Heme aquí. Ecce homo. Yo soy yo y mi cuerpo. O yo soy mi cuerpo. Lo que siento, lo que experimento, aquí y ahora, en y con mi carne. Primera persona del singular. Esto se ha vuelto una certeza y un lugar común de nuestra época. Todo es cuerpo. También las ideas y las palabras. Esto podría ser cierto, pero hoy, cuando se dice en voz alta, suele asumirse algo más.
Primero, que mi cuerpo es absolutamente individual, un átomo en el vacío de existencias distantes.
Segundo, que sus posibilidades son también individuales y que él debe descubrirlas “dentro de sí”, por sí mismo.
Sin embargo, los hechos más triviales lo desmienten. Nadie puede hacerse cosquillas solo. Claro, las cosquillas las siento yo, con los recursos de mi cuerpo, en ciertas partes de mi cuerpo. Pero nada de eso es mío. Sólo otro puede venir a desencadenarlas en mí. La caricia funciona igual. Nadie puede recorrer su propia piel con ternura o deseo. Esto que considero mío es lo más ajeno, porque no tengo acceso directo a él. Son otros los que me permiten ser, los que me permiten llegar a los límites de mi existir. La sexualidad es un caso límite: el onanismo no sabe nada del encuentro.
¿Qué cosa más inmediata habría que las sensaciones de mi piel, tan directas y superficiales? Pero no, lo que está a flor de piel tiene que venir a ser descubierto por otros. Dejemos de lado la obviedad de que cada palabra la aprendemos de los demás y que nuestra se llama materna porque amamanta y hace posible la vida social. Quedémonos en el cuerpo, que por los contornos de la piel suele engañarnos, nos hace creer que se trata de una bolsa, llena de cosas que llamamos interiores, y que se protege de todo lo exterior. A lo sumo concedemos que el cuerpo necesita el exterior como alimento, para destrozarlo y hacerlo parte de sí. O bien, que el exterior es un estímulo, es decir, la excusa para que nosotros actuemos y produzcamos el mundo “desde nosotros mismos”.
Llamemos esta capacidad de los otros de desencadenar y liberar nuestras posibilidades más propias materialismo del encuentro en honor a Louis Althusser. En honor suyo, pero no porque él lo diga. Su materialismo del encuentro es en realidad, como él lo dice, un materialismo aleatorio de átomos metafísicos que flotan en el vacío hasta que un día, un milagroso clinamen desvía su trayectoria haciendo que se encuentren. Y luego, de golpe, hay mundo. Pero hay que rendirle honor porque el encuentro es una figura efectivamente materialista. El encuentro no se sigue de ninguna génesis, de ningún proceso evolutivo, de ningún sistema.
El encuentro no es el azar. Las partículas, las palabras, los animales se encuentran todo el tiempo, sin que haya mayores consecuencias. O, bien, se encuentran dentro de sistemas de circulación de energía, de materia o de información. El encuentro es un choque sin razón, pero que sucede en un entorno propicio. La espora que vuela y cae por azar en algún rincón de la tierra necesita que esta última la pueda acoger. Los románticos amaban la imagen de la semilla, porque significaba el paso de la oscuridad a la luz. Pero antes de ello, la semilla rodó azarosamente, en la intemperie, y un trozo de tierra le dio cobijo.
No hay un momento único de azar, como el clinamen, que desvíe las cosas de su curso “natural”, porque lo natural es el movimiento, regular o irregular, periódico, semiperiódico o browniano (azaroso). Lo que sorprende no es el devenir, o el movimiento, o el cambio; tampoco el orden o el azar, sino que surjan individuos y que duren y que se encuentren entre sí, más allá de toda génesis o evolución.
El encuentro se encuentra a medio camino entre el accidente y la estructura. No es el trivial azar que, como sabemos, por la termodinámica, nos devuelve siempre los resultados más probables. Tampoco es el sistema cerrado que reproduce su orden ad nauseam. Es ahí donde tiene lugar la invención y el escalamiento de la complejidad. El pensamiento económico clásico, especialmente cuando se apodera de la biología, intenta convencernos de que el mundo es una lucha por recursos y que, o bien, triunfa el más “apto”, o bien, el mundo milagrosamente encuentra el punto de equilibrio, que es lo mejor para todos. O, más estrictamente, un “óptimo”.
Pero el encuentro, si bien debe operar en un mundo finito, no opera dentro de un universo cerrado de posibilidades. El equilibrio y el punto óptimo se redefinen en función de los nuevos elementos, las nuevas relaciones y la nueva complejidad.
El biólogo Stewart Kauffman ofrece los términos de un materialismo del encuentro. El primer punto que resalta de su pensamiento es que supone que no existen leyes primeras del universo, primeros principios, a partir de los cuales el mundo pueda ser deducido. La evolución, por ejemplo, no se puede deducir de las leyes del modelo estándar de la física o de la teoría de la relatividad. No existe tampoco una lógica o una matemática que nos permita conocer, a priori, todas las formas posibles de universo. No hay, por tanto, ninguna razón para que ningún ser de los que conocemos exista.
Pero eso no quiere decir que su existencia provenga de la nada y del simple y trivial azar. Los individuos, todos los individuos del universo, llegan a ser, emergen. No hay necesidad de que existan. Pero no provienen de la nada. Azar y necesidad se entretejen. Pero también individualidad y relación. Si los individuos existieran antes que sus relaciones, entonces ¿de dónde vendrían? Ellos son el resultado de encuentros e interacciones. Si dichos encuentros e interacciones estuviesen regidos por estructuras ya hechas, entonces tampoco surgiría nada nuevo en el universo. Así pues, se perfila aquí una “mesología”: entre el individuo y la colectividad, entre el átomo y la estructura, entre el azar y la necesidad, entre el encuentro aleatorio y la relación estructural.
El corazón, explica, tiene una función reconocida: bombear sangre al cuerpo. Puede asumirse que esa acción fue seleccionada naturalmente. Pero debido a la existencia material del corazón, sus efectos rebasan su función inicial. El corazón no sólo bombea sangre, también lleva un ritmo audible y agita el agua en el saco del pericardio. En otras palabras, la función de un órgano será un subconjunto de sus consecuencias causales. Kauffman ha acuñado el término de “adyacente posible”, mostrando las relaciones horizontales que pueden establecerse entre los individuos y que tienen efectos decisivos en la evolución, además del conocido camino descrito por el neodarwinismo. La jerarquía y el desarrollo son suplementados por la heterarquía y el encuentro; la evolución por el ensamble, la autopoiesis por la asociación. Este último puede mirarse ampliamente en fenómenos de simbiosis, lo que ha dado lugar a otros términos como simbiogénesis (Margulis) y simpoiesis (Margulis).
En un modelo formal los elementos están definidos estrictamente por su función en aquel. No tienen mayor profundidad. En una máquina material, en cambio, las piezas tienen una existencia que desborda su función en el todo. Las piezas de metal de un reloj cumplen su función en el engranaje, pero no dejan de ser de un material sujeto a la oxidación, proceso que seguirá con independencia de su ser pieza de reloj. Un martillo tiene su función definida: martillar clavos. Pero su constitución material puede servir como un arma de defensa, para detener una puerta o como objeto deportivo para lanzar.
Ahora, no es que el martillo posea, dentro de sí, la potencialidad de martillar, detener puertas o ser lanzado. Estas son funciones que dependen de su encuentro con otros entes. Podríamos decir que los entes “desocultan” otros entes, en tanto que liberan en ellos nuevas posibilidades. Esta es la potencia del encuentro materialista.















