La tradición popular sostiene que, en una boda, se debe llevar “algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul”.
Este breve ensayo se inspira en dicha fórmula, la desarma y la traslada al terreno educativo-cultural, en un recorrido con tres estaciones: reconocimiento, innovación y confianza.
A diferencia de la expresión original, aquí asimilaremos lo viejo y lo usado a lo prestado y lo azul a lo nuevo, sumando, además, lo inverosímil. Estas páginas son una invitación –rigurosa en la intención, permisiva en la metáfora– a reflexionar sobre los múltiples diálogos que se establecen entre lo que recibimos como herencia y lo que somos capaces de construir cuando nos dejamos sorprender o confiamos en lo improbable.
Algo prestado: el reconocimiento como punto de partida
Lo viejo, lo prestado, lo usado… son símbolos de continuidad y huella. Frente al brillo –a veces vacío- de lo que estamos a punto de estrenar, nos enseñan la nobleza de lo que persiste, de aquello que se hereda y que el tiempo puede pulir.
Lo heredado es un tejido que resiste y que, a la vez, lejos de fosilizarse o contentarse con una repetición mecánica, exige reinterpretaciones para seguir siendo tierra fértil.
En el campo de la educación, lo añejo está representado por aquellos planes de estudio que sobrevivieron a un mundo que ya no existe. No obstante, la nostalgia nos trae ciertas prácticas afectivas y efectivas, como la figura del maestro que escucha, el aula como refugio o la tutoría paciente que vuelve a enhebrar a cada alumno con su deseo de aprender… todas reliquias que no deberían perderse jamás. La educación exige custodios y transformadores encargados de eliminar lo obsoleto y proteger lo esencial.
En el aula, lo prestado es oportunidad (un libro subrayado o con anotaciones en los márgenes, por ejemplo, encierra historia) y se traduce en proyectos colaborativos, prácticas de economía circular o reciclaje, respeto intergeneracional y trueque simbólico de saberes. Recuperar no es idolatrar, sino mirar el pasado con ojos renovados, reconocer las raíces que nos sostienen y, desde allí, intentar el propio vuelo creativo.
Algo nuevo… algo azul: innovar con propósito
Ningún otro color conserva tan intacta su promesa de comienzo. El azul –presente en el mar y el cielo– es libertad, espacio para crear, inspiración, confianza, productividad y calma. No grita su novedad: la insinúa. Su frescura no proviene tanto de su luz como de su profundidad. En él, lo nuevo no es ruptura, sino expansión: la posibilidad de ser distinto sin dejar de ser el mismo.
Quizá por eso, cuando imaginamos un futuro deseable, lo pintamos de azul: porque todo anhelo, antes de tener forma, tiene ese tono de distancia luminosa.
Lo flamante deslumbra, seduce por su promesa de eficacia. Sin embargo, el verdadero valor de la innovación no reside en actualizar herramientas sino en repensar el propósito (sin ese ejercicio, cualquier invento es puro ruido). De ahí la importancia de enseñar a escuchar el ayer para pensar mejor el mañana.
Algo inverosímil: la confianza que ayuda a avanzar
Si lo inverosímil es improbable, la imaginación es su potencia práctica. La innovación pedagógica más fecunda suele nacer de lo que parecía imposible. Desde orillas acaso opuestas, dan cuenta de ello tanto la inclusión de la educación emocional en el aula como los avances de la inteligencia artificial.
Lo inverosímil requiere liderazgo de servicio, una combinación de audacia, empatía y humildad que apuesta por el ensayo y el aprendizaje permanente a partir de cada error.
La ilusión actúa como motor capaz de anticipar mundos y materializarlos. Así, lo que el pensamiento lógico descarta como inverosímil es rescatado por la imaginación como germen de futuro. La imaginación traduce el sueño en acción, transforma los márgenes de lo creíble en horizontes posibles y genera realidad.
El arte, la ciencia y la educación son los espacios en los que lo inverosímil se torna verosímil gracias al acto creativo y a la confianza en el cambio.
Educar es confiar en el porvenir
La escuela no salva –ni se salva– de la obsolescencia por sí sola. Necesita familias, políticas públicas y comunidades que entiendan la educación como inversión. Para que lo nuevo no devore lo antiguo sino que lo perfeccione, hace falta trama –esa red hecha de aprendientes, más que de enseñantes– y tiempo para ensayar lo inverosímil hasta volverlo cotidiano.
La educación es una apuesta al futuro entre generaciones que construyen lo que aún no existe y confían en el porvenir (igual que dos personas que deciden unir sus vidas). Retomemos, entonces, ese ritual que desarmamos y rearmamos en las primeras líneas, como metáfora…
Un modelo educativo integral necesita:
Algo prestado (raíces culturales, memoria crítica y afectiva para recordar quiénes somos, reciclar experiencias y reconocer las huellas de quienes nos precedieron);
Algo nuevo (innovación ética y sostenible);
Y algo inverosímil (imaginación transformadora para no perder ni la capacidad de asombro, ni la curiosidad, ni la esperanza).
¿Qué sucedería si en el aula –y en la vida– optáramos por poner en juego un auténtico liderazgo de servicio, capaz de reconocer lo recibido en préstamo, acompañar, dar lugar a lo nuevo, confiar y sostener lo improbable hasta volverlo real?...
A lo mejor, si eso ocurriera, podríamos comprobar el acierto de aquellas palabras atribuidas a Mario Benedetti: “lo imposible sólo tarda un poco más”.















