¿Y si todo lo que nos rodea es finalmente un combo interminable de mentiras, puro engaño, pura simulación? Cada día que pasa, pienso más que la certeza es una especie de milagro en un mar de incertidumbre, atrapados es una especie de Mátrix, donde la mayoría prefiere una realidad falaz a ver lo que realmente pasa a nuestro alrededor.

Yo creo que todo es una mentira.

(Charly García)

La mentira. La mentira para paliar la angustia existencial de una vida, o lo que sea eso que nos pasa a los que creemos estar acá y siendo esto que somos (que hemos definido arbitrariamente como mundo y seres humanos), en medio de este planeta perdido en un universo del que en realidad poco y nada sabemos. La mentira como regla, con una que otra excepción, que quizás la confirma, ad infinitum. Y también, por qué no, la mentira como filosofía de vida, o como un arte, para bien, aunque más para mal, y que se comienza a practicar desde que comenzamos a creer que entendemos el mundo, el cual nos sigue, obstinado y persistente, ocultando la verdad real.

La mentira como némesis… y, a la vez, cómplice de la certeza, porque para que una exista, prácticamente debe existir también la otra.

Expertos que van de la psicología a las neurociencias y a los expertos en lingüística afirman que mentimos desde niños, no por una carencia moral o ética, sino porque es vital para el desarrollo cognitivo, algo que se irá incrementando y que llega a su punto cúlmine en la adolescencia. Luego, si tenemos la suerte de vivir lo suficiente, arriba inevitablemente la edad adulta. Y en este punto la mentira, aunque todos las practiquen en mayor o menor medida, no es muy bien vista, que digamos, e incluso es (casi) norma –e ilegal– según el ámbito en que se diga. Por ende, tiene consecuencias, desde leves hasta catastróficas. Lo cual poco importa, porque mentir, así como no decir la verdad, todos mienten.

Mentir como respirar

Y cómo no mentir cuando todo lo que nos roda parecería estar hecho a base de mentiras. Mentir en medio de una mar de mentiras es casi una necesidad vital, un mecanismo de defensa de nuestro tan magullado instinto de supervivencia. Por supuesto, la vida sería muy distinta, si no hubiesen mentiras de por miedo, porque más allá que las transparencia y la claridad siempre serán mejores que la indefinición y la oscuridad, hay que ser no sólo fuertes y valientes, sino tener un estómago de acero para aceptar la verdad tal cual, porque es muy probable que la realidad real de eso que creías era asá sea demasiado dura para ser cierta (y así). A veces, dependiendo del contexto, las llamadas mentiras piadosas son una especie de placebo contra una verdad indigerible.

De un lado al otro del mundo nos mienten: la novia o el novio que decían ser fieles cuando eran todo lo contrario y peor aún; el presidente Trump –del que se tienen registradas 30.573 afirmaciones falsas en su primer mandato– cuando miente al decir que Venezuela es narcotraficante y amenaza con invadirla, sin decir la verdad, de que se quiere quedar con su petróleo; o el régimen de Netanyahu, que miente diariamente sobre el genocidio actual en Gaza, desviando la atención, y la verdad, de que es un corrupto (y asesino), y que para evitar la cárcel invadió el territorio palestino; mienten políticos de un lado al otro del mundo, sobre todo, aquellos que sólo piensan en ganar elecciones para luego, robarse todo todito, y ya se sabe de qué lado están; y sí, tantas verdades que no dicen quienes mienten para controlar y hacer y deshacer a su antojo.

Del libertario Milei ni hablar, porque miente tanto y tan burdamente, que es la mentira en sí misma, tan cínica, tan barata, que ya se les está cayendo todo el mentiroso teatro.

¿La gran simulación?

Recuerdo perfecto esa vívida sensación el día que salí del cine tras ver The Matrix, una película que me cambió –y le cambió a muchas y muchos– varios paradigmas no sólo artísticos sino existenciales. Aún siento esa sensación de ligereza, al punto levitante, producto del nocaut de esa proyección, y sobre todo por su contenido. Nos mirábamos entre mis amigos y mi novia con dudas e (in)cierto temor, pero a la vez, como si por primera vez en la vida supiéramos lo que se siente ver las cosas desde otro punto de vista, liberados, quizá lejos de la dulce mentira y ahora más cerca de la dolorosa verdad. Porque más allá del mero planteo fílmico, sobre que las personas del filme estaban conectadas a una realidad virtual sólo para saciar la adicción energética y controladora de las máquinas dominantes del mundo, sentí que aquella ficción podía ser la realidad.

Es decir: por qué no pensar que lo que la cinta protagonizada por Keanu Reeves plantea podía, y aún puede, llevarse a la práctica, tanto literal como metafóricamente. Porque sí, es eso: parecería que la realidad que vivimos es un poco –o mucho– una simulación, en línea a los que los poderes mundiales decide que pensames y creamos, a través de la información –en forma de mentiras tras mentiras– que nos obligan a consumir a bocanadas en la televisión o redes sociales, con una andanada interminable –¡sobredosis!– de falsas noticias y manipulaciones mentales, sin que el hombre o la mujer promedio tengan tiempo de pensarlo o analizarlo, y porque se sabe que miente, miente y miente, que algo quedara. Y lo que queda es una mentira en forma de píldora azul.

Todo es una mentira

En El Príncipe, ese libro-manual que dice que el fin (¿sinónimo de mentira?) justifica los medios, Nicolás Maquiavelo escribió: “quien engaña siempre encontrará a quienes se dejen engañar”. Y es verdad que existe un público, y muy masivo, ávido de mentiras, porque la ilusión de un contenido lleno de supuesta esperanza le alimenta las ganas de vivir, o de creer que todo es –o puede ser– mejor. Hay otro grupo más reducido, digamos las clases acomodadas, que son cómplices del discurso mentiroso, y de la realidad que se nos impone, que sólo quiere oír lo que quieren escuchar. Y si el contenido es una mentira absoluta, y hasta burda, pero que no confabula contra su modus vivendis, no pasa nada, porque ellos a tragar mentiras tirando migas sin pudor ni vergüenza alguna, tal como lo haría el Monstruo Comegalletitas –el Cookie Monster en inglés–.

“Una mentira repetida mil veces se convierte en una gran verdad”, dijo Joseph Goebbels, ministro de Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich, ni más ni menos que Adolf Hitler. Y es así como las mentiras al infinito y más allá terminan por ser verdades, que no sólo cree una persona, sino miles y millones de individuos que las consumen como una droga, porque la mentira también puede ser atractiva (y adictiva).

Porque como igual señaló –insistiendo en el perverso concepto– ese siniestro personaje alemán, de alguna forma el padre de la publicidad moderna (nada miente más que las empresas que te quieren vender sus productos y servicios –muchos de los cuales que ni siquiera necesitas– que supuestamente te mejoraran la vida ‘milagrosamente’ con anuncios y/o avisos mentirosos vías tele, radio, volantes, cartelería, redes sociales, etc.), “mientras más grande sea la mentira, más gente la creerá”. Y miren si no le creyeron millones de alemanes, y otros tantos que simpatizaron con los nazis, que permitieron el exterminio de 6 millones de judíos –pero también gays, gitanos, negros, personas con discapacidad, marginados, opositores y testigo de Jehová– y una guerra mundial perdida.

Mentir y psicología

En el libro La verdad de la mentira, la psicóloga María Jesús Álava Reyes afirma que “la mentira es una de las causas de mayor sufrimiento emocional. Su principal consecuencia es la pérdida de credibilidad y la confianza”. A su vez, coincide con otros colegas, quienes señalan que la mentira es una forma de manipulación, y que si se quiere ser feliz, es mejor evitarla. Sin embargo, ni la mentira ni la psicología son matemáticas, porque es una realidad que el “sincericidio”, o decir siempre la verdad, puede acarrear problemas aun mayores que mentir. Porque en ciertos contextos o circunstancias, es mejor no decir la verdad, lo cual no significa que se esté mintiendo. Ni que sea correcto hacerlo.

Existen diferentes estudios sobre la cantidad de mentiras que dicen los seres humanos. Uno demostró que los hombres y mujeres mienten por igual, y en una conversación de diez minutos entre varios individuos se detectaron entre 2 y 3 mentiras en promedio de cada uno. Otro estudio, como uno de la Universidad de Michigan en 2010, señaló que las personas mienten al menos 20 veces al día, aunque algunos llegan a decir hasta 20 mentiras. Quizá la mentira, más allá de su lado negativo, o de su mala prensa, sea algo necesario para aderezar la vida, dándole más sabor a una vida que a veces es demasiado aburrida para contarla tal cual. Porque además, ¿qué sería de las ficciones, de las historias de los libros, películas y obras de teatro, si no se pudiera mentir un poquito?

Históricas y (tan) perversas mentiras

Breve pero contundente listado de grandes mentiras famosas: armas de destrucción masiva en Irak (2003, nunca las hubo pero fue el pretexto para que EUA invadiera y creara un caos en medio oriente); el mito de que los palestinos se fueron voluntariamente de su país (1948, el discurso sionista impuso esta idea cuando en realidad fueron expulsados 700 mil personas y miles masacradas); Malvinas (1982, la dictadura militar argentina mintió sobre las razones de la invasión de la isla argentina, y dijo que iban ganando la guerra cuando era todo lo contrario; el “colonialismo civilizador” francés que llevó a invadir países para llevar “progreso y cultura “cuando sólo fueron por sus recursos; o las promesas de independencia de Arabia (1916, durante la I Guerra Mundial Inglaterra traicionó los acuerdos Skys-Picot, y minió de inicio).

La lista es infinita, esta es sólo una muestra azarosa de que la mentira permea no sólo en todas las horas de nuestros días, sino en todos los días de la historia de la humanidad.

La mentira en voces célebres

A veces una frase es suficiente para entender algo, o para que la duda se convierta en certeza, y en este caso, para desnudar a la mentira y vestirla o disfrazarla de verdad. Y los grandes pensadores de nuestro tiempo, siempre precisos y contundentes, siempre ocurrente y lúcidos, también tienen algo, y hasta mucho, que decir sobre el asunto:

Friedrich Nietzsche: “No me molesta que me hayas mentido, sino que de ahora en adelante no pueda creerte”; Aristóteles: “El mentiroso dice la verdad, pues dice que miente, y en efecto miente”; Séneca: “La mentira es un vicio vil. Nada hay más innoble que engañar”; Gabriel García Márquez: “La peor forma de mentira es la que uno se dice a sí mismo”; George Orwell: “En tiempos de engaños universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”: Eric Fromm: “La ilusión es más peligrosa que la mentira, porque en la ilusión uno mismo cree en lo que inventa”; Moliére: “No hay peor mentira que la que se parece a la verdad”: Miguel de Cervantes: “La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua”; William Shakespeare: “La mentira puede correr un año; la verdad la alcanzará en un día”.

¿Y sobre los referentes populares cómo andamos?

Es que “la mentira” tiene patas cortas”, y en el trajín de la vida “antes se coge al mentiroso que al cojo”, a no ser que cierto momento, y puede pasar, “más fácil sea tapar el sol con un dedo que ocultar la mentira”, y ésta puede ser atroz o piadosa, sin embargo la “le mentira es –y será– flor de un día, mientras que la verdad dura toda la vida”, y aunque te den ganas de comerla porque “la mentira es pan par hoy y hambre para mañana” nunca te sacia, adema de que “por mucho que se vista la mentira, la verdad siempre la desnuda, porque “mentira y calumnia, hermana y prima” y por más que la banalicen, la ninguneen y la manipulen “la vedad no peca, aunque incomode”, y por último pero nunca de más, recordar, y jamás olvidar, que “la verdad tarda, pero llega”.

La verdad es que todos mienten

Mentira, engaño, simulación, treta, embuste… arana. Vivimos inmersos en esta circunstancia que llamamos “vida”, cuyo origen real ignoramos. Y en el medio de esta travesía existencial, lo que sea realmente, hay colores que vemos, formas que tocamos, aromas que olemos, texturas que sentimos y sonido que escuchamos. Están ahí, y a menos que alguien nos haya tendido una trampa y no haga crear que existen, son parte de los hechos irrefutables que conviertas a las cosas y los sucesos que en verdades. Y somos mentirosos, impulsados por nuestros miedos y caprichos, por nuestras dudas y pesadillas. Y que nadie se haga el que no: todas y todos mentimos, esa es la (im)pura verdad.

De la mentira nadie se salva, ni de ser víctimas de ella, ni de ser victimarios usándola para nuestro propio y espurio interés. Sí, a veces es mejor no decir la verdad, o incluso mentir, poquito y sin malicia, que provocar una verdad que puede tener la fuerza de un huracán. Pero vamos, qué lindo sería un mundo donde la verdad fuera absoluta, y que todos la respetaran y la pusieran en práctica, y sobre todo, que todos y todas se la aguanten. Ahí está el meollo: a veces la verdad es tan cruda, tan terrible, tan dolorosa, que la mentira, la mala de la película, puede ser mejor e incluso el único antídoto para no sufrir, o inclusive morir, por la contundencia clorofórmica de una verdad ineludible. Sí, aunque la certeza siempre sea relativa, y es que para utopía, la verdad.