Nos vimos en un café estrecho, casi una caja de resonancia para murmullos y gestos reprimidos. Él ya estaba allí, sentado junto a la ventana, el cuerpo ligeramente inclinado hacia la luz como si quisiera husmear algo fuera de cuadro: un reflejo, un recuerdo, una sombra que regresaba solo para él. Tenía un cuaderno abierto y un lápiz que giraba entre sus dedos con la misma naturalidad con que otros fuman o respiran. No escribía: aguardaba.

Su rostro, apenas marcado por los años, era el rostro de alguien que ha cambiado muchas veces de paisaje sin cambiar del todo de cuerpo. Cuando levantó la mirada, me pareció que ese gesto contenía toda la entrevista: un saludo sin saludo, una invitación sin palabras.

Habló antes de que yo pudiera acomodarme.

Dijo que había salido de Chile siendo casi un adolescente, y lo dijo sin dramatismo, como quien habla de una estación perdida en un viaje largo. Europa, añadió, no solo le había dado formación: lo había descentrado, desmontado, vuelto a montar.

La militancia del exilio a mediados de los setenta —el ruido político, la urgencia moral— terminó de cincelar al escritor que empezaba a ser.

Sus primeros libros habían sido plaquetas, objetos pequeños, vulnerables, publicados casi al margen del mundo editorial. Le terre di nessuno, en 1980, en Spotorno. Luego la aventura en Roma: el taller literario Maruri, las ediciones del mismo nombre, y El Luchexilio, 1981, publicado con la complicidad del profesor Ignazio Delogu y del poeta Eugenio Llona. Me contó —medio divertido, medio incrédulo— cómo esos textos habían sobrevivido gracias a piratas, recortadores y revistas marginales que parecían alimentarse de fragmentos suyos.

Mientras lo escuchaba, la camarera dejó los cafés sobre la mesa. Él no se interrumpió. Solo deslizó los dedos por el borde tibio de la taza, como si ese mínimo círculo de porcelana fuese una especie de brújula personal.

Se detuvo luego en Palimpsesto, la revista que había creado en Florencia junto al pintor Francisco Smythe, cuando todavía el exilio oficial se empeñaba en ignorar lo que los artistas chilenos producían a oscuras, entre aeropuertos, talleres improvisados y ciudades prestadas.

Me habló con entusiasmo lento —el entusiasmo de quien recuerda sin nostalgias— de cómo empezó a escribir sobre Artes Visuales, inspirado por las Acciones de Arte que sucedían en Chile. No buscaba el rol del crítico, aclaró: lo que él deseaba era caminar al lado de los artistas, como Apollinaire lo había hecho en otro tiempo, en otra hora de la historia.

Ese camino lo llevó, finalmente, al Coloquio Internacional de Literatura Chilena en París en 1983. Lo dijo con un gesto breve en los hombros, como si aquel encuentro hubiese sido al mismo tiempo un regreso y una sacudida. “Fue el momento en que me encontré con lo que soy”, murmuró. Y lo dijo con una calma que solo se desprende cuando la herida ya está asumida.

Cuando le pregunté —o quizá no pregunté, quizá solo insinué la inquietud— por esa llamada “poesía joven chilena”, se reclinó en la silla y buscó algo en el ventanal, un punto lejano que pareció ordenar sus ideas. Me habló de tendencias imposibles de trazar desde Europa, de influencias más que de escuelas.

Se distanció del lirismo monumental de ciertos poetas jóvenes, demasiado marcados por el eco de Neruda y la sombra de De Rokha. Y se mostró tajante —la única tajantez que le escuché en toda la tarde— ante el panfleto político disfrazado de poema.

Pero enseguida volvió a un tono más suave al hablar de sus afinidades. Roberto Bolaño, Raúl Zurita, Pedro Lemebl. Parecía que al pronunciarlos los veía acercarse, sentarse a la mesa con nosotros. Lo que los unía, dijo, no era una técnica ni una geografía: era un pensamiento poético, una actitud, un modo de construir un universo personal a partir de la fragilidad humana.

Afuera, la luz había cambiado sin que lo notáramos.

Terminó evocando el viejo sueño latinoamericano del siglo XIX: esa hambre por mirar hacia Europa, hacia París, hacia lo que estaba más allá de la cordillera. Chile, reflexionó, siempre había sido un extremo, una orilla remota. Y Borges tenía razón: el exilio no era sólo geográfico, sino también interior.

Cuando hablaba de criollismo, no hablaba de origen sino de reinvención: de la necesidad de imaginar un paisaje antes de habitarlo. El asombro de ser, dijo, es lo que compromete todo porvenir. Y citó a Jakobson para afirmar que cada contexto nuevo ilumina la palabra de un modo distinto.

“Despojar las palabras”, insistió. “Quitarlas del paisaje que las desgasta.” Volverlas a usar como si fuesen recién nacidas.

Miró hacia fuera, hacia la calle que ya era más sombra que tránsito.

Quizás por eso —añadió casi en un susurro— tantos chilenos terminan escapando hacia las ciudades europeas. No por imitación, sino por hambre.

“Como dice Parra”, murmuró, “no comemos nada más que paisaje.” Y en esa búsqueda —agregó— la naturaleza chilena casi no existe, porque se la busca de la misma manera desesperada con que la buscaron los criollos del XIX: levantando artificio sobre un desierto que nadie alcanza del todo.

No sé cuánto tiempo pasó después. Hubo un silencio largo, y el ruido del café siguió su curso natural. Él cerró el cuaderno, dejó el lápiz dentro, y la entrevista —si es que lo fue— quedó suspendida en el aire, como una conversación que no termina sino que simplemente se aleja, igual que él cuando se levantó, pagó y salió a la calle sin despedirse, con esa forma tan suya de desaparecer un poco y seguir estando allí.

1) Collage Arevalo & Duchamp 2) Bolano & Arevalo 3) Collage: El día que salí con todos mis yos a encontrarme conmigo mismo