¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé.
(San Agustín)
El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un juego o una fatigada esperanza.
(Jorge Luis Borges)
La flecha del tiempo se encuentra en todo el mundo viviente que es el producto de una evolución en el tiempo. También se encuentra en cada organismo, que se modifica sin cesar a lo largo de toda su vida. El pasado y el futuro representan direcciones totalmente diferentes. Cada ser vivo va del nacimiento a la muerte.
(François Jacob)
¿Es acaso definible el tiempo?
Para definir algo, el objeto debe ser estable, y el momento en que hice esta pregunta, «¿es acaso definible el tiempo?», ya quedó atrás. Según nuestro sentido común y nuestras creencias científicas, el tiempo no se detiene, nunca puede ser aprehendido. El paso del tiempo es una de las principales razones para afirmar que no puede definirse, que es fundamentalmente incognoscible y que probablemente debería clasificarse entre los conceptos negativos de los que no puede derivarse nada constructivo. Otros conceptos pertenecen a esta misma clase, por ejemplo, «caos», «indeterminación», «azar». El concepto de tiempo solo se aclara parcialmente si se asocia al movimiento, al número, al espacio o a la causalidad. Existe una ciencia del espacio, la geometría, pero no existe, de manera análoga, una ciencia del tiempo, una cronometría.
Platón dice que al Demiurgo le era imposible construir el mundo exactamente a imagen y semejanza de su modelo perfecto, es decir, eterno, porque nada sensible puede ser eterno, por lo que se las ingenió para crear una imagen en movimiento de la eternidad a la que llamó «tiempo».
Desde muy temprano, en el pensamiento racional, el tiempo se vinculó al movimiento, y este, a su vez, al espacio. Si el tiempo es continuo, es porque el movimiento es continuo, y el movimiento es continuo porque el espacio en el que tiene lugar es continuo. Para Aristóteles, el tiempo es irreal o apenas real. Esto demuestra que quien habla del tiempo se encuentra en una posición incómoda —como yo me siento ahora—. San Agustín reconoció que, mientras nadie le pregunte «¿Qué es el tiempo?», lo sabe, pero si alguien le hace la pregunta, ya no lo sabe. Esto significa, y es cierto para todos nosotros, que sabemos utilizar la palabra «tiempo» y otros términos de la misma familia, como antes, después, al mismo tiempo, etc., pero, al igual que San Agustín, nos sentimos desestabilizados, desprovistos de conocimiento y de una explicación verificable si nos piden una definición explícita.
El tiempo, la duración y el devenir
La distinción entre el tiempo científico y la duración es probablemente la bifurcación más importante del concepto de tiempo. Para avanzar, la ciencia necesita tanto de la intuición como de un formalismo que permita fijar las ideas, verificarlas y mejorarlas.
Probablemente esto es lo que Aristóteles comprendió tan bien cuando definió el tiempo como «el número del movimiento según lo anterior y lo posterior». Newton y los primeros mecanicistas asignaron al tiempo las propiedades de la recta de los números reales que lo representa. Ambos son homogéneos, unidimensionales, continuos e infinitos. Desde este punto de vista, el tiempo es un marco absoluto en el que cada evento puede ser indexado de manera única mediante un número, su tiempo, y todos los relojes correctos miden el mismo intervalo entre dos eventos. Ahora sabemos que la teoría de la relatividad ha modificado esta imagen: el orden temporal de los acontecimientos depende de los marcos de referencia. En consecuencia, la noción de presente universal ya no tiene significado físico y esta teoría parece acentuar el carácter espacial del tiempo.
Hay filósofos que reaccionan afirmando que el tiempo de la física no es el tiempo verdadero ni el tiempo real. El tiempo real sería más bien la duración, un fenómeno concreto que no puede reducirse a las propiedades de sus representaciones mecanicistas. Estas son espaciales y privan al tiempo de su especificidad, de su cualidad propia: la duración. Bergson insiste en ello. Al interiorizarlo, rechaza su espacialización, pensando que la duración concreta y pura es el verdadero tiempo real. Y dado que lo psíquico tiene, entre otras propiedades, la duración, esto significa que la interioridad, lo psíquico, es irreductible a la espacialización que presuponen las matemáticas y la física. La duración, que se da de manera mucho más fiel a la intuición que a los formalismos científicos, sería una propiedad esencial íntima de las cosas, productora de novedad, de libertad, de diversidad natural. Sería, en suma, un hecho que la razón no puede aceptar porque es conservadora y, por consiguiente, la idea de la verdadera creación le es ajena.
Tenemos, pues, dos conceptos del tiempo, y uno de ellos es científico, abstracto y mecanicista. Se beneficia de la claridad y la precisión de las matemáticas, así como de todas las operaciones que las ciencias naturales y las matemáticas permiten. El otro concepto, la duración vivida, es más biológico, humano y concreto, pero algo menos inteligible. Esta situación no es satisfactoria, razón por la cual debe hacerse un esfuerzo adicional que permita desarrollar una teoría única del tiempo capaz de armonizar todos sus aspectos. La razón es que para los pensadores realistas y naturalistas —y yo soy uno de ellos— la naturaleza es continua, y la búsqueda de coherencia exige la elaboración de una explicación unitaria del mundo.
Irreversibilidad o reversibilidad del tiempo. Matemáticas y sentido común
Según la filosofía del sentido común desarrollada por la escuela escocesa durante el siglo XVIII y principios del XIX, hay buenas razones para confiar en la información obtenida a través de la sensación. Esta información no es solo un conjunto de ideas o un conjunto de impresiones subjetivas, sino que transmite correctamente las cualidades que pertenecen a los objetos externos. Según esta escuela, las creencias derivadas de la sensación pertenecen tanto al sentido común como a la razón de la humanidad. La filosofía del sentido común se entiende como una clase de realismo, ya que fue una reacción tanto frente al escepticismo como frente al idealismo subjetivo.
Recordemos ahora la distinción entre tiempo científico y duración. Aunque la reversibilidad del tiempo sea simbólicamente concebible, es rechazada por nuestro sentido común. Si desde un punto de vista científico se puede concebir un tiempo reversible, es sobre todo por razones matemáticas. Por ejemplo, la recta numérica que representa el tiempo puede leerse de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Dicho esto, debemos reconocer que la temporalidad direccional, flechada, del mundo biológico y psíquico es una evidencia natural y última a la que no podemos renunciar. Podemos plantar un árbol, verlo crecer y, si vivimos lo suficiente, asistir a su muerte. Sin embargo, nadie ha visto jamás a un árbol maduro transformarse progresivamente en su propia semilla. Recordamos nuestro pasado, no nuestro futuro. Si existe una incoherencia entre la física reversible y la biología y la psicología irreversibles, es nuestra física la que hay que cambiar. La concepción científica del tiempo reversible es una especulación abstracta cuyos fundamentos deben ser reexaminados. Veremos que Einstein comparte esta actitud razonable.
Según la concepción moderna, que transforma la relación causal en una sucesión constante de causas y efectos, la causa siempre precede al efecto. Cada causa es el antecedente invariable de su efecto. En cambio, esta exigencia de sucesión, de paso o de transición está ausente en Aristóteles, para quien la causa y el efecto son simultáneos. Para los modernos es impensable que la causa no preceda al efecto y esta propiedad sirve para definir la causalidad, al igual que la ciencia moderna ha conservado la definición galileana según la cual la presencia de la causa siempre va seguida del efecto, y si la causa desaparece, el efecto también desaparece.
¿La causa siempre precede al efecto? Los físicos relativistas, entre ellos Einstein, se mostraron indecisos, y la situación se complicó con los desarrollos físico-matemáticos de Gödel al respecto. El descubrimiento de Gödel no es sencillo. No se reduce a la idea de que si concebimos los instantes como puntos en un continuo unidimensional, entonces se demuestra que, matemáticamente, nada impide concebir curvas cerradas: lo que fue será, la causa precede al efecto, el efecto precede a la causa. Gödel demostró que existen variedades semirriemannianas 〈R⁴, g〉 tales que la métrica g es una solución exacta de las ecuaciones del campo de Einstein y en las que existen curvas cerradas. Si ciertas formas de resolver las ecuaciones de la teoría general de la relatividad permiten la existencia de curvas cerradas (lo cual, como he dicho, ha sido demostrado por Gödel), eso significa que es posible pasar una y otra vez por los mismos puntos del espaciotiempo y que se puede volver a un estado anterior: el tiempo sería reversible.
Aquí me abstengo de exponer al lector las reflexiones de Einstein sobre la paradoja descubierta por Gödel. Su respuesta es, en pocas palabras, que sería interesante evaluar si tal paradoja no debería descartarse por razones físicas, lo que demuestra el razonable y sensato sentido común de Einstein. Pero sería mucho más acertado y convincente afirmar que la reversibilidad debe descartarse por razones biológicas. De hecho, dice François Jacob, la exigencia de un parámetro temporal representa una de las diferencias características entre la biología y la mayoría de los aspectos de la física. Porque, curiosamente, en las teorías fundamentales de la física no existe la flecha del tiempo. A diferencia de la mayoría de las ramas de la física, la biología considera el tiempo como uno de sus parámetros principales. La flecha del tiempo está presente en todo el mundo viviente, que es el resultado de una evolución a lo largo del tiempo. También se encuentra en todo organismo que evoluciona constantemente a lo largo de su vida. El pasado y el futuro representan direcciones totalmente diferentes. Todo ser vivo va del nacimiento a la muerte (recordemos el epígrafe de François Jacob que anoté en el presente ensayo).
El tiempo, las imágenes geométricas, la muerte y el mito
Nuestra concepción no es la de los hombres prehistóricos ni la de las sociedades que ven el tiempo como una realidad cíclica. Quién sabe si el hombre del futuro, una vez acostumbrado a los viajes interplanetarios, seguirá hablando del tiempo como lo hacemos hoy. Nosotros, los occidentales modernos, hemos asimilado la concepción física clásica del tiempo, basada en parte en el mito judío de un tiempo lineal orientado hacia un final. Excepto que para nosotros es infinito. Las consecuencias culturales de los mitos son importantes, pues si el tiempo tiene una estructura circular, si lo que fue será de manera perfectamente determinada, entonces no se cree en el progreso ni en el desarrollo; la vida no es una actividad que consista en producir un mundo mejor. Por otra parte, una concepción lineal y abierta del tiempo permite creer en el progreso en todos los ámbitos, pero también es en parte responsable del valor excesivo que se otorga al trabajo, lo que conduce al cansancio y a la ansiedad.

Los signos característicos del envejecimiento.
El hombre es consciente de su vida y de la inexorable llegada de su propia muerte, y le cuesta imaginar que llegará a ser nada, como lo era antes de existir. «Ni el sol ni la muerte pueden ser mirados de frente» (La Rochefoucauld). El hombre se siente muy incómodo ante el tiempo, ante su paso, ante su irreversibilidad, y a veces le ocurre, de forma dramática, que se inventa mitos para consolarse. Intenta imaginar que puede tener un alma inmortal separable de su carne y de sus huesos, que se puede revivir el pasado, reencarnarse o resucitar. Estas historias fabulosas, nacidas de un deseo profundo y gracias al poder inventivo de la imaginación, tienen un valor poético, pero su valor de verdad es muy otro. Sin embargo, como no disponemos de los conceptos adecuados para describir el continuo causal que va desde los estratos matemáticos, fisicoquímicos y biológicos hasta la conciencia resultante, aunque no exclusivamente de la actividad del cerebro, esta serie de palabras vacías, la creencia en un alma separable del cuerpo de carne y hueso, aún tiene mucho tiempo por delante.
No sabemos qué significa «existir fuera del tiempo». Como ya lo he recordado, el tiempo es un aspecto del movimiento, y el movimiento tiene lugar en el espacio, por lo que no hay tiempo si no hay movimiento ni espacio. La única supervivencia razonable es la vida que transmitimos a nuestros hijos, así como la descrita por la sabiduría china: el hombre puede sobrevivir gracias a sus obras, al ejemplo que puede dejar.
La aparición de la conciencia animal y humana, que también existe en un grado elemental en las plantas, y en particular, la conciencia del tiempo, del sufrimiento y de la muerte, nos intriga enormemente. Finalmente, y no es de extrañar, a los biólogos les incomoda el problema de saber cuál podría ser la ventaja selectiva de la conciencia.















