La vida es un teatro absurdo donde los tontos aplauden y los sabios miran. Nuestro deber no es ser felices todo el tiempo, sino ser conscientes de la comedia que interpretamos y reírnos con ironía de la propia farsa.
(Voltaire)
El despertar entre cenizas
Desencostrándome desde este hueco del que despierto de nuevo para salir y entregarme a lo común, siento el roce áspero de una piel que todavía no es completamente mía. Como si lo que estuvo dormido durante tanto tiempo se resistiera a volver, o como si mi propio cuerpo se sorprendiera de que aún tenga voluntad de emerger. No es un despertar dulce: es un regreso lento, casi doloroso, un arrastrarme hacia la luz con la sensación de que los párpados pesan más que el mundo entero. Pero aun así avanzo. Algo me llama desde afuera, algo que vibra, algo que vive. El 2026 no es un simple cambio de calendario: es una conmoción, un rumor que crece debajo del tejido del tiempo.
He habitado demasiado este hueco, esta oquedad en la que dejé que se acumularan las sombras. Era cómodo, casi tibio, había dolor, sí, pero era un dolor reconocible, doméstico, sin sobresaltos. Un dolor que no exigía movimiento. Allí dentro estuve a punto de convertirme en uno de ellos: los sin vida, los comunes, los humanos inilustrados que no distinguen ya entre respirar y existir. Ellos, que han aceptado la penumbra como una forma legítima de vida, se desplazan por la realidad como espectros funcionales, sin preguntas, sin hambre, sin pensamiento. Me rozaban, me hablaban, me envolvían. Y durante un tiempo, no pude negar que su quietud me seducía.
Pero algo ardió. No sé qué. No sé cuándo. Solo sé que ardió. Y el fuego me obligó a abandonar mis restos, a romper la costra, a sentir otra vez el picor suave y a la vez brutal de la piel que se renueva.
Este despertar es íntimo, casi erótico: un roce interior, una fricción de carne y espíritu. Como si la vida misma me tocara para decirme: “Aún no has terminado”. Y al abrir los ojos, noto un temblor antiguo ascendiendo por mi columna, un estremecimiento que no es miedo, sino una forma primitiva de deseo. Deseo de volver al mundo, de mirarlo a los ojos, de entrar en él con la consciencia aguda del que ha sido despojado y ahora se recompone.
El 2026 se presenta oscuro y brillante a la vez. Oscuro porque aún arrastra el cansancio y la decadencia de los últimos años, brillante porque guarda la chispa de una promesa que todavía no sabe pronunciarse. El mundo entero parece estar a punto de rehacerse, como si hubiese alcanzado un límite invisible y estuviera obligado a dar un salto. Y yo salto con él, aunque mis alas todavía sean frágiles.
Las sombras del 2026
El hombre no es dueño de su destino; apenas se atreve a caminar dentro de la sombra de su propia vida. Cada instante de claridad es un milagro, cada momento de angustia, una enseñanza que pocos tienen la paciencia de descifrar. Vivir plenamente significa sentir la tormenta sin esperar el sol, y aun así agradecerle al viento que nos atraviesa.
(Hölderlin)
Lo que se anuncia para el 2026 no es pequeño. La humanidad se encuentra frente a una convergencia de fuerzas que, de no comprenderlas, podrían devorarla. La tecnología ha dejado de ser herramienta para convertirse en atmósfera; la inteligencia artificial ha infiltrado decisiones, ritmos, estructuras. Ya no sorprende: condiciona. Y en esta transformación silenciosa, los sin vida encuentran un hábitat perfecto: máquinas que piensan por ellos, sistemas que eligen, algoritmos que sustituyen incluso la voluntad.
La política también cruje. Las potencias se tensan como arcos que han sido estirados demasiado tiempo. Hay un olor a redistribución, a ruptura del equilibrio, a reclamación de espacios. Ningún sistema está seguro. Ninguna alianza es eterna. Y aun así, los sin vida caminan como si nada, como si la historia fuese un teatro en el que ellos solo deben sentarse y mirar.
El clima, por otra parte, actúa como un dios pagano: caprichoso, violento, imprevisible. Ha dejado de ser advertencia para ser sentencia. Cada tormenta recuerda que las decisiones atrasadas se pagan con intereses. Y las ciudades, esas masas palpitantes de cemento, empiezan a sentir miedo, un miedo primario, ancestral, porque por primera vez el ser humano no controla el entorno, sino que lo provoca.
Y sin embargo, en medio de este paisaje convulso, late algo más. Algo espiritual, aunque no religioso. Una necesidad colectiva de profundidad. La saturación del ruido digital, la escasez de vínculos auténticos, la fragilidad emocional que recorre a millones… todo empuja hacia una especie de renacimiento interior. Como si el mundo, en su agotamiento, clamase por sentido. Por racionalidad. Por belleza. Por ilustración.
Pero los sin vida siguen allí, numerosos, densos, casi viscosos. A veces me parecen seres sin contorno, absorbidos por la pantalla que los sostiene. Otras veces los percibo como criaturas dormidas, capaces de despertar, pero resistentes a hacerlo. No los desprecio. Sé que pude ser uno de ellos. Pero ahora, renacido, intento no olvidar que de su adormecimiento dependerán muchas decisiones del 2026. Será la masa moldeable sobre la cual unos pocos delinearán el futuro.
Mi renacer no me separa de ellos: me obliga a verlos. Su inercia es aviso. Su docilidad, peligro. Su ceguera, espejo.
Renacer no es un acto limpio. Es un proceso áspero, irregular, lleno de grietas. Cuando pienso en el fénix, no imagino un pájaro esplendoroso elevándose en un estallido de luz. Imagino, más bien, un cuerpo chamuscado que empieza a latir entre escombros aún calientes. Ese soy yo: un organismo recompuesto que arrastra todavía el olor de lo quemado, pero que respira con una lucidez que no conocía.
Este renacimiento es filosófico, sensual, espiritual y racional a la vez. No hay división. La filosofía me ofrece las preguntas; el espíritu, la hondura; el cuerpo, una música tangible; y la razón, el mapa. Todo se mezcla, como si mis capas se hubieran reorganizado después del incendio.
Me descubro más íntimo, más vulnerable, más verdadero. Ya no necesito máscaras. Tampoco distancias. Y aun así, mi intimidad tiene algo de épico: un viaje de descenso, un retorno desde el fondo. Mis cicatrices no esperan consuelo; esperan ser vistas. Porque en ellas, precisamente en ellas, está la prueba de que no he dejado de luchar.
2026 será mi escenario. No un destino, sino un terreno fértil para experimentar esta versión renovada. No siento urgencia, pero sí presencia. Una presencia distinta. Un estar en el mundo con los ojos bien abiertos, con la piel receptiva, con los sentidos desplegados como antenas. Un estar que tiene sabor, olor, latido.
Y es en este estar donde descubro mi parte más sensual: no hablo del cuerpo como deseo explícito, sino del cuerpo como portal del mundo. De la piel que capta la vibración del tiempo. De las manos que buscan tocar lo real. De la respiración que se afina para sentir lo sutil. De la manera en que miro, lenta y profundamente, como si cada objeto pudiera revelarme sus secretos.
Mi renacer también es espiritual. No místico, sino humano. Una conciencia que se expande hacia lo hondo y vuelve cargada de sentido. Una claridad que no se impone, pero que ilumina. Y, por encima de todo, una voluntad: vivir con intensidad, con pensamiento, con deseo, con criterio.
Porque la ilustración, entendida no como época, sino como estado interior, es la verdadera llama. El fuego que no destruye, sino que depura. El fuego hace que un hombre deje de ser un ser sin vida para convertirse en un ser que elige, que comprende, que siente, que se orienta.
Cruce de destinos: el año que nos convoca
No hay destino que no podamos superar si comprendemos la absurdidad de nuestra existencia. La vida no nos debe sentido, pero nos ofrece la posibilidad de crearlo; nuestra tarea es rebelarnos cada día contra la nada que nos rodea y hacerlo con dignidad, con lucidez y, si es posible, con una sonrisa.
(Albert Camus)
Este renacimiento coincide con este año liminal, fronterizo, inquietante, este año que parece estar hecho de una materia intermedia entre lo que fue y lo que podría ser, como si camináramos sobre un puente levantado a medias por un arquitecto indeciso. Y no creo en la casualidad: nunca la he considerado más que una coartada elegante, una especie de perfume conceptual que la gente se echa para no reconocer que no ha pensado lo suficiente. Hay algo oscuro en el ambiente —oscuro en el buen sentido, oscuro como un sótano donde alguien dejó semillas germinando sin avisar—, algo grave, algo que pesa pero no aplasta, algo con consistencia moral. Es como si el planeta entero estuviera conteniendo el aliento antes de un salto que puede ser luminoso o devastador, un salto que quizás ni siquiera sea opcional. Y la diferencia, ese matiz casi microscópico que decidirá si ardemos o florecemos, la hará la consciencia, la lucidez, la valentía casi imprudente de los que escojan no vivir en piloto automático. Será una cuestión de ojos abiertos, no de suerte. La suerte está sobrevalorada; la lucidez, en cambio, nunca aparece en la publicidad.
Yo entro en el año no como un santo —qué aburrimiento ser uno—, ni como un héroe —qué cansancio la épica ajena—, sino como un hombre redescompuesto. Contiene dentro el eco de haber estado roto, de haber aceptado la rotura sin melodramas, de haber recogido los trozos con una paciencia que jamás pensé que poseía, de haber elegido cuáles merecían volver a su sitio y cuáles era mejor abandonar sin ceremonia. La recomposición es una forma de madurez que nadie enseña porque no vende.
Entro con la serenidad de quien conoce su sombra y ya no le teme, porque sabe que una sombra ignorada se convierte en tirano, pero una sombra observada con ironía se convierte en compañera. Entro con la sensualidad de quien siente el mundo en la piel, incluso en la piel que pensó definitivamente perdida; con la espiritualidad de quien bajó sin lámpara al sótano de sí mismo, tropezó, maldijo, descubrió, y aun así regresó; con la razón afilada como una hoja que ha esperado demasiado para volver a dibujar su propio destino; con el deseo encendido, sí, ese deseo que tantos confunden con debilidad cuando es, en realidad, una forma de visión anticipatoria; con la filosofía como espada y como refugio, como pregunta que hiere y como idea que cura, como ejercicio de dignidad, incluso cuando nadie lo pide.
Y, por supuesto, entro con la risa cínica —esa risa que ya no se negocia— preparada para las hienas. Porque las hay. Siempre las hay. Las hienas humanas: interesadas, miméticas, tan ansiosas por apropiarse de la luz ajena que podrían montar un panel solar humano si supieran cómo; criaturas que repiten discursos que no entienden, como quien canta fonéticamente un idioma que jamás ha escuchado sobrio. Expertos en hacerse pasar por profundos cuando apenas saben mantenerse a flote en su propia superficialidad. Las hienas sonríen, siempre sonríen: es parte de su táctica, una sonrisa que mezcla hambre y oportunismo, como si pensaran constantemente: “¿Podré aprovechar algo de este momento? ¿O al menos fingir que sí?”.
A veces incluso imitan la introspección, como quien finge tener acento francés pronunciando “croissant” con exceso de saliva. Las veo venir, las huelo desde lejos —toda hiena huele a excusa previa—, y aunque ya no me desgarran como antes, sí me divierten. Hay algo enternecedor en su absoluta inutilidad para fabricarse una vida auténtica. Me siguen durante un tramo, como si esperaran que mi camino les salve de la nada o les diera material para su próxima imitación emocional, pero 2026 me encuentra menos disponible que nunca para ser alimento emocional de nadie.
El 2026, decía, se acerca con la gravedad de los años que exigen postura, esos años que no permiten el lujo de la neutralidad, porque la neutralidad —aunque la disfracen de sabiduría— no es más que pereza en traje de gala. O despiertas o te pudres en tu caparazón, así de simple, así de brutal. O eliges o te eligen. O respiras a conciencia o te conviertes en uno de esos sin vida que repiten cada día como si fuera una condena. Y yo no estoy hecho para la condena. He visto demasiado, he sentido demasiado, he descendido demasiado, he aprendido demasiado de mis hundimientos como para entregarme ahora al bostezo eterno.
Hay algo en este año que me llama a caminar más hondo, más lento, más atento, sin esa prisa suicida que confunde movimiento con sentido. Me llama a preguntar más, a desear mejor, a mirar con esa mezcla de ternura y crueldad propia de quien ya no está dispuesto a perderse ni a regalar su atención a quien no sabe qué hacer con ella. Me llama a relacionarme con el mundo desde una sensualidad que es espiritual, desde una espiritualidad que es racional, desde una razón que es profundamente carnal.
Porque uno puede ser filosófico sin renunciar al fuego; puede ser sensual sin desligarse de la lucidez; puede ser espiritual sin volverse caricatura. La integración —esa palabra que parece sacada de un congreso de psicología positiva y que, sin embargo, es un acto heroico, quizá el único verdaderamente heroico que queda— es la verdadera revolución.















