, en todo el mundo, son verdaderas agencias de empleo, ni hablar de las Naciones Unidas.

Creo que vi la totalidad del show de Bud Banny en el Super Bowl. Reconozco que ese ritmo no me agrada, que no logro descifrar sus letras. Pero igual me emocioné hasta las lágrimas al ver en la USA de Trump toda esa fuerza latinoamericana expresarse, me quebró. Más feliz habría sido ver bailar también a cubanos, venezolanos y nicaragüenses, todos juntos.