Palabras. Siempre me han intrigado. Pienso en ellas. Me da por especular de dónde vienen o quién las inventó. ¿Cómo sucedió que llegaron a ser más que conceptos? Es un misterio entender el proceso y el tiempo que le tomó a una palabra para corresponderse con las cosas, con la realidad. ¿Quién tomó en sus manos ese trabajo? Alguien tuvo que alinear letras que denominen algo, que lo delimiten. Además, abarcan mucho más. Extienden los bordes. Borran fronteras. Son herramientas que sirven para acabar con la confusión y el caos que había antes de que existieran. Son como espíritus aleteando sobre la superficie, la profundidad de los abismos, las tinieblas y la luz. Son lámparas que iluminan el entendimiento. Pensamos con la mente, sentimos con el cuerpo y todo lo expresamos con palabras.
Algunas veces he sentido que no hay palabras que alcancen para expresar lo que siento, pienso o sueño, en especial cuando las lágrimas se atoran en la garganta o cuando el júbilo ya no cabe en el pecho. Con qué palabras se describe el olor que percibe una madre de la cabeza de su bebé, el aroma de un auto nuevo, la sensación de un reencuentro, el hueco que queda después de una despedida.
No son pocas las veces que me he quedado inconforme, porque solo encontré una respuesta parca, cuando esperaba una contestación más amplia, profunda y sentida. Fallo cuando no aprovecho todas las oportunidades para describir una imagen —como la de las gotas de rocío que resbalan sobre el vidrio de mi ventana cuando la mañana amanece tan fría—; o al rememorar un recuerdo —como el aroma a canela y piloncillo de los buñuelos de feria en el pueblo de mis padres— o al evocar un sentimiento —como la desarmonía de un adiós que no esperábamos pronunciar— o a alguna sensación asombrosa de aquellas que quitan el aliento y nos roba el aire. Cuando mis expresiones son tan escuetas que no logro emocionarte, cuando no me conecto contigo.
Así es. No puedo conformarme con pronunciar palabras o con rayarlas en un papel así porque sí: hay que cuidarlas. Se trata de revalorar y redescubrir las potencias de nuestra palabra. A través de esas edificaciones sorprendentemente construidas por vocablos me pongo en contacto con el otro, contigo. Es lindo escuchar: ella es una mujer de palabra, con todo lo que ello significa. Porque las palabras viven, prosperan y se dan a entender.
Parecen seres frágiles que desean con ansias crecer, pero son herramientas poderosas de las que brotan inteligencia y sabiduría o necedad y estupidez. También son armas punzantes, como espadas cortantes de doble filo, que penetran hasta partir la piel, el alma, el espíritu, las coyunturas y los tuétanos. Disciernen los pensamientos y los propósitos del corazón lo mismo que sirven para ocultar motivos e intenciones.
Me entristece darme cuenta de que una palabra está atendida de una manera mínima para escribir lo indispensable igual que cuando se abusa de ella. No me gusta cuando la tratan mal, la escriben incorrectamente, la marginan o hacen mal uso de ella. Estoy convencida de que no hay palabras incorrectas ni desatinadas, como tampoco las hay que sean perfectas o exactas. Somos nosotros quienes les imprimimos propósito e intención. Es necesario protegerlas, custodiarlas, tratarlas con cariño, darles respeto. Desarrollar una verbalidad que nos permita comunicarnos, que nos abra pasos para decir con más detalle y con más pulcritud todo aquello que queremos expresar. Entrar a esa provocación verbal que nos da placer cuando lo dicho está bien dicho.
Luego, está aquello también. Eso de que las palabras son flexibles. Eso de que cuando uno habla en serio o se encapricha o recuerda o se asusta, las palabras se hacen más largas, más anchas, más grandes o chiquitas, delgadas, cortas. Como cuando las palabras salen de la boca: dejan de ser letras vacías y dicen lo que se quiere, aunque a veces se atraganten, se vuelvan rasposas o amargas. Y, sí, ¿cómo de qué no? Humillan y hacen pasar hambre, pero en seguida alimentan con esa comida que no habíamos conocido, porque en efecto nos enseñan que no solo de pan vive el hombre. También ensalzan y nos hacen ricos, con una riqueza superior.
Nos auxilian. Nos ayudan a decir te quiero, pero decirlo en toda la dimensión y en su cabal extensión: qué tanto, de qué manera, desde qué lugar, en dónde brota el sentimiento. Para explicar todo eso, las palabras vienen a nuestro amparo, si las tenemos a disposición. No, no es en automático. Hay que desarrollarlas, darles su tiempo de fermentación, lavarlas con esmero, pulirlas para dejarlas listas. Acercarse a ellas sin miedo y con aplomo; para amar la palabra hay que abrazarla.
Las letras hacen que las líneas que aparecen en el papel como filas de gusanos inexplicables, de pronto, cobren sentido, entren por los sentidos y cambien nuestra disposición. De esa contemplación, brota un sueño o una pesadilla para saciar la sed con que nació la fantasía o la idea concreta.
Es cierto, unas palabras son como unas pequeñas fieras sin domar y no es culpa de ellas si provocan risas y carcajadas, llantos y desesperación o repudio y extrañeza, aunque sean escritas de la misma forma y se moldeen de igual manera. Se trata de la intención, de lo que yo imprimo al formularlas y las que tú interpretas al leerlas. Se trata de elegir la suma de letras que escogemos con conciencia para articular con precisión lo que queremos decir. No nos damos cuenta, porque casi nadie se da cuenta de que hay que cultivarlas, mimarlas. No nacen por generación espontánea ni crecen por decreto. Merecen su tiempo y su arreglo. Las que más valen la pena tienen que reposar su añejamiento. Aunque parece que todas se visten del mismo modo ,no es así. Es necesario equilibrarlas, acomodarlas, fertilizarlas y podarlas. Darles aire, esplendor y encanto. También controlarlas.
Las palabras son regalos que vienen de lo alto, como dones buenos y perfectos que descienden desde el cielo y aletean libremente entre las penumbras, las sombras, la luminosidad, la fosforescencia. Son la flor de la creación humana. Son semillas sembradas en el alma y que irán germinando, floreciendo y dando frutos. Hay un requisito: es preciso ponerlas en movimiento, no pueden hacerlo por sí mismas. Ello implica ser oyentes y hacedores de palabras.
El que escucha las palabras y no las pone en movimiento es como aquel que se mira en el espejo y se olvida del reflejo de su propia imagen. Quien persevera en ellas es lo contrario del espíritu olvidadizo; es una mente fiel que encontrará dicha al practicarla.
Las palabras no se deben ocultar en los cajones, apartarlas a las esquinas, olvidarlas entre archivos, esconderlas debajo de la alfombra: hay que darles libertad, alerones para emprender el vuelo, pies para que recorran el camino. La hierba se seca y las flores se marchitan, pero las palabras permanecen, resisten. Desearlas es habitarlas. Son simiente imperecedera, material con el que se vive y se vence la frontera del tiempo.
Los vocablos y su genética nos llevan a viajar por los siglos y los significados a través del tino de quien los emplea. Lo mismo un poeta que un artesano, un escribano que un operario buscaran la combinación de letras que formen la palabra adecuada, esa, no ninguna otra, que designe el concepto al que quiera denominar. Como lo hizo nuestro padre Adán en el Jardín del Edén, cada uno de nosotros nombrará a nuestras plantas y animales, a nuestros cielos y sueños, a nuestra vida y su designio. Crearemos expresiones desde lo más profundo de nosotros mismos para mostrar soluciones lógicas, ideas propias, fantasías, convicciones: identidad.
Sé que son tantas que parecen inabarcables. Son tantas como las gotas de lluvia, fuertes como el aguacero, delicadas como el rocío, buenas como el agua abundante sobre los tallos tiernos. Son escudo y son refugio. Un buen comienzo es empezar por asimilar en vez de tratar de entender la complejidad de su grandeza; nos vencerán a la primera. Sé lo que te digo. No se trata de eso, un poema no se escribió para que sea entendido, un poema se escribió para que nos traspase. Me refiero a una experiencia mística cuyo amplio fondo es la escritura en maridaje con la lectura. Me refiero a encontrar ese elemento tan profundamente humano que humanamente apenas logramos explicar.
Es el deleite de la palabra, ninguna es del todo perfecta, buena, mala o perversa. No hay nada más libre que el entendimiento humano. Las palabras son el vehículo que nos impulsa a pensar, a vivir miles de vidas, a silenciar el ruido del mundo, a alborotar el diálogo con un lector, con alguien que conoces o que jamás has visto, con una historia y sus vericuetos, en fin: con uno mismo.
Las palabras poseen la magia de despertar el espíritu, animar la imaginación, de hacernos sentir poderosos, de entender la debilidad, de expandir nuestra experiencia vital. La magia de hacerlo con felicidad, no con facilidad. Es el sentido humano que nos separa de lo artificial y nos aproxima a lo divino. En fin, las palabras nos llevan a borrar los bordes de nosotros mismos y a hacer más grande nuestra identidad.
Nuestras palabras son nuestro legado, nuestra gracia.















