Decir el norte parece algo lejano, decir oeste parece arrojarse a lo indeterminado, decir el sur, evoca un refugio y decir el este, en Buenos Aires, es zarpar huyendo a otra parte.
La Zona Sur del Gran Buenos Aires tiene algo peculiar. Está acercada por el río, rozada por el campo y por la ciudad, hecha de una mezcla improbable entre lo urbano y lo campestre, entre lo pretencioso y lo humilde. Es, tal vez, la zona más ecléctica e iconoclasta de todas: allí convive el caserón del hombre despreocupado, y allí nomás, está el rancherío que todavía persiste. Un sur que nunca termina de acomodarse, porque vive en ese borde donde nada es puro y todo es una mezcla, donde no hay frontera, y la fantasía desdibuja a la cartografía.
En ese sur yo crecí, y siempre le encontré un gusto literario. Un sabor heredado, encomendado, estudiado, pero también imaginado. Cada vez que iba en el tren pensaba en la cantidad de poetas y escritores que, en ese mismo instante, o en ese mismo lugar pero en otro tiempo, habrían estado surcando una hoja con una pluma filosa. Escribiendo con desesperación, con amor por la literatura misma, con la obstinación de quien no sabe hacer otra cosa que continuar intentando nombrar el mundo, el propio y el ajeno.
Pensaba en Alejandra, escribiendo en Avellaneda, sabiendo —como ella dijo— que “moriré de poesía”, y dejándole a la noche la tarea de recordar: “Cuando la noche sea mi memoria, mi memoria será la noche”.
Pensaba en Jorge Luis, por primera vez en Adrogué, descubriendo que el sur podía ser un territorio inverso y secreto, un lugar donde “he nombrado los sitios donde se desparrama la ternura” y donde se atreve a decir “asombroso” allí donde otros apenas dicen costumbre.
Me imaginaba a Julio, un niño pequeño en Banfield, caminando con un libro grande y desproporcionado bajo el brazo, entendiendo antes que nadie que “no puede ser que estemos aquí para no poder ser”, confiando en que “el azar hace muy bien las cosas en la historia”, incluso mejor que la lógica.
Vería a Rafael en Turdera, detenido sobre el puente, mirando la estación como si “fuera de juguete”, y vivir lo que siente un nieto cuando se la regalan, sabiendo que hay partidas que desgarran la tierra: “Cuando salí de mi tierra / de nadie me despedí. / Las piedras lloraron sangre / y el sol no quiso salir”.
Un día entré a un cafetín de Temperley y allí estaba Pablo, escribiendo un poema que luego él lo haría lucirse cual canción, diciendo con una serenidad dolida: “Si pudiera morirme por un rato lo haría solamente a modo de convenio con la vida”, y comprendiendo en voz baja que “las costumbres de la risa tienen que ver con sus desconsuelos”.
Otro día, en una biblioteca popular de Longchamps, escuché a María Cristina, recitando al lado mío, viniendo desde el sur del sur, diciendo que “tal vez en un rincón de mi vida encuentre a la certeza”, mientras “las estrellas le clavan a la tierra un puñal de sueños de luz”.
Los del sur siempre tuvimos ese impulso: hacernos propia Buenos Aires o dejarle algo escrito en sus rincones. Es fácil decir “somos de Buenos Aires”, pero no somos lo mismo. La Zona Sur no es la ciudad, tampoco es el campo: es el cometa de ambos, la periferia cargada de ansiedad y de identidad. Se le parece, la confunden en los mapas, pero no es igual. En esa diferencia intangible hay un elixir que crea una esencia invisible.
Recuerdo las viejas estaciones de tren, antes de los carteles modernos: aquellas letras blancas en relieve sobre madera negra. Así debía estar escrito el nombre de una estación, así debía llamarnos a visitar ese pueblo en cada parada que realizábamos durante el viaje. Pasar por Banfield sin poder dejar de imaginar esos ojos profundos, pronunciar ese nombre inglés con acento francés. Ver subir en Avellaneda a una chica de pelo revuelto que parece venir de otro tiempo y no animarme a distraer su pensamientos. Bajar en Turdera y no poder evitar subir y verla como una maqueta desde el puente. Volver a Adrogué y recordar que esta es mi casa: “Mientras siga soñando con mi pueblo sabré que existe”. Ofuscarme porque ese alguien a quien admiro caminó por aquí antes. ¡Qué pena no haber coincidido!, no haber podido mostrarle a Jorge Luis mi Adrogué, tal como él me relatara tanto a Buenos Aires.
Porque el sur es eso: un viaje corto que dura toda la vida. Un lugar donde la literatura no debe explicarse. Un territorio íntimo, fervoroso, inevitablemente poético donde “tengo por tripulación a mis sueños, y por derrotero, las mareas de mis poemas”.
Si dependiendo de cuándo miremos hacia atrás, tal vez algún escritor del futuro podría ver, dentro de un tren desdibujado por la propagación de la luz, a todos estos escritores de diferentes tiempos compartiendo un mismo vagón; y si se fijara bien, por el principio de causalidad, me vería a mí conversando y haciéndoles preguntas a los que conocí y a los que no. Un vagón suspendido en el tiempo, donde la literatura es la única pasajera, engañando a todos con un destino impreciso.
Estaciones del ramal Roca y sus vínculos literarios
Avellaneda: Alejandra Pizarnik (1936–1972).
Banfield: Julio Cortázar (1914–1984).
Turdera: Rafael Jijena Sánchez (1904–1978).
Temperley: Pablo De Biaggio – Felizmente componiendo.
Adrogué: Jorge Luis Borges (1899–1986).
Longchamps: María Cristina Valle – Libremente recitando.















