En este comienzo de año, es más evidente que nunca que la pareja alegría-esperanza se está separando. Hay alegría, pero sin esperanza, la alegría dura lo que dura una cerilla encendida. Cuando llega la noche, hay que tomar ansiolíticos para dormir. Si buscamos mucho, también encontramos la esperanza, pero sin alegría, la esperanza parece un miembro de la población callejera, un vagabundo, envuelto en trapos tristes y viejos. ¿Quién provocó el divorcio entre la alegría y la esperanza? No lo sé, pero tengo dos certezas:

  • Primero, la transformación progresista del mundo tiene que ser producto de la complementación de la alegría con la esperanza.

  • Segundo, la transformación progresista del mundo nunca será producto del odio o la desesperación.

Ahora bien, la alegría sin esperanza puede ser solo el regocijo sádico del odio. Y la esperanza sin alegría no es más que la desesperación avergonzada de ser quien es.

Sobre la alegría y la esperanza

Las teorías anteriores siempre postularon la figura ideal del revolucionario. Postularon su alegría y su esperanza sin preguntarle nada. Lo consideraron un hecho, aunque tuviera que ser totalmente reconstruido. La idea del «Hombre Nuevo» fue tan pregonada por los revolucionarios rusos como por los nazis. La verdad es que cualquier transformación social debe hacerse con las personas y las realidades que existen en un momento histórico determinado. Incluso descontando el prejuicio machista, la idea del hombre nuevo es una idea antigua que acompaña al narcisismo propio de los nuevos regímenes. La transformación social progresista se lleva a cabo con personas reales alegres y esperanzadas.

Al comienzo de cualquier acción liberadora está la alegría. Sin alegría, el ser humano no se expande hasta el punto de ir más allá de sí mismo. La alegría no presupone excitación. Presupone la serenidad de coincidir con lo que hay que hacer. La pasividad es el resultado de la falta de coincidencia. La alegría es la percepción colorida de la vida y del mundo. La alegría no es posible en blanco y negro. La razón por la que sin alegría no se lucha es porque solo la alegría hace que lo efímero dure hasta la eternidad. Un arroyo de oportunidades parece un río y un río parece el mar. En resumen, solo la alegría es creativa y expansiva hasta el punto de poder correr riesgos que no figuran en los contratos de las aseguradoras. La alegría es lo contrario de la monotonía. Es el ser en la plenitud del ser. En la alegría, la libertad es liberación. En la alegría, el pasado apoya al futuro para que este pueda llegar a ser diferente de él. La alegría reconoce los fracasos, pero es la negación del fracaso como destino humano.

La alegría se distingue del placer. El placer, a diferencia de la alegría, presupone apropiación: ser apropiado como objeto o apropiarse de un objeto. Su duración es la del goce de la apropiación. Está dominado por su carácter temporal. La alegría puede ser efímera, pero, al ser incondicional, es eterna mientras dura. La alegría es siempre plenitud, incluso en su efímera duración.

La alegría de la que me ocupo aquí es la sangre y el motor de la esperanza. Es la condición necesaria de la esperanza, aunque no la condición suficiente. La alegría es la máxima inmanencia, mientras que la esperanza es la trascendencia: el ser llevado a su máxima potencia. La alegría es presencia incontenible como emoción, la esperanza es emergencia como razón de esa emoción. La emergencia es siempre un parto, una lucha contra el statu quo, en el sentido de cambiarlo, una invención que lo trasciende. Sin la alegría, la invención se desliza fácilmente hacia la repetición.

Recurriendo a una metáfora meteorológica, la alegría es el cielo despejado, mientras que la esperanza es la niebla: corrientes atmosféricas que apuntan a diferentes pronósticos. La alegría es lo que permite esperar buen tiempo sin descuidar la posibilidad de una tormenta. En la alegría, la libertad no teme fracasar. En la esperanza, la emergencia reside en la libertad condicionada para conformar las condiciones que permitan evitar el fracaso, es decir, las contracondiciones que llevan a la desesperación. Por eso la desesperación tiende a ser más duradera que la tristeza.

En la época en que vivimos, la esperanza supone una teoría frágil y una práctica difícil. La alegría da fuerza a la teoría y facilita la práctica. Porque transita de la ausencia a la emergencia, del «nunca» o del «ya no» al «todavía no», la esperanza es siempre, en última instancia, una semilla de ruina. La alegría es idealista e imagina las ruinas-semillas como si fueran parques naturales. La esperanza es más realista y sabe que, en esta época, ha sido necesario desnaturalizar muchos parques antes de convertirlos en naturales.

Tanto la alegría como la esperanza nacen de inquietudes. Pero la alegría las ignora y la esperanza las transforma en energía transformadora. La alegría no reconoce los problemas. La esperanza necesita la alegría para no conocer problemas irresolubles ni dificultades insuperables. La alegría no hace preguntas. Gracias a la alegría, la esperanza vive de preguntas que es capaz de responder. La alegría es conciliación, mientras que la esperanza nace de la disputa y la lucha y solo acepta una reconciliación más justa. La alegría no necesita nada para estar alegre, mientras que la esperanza necesita la alegría para seguir esperando. Por eso la alegría es más fácil que la esperanza.

Separada de la esperanza, la alegría se desvanece rápidamente; sin alegría, la esperanza es un almacén de sueños embalsamados. La alegría prescinde de la sabiduría; la esperanza la presupone. Pero, sin alegría, la esperanza concibe la sabiduría como un ejercicio taciturno que justifica la mayor probabilidad de derrota, lo que puede llevar a la pasividad, a la desesperación, a la imposibilidad de la esperanza.

La alegría tiene una amplitud mayor que la esperanza. La esperanza es propia de los humanos, mientras que la alegría se da a los animales, a las montañas, a los ríos, a los árboles, a las hormigas. La alegría no es risa; se puede vivir en la contemplación más profunda. En la esperanza, la contemplación es el momento necesario para ganar fuerzas y continuar en la lucha.

La alegría es simplicidad benevolente; la esperanza es complejidad alentadora. No hay alegría si hay dudas. Por el contrario, no hay esperanza si no hay dudas. La esperanza tiene que ir a la raíz del statu quo. La alegría lo ignora. No es irresponsable, pero tampoco se siente responsable de las razones para estar alegre. A diferencia de lo que ocurre con la esperanza, las razones de la alegría no son imperativas. La alegría no conoce la vacilación; la esperanza no existe sin ella. Pero, sin alegría, la vacilación lleva a la rendición, mientras que, con alegría, redobla el esfuerzo de la resistencia. Tanto la alegría como la esperanza son optimistas, pero mientras que el optimismo de la alegría puede ser una fantasía, el optimismo de la esperanza se basa en la realidad emergente. Por eso, mientras que la alegría es un derecho disponible, la esperanza es un derecho indisponible.

Sin alegría no hay impulso para caminar, sin esperanza ese impulso carece de camino. Pero es el impulso el que crea la necesidad del camino, y no al revés. La alegría es la fuente última de la libertad. La alegría de la libertad es el momento en que se suspenden las preguntas. Por eso, la libertad de la alegría debe alimentarse constantemente. La alegría es la única versión positiva de la ceguera. Al no conocer el camino, siempre está al borde del colapso. Para evitarlo, la esperanza debe estar siempre dentro de la alegría.

La alegría y la esperanza de los oprimidos

En este texto no me ocupo de la alegría en general. Me limito a la alegría de los oprimidos que resisten y luchan contra la opresión. En eso reside el vínculo indestructible entre la alegría y la esperanza. Es oportuno comparar la alegría de los campesinos con la tristeza del propietario de sus tierras, Levin, en Anna Karenina, de León Tolstói. Agotados bajo las cargas de heno y cereal fresco, los campesinos cantaban, al igual que más tarde cantarían los campesinos del Alentejo. La alegría para resistir la opresión y el cansancio se convierte en potencial revolucionario cuando se ve el camino de la esperanza. Y, tal y como se sugiere en Anna Karenina, la alegría puede ser contagiosa.

La transformación del mundo debe ser impulsada por la alegría y la esperanza, no por el odio o la desesperación, aunque ambos estén siempre presentes, aunque bajo control, si la lucha confía en el éxito. El problema de Pablo fue que acumuló demasiado odio hacia los cristianos antes de convertirse. Era un fanático que «perseguía» a los cristianos para entregarlos a las autoridades.

Recordemos que el objetivo del viaje de Jerusalén a Damasco (más de 300 km) era arrestar a los cristianos y llevarlos a juicio por el delito de herejía. Sabemos que fue en el camino de Damasco donde se produjo la conversión, la más dramática de la historia, pero el odio original de Pablo contaminó para siempre a la cristiandad, como lo atestiguan el vandalismo de los templos griegos y romanos, la llamada Reconquista de Al-Ándalus, la evangelización forzosa de los pueblos colonizados, las guerras religiosas, la Inquisición, las excomuniones. De nada sirvió que Pablo dedicara su vida, después de la conversión al mensaje del perdón, la misericordia y el amor divino. De hecho, es significativo recordar que ese cambio de actitud acabó convirtiéndose en motivo de la persecución de la que él mismo sería víctima.

El éxito y el fracaso son los dos fantasmas que acechan cualquier lucha significativa por una transformación social progresista que se atreva a cuestionar el statu quo injusto para la gran mayoría. La alegría es posible cuando se suspende la dialéctica del fracaso y el éxito. La suspensión debe ser total, ya que no es posible pensar en el éxito sin pensar en el fracaso, y viceversa. La alegría vive de esa suspensión, que sería irresponsable si no fuera solo el momento positivo radical de la esperanza.

La esperanza es el «todavía no» de Ernst Bloch, en el Principio de la Esperanza, pero sería una esperanza siempre al borde de la desesperación si se exigiera de la esperanza la certeza del éxito frente al fracaso cuando «todavía no» se conoce el resultado de la lucha, aun sabiendo que el resultado es siempre provisional. Pero la esperanza tiene una característica única: es capaz de imaginar el éxito antes de que ocurra. Es esa imaginación la que da sentido a la alegría. La esperanza es la fuerza de la inadaptación a lo que existe. Es inadaptación porque se sabe que lo que existe solo existe porque impide que otra realidad exista.

Parafraseando a Bachelard, la personalidad no es solo adaptación, es también reorientación en un universo de posibilidades. La función de lo que no existe es relativizar todo lo que existe. Es sustituir el determinismo por la contingencia. Esa función crea el distanciamiento que hace posible la alegría. Le quita peso a la realidad y, al aligerarla, nos permite incluso divertirnos con ella. La esperanza crea distanciamiento por otro mecanismo: temporaliza lo que se presenta como perpetuo, convierte lo permanente en provisional.

El desánimo nunca se elimina y sería peligroso que eso ocurriera. Como dice Sun Tzu en El arte de la guerra, «si no puedes ser fuerte, pero tampoco sabes ser débil, serás derrotado». Saber ser débil es saber ser humilde ante la dificultad de la tarea que se afronta. La idea mítica que se tiene de los revolucionarios nos hace olvidar que en ellos siempre hay muchos más momentos de desánimo y desesperación que de valentía y esperanza. La alegría es la expansión de la apertura al otro (la otra cara de la humildad), pero esa apertura tiene el sentido que le da la esperanza, porque el “todavía no” es concreto o es un mero embrión de la desilusión. Si la esperanza exige humildad, también exige complementariedad, la acogida del otro, la lucha contra el orgullo.

De hecho, el orgullo es la antítesis de la lucha, porque se basta a sí mismo. Ahora bien, luchar es estar con la lucha; luchar es siempre luchar con. Ni siquiera Don Quijote luchó solo. El orgullo nunca hace verdaderamente feliz al orgulloso, porque su alegría solo existe en la medida de la tristeza de aquellos que son humillados para hacer posible el orgullo. Y tampoco tiene esperanza, porque la esperanza presupone la disposición a desanimarse, a desesperarse. Por su parte, la alegría es contagiosa porque parte de la humildad. Etimológicamente, la humildad, humilitas en latín, proviene de humus, de la tierra, de estar cerca del suelo. La transformación social debe ser humilde para poder estar cerca del suelo. El suelo es siempre el lugar al que son arrojados los oprimidos. Por eso, la transformación social que defiendo aquí debe estar igualmente basada en una epistemología humilde, cerca del suelo. Es lo que denomino “epistemologías del Sur”.

El principio de la esperanza y el principio de la alegría son las fuerzas anímicas que movilizan las epistemologías del Sur. El conocimiento por sí solo no sirve de nada. Conocer es poner a prueba lo que no se conoce. Una vez más, es una inadaptación, un desasosiego, una necesidad de reorientación, una relativización del statu quo, un inconformismo. Nada de esto es fácil, ni individual ni colectivamente, porque la alegría y la esperanza siempre están más preocupadas por el fracaso que por el éxito.

El fracaso siempre está a la vuelta de la esquina, mientras que el éxito siempre está en el horizonte. Por eso, la alegría y la esperanza también presuponen la disposición al sacrificio. Transformar el statu quo siempre implica identificar y superar las contradicciones. El sacrificio consiste en la determinación de no transferir el fracaso a otros. De ahí el principio de responsabilidad que se suma al principio de alegría y esperanza. La responsabilidad significa la obligación de dominar las contradicciones, asumir los errores, rehacer estrategias, replantearse como revolucionario. Asumir la responsabilidad es mantener intacta la esperanza y prever las alegrías futuras que pueden derivarse del correcto curso de la acción revolucionaria.

La posibilidad de una alegría futura tiene un poder movilizador extraordinario, sobre todo para aquellas poblaciones a las que se les ha impuesto la tristeza como modo de vida y la alegría como único instrumento de resistencia. Para los oprimidos, la pérdida de la alegría es la rendición. La pérdida de la esperanza es la conciencia de la dureza y la permanencia de la derrota que se deriva de la rendición o de la simple imposibilidad de resistir. La lucha contra la opresión siempre comienza con la alegría y la esperanza, y no termina mientras ambas perduren. Ese es el único nombre de futuro digno de la lucha por él.

Heráclito (fragmento 18) decía que «sin esperanza nunca se encontrará lo inesperado». Y añadía que lo inesperado es inaccesible, lo que no afecta en nada al realismo de la esperanza. Porque la esperanza está más allá de los éxitos y los fracasos. Está en la forma en que se orienta y construye la personalidad individual y colectiva en la lucha por un mundo mejor. Se puede decir incluso que la esperanza es indiferente a la sucesión empírica de éxitos y fracasos, siempre y cuando la alegría mantenga abierto el horizonte para la lucha. Si no fuera así, ¿cómo se entendería que pueblos humillados, explotados y oprimidos a lo largo de siglos mantuvieran vivas sus luchas, su esperanza y su alegría? Solo quien nunca ha vivido o trabajado a su lado encuentra extraño que el cuerpo que sufre y muere sea también el cuerpo que se regocija, canta y baila.