Las puertas del infierno se han abierto en Hawkins, Indiana. Los miedos más profundos despiertan cuando se combinan el terror lovecraftiano y el psicológico en un pequeño pueblo del corazón de Estados Unidos, en una década que abrió un nuevo mundo. Como las buenas historias de terror, los monstruos y villanos son apenas un pretexto para hablar de esos temas que no es decente y educado hablar en la mesa. Nuestros miedos ficticios son reflejos de nuestros terrores reales: preferimos ver los dientes del vampiro a las estructuras de los eventos políticos y culturales.

Al abismo del sin sentido no se le ve directamente a los ojos, sino filtrado por la literatura.

Los monstruos del upside down llegaron a nuestras pantallas en julio de 2016, en medio de las campañas electorales que llevarían a Donald Trump a su primera presidencia. A contratiempo, podemos decir que el segundo mandato de Barack Obama fue el último dentro de la normalidad política y económica posguerra civil y que Trump inauguró un periodo de extrañeza y lucha por la imposición de una nueva hegemonía.

Para afrontar los monstruos de nuestra época, los Hermanos Duffer nos regresan a los años 80, donde nació el mundo que ahora está muriendo. Fue la última década de la Unión Soviética (URSS), que culminó con su derrota final en la Guerra Fría.

El viejo enemigo omnipresente pero invisible, la amenaza nuclear e idológica, el “otro” soviético se había ido, enterrado y superado; no sin últimos y desesperados intentos por mantenerse relevantes. El rompimiento de relaciones entre Moscu y Pekín por conflictos fronterizos y la invasión a Afganistán por más de 10 años son ejemplos de esto. Y al tiempo que la URSS y su proyecto vivían sus últimos momentos, en Occidente, entre Londres, Washington y Santiago, surgía un nuevo modelo económico, político y cultural. El neoliberalismo, de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se volvió el discurso hegemónico dominante bajo promesas de riqueza y libertad y nuevos mecanismos de control.

Culturalmente, tres grandes fenómenos marcan la década de los 80. Por un lado, el fortalecimiento del conservadurismo moral en EU, la famosa mayoría silenciosa, que ante las rápidas transformaciones sociales de las décadas anteriores regresó al refugio de los “valores tradicionales”.

Al mismo tiempo, producto de la alta desconfianza ante el gobierno, resultado de los años 70, resurge un potente individualismo e ideal meritocrático, reduciendo todo criterio cultural al criterio económico y comercial, formando una sociedad de consumo y líquida. Por último, en las familias y los medios de comunicación surge el pánico satánico (Satanic Panic), fenómeno social y mediático caracterizado por un miedo colectivo irracional a la existencia de cultos satánicos organizados que supuestamente secuestraban, abusaban, sacrificaban a niños y cometían rituales ocultistas. Fue una reacción y cultura pop de miedo colectivo y construcción del “otro” político.

En ese contexto, Stranger Things nos presenta entre sus villanos, héroes y relaciones, la mímesis de las tensiones políticas actuales. El primer y más constante villano de la serie es el propio gobierno americano, en el Proyecto MK Ultra de la CIA en el Hawkins National Laboratory.

El Proyecto MK-Ultra fue un programa secreto de la CIA desarrollado entre 1953 y 1973 —aunque en la serie llega hasta los años 80— destinado a investigar técnicas de control mental, modificación de conducta y manipulación psicológica. Es una de las inspiraciones directas para el laboratorio de Stranger Things. La CIA buscaba métodos para controlar la mente humana, obtener información en interrogatorios, “desprogramar” o “reprogramar” sujetos y neutralizar enemigos sin violencia visible.

MK-Ultra es la inspiración directa del laboratorio de Hawkins e Eleven es una víctima característica, una niña sometida a drogas, privación sensorial y manipulación emocional, al tiempo que las cámaras de aislamiento sensorial y experimentos psíquicos existieron en MK-Ultra.

Los horrores que viven las víctimas del MK-Ultra (en su mayoría niños que ven sus infancias secuestradas y destruidas, y son apenas instrumentos de su gobierno) son una representación del Leviatán hobbesiano. Ante la amenaza soviética, se levanta el Gran Monstruo americano, único garante de seguridad, quien devora a algunos para defender a los muchos. Esas vidas destruidas, esos sufrimientos, esos abusos de poder se justifican como daños colaterales en la defensa de la libertad y los intereses de las élites en Washington D.C. Por eso el Dr Martin Brenner, director del Laboratorio Hawkins, no duda en usar la vida de los otros y los sufrimientos causados como ficha de cambio en la defensa del Estado.

El Gobierno y el Estado son el primer enemigo, y sus modos e intereses son la causa de los males que enfrentan los niños y adolescentes de Hawkins. Es el gobierno americano quien violenta en secreto, vigila, hace excepciones legales y controla. El mismo laboratorio de Hawkins es un símbolo foucaultiano del biopoder: su estructura recuerda a un panóptico que no solo voltea hacia el Upside Down, sino que espía, controla y vigila sin límites. Los ciudadanos de a pie son meros objetos coyas: sus vidas son herramientas del ejercicio del poder.

La tercera temporada es la más política. Ya en la segunda temporada nos presentaron la elección presidencial de 1984 entre el republicano Reagan (apoyado por los Wheeler, familia de alta clase media) y el demócrata Mondale (apoyado por Claudia Henderson, madre soltera de Dustin).

Ubicada en 1985, la tercera temporada nos presenta tres villanos, dos de los cuales en el fondo comparten la misma naturaleza: los soviéticos y el Mind Flayer son mentes colmenas que absorben la individualidad de sus miembros. El Mind Flayer es la perfecta metáfora política de un sistema político holístico, donde lo común o comúnitario no solo es superior a lo individual sino que lo suprime, donde cualquier individualidad, ya sea derecho, interés o identidad, se diluye en lo hegemónico y homogéneo. Billy Hargrove y los otros zombies del Mind Flayer están tan enajenados como los soldados soviéticos que infiltran a Hawkins.

Por ello, dentro de la cultura política americana, el Mind Flayer y la URSS son la figura del enemigo absoluto, prácticas autoritarias holísticas. Son la pérdida de la individualidad, cuerpos absorbidos, como en la película de 1958 The Blob, y la supresión de voluntades en una alegoría del totalitarismo y deshumanización.

El tercer villano de la tercera temporada es la llegada del neoliberalismo, simbolizado en la plaza comercial Starcourt Mall. A un año del inicio del segundo mandato de Ronald Reagan, llega a una pequeña localidad rural con un estilo clásico americano, densos bosques y un fuerte sentido de comunidad, una plaza comercial epítome de la sociedad de consumo y la reducción de toda la experiencia humana a un intercambio comercial. Starcourt Mall nos dice que somos lo que consumimos y todos consumimos los mismos productos en las mismas tiendas, una vez más suprimiendo nuestra identidad y suspendiendo la voluntad.

Desde el primer capítulo vemos los efectos económicos de la llegada de Starcourt Mall a un pequeño pueblo. La destrucción de la economía local, de las tiendas "de mamá y papá" ("mom and pop stores") y establecimientos que deben cerrar a falta de clientes y la disolución de la vida comunitaria. Y como último elemento del modelo neoliberal, está la corrupción local como engranaje y lubricación del sistema, en la figura del pusilánime y traidor alcalde Kline.

Frente a estos villanos, los hermanos Duffer presentan héroes marginales. En esos héroes periféricos encontramos una propuesta política que podríamos definir como liberalismo progresista y participativo, similar a la propuesta del filósofo americano John Dewey. Filósofo pragmatista, alumno de Charles Pearce y William James, relaciona su pensamiento con la teoría de la selección natural de Darwin, proponiendo una ética evolutiva que afirma que las ideas, las ideologías y los métodos de la sociedad están sometidos a un proceso de selección donde solo los más útiles sobreviven y se reproducen. Para Dewey, las ciencias humanas y sociales existen para lograr mejores vidas.

Dewey define el trabajo del filósofo como un mediador entre las costumbres, las ideas y valores anteriores y los nuevos conocimientos, prácticas y circunstancias. ELas puertas del infierno se han abierto en Hawkins, Indiana. Los miedos más profundos despiertan cuando se combinan el terror lovecraftiano y el psicológico, en un pequeño pueblo del corazón de Estados Unidos, en una década que abrió un nuevo mundo. Como las buenas historias de terror, los monstruos y villanos son, apenas, un pretexto para hablar de esos temas que no es decente y educado hablar en la mesa. Nuestros miedos ficticios son reflejos de nuestros terrores reales; preferimos ver los dientes del vampiro a las estructuras de los eventos políticos y culturales.

Al abismo del sin sentido no se le ve directamente a los ojos, sino filtrado por la literatura.

Los monstruos del upside down llegaron a nuestras pantallas en julio de 2016 en medio de las campañas electorales que llevarían a Donald Trump a su primera presidencia. A contra tiempo podemos decir que el segundo mandato de Barack Obama fue el último dentro de la normalidad política y económica post guerra civil y que Trump inauguró un periodo de extrañeza y lucha por la imposición de una nueva hegemonía.

Para afrontar los monstruos de nuestra época, los Hermanos Duffer nos regresan a los años 80, donde nació el mundo que ahora está muriendo. Fue la última década de la Unión Soviética (URSS) que culminó con su derrota final en la Guerra Fría. El viejo enemigo omnipresente pero invisible, la amenaza nuclear e idológica, el “otro” soviético se había ido, enterrado y superado; no sin últimos y desesperados intentos por mantenerse relevantes. El rompimiento de relaciones entre Moscu y Pekín por conflictos fronterizos y la invasión a Afganistán por más de 10 años son ejemplos de esto. Y al tiempo que la URSS y su proyecto vivían sus últimos momentos, en occidente entre Londres, Washington y Santiago surgía un nuevo modelo económico, político y cultural. El neoliberalismo, de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se volvió el discurso hegemónico dominante bajo promesas de riqueza y libertad y nuevos mecanismos de control.

Culturalmente tres grandes fenómenos marcan la década de los 80. Por un lado, el fortalecimiento del conservadurismo moral en EU, la famosa mayoría silenciosa, quien ante las rápidas transformaciones sociales de las décadas anteriores regresaron al refugio de los “valores tradicionales”. Al mismo tiempo, producto de la alta desconfianza ante el gobierno resultado de los años 70 resurge un potente individualismo e ideal meritocrático, reduciendo todo criterio cultural al criterio económico y comercial, que formaron una sociedad de consumo y líquida. Por último, en las familias y los medios de comunicación surge el pánico satánico (Satanic Panic), fenómeno social y mediático caracterizado por un miedo colectivo irracional a la existencia de cultos satánicos organizados que supuestamente secuestraban, abusaban, sacrificaban a niños y cometían rituales ocultistas. Fue una reacción y cultura pop de miedo colectivo y construcción del “otro” político.

En ese contexto, Stranger Things nos presenta entre sus villanos, héroes y sus relaciones la mímesis de las tensiones políticas actuales. El primer, y más constante, villano de la serie es el propio gobierno americano, en el Proyecto MK Ultra de la CIA en el Hawkins National Laboratory. El Proyecto MK-Ultra fue un programa secreto de la CIA desarrollado entre 1953 y 1973, aunque en la serie llega hasta los años 80, destinado a investigar técnicas de control mental, modificación de conducta y manipulación psicológica. Es una de las inspiraciones directas para el laboratorio de Stranger Things. La CIA buscaba métodos para controlar la mente humana, obtener información en interrogatorios, “desprogramar” o “reprogramar” sujetos, y neutralizar enemigos sin violencia visible.

MK-Ultra es la inspiración directa del laboratorio de Hawkins e Eleven es una víctima característica, una niña sometida a drogas, privación sensorial y manipulación emocional. Al tiempo que las cámaras de aislamiento sensorial y experimentos psíquicos existieron en MK-Ultra.

Los horrores que viven las víctimas del MK-Ultra, en su mayoría niños, que ven sus infancias secuestradas y destruidas, y son apenas instrumentos de su gobierno, son una representación del Leviatán hobbesiano. Ante la amenaza soviética, se levanta el Gran Monstruo americano, único garante de seguridad, quien devora a algunos para defender a los muchos. Esas vidas destruidas, esos sufrimientos, esos abusos de poder se justifican como daños colaterales en la defensa de la libertad y los intereses de las élites en Washington D.C. Por eso el Dr Martin Brenner, director del Laboratorio Hawking, no duda en usar la vida de los otros y los sufrimientos causados como ficha de cambio en la defensa del Estado.

El Gobierno y el Estado son el primer enemigo, y sus modos e intereses son la causa de los males que enfrentan los niños y adolescentes de Hawking. Es el gobierno americano violenta en secreto, vigila, hace excepciones legales y controla. El mismo laboratorio de Hawkins es un símbolo foucaultiano del biopoder; su estructura recuerda a un panóptico, que no solo voltea hacia el Upside Down, sino que espía, controla y vigila sin límites. Los ciudadanos de a pie son meros objetos coyas; sus vidas son herramientas del ejercicio del poder.

La tercera temporada es la más política, ya en la segunda temporada nos presentaron la elección presidencial de 1984 entre el republicano Reagan (apoyado por los Wheeler, familia de alta clase media) y el demócrata Mondale (apoyado por Claudia Henderson, madre soltera de Dustin). La tercera temporada, ubicada en 1985, nos presenta tres villanos, dos de los cuales en el fondo comparten la misma naturaleza; los soviéticos y el Mind Flayer son mentes colmenas que absorben la individualidad de sus miembros. El Mind Flayer es la perfecta metáfora política de un sistema político holístico, donde lo común o comúnitario no solo es superior a lo individual sino que lo suprime, donde cualquier individualidad, ya sea derecho, interés o identidad, se diluye en lo hegemónico y homogéneo. Billy Hargrove, y los otros zombies del Mind Flayer, están tan enajenados como los soldados soviéticos que infiltran a Hawkings.

Por ello, dentro de la cultura política americana el Mind Flayer y la URSS son la figura del enemigo absoluto, prácticas autoritarias holísticas. Son la pérdida de la individualidad, cuerpos absorbidos, como en la película de 1958 The Blob; y la supresión de voluntades en una alegoría del totalitarismo y deshumanización.

El tercer villano de la tercera temporada es la llegada del neoliberalismo, simbolizado en la plaza comercial Starcourt Mall. A un año del inicio del segundo mandato de Ronald Reagan, llega a una pequeña localidad rural con un estilo clásico americano, densos bosques y un fuerte sentido de comunidad, una plaza comercial epítome de la sociedad de consumo y la reducción de toda la experiencia humana a un intercambio comercial. Starcourt Mall nos dice que somos lo que consumimos y todos consumimos los mismos productos en las mismas tiendas, una vez más suprimiendo nuestra identidad y suspendiendo la voluntad.

Desde el primer capítulo vemos los efectos económicos de la llegada de Starcourt Mall a un pequeño pueblo. La destrucción de la economía local, de las tiendas “mom and pop stores” y establecimientos que deben cerrar a falta de clientes y disuelve la vida comunitaria. Y como último elemento del modelo neoliberal es la corrupción local como engranaje y lubricación del sistema, en la figura del pusilánime y traidor alcalde Kline.

Frente a estos villanos, los hermanos Duffer héroes marginales. En esos héroes periféricos, encontramos una propuesta política que podríamos definir como liberalismo progresista y participativo, similar a la propuesta del filósofo americano John Dewey. Filósofo pragmatista, alumno de Charles Pearce y William James, relaciona su pensamiento con la teoría de la selección natural de Darwin proponiendo una ética evolutiva que afirma que las ideas, las ideologías y los métodos de la sociedad están sometidos a un proceso de selección donde sólo los más útiles sobreviven y se reproducen. Para Dewey las ciencias humanas y sociales existen para lograr mejores vidas.

Dewey define el trabajo del filósofo como un mediador entre las costumbres, las ideas y valores anteriores y los nuevos conocimientos, prácticas y circunstancias. Dewey entiende que el liberalismo del siglo XVII ya estaba obsoleto en su época, pues Locke, Smith, Reid y demás pensadores liberales clásicos pensaban desde un contexto previo a la Revolución Industrial y a las profundas transformaciones del siglo XIX. Es por ello que debe reformarse y replantearse la democracia.

La propuesta de Dewey es un individualismo en torno a su comunidad, pues el individuo atómico no existe, su desarrollo depende y progresa en su comunidad. Por ello, la democracia no es solo un sistema político sino un estilo de vida, una actividad social robusta diseñada para el desarrollo del individuo; es una forma de vivir juntos. Su esencia está en la deliberación, la participación activa, la cooperación y la resolución conjunta de problemas.

Por último, Dewey basa su propuesta social y política en las nociones de que el eje de la política es la educación, pues sin educación no hay democracia real. La educación debe desarrollar pensamiento crítico, formar ciudadanos capaces de deliberar, promover la creatividad, no la obediencia y enseñar a convivir en comunidad. Y la comunidad es siempre una experiencia compartida que debe experimentar soluciones al igual que lo hace la ciencia probando ideas, corriendo errores y aprendiendo colectivamente.

Todo lo anterior lo vemos en nuestros héroes marginales. Los niños son los nerds de la escuela, los outcast que tienen la inteligencia, creatividad y amistad como formas de resistencia. La familia Byers es de clase trabajadora, donde se vive la pobreza y vulnerabilidad, y entre ellos es donde más se vive el cuidado fuera de las estructuras de poder.

Stranger Things permite, analizando a sus héroes, una lectura con visión de género. Por un lado, mientras los hombres toman un papel de apoyo o protección, son los personajes femeninos quienes toman el protagonismo. Nancy, Joyce, Eleven y Max son quienes guían la acción y sobre quienes avanza la trama, al tiempo que Mike, Hopper, Jonathan y Steve son "sidekicks", personajes secundarios que acompañan a las protagonistas en historias, como compañeros leales, ayudantes o aliados emocionales. Es una subversión del patriarcado institucional y narrativo. Por otro lado, dos de los héroes de Hawkins son parte de la diversidad sexual. Robin y Will son parte esencial de la historia y su sexualidad es fundamental para sus tramas individuales, pero no son personajes reducidos a orientación sexual. Ambos representan la marginalidad queer en los discursos identitarios.

Por último, si entre los villanos tenemos al Estado y las grandes empresas, tenemos algunas instituciones del lado de los protagonistas. Sin romantizarlas ni idealizarlas, Stranger Things reconoce el potencial hacia el bien y la libertad que algunas instituciones tienen cuando están formadas por las personas correctas. Frente al Estado Nación y sus abusos, tenemos a autoridades locales justas en el jefe de policía de Hawkins. Jim Hopper, un personaje roto, bruto y poco refinado, pero leal a la gente que juró proteger, es un héroe accidental y absurdo que lucha contra el sistema.

Y si el panóptico americano requiere controlar la información, manipular y engañar, la verdad se vuelve un arma esencial para la justicia y libertad. La prensa libre es clave para enfrentarse a la maquinaria estatal y los monstruos del Upside Down. Murray, Nancy y Jonathan son periodistas independientes, valientes, comprometidos con sacar a la luz lo que el poder quiere mantener oculto. Iluminar donde otros se aprovechan de la oscuridad.

En última instancia, Stranger Things funciona como un espejo de nuestras propias tensiones contemporáneas entre seguridad y libertad: la tentación de sacrificar derechos en nombre del orden, el miedo a lo desconocido que justifica excesos estatales y la fragilidad de los límites éticos cuando el poder se ejerce sin supervisión.

La serie recuerda que, pese a la maquinaria institucional —militar, científica o gubernamental—, la verdadera resistencia sigue emergiendo desde los márgenes: de los olvidados, de los niños sin autoridad formal, de los inadaptados y outsiders que se atreven a cuestionar aquello que se impone como normal. Ese es quizá su mensaje más político y vigente: el poder se renueva desde abajo, y toda comunidad necesita locos o personajes fantásticos incómodos capaces de decir “no”, incluso cuando el mundo entero parece dispuesto a aceptar la sombra.