En un mundo donde el ruido de las noticias parece no tener fin, y Oriente Medio a menudo es narrado a través de los tonos sombríos del conflicto y la tensión, el alma de un país susurra una historia diferente, una melodía antigua y serena. Este es el canto de Omán, un Sultanato que se alza como un espejismo de paz y armonía, desafiando cada estereotipo, y nos invita a mirar más allá de la superficie. La Revista Assadakah News ha querido proponer - a través de una Columna Cultural que se convertirá en un libro - un viaje al corazón de una nación, una navegación guiada por la profunda e inquebrantable convicción de que la belleza es el lenguaje más universal, capaz de tender puentes sólidos y luminosos entre culturas que el mundo cree lejanas.

Omán encarna un equilibrio casi mágico: una modernidad que avanza con gracia y un respeto sagrado por sus raíces que preserva su esencia. Queremos desvelar un rostro auténtico, el Omán que no encontrarán en los titulares de los periódicos. El Omán de sus maravillas naturales que quitan el aliento, desde los majestuosos montes Hájar hasta los desiertos dorados, y las costas besadas por un mar que canta leyendas. El Omán de sus tradiciones que aún son el aliento de la vida cotidiana, de la sobria elegancia de sus costumbres y del ingenio de sus artistas y narradores. Cada palabra es la pieza de un mosaico que, pieza por pieza, compone la imagen de un país extraordinario, resiliente y profundamente poético.

Dejemos a un lado los mapas de la geopolítica y sigamos un sendero trazado por la historia, la espiritualidad y la belleza, exploremos el alma de un Sultanato que nos enseña a mirar al futuro con confianza, sin olvidar jamás la dignidad y la riqueza de su propio pasado.

El corazón del sultanato: soberanía entre tierra y cielo

La identidad omaní está intrínsecamente ligada a la figura central del Sultán. No se trata de un simple jefe de Estado, sino que representa un símbolo de unidad, una encarnación viviente de la estabilidad y, en un sentido profundo, un reflejo del poder divino. Su autoridad, inviolable y paternalista, es vista como la emanación de un poder superior, una soberanía terrenal que se inspira en la celestial. Esta filosofía, que impregna cada aspecto de la vida omaní, tiene sus raíces en la tradición islámica y sufí, donde el verdadero y único "Sultán" es Alá, quien sostiene todo el universo sin necesidad de ningún apoyo. El Sultán terrenal, en cambio, gobierna con la sabiduría y la moderación necesarias para guiar a su pueblo, reflejando idealmente la justicia y la armonía divina.

Esta visión iluminada fue heredada de manera extraordinaria por el difunto Sultán Qaboos bin Said, que reinó durante casi cinco décadas. Fue él quien guió a Omán fuera de una era de aislamiento, modernizando el país a un ritmo mesurado y respetuoso, sin sacrificar jamás sus raíces culturales y espirituales. Su legado es una nación que, aun con universidades, autopistas e infraestructuras de vanguardia, conserva el alma de sus wadis y sus oasis.

Hoy, la guía del Sultanato está confiada a Su Majestad el Sultán Haitham bin Tariq, que ascendió al trono el 11 de enero de 2020. Con un enfoque reconocido como "sereno y reflexivo", el Sultán Haitham continúa siguiendo el camino trazado por su predecesor, con una clara visión para el futuro, encarnada en la "Visión Omán 2040". Este ambicioso proyecto es un plan económico, pero también un compromiso colectivo para construir un futuro próspero y sostenible, uniendo al pueblo en una única dirección, con el lema "Avanzamos con confianza".

Un mosaico de pueblos: historias de mar, desierto y montaña

La sociedad omaní es un fascinante mosaico de culturas, un tejido que se ha enriquecido a través de siglos de intercambios e interacciones. La historia del país, impregnada de comercios marítimos que conectaron a Omán con África oriental, India y China, ha forjado un pueblo intrínsecamente abierto y tolerante. A pesar de que la mayoría es de origen árabe, el Sultanato es un crisol de etnias: las costas susurran historias de marineros de origen baluchi y persa, las ciudades laten con el ritmo de los comerciantes indios, y la memoria del imperio omaní en África oriental resuena en la presencia del pueblo suajili.

En las majestuosas montañas de Dhofar, los jebalies, pastores seminómadas con orígenes antiguos, conservan celosamente sus costumbres y hablan una lengua oral distinta, el jibali o shehri. En el extremo opuesto, en la península de Musandam, los habitantes hablan el khumzari, una lengua única que mezcla sabiamente elementos de portugués, hindi, inglés, árabe y farsi.

Esta diversidad no es fuente de división, sino de riqueza, un lazo que se fortalece a través de un profundo sentido de pertenencia tribal. Los nombres de familia, como Al-Nabhani o Al-Balushi, son una clara indicación de los orígenes y las raíces familiares, proporcionando un fuerte sentido de identidad y un vínculo de solidaridad. Los ancianos tribales aún actúan hoy como figuras de autoridad respetadas, mediando conflictos y preservando una armonía social que es casi milagrosa.

La espiritualidad que guía a este pueblo es el ibadismo, una corriente del islam, única en su género y predominante en Omán. Distinto de las corrientes sunita y chiita, el ibadismo se caracteriza por su enfoque igualitario y pacifista, que históricamente ha promovido la tolerancia religiosa y la convivencia pacífica. No es raro encontrar, en las principales ciudades, comunidades cristianas, hindúes y budistas que practican libremente su culto, un testimonio viviente de un valor que Omán no solo predica, sino que vive a diario.

El arte de vivir: costumbres, artesanía y perfumes

La cultura omaní se expresa también a través de una estética refinada y un arte de vivir que refleja la dignidad de su pueblo. La indumentaria tradicional es un ejemplo perfecto de esta sobria elegancia. Los hombres visten la dishdasha, una túnica larga y blanca para las ceremonias, o en colores más sobrios para la vida cotidiana. Sobre la cabeza, el kumah, un gorro de algodón bordado con maestría, o el masar, un turbante envuelto en pashmina o lana de Cachemira, completan una imagen de nobleza y distinción. Y para las ocasiones más solemnes, no puede faltar el khanjar, el puñal curvo de plata, símbolo de orgullo y virilidad, y el bisht, el manto de seda con bordes dorados.

La indumentaria femenina es un derroche de colores y formas, un reflejo de las distintas identidades regionales. Desde los largos vestidos de terciopelo de Dhofar hasta las túnicas transparentes de las mujeres beduinas, los trajes omaníes son una expresión de gracia y creatividad. Velos adornados con joyas de oro, pantalones con bordes finamente bordados y túnicas decoradas a mano dan fe de un arte textil que se transmite de generación en generación.

Omán es también la patria de un arte ancestral que habla a los sentidos: el arte de la perfumería. Las esencias preciosas, en particular el incienso (luban), han hecho la historia del país, convirtiéndolo en un nodo crucial en el comercio de especias y perfumes. Aún hoy, el incienso sigue siendo un elemento central en la vida cotidiana, usado para purificar el aire y perfumar las ropas, un gesto que une tradición y espiritualidad. Esta misma sofisticación se refleja también en otras expresiones artísticas, desde la caligrafía islámica, arte sagrado que une palabra y forma, hasta la Royal Opera House Muscat, una joya arquitectónica que alberga a artistas de fama mundial, atestiguando una apertura y una pasión por la cultura que trasciende las fronteras nacionales.

El alma del mercado: tesoros artesanales y perfumes de los zocos

Pero para captar el verdadero latido del corazón omaní, es necesario perderse en sus zocos. Más que simples mercados, los zocos son el crisol de la vida social y el alma de la artesanía local. En el laberinto de callejones del Zoco de Muttrah, en Mascate, el aire se llena de olores embriagadores de especias, incienso y mirra, mientras los ojos se pierden entre puestos repletos de tesoros. Aquí, la artesanía revela la maestría de manos que trabajan desde hace generaciones: los puñales khanjar tallados con filigrana de plata, las intrincadas labores de las joyas, las cerámicas esmaltadas de Bahla y los tapices tejidos a mano que narran historias de desiertos y montañas. Cada objeto es una obra de arte única, que encierra en sí la identidad de un pueblo y la belleza de su territorio. Los zocos son una experiencia sensorial completa, donde la algarabía de los mercaderes, el tintineo de las joyas y el perfume de mil esencias se funden en una armonía encantadora.

Las voces de la tierra: historia y leyenda

Omán es un libro de historia escrito sobre la piedra y la arena. Sus maravillas naturales son al mismo tiempo paisajes impresionantes y testimonios de un pasado milenario. Los sitios arqueológicos, como las antiguas tumbas torre de Bat y el cercano sitio de Al-Ayn, narran la historia de una civilización protohistórica que floreció en estas tierras áridas. Las leyendas, como la de la fantástica “Iram de los Pilares”, la ciudad perdida en el desierto, siguen estimulando la imaginación. Las fortalezas, como la imponente 'Al Mirani' en Mascate y el coloso de piedra de Al-Khutm, no son solo arquitecturas militares, sino símbolos de libertad y resistencia, custodios silenciosos de historias de batallas y conquistas.

Pero la belleza de Omán está también en su naturaleza salvaje: los profundos cañones y las majestuosas cimas de Hájar, los sistemas de irrigación tradicionales (falaj) que llevan vida a los oasis, y las aguas cristalinas donde se celebra la "danza lunar de las madres del mar", las tortugas verdes que depositan sus huevos en las playas . Este profundo vínculo con la naturaleza se traduce en una fuerte conciencia ecológica y en un compromiso con la conservación de la biodiversidad.

Sabores de Omán: un viaje entre especias y tradición

Para comprender plenamente el alma de un pueblo, hay que sentarse en su mesa. La cocina omaní es el reflejo de su pasado de intercambios comerciales y de su posición estratégica entre África, India y la Península Arábiga. Es una fascinante mezcla de sabores fuertes y delicados, donde las especias importadas, como clavos de olor, cardamomo, jengibre y canela, se fusionan con los frutos de la tierra y el mar. El plato símbolo es el Shuwa, cordero o cabra cocinado lentamente durante horas en un horno subterráneo, una antigua tradición tribal que transforma la carne en una exquisitez tiernísima y especiada, a menudo servida en ocasiones especiales.

Pero la mesa cotidiana es igualmente rica: el Mashuai, pescado asado con una salsa picante de limón, el Harees, una sopa densa de trigo y carne, y el infaltable arroz, a menudo sazonado con azafrán y frito con verduras y carne. Cada comida es un momento de convivencia, un rito que fortalece los lazos familiares y comunitarios, con el pan fresco como protagonista. Los dátiles, acompañados de un café especiado con cardamomo (Qahwa), no son solo un postre, sino un gesto de hospitalidad y una expresión de bienvenida que une a todos los omaníes, de la ciudad al desierto.

El alma poética del país

Omán, quizás más que otras naciones de la región, tiene un alma intrínsecamente poética. La poesía no es un arte reservado a unos pocos, sino un lenguaje que se entrelaza con el tejido de la vida cotidiana. Los cantos de los marineros que surcaban el océano a bordo de los Dhow, las baladas de los beduinos bajo un cielo de estrellas y los versos que aún resuenan en los hogares cuentan una historia de emociones, de vínculo con la tierra y de profunda espiritualidad. Esta alma poética es el hilo invisible que conecta cada aspecto de la cultura omaní: la belleza de un paisaje, la elegancia de una vestimenta, el misticismo de una melodía y la sabiduría de una tradición.

En un mundo en constante cambio, Omán se alza como un Sultanato de luz, donde la soberanía terrenal se entrelaza con la espiritualidad y la historia dialoga armoniosamente con el futuro. Es una invitación a reflexionar sobre la importancia de arraigarse en las propias tradiciones, manteniendo al mismo tiempo una apertura hacia el mundo y un profundo respeto por la belleza, en todas sus formas. Omán nos enseña que, incluso en las tierras más áridas, es posible cultivar no solo un jardín florecido, sino un alma de inestimable valor.