¿Libertad? Inútil palabra. Dejemos que la realidad hable. Ella es terrible. Es de los fuertes. ¿Igualdad? Mentira dañina. No nos invadirán seres inferiores. ¿Fraternidad? ¡La peor invención woke!

El 14 de febrero el secretario de estado de EUA, Marco Rubio, leyó un discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich. El auditorio era Europa. El orador, los nuevos Estados Unidos. Era un acto de presentación, una declaratoria y un manifiesto. En treinta minutos declaró que EUA era el hijo pródigo de Occidente que había regresado para defender su herencia. Había que endulzar primero el oído, lisonjear a Europa para después golpearla en la cabeza. Ella fue, dijo, la tierra que vio nacer la ley (rule of law), las universidades y la revolución científica. Agreguemos las palabras faltantes: Europa fue la tierra de la Ilustración. Rubio agrega lugares comunes: Beethoven, Mozart, Dante, Shakespeare, Miguel Ángel, Da Vinci. Daba la impresión de que Europa sería reivindicada por su “alta” cultura, sus leyes y su ciencia.

Pronto, todo se disuelve con un gran “pero”… Rubio fustiga: creer en un mundo sin fronteras con ciudadanos del mundo fue una ilusión peligrosa. Pero esta era la gran finalidad de la ilustración: dejar atrás las particularidades que se imponen a otras: la tradición, la sangre, la lengua. La ilustración tenía por horizonte último una humanidad cosmopolita y pacífica. Rubio insiste: esta fue una idea tonta que ignoró la naturaleza humana y las lecciones de 5000 años de historia. La historia humana es la historia de la gloria occidental, con la excepción de un breve periodo de tiempo llamado ilustración.

Bajo la presidencia del presidente Trump habrá renovación y restauración, afirma. Léase: lo que viene es la restauración. Una nueva restauración cuyo enemigo espiritual es la ilustración. ¿Pero qué es Occidente? ¿Arte, ciencia, derecho? No. Simples y sencillamente, el cristianismo, la tradición y la nación. Esto se expresa en el vulgar lema: Dios, patria y familia. “Tradición” significa familia común burguesa. “Dios” significa cristianismo, y cristianismo significa parroquias locales protestantes. “Patria”, finalmente, significa territorio, lengua, tradición y sangre.

Estas palabras no deben subestimarse. La vulgaridad discursiva de Trump se soporta en un suelo contrailustrado. Rubio lo dice: “armies fight for a way of life”. Así como en otros tiempos se luchaba por el “espacio vital”, el Lebensraum, hoy se pelea por un way of life. Los cuatro caballos del Apocalipsis son nombrados: la migración, la desindustrialización, la pérdida de poder absoluto sobre el mundo y un Estado débil. La respuesta se articula así: un Estado fuerte hacia dentro (nacionalismo, imposición de modelos sociales verticalmente como la familia, el género o las ideas de ciencia y tecnología) y hacia afuera (uso de la fuerza militar y del terrorismo económico en nombre del supremacismo norteamericano y de un nuevo “destino manifiesto”), retorno del mundo industrial (que implica conducción de la producción por el Estado, dominio de la clase trabajadora), nacionalismo apoyado en la xenofobia y el uso estratégico de políticas migratorias.

La guerra contra la ilustración significa la restauración del antiguo régimen. Naturalmente nada puede restaurarse sin modificaciones. La Ilustración como movimiento intelectual se convierte en movimiento político y económico por la Revolución Francesa. Los términos de izquierda y derecha surgen en ese momento. La Asamblea Constituyente enfrentó a los conservadores, que defendían la monarquía, el clero y el poder de la nobleza, con los liberales, que luchaban por un nuevo orden político y social, buscando la separación Estado-Iglesia y limitando los poderes de ambos. Los primeros invocaban la bondad natural del antiguo orden, defendiendo la nación, las tradiciones, el poder social jerárquico y centralizado y la religión.

Los liberales, es decir, los burgueses, pedían libertad política y económica frente al Estado e Iglesia, una nueva constitución que estableciera la igualdad de derechos entre todos los ciudadanos, Estado laico, internacionalismo y justicia social. El comunismo no fue sino la exigencia última de los principios de la Revolución Francesa, el más ambicioso proyecto ilustrado.

No sobra decir que esta polaridad nunca fue pura y que los procesos revolucionarios desde entonces han llegado a confundirse con el autoritarismo y el militarismo de la derecha. O que la derecha fue muchas veces más crítica del capitalismo que del liberalismo. A comienzos del siglo XX más que una oposición hubo un trío: liberales, conservadores y comunistas. Sólo recordemos que en el ascenso de las formas más violentas del conservadurismo, como en Italia, Alemania o Chile, los liberales siempre se pusieron de su lado y contra los comunistas. La derecha no fue históricamente el enemigo de los liberales, sino su instrumento, su amigo impresentable, el encargado del trabajo sucio. Y sí, en cierto punto el comunismo soviético se volvió indiscernible del colonialismo europeo. Pero nada de eso borra el hecho mismo de la polaridad política. Si los bordes cambian y se difuminan, no terminan con la distribución de las posiciones políticas, con la existencia de un espectro.

Este movimiento tiene un nombre. Nick Land, uno de sus defensores, lo ha acuñado: la ilustración oscura. Deberemos discutir más sobre él y otras figuras análogas con urgencia. La ilustración negra se nutre del fracaso del liberalismo, que hizo naufragar el proyecto ilustrado y revolucionario en el ímpetu capitalista. Pero la ilustración oscura debe también su triunfo a sus nuevos sacerdotes, que liberan a las masas de la pesada carga que los liberales les impusieron: culpa por el imperialismo, miedo al cambio climático, miedo a la tecnología, miedo al futuro… El liberal se había vuelto un cínico, como dice Sloterdijk: consciente y crítico del estado del mundo, pero demasiado cómodo en él como para siquiera intentar cambiarlo.

El ilustrado oscuro no ofrece salidas a la dominación, ni al cambio climático, ni a los riesgos tecnológicos. Simplemente los niega. Pronto, surge un alivio generalizado en mucha gente. Es como si nada hubiera pasado, como si ilustración y revolución hubiesen consistido en un desvío del eterno y crudo mundo de la fuerza.