Terminada la Primera Guerra Mundial en 1918, las secuelas de ese enfrentamiento espantaron a la humanidad: 70 países se habían visto involucrados, con un saldo de 10 millones de soldados muertos y 20 millones de combatientes heridos y mutilados, más alrededor de otros 10 millones de civiles muertos por los éxodos forzados, las hambrunas y los conflictos regionales posteriores. A ello deben sumarse los cuantiosos daños en la infraestructura de gran cantidad de países, más los daños psicológicos derivados de tanto sufrimiento, con viudas, huérfanos, y como corolario, la “gripe española” inmediatamente posterior al conflicto, que ocasionó un número nunca bien determinado de víctimas, pero que superó la cantidad de decesos de la guerra, estimándose en, por lo menos, 50 millones.
Ante tamaña catástrofe, voces racionales pidieron un “nunca más”, porque no se podía repetir esa monstruosidad. Por ello, en 1920, en la Conferencia de París se funda la Liga de las Naciones (también llamada Sociedad de las Naciones), con el objetivo de fomentar la prevención de las guerras mediante la seguridad colectiva y el desarme, impulsando la resolución de disputas internacionales a través de la negociación y el arbitraje.
Más allá de lo loable de ese esfuerzo, algo no funcionó. Años después, siempre a partir de la insaciable voracidad de las potencias por seguir apoderándose de los países más débiles, se llegó a una catástrofe aún peor: la Segunda Guerra Mundial. Aquí los daños fueron infinitamente mayores: alrededor de 70 países participaron, involucrándose en el conflicto un total de 100 millones de militares. Las pérdidas fueron colosales: 80 millones de muertos, de los que 50 fueron civiles, debidos a los ataques propiamente bélicos, más las hambrunas y las enfermedades concomitantes. El bombardeo de población civil fue norma, llegándose al colmo inaudito de dos bombas nucleares, innecesarias en términos de acción militar, pues Japón ya estaba derrotado, pero que se utilizaron para marcar el poderío de quien a partir de 1945 se erigiría como potencia mundial: Estados Unidos.
Con una humanidad destrozada y países en ruinas –la Unión Soviética llevó la peor carga, con 25 millones de muertos y el 70% de su infraestructura destruida– a fines de 1945 se creó la Organización de Naciones Unidas –ONU–. Su propósito declarado fue preservar la paz y fomentar el desarrollo a nivel mundial.
Pero ¿qué pasó desde esa creación? El número de guerra siguió siempre en aumento, desde pequeñas escaramuzas hasta guerras abiertas con miles de muertos. Si bien es difícil estimar qué cantidad exacta de conflictos bélicos se registraron entre la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del XXI, se calculan en no menos de 100, con alrededor de 50 millones de personas fallecidas. De ellas, como elemento importantísimo que caracteriza estos nuevos enfrentamientos, el 90% es población civil no combatiente. En conclusión: no ha habido paz. Las guerras, además, provocan monumentales desplazamientos de población, con las consecuentes hambrunas, enfermedades y un muy profundo dolor psicológico en quienes lo sufren.
¿Y desarrollo? El mundo, con un avance científico-técnico cada vez más fabuloso, con logros espectaculares en la creatividad humana (manejo de la energía nuclear, viajes espaciales, comunicaciones impresionantes, y un larguísimo etcétera que nos asombra), sigue presentando un panorama más que sombrío a nivel planetario. Mientras que un 15% de la población planetaria –élites y clase media– tiene acceso a los satisfactores que puede otorgar ese desarrollo, con un nivel de vida más seguro y confortable (buena alimentación, viviendas adecuadas, altos niveles de salud, condiciones de vida y de trabajo dignas, educación formal, abandono de prejuicios y pensamiento mágico-animista), lo cual se da en el Norte próspero y en algunos bolsones del Sur global, el 85% restante –ubicado básicamente en el Tercer Mundo– muy tangencialmente roza los beneficios de esa acumulación de riqueza, y en la gran mayoría de casos, sobreviviendo en situaciones de precariedad.
Valga agregar también que, como sector más perjudicado entre los perjudicados, se encuentran las mujeres. De los casi 800 millones de analfabetos que hay en el mundo, dos tercios (500 millones) son mujeres. Y muchas de ellas todavía son víctimas de la ablación clitoridiana.
Entonces: ¿qué pasó con la paz y el desarrollo? ¿Qué pasó con la ONU? Ambas instancias, en su momento la Liga de las Naciones, luego la Organización de Naciones Unidas, son absolutamente inoperantes para lograr sus resultados, más allá de declaradas buenas intenciones. Nunca más oportuno que ahora aquello de “el camino del infierno está plagado de buenas intenciones”. En la década del 30 del pasado siglo, Sigmund Freud, judío de origen, en respuesta a una pregunta de otro judío que se impresionaba con la avanzada antijudía del nazismo, Albert Einstein, decía que la primera de estas instancias estaba condenada a fracasar, como de hecho fracasó estrepitosamente. Para recordatorio: el Holocausto de los judíos (6 millones de muertos) y luego el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con todos los horrores descritos. ¿Qué hizo la Liga de las Naciones? Nada.
Fracasó porque, según Freud, “La Sociedad de Naciones (…) instituida como autoridad suprema, (…) no dispone de una fuerza propia [con que hacerse valer]”. Es decir, no tiene cómo imponer su mandato. En otros términos: puede hacer declaraciones, pero no dispone de fuerza operativa para ordenar que las mismas se cumplan. Lo cual lleva a pensar inmediatamente en que: si no es por la fuerza, solo con el diálogo consensuado, ¿las cosas no caminan? ¿Solo el rigor de la “mano dura”?
Terrible, sin dudas; pero patéticamente cierto. “Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, espetó altanero el asesor de seguridad de la Casa Blanca –un duro halcón republicano– Stephen Miller, declaración que resultó escalofriante, sumamente turbadora. Agregando luego, sin ningún disimulo ni recato: “La fuerza es el nuevo derecho internacional y vamos a ejercerla”.
En esa línea, el presidente Donald Trump se permitió decir, refiriéndose a cómo piensa incorporar la colonia danesa de Groenlandia a posesión estadounidense: “Por las buenas o por las malas”. Espantoso, aterrador, pero definitiva –y descarnadamente– cierto. ¿No es esa, acaso, la más absoluta realidad de las sociedades de clase? ¿Qué son, si no, las interminables guerras interestatales, las guerras por apropiarse como botín de los recursos del otro, desde que vemos que hay propiedad privada, desde hace 10.000 años en adelante? Incluida a veces, para nuestro espanto, la posesión de las mujeres. Del hacha de piedra a los planeadores hipersónicos con cargas nucleares múltiples se repite la misma historia: “Las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, según este neofascista estadounidense.
Esa verdad, maquillada arteramente hasta hoy por el discurso “políticamente correcto”, es incuestionable (aunque escandalice al ser dicha por un guerrerista como este representante de la clase dominante norteamericana). Esa verdad inobjetable la vieron desde tiempos inmemoriales agudos pensadores que reflexionaron sobre la dinámica humana y social, y sus decires no nos escandalizan: “La ley es lo que conviene al más fuerte”, anunció Trasímaco de Calcedonia en el siglo IV antes de nuestra era en la esclavista Grecia clásica, cuna de la “democracia” (donde un esclavo no podía suicidarse porque no era dueño de su vida y donde solo tenían derecho a voto los varones propietarios).
La “relación [entre humanos] no es en absoluto una relación armónica de cooperación entre individuos igualmente libres que promueven el interés común en la persecución de la propia conveniencia. Es más bien una ‘lucha a vida o muerte’ entre individuos desiguales, en la que uno es el ‘amo’ y el otro es el ‘esclavo’”, escribe Herbert Marcuse sintetizando la dialéctica del amo y del esclavo (capítulo IV) de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, que inspirara a Marx. “La violencia es la partera de la historia”, concluye entonces el autor de El Capital.
Freud, desde otra óptica teórica, dice algo similar: “Intereses conflictivos entre los seres humanos se deciden, en principio, mediante el recurso a la violencia”. Para evitarla, o controlarla en lo posible, surgen las leyes, las normas sociales. De todos modos, muy cáustico, y en consonancia con todos los autores anteriores, agrega que “[sin embargo] las leyes están hechas para y por los dominadores, y conceden escasas prerrogativas a los dominados”.
Si una instancia determinada –Liga de las Naciones o la ONU– intenta atemperar esa fuerza destructiva que surge siempre en las sociedades clasistas solo con la palabra, sin una fuerza superior, fracasa. Los Cascos Azules, como fuerza militar disuasoria…. dan risa. ¿Cuántas guerras evitó la ONU? Ni una. Llega solo a recoger los cadáveres. ¿Por qué fracasa esta organización? Porque las guerras son el negocio más redituable que existe –más que el petróleo, la informática, las farmacéuticas–, manejado por enormes empresas que necesitan el conflicto para vender armas (75.000 dólares por segundo invierte la humanidad en ese campo).
Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 que promueve la ONU para lograr un mundo equilibrado (Fin de la pobreza, Hambre cero, Salud y bienestar, Educación de calidad, Igualdad de género, Reducción de las desigualdades, Agua limpia y saneamiento, Energía asequible y no contaminante, Ciudades y comunidades sostenibles, Producción y consumo responsables, Acción por el clima, Vida submarina, Vida de ecosistemas terrestres, Trabajo decente y crecimiento económico e Industria, innovación e infraestructura) difícilmente se alcancen. Es decir: seguramente fracasarán, como fracasaron los Objetivos del Milenio que aspiraban a tener un mundo medianamente equilibrado en lo económico-social para inicio del siglo.
¿Por qué fracasan? Porque esa faceta de lo humano no se maneja con buenas intenciones y pomposas declaraciones, sino con fríos números que imponen los grandes grupos económicos. Se prefiere derrochar comida, aunque mueran 20.000 personas diarias por falta de nutrientes, que perder ganancias. “Controla el petróleo y controlarás las naciones; controla los alimentos y controlarás a los pueblos”, dijo el Premio Nobel de la ¿Paz? Henry Kissinger. ¿Quién decide eso? ¿Quién establece esos precios, cuándo debe haber guerra o cuándo se da un golpe de Estado? La ONU, seguro que no.
¿Por qué pasa todo esto? Enorme dificultad (¿o radical imposibilidad?) de lograr un mundo armónico, según se ve. Como se ha dicho –cosa discutible, por supuesto–: es más fácil que termine el mundo –por la guerra nuclear o por el desastre ecológico que vivimos– a que termine el actual sistema capitalista. ¿Está condenada la especie humana a todo este sufrimiento, a la guerra perpetua, a la exclusión eterna de grandes masas? Apostamos porque no. Si todo esto es el efecto de cualquier sociedad de clases (despótico-tributaria, esclavista, feudal, capitalista), ¿pasará eso en una sociedad sin clases sociales? Vale la pena intentar construir esa sociedad entonces, ¿verdad?















