La Iglesia no podía seguir callando. La Carta Pastoral fue un trueno en un cielo despejado. ‘Es un deber de la Iglesia defender los derechos de la persona humana’, leyó el cura desde el púlpito. En ese instante, Trujillo supo que Dios le había retirado la palabra.

(Mario Vargas Llosa, 2000, La fiesta del chivo)

En el año 2000 los medios de comunicación españoles le dedicaron un importante espacio a la crítica de la recientemente publicada novela de Mario Vargas Llosa sobre la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. Movido inicialmente por la moda comencé a leerla, y tuve la misma experiencia que cuando leí las primeras páginas de Cien años de soledad: ¡no podía soltarla! Había sido atrapado por la maestría del escritor y la temática tan lejana en el tiempo pero tan cercana a la realidad de nuestro continente iberoamericano. Desde ese momento comencé a buscar y leer toda la obra de Vargas Llosa, quedando fascinado por su evolución ideológica y cómo sus novelas mostraban la lucha entre el personalismo político y el anhelo de libertad individual.

En la Fiesta del Chivo admiré el personaje de Salvador Estrella Sadhalá, por su profunda consciencia cristiano-católica y cómo la misma le permite discernir en su acción política. Ante las injusticias, ante la maldad, ante la violación de las libertades, el cristiano no puede ser indiferente. Tal como le dijo el nuncio: “La Iglesia (...) no puede pedir a los hombres que acepten el infierno en la Tierra”. La lucha por la libertad no puede estar separada de la moral, de la búsqueda de la verdad.

Desde que retorné a Venezuela en el 2001 hasta aproximadamente 2005 me leí casi todas las obras de Vargas Llosa, y de esa forma pude conocer cómo él había pasado de un pensamiento marxista que creía en la libertad colectiva y en una liberación materialista confiada a organizaciones partidistas y estatales, al descubrimiento del mal que posee todo colectivismo estatista como sistema que destruye la libertad personal. Después de este cambio, Vargas Llosa descubre el pensamiento liberal, en autores como Isaiah Berlin y Karl Popper (autor que me había ayudado a abandonar mi coqueteo adolescente con el marxismo). De la mano del escritor fui asumiendo el liberalismo político e incluso económico, pero sin abandonar la doctrina social de la Iglesia.

Me fascinaron especialmente sus artículos de opinión reunidos en varios tomos titulados “Contra viento y marea” (publicados tres tomos respectivamente en los años: 1983, 1986 y 1990), “Desafíos a la libertad” (1994) y “El lenguaje de la pasión” (2001). Me faltan las siguientes recopilaciones aunque las he leído directamente en las redes. Sus textos me ayudaron a consolidar mi creencia en la democracia-liberal, en la defensa de los derechos humanos y en un sistema de vida y gobierno que los respete y al mismo tiempo amplíe la dignidad de cada ser humano.

En lo que respecta al liberalismo económico, me di cuenta al examinar la historia de mi país de que el estatismo había sido y era un mal terrible que estancaba la productividad generando miseria, pero me preguntaba: ¿podía el capitalismo reducir la pobreza? Me dediqué a revisar diversos modelos aplicados en varios países y las pruebas eran contundentes: no eliminaba la pobreza, pero la reducía como nunca antes ningún sistema lo había hecho. Así había ocurrido en varias naciones asiáticas, pero ¿por qué no termina de funcionar en Iberoamérica? ¿Serviría, en nuestro caso, una especie de “capitalismo solidario”? El equilibrio entre una profunda conciencia solidaria cristiana donde el empresario altamente competitivo posee una responsabilidad social.

Como cristiano, al devorar toda la obra de Vargas Llosa, reforcé el valor que tiene la libertad individual. Dicho autor, aunque fue agnóstico, llegó a afirmar: “La experiencia histórica demuestra que la religión es un pilar fundamental de la moralidad y que, sin ella, las sociedades suelen deslizarse hacia el nihilismo o el mesianismo político, que son formas de fanatismo mucho más destructivas” (2018, La llamada de la tribu). Mi formación cristiana me había enseñado que la libertad y la moral no pueden estar separadas; la libertad no puede reducirse solo a la capacidad de elegir. Toda elección exige responsabilidad y apego a la verdad. Lo contrario sería la limitación de dicha libertad. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y Dios es un ser amoroso, racional y libre. El amor solo es auténtico si es libre y si está apegado a la Verdad que es Dios. La lectura de Vargas Llosa me llevaba a la constante pregunta: ¿cuál es el sistema político y económico que permite el ejercicio de la libertad apegado a dicha moralidad?

Al salir para estudiar en Europa, gobernaba Rafael Caldera en su segundo período (1994-1999) en Venezuela, a pesar de la larga crisis de la democracia todavía se disfrutaban cierto poder adquisitivo y libertades civiles. Al llegar en el 2001, todo estaba cambiando de manera radical por las acciones de una nueva clase política liderizada por Hugo Chávez. Me impresionó cómo se iniciaba un proceso de deterioro físico de la infraestructura y una polarización en la opinión pública que tenía las primeras expresiones de violencia. La democracia de mi país había entrado en una crisis mucho más definitiva que la que se inició en 1983. Vivía en una sociedad de creencias cristianas, pero cuya conducta no tenía nada que ver con las mismas. El Estado de derecho y el respeto a la ley seguían siendo una utopía, un ideal por realizar. Para mí fue claro que toda ideología sustentada y/o con pretensiones colectivistas era anticristiana porque violaba la dignidad de la persona, porque impone la masa por encima de sus derechos y libertades.

La crítica y la formación en valores fueron mi meta, y estas se armonizaron con mi dedicación a la Academia siendo profesor e investigador. En nuestra próxima entrega me dedicaré a relatar cómo mi carrera de docente impactaría mi vida de piedad y viceversa. Sobre este tema es mucho lo que falta por relatar, pero tendrá que esperar a que algunas realidades cambien. Mientras tanto, concluimos con estas sabias y esperanzadoras palabras del papa Benedicto XVI en la homilía de la misa de gallo del 2010:

El Niño Jesús ha encendido en los hombres la luz de la bondad y les ha dado la fuerza de resistir la tiranía del poder. Él construye su reino desde dentro, partiendo del corazón, en cada generación. Pero también es cierto que no se ha roto ‘la vara del opresor’. También hoy siguen marchando con estruendo las botas de los soldados y todavía hoy, una y otra vez, queda la ‘túnica empapada de sangre’ (Is 9, 3s). Así, forma parte esta noche la alegría por la cercanía de Dios. Damos gracias porque el Dios niño se pone en nuestras manos, mendiga, por decirlo así, nuestro amor, infunde su paz en nuestro corazón. Esta alegría, sin embargo, es también una oración: Señor, cumple por entero tu promesa. Quiebra las varas de los opresores. Quema las botas resonantes. Haz que termine el tiempo de las túnicas ensangrentadas. Cumple la promesa: ‘La paz no tendrá fin’ (Is 9, 6). Te damos gracias por tu bondad, pero también te pedimos: Muestra tu poder. Erige en el mundo el dominio de tu verdad, de tu amor, el ‘reino de justicia, de amor y de paz’.