En medio de un mundo sacudido por la pandemia, la crisis de las relaciones humanas y el auge de la digitalización laboral, Han y Žižek publicaron en Sopa de Wuhan sus posturas filosóficas y políticas frente a lo que parecía ser una sacudida necesaria del orden global. Ambos ofrecieron lecturas opuestas sobre el impacto de la pandemia: Žižek sostenía que el capitalismo recibiría un golpe demoledor, como si le hubieran propinado un gancho al hígado, mientras que Han advertía que no habría tal revolución; el sistema encontraría la forma de mutar y profundizar aún más las brechas económicas entre los individuos.
Con entusiasmo abordaba este debate con mis estudiantes de grado 11° en la Normal Superior Antioqueña, sin imaginar que, cinco años después —octubre de 2025—, el panorama no solo dejaría un mal sabor de boca, sino que resultaría desolador. El capitalismo no solo confirmó la visión de Han en la disputa cultural postpandémica, sino que logró perpetuarse incluso sin la promesa de valor que lo consagró como vencedor en la Guerra Fría: la generación de riqueza.
En este artículo, me apoyaré en la teoría del tecnofeudalismo propuesta por Yanis Varoufakis para analizar cómo seguimos sosteniendo un sistema económico que, sin ofrecernos enriquecimiento ni beneficios tangibles, se mantiene gracias al poder del simbolismo, la primacía del confort, la ilusión de libertad de elección y la desaparición de la otredad.
Maratones de Netflix y la ilusión de pertenencia
Durante mi adolescencia, participé en un campamento juvenil de quince días. Dormíamos en tiendas, realizábamos actividades y aprendíamos mientras conocíamos personas nuevas. Para fortalecer la mística del evento, los organizadores diseñaron un sistema simbólico que vinculaba el trabajo colectivo con la generación de riqueza: por cada actividad realizada en beneficio de los demás, se ganaba una cantidad de dinero didáctico. Con ese capital simbólico podías acceder a mejores actividades, comprar materiales e incluso adquirir comida en el restaurante. Una estrategia sencilla, pero eficaz, para fomentar habilidades financieras desde temprana edad.
Sin embargo, una noche nos convocaron al patio central para una reprimenda colectiva: alguien había intentado comprar —con dinero real— un rollo adicional de papel kraft a la encargada de distribución de materiales, con el fin de terminar un letrero. El incidente derivó en una reflexión general para todos:
Aquí el dinero real no sirve. Solo valen los billetes de lotería que les hemos entregado, para que entiendan de una vez por todas algo simple: el dinero, aquí y afuera, sigue siendo apenas un símbolo.
Esa lección sobre el carácter simbólico del dinero resuena hoy con más fuerza que nunca. Antes, cuando comprabas una película, el objeto —el DVD, el VHS, incluso el archivo digital— era tuyo. Lo poseías, podías prestarlo, revenderlo, conservarlo como parte de tu biblioteca personal. Era un bien adquirido, una transacción con un valor tangible. Hoy, en cambio, las plataformas de streaming nos han acostumbrado a una economía de acceso, no de propiedad. Pagamos por la ilusión de tener, cuando en realidad solo alquilamos experiencias efímeras. No hay acumulación de riqueza, ni creación de patrimonio: apenas un símbolo de confort, una membresía que nos permite decir que “tenemos todo a un clic”, aunque nada nos pertenezca realmente. Es el triunfo del símbolo sobre el valor, del acceso sobre la posesión, del confort sobre la construcción de futuro.
Del símbolo al señorío digital
Este desplazamiento de la propiedad al acceso, de la riqueza tangible al confort simbólico, no es casual ni inocente. Yanis Varoufakis lo denomina tecnofeudalismo: un nuevo régimen económico en el que las grandes plataformas tecnológicas —Amazon, Google, Meta, Apple— no operan como empresas capitalistas tradicionales, sino como señores feudales digitales. No venden productos, sino que controlan territorios virtuales donde los usuarios no poseen nada, pero están obligados a participar para existir socialmente, trabajar, entretenerse o incluso amar.
En este nuevo orden, el valor ya no se genera mediante la producción de bienes, sino a través del control de datos, la vigilancia algorítmica y la administración de acceso. No acumulamos riqueza, sino suscripciones. No tenemos tierras, sino perfiles. No producimos, sino que generamos contenido para otros. Y, como en el feudalismo medieval, trabajamos en tierras ajenas —las plataformas— a cambio de protección simbólica: visibilidad, conectividad, entretenimiento, pertenencia.
El dinero, como en aquel campamento juvenil, ha sido reemplazado por fichas simbólicas: likes, seguidores, membresías, insignias. No enriquecen, pero otorgan estatus. No transforman la realidad, pero la adornan. Así, el capitalismo ha mutado, como predijo Han, hacia una forma aún más sofisticada de dominación: una que no necesita prometer riqueza, porque ha aprendido a administrar el deseo.
Pero la brecha social permanece
En medio del confort simbólico y la ilusión de pertenencia digital, corremos el riesgo de olvidar que millones de personas siguen excluidas incluso de esta nueva economía de acceso. El tecno feudalismo no solo perpetúa la desigualdad: la profundiza. Hay quienes ni siquiera pueden conectarse a una red Wi-Fi, acceder a una infraestructura tecnológica básica o cubrir sus necesidades más elementales. Para ellos, el símbolo no es una alternativa, sino una barrera más.
Mientras discutimos sobre algoritmos, plataformas y suscripciones, hay vidas que transcurren al margen del sistema, sin voz ni visibilidad. La brecha digital no es solo una cuestión de conectividad: es una expresión brutal de la desigualdad estructural. Y en este nuevo orden, donde el símbolo reemplaza al valor, corremos el riesgo de normalizar la exclusión, de estetizar la pobreza, de invisibilizar las luchas que aún no hemos resuelto.
Recordar estas realidades no es un gesto nostálgico, sino una urgencia ética. Porque si el símbolo ha desplazado al valor, es momento de preguntarnos qué estamos dispuestos a defender: ¿la comodidad de lo intangible o la dignidad de lo concreto?















