Lo ocurrido el 3 de enero marca, sin embargo, un umbral nuevo. No se trató solo de la reiteración de prácticas conocidas, sino de una demostración obscena de impunidad ante cualquier ley y una confirmación de la actual “palestinización del mundo”. La violación de la soberanía venezolana, ejecutada sin declaración de guerra y presentada públicamente como demostración de poder, no suspendió el orden internacional: lo declaró prescindible. Allí donde antes operaban eufemismos diplomáticos, ambigüedades jurídicas o coartadas humanitarias, apareció la afirmación directa de que la fuerza basta por sí misma para legitimarse. Lo que se mostró no fue un exceso, sino una pedagogía del dominio dirigida al mundo entero. Cambian los nombres de los gobiernos, se actualizan los ideoléxicos, se reciclan las excusas morales, pero el guion permanece intacto. América Latina vuelve a aparecer como espacio disponible para el castigo ejemplar, la experimentación política y la pedagogía del miedo.

Ese 3 de enero, en tan solo 148 minutos –desde las 2:01 hasta las 4:29 de la madrugada– Estados Unidos demolió el edificio del orden internacional que había sido construido con enorme esfuerzo durante los últimos ochenta años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Con el despliegue de 150 aeronaves F-35, F-22 y bombarderos B-1, no solo atacó objetivos militares: dinamitó el marco jurídico y político que regulaba el uso de la fuerza entre Estados, sembrando las semillas de una tiranía global y estableciendo un nuevo paradigma.

Por un instante, la historia pareció retroceder nueve siglos, como si se hubiese desenterrado del sarcófago al poderoso Gengis Khan, aquel que en los siglos XII y XIII imponía su ley por la fuerza sobre vastos territorios del mundo conocido.

El secuestro de un presidente latinoamericano y de su esposa, tras la violación de la soberanía venezolana mediante un ataque que asesinó a decenas de seres humanos y que no fue precedido por declaración de guerra alguna, inaugura de hecho un nuevo orden mundial. Un orden en el que todo queda permitido, en el que la impunidad pasa a ser la norma. Desde ese momento, quedan plenamente legitimadas la invasión rusa a Ucrania, el genocidio en Gaza, la inminente invasión china a Taiwán, la desaparición de Armenia y decenas de conflictos armados que no habían estallado únicamente por el temor a sanciones internacionales, a la Corte Penal Internacional o al repudio de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Al actuar de este modo, Estados Unidos está creando las condiciones subjetivas para una tercera conflagración mundial.

Ahora, efectivamente, todo vale.

El precedente no tiene precedentes.

Este nuevo paradigma tuvo su momento de revelación. La violencia ya no aparece como la partera de la historia, sino como su negación, como el retroceso mismo de la historia.

La invasión y el secuestro de un presidente y de su esposa no constituyen, en rigor, el mayor crimen cometido por Estados Unidos, porque nuestra América insumisa conoce desde hace décadas las invasiones norteamericanas. Basta recordar que también un 3 de enero, Estados Unidos invadió Panamá y secuestró a su presidente. El crimen verdaderamente novedoso se consumó en la conferencia de prensa del presidente estadounidense, Donald Trump. Esa conferencia fue el acto más grave, el punto de quiebre absoluto, y lo que allí se dijo no tiene antecedentes.

La traducción política y simbólica de ese anuncio nos retrotrae a un tiempo anterior incluso a la era cristiana, cuando un imperio imponía su ley sobre el mundo sin rendir cuentas a nadie, guiado únicamente por su voluntad depredadora.

En esa convocatoria, Trump dejó en claro que dispone del ejército más poderoso del planeta y que la operación de secuestro de un presidente –al que, de manera insólita, convirtió en mártir– fue “magnífica”, “hollywoodense”, una verdadera obra de arte que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. Señaló, además, que todas las naciones debían tomar debida nota de lo ocurrido. Amenazó abiertamente a Cuba, a la que calificó de “nación fallida”, anunciando que ya le llegaría su turno. Advirtió al presidente colombiano Gustavo Petro que se pusiera a cuidar “su culo”. A la carismática y respetada presidenta de México le recordó que, desde su país, el narcotráfico agrede a los ciudadanos estadounidenses, y sostuvo que fue un error que ella no aceptara la intervención de tropas norteamericanas en territorio mexicano para combatirlo. México, todo indica, también figura en la lista del amo del mundo.

Un lenguaje de este calibre, con semejante excentricidad y brutalidad, no se escuchaba desde los tiempos de Calígula. Su prepotente sinceridad resulta, incluso, digna de admiración. Afirmó que Estados Unidos pasará a gobernar Venezuela hasta que ese país elija un gobierno “adecuado”. Fue igualmente sincero al anunciar que recuperará por la fuerza todo el petróleo venezolano, nacionalizado en 1976 por el presidente Carlos Andrés Pérez, luego de acordar con las empresas norteamericanas una voluminosa indemnización. Solo le faltó decir que continuará decidiendo qué gobiernos latinoamericanos deben gobernar sus países, como lo hizo recientemente en Honduras y en las elecciones de medio término en Argentina, donde intervino descaradamente para que su arrinconado delfín, Javier Milei –el mismo que declaró que la justicia social era aberrante– se impusiera en unos comicios que tenía perdidos, antes de su promesa de “regalarle” veinte mil millones de dólares.

Ni Adolf Hitler, en sus más amenazantes conferencias de prensa, llegó a semejante nivel de osadía. Hitler reclamaba territorios, como en el caso de los Sudetes de Checoslovaquia, habitados por alemanes y expropiados por el Tratado de Versalles tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Francia e Inglaterra, con una debilidad suicida, se los concedieron. Las atrocidades nazis contra otros pueblos ocurrieron luego de declarada formalmente la Segunda Guerra Mundial.

Defender hoy la soberanía de Venezuela no equivale a defender a un gobierno ni a clausurar el debate interno. Equivale a rechazar una lógica que vuelve a instalar la guerra como instrumento legítimo de orden internacional basado en los intereses del más fuerte. Equivale a afirmar que América Latina no es patio trasero ni delantero de nadie; no es zona de sacrificio, ni frontera salvaje de nadie. Y equivale, también, a asumir una responsabilidad intelectual básica: romper la amnesia histórica antes de que vuelva a escribirse, una vez más, con sangre ajena.

En el caso venezolano no existió declaración de guerra alguna: hubo, lisa y llanamente, un crimen de guerra, consistente en la invasión de un país soberano para secuestrar a sus líderes y apropiarse de la mayor reserva de petróleo del planeta.

El secuestro de la soberanía latinoamericana constituye un error histórico de consecuencias imprevisibles. ¿Con qué autoridad moral se podrá sancionar, a partir de ahora, la invasión de un país belicoso sobre una nación indefensa, si Estados Unidos ya legitimó esa conducta?

¿Cómo es posible que un país como Estados Unidos, después de esa conferencia de prensa en la que su presidente hizo trizas el orden mundial, continúe integrando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas?

Trump no solo violó todas las normas de la ONU y pulverizó tratados internacionales firmados previamente por su propio país; también humilló la legislación interna estadounidense, que le exigía demostrar que la seguridad nacional estaba amenazada por Venezuela –cosa que nunca hizo– y solicitar, con 48 horas de antelación, la autorización del Congreso para un acto de guerra y secuestro. Tampoco lo hizo. Se transformó así en un violador serial del derecho interno y del derecho internacional.

El nazismo representó un parteaguas en la historia universal porque amenazó la paz mundial e instauró la ley del más fuerte. Este 3 de enero también marca un parteaguas histórico, aunque con una diferencia fundamental: Estados Unidos es hoy la principal potencia mundial; Alemania no lo era. Era, por el contrario, una nación empobrecida por el injusto Tratado de Versalles, cuya situación fue explotada por la insanía de Adolf Hitler para encender un nacionalismo canalla que sumergió a Europa en el horror y el Holocausto.

Cuando, tras la batalla de Trafalgar, Inglaterra se erigió como primera potencia mundial y emprendió la colonización forzada de numerosos pueblos, la pérfida Albión –más allá de sus atrocidades– cuidó al menos ciertas formas diplomáticas. El Trump de Estados Unidos, en cambio, hace del desparpajo criminal un culto. Se vanagloria de su propia informalidad internacional.

Tuvo incluso la osadía de resucitar la Doctrina Monroe: América para los norteamericanos.

La verdad es que no estamos preparados para enfrentar estas nuevas horas de la historia.

Debo confesar que yo mismo me equivoqué con Donald Trump. Pensé que su elección sería un desastre para el pueblo estadounidense, pero un alivio hacia el exterior, ya que durante su primer mandato se había mostrado menos belicista que Bush o Biden y parecía interesado únicamente en la política interna. Creí que se mantendría al margen de las ambiciones imperiales. Fue exactamente lo contrario. Se convirtió en uno de los presidentes estadounidenses más abiertamente belicistas de los últimos tiempos y en el mayor violador de normas nacionales e internacionales.

Trump no fue original en la construcción de este nuevo paradigma. Se nutrió de ideas elaboradas por intelectuales y políticos imperiales que lo precedieron. La diferencia es que esas ideas hoy están siendo llevadas a la práctica.

¿Quiénes son los autores de cabecera de esta pandilla belicista que construyó el siniestro discurso del amo y el esclavo?

El expresidente Wilson, declarando ante el Congreso que “enseñaría a las repúblicas sudamericanas a elegir buenos diputados”.

Billy Sunday, definiendo a un izquierdista latinoamericano como “un tipo con hocico de puercoespín y un aliento que haría huir a un zorrino”, agregando que, de poder hacerlo, “los amontonaría a todos en prisiones hasta que se les salieran los pies por las ventanas”.

Charles Krauthammer, quien en 1999 escribió en The Washington Post: “Estados Unidos cabalga por el mundo como un coloso. Desde que Roma destruyó Cartago, ninguna potencia alcanzó las cimas a las que hemos llegado. Hemos ganado la Guerra Fría, puesto a Polonia y a la República Checa en el bolsillo y pulverizado a Serbia y Afganistán, demostrando además la inexistencia de Europa”.

Zbigniew Brzezinski, afirmando que “el objetivo de Estados Unidos debe ser mantener a nuestros vasallos en un estado de dependencia, garantizar la docilidad de nuestros súbditos y prevenir la unificación de los bárbaros”.

Henry Cabot Lodge, sosteniendo que “en el siglo XIX ningún pueblo igualó nuestras conquistas, colonización y expansión, y ahora nada nos detendrá”.

Henry Watterson, declarando que Estados Unidos es “una gran república imperial destinada a modelar el futuro del mundo como ninguna otra nación, ni siquiera el Imperio Romano”.

El exvicepresidente Cheney afirmó que Estados Unidos no debía avergonzarse de ser una gran potencia y que tenía el deber de actuar con fuerza para construir un mundo a su imagen. Rumsfeld fue aún más claro al citar a Al Capone: “Se consigue más con una palabra amable y un revólver que con solo una palabra amable”.

En este sentido, Venezuela no es una excepción sino un ensayo general. Cuando una potencia actúa de ese modo y no enfrenta sanción efectiva alguna, el mensaje es inequívoco: la excepción se convierte en regla. Lo que hoy se tolera como caso singular se incorpora mañana como antecedente operativo. El derecho internacional no cae de golpe; se vacía por acumulación de silencios. Un escenario donde se pone a prueba hasta dónde puede avanzarse sin generar una reacción significativa de la comunidad internacional. Lo que hoy se tolera como caso singular, mañana se invocará como precedente.

Podríamos continuar con decenas de declaraciones similares que conforman esta ideología del horror, pero excederían el espacio de este artículo.

La gran pregunta del momento es: ¿qué hacer?

La ruptura masiva de relaciones diplomáticas resulta inviable en un mundo capitalista donde la economía subordina a la política y donde Estados Unidos es la gran locomotora financiera global.

Cuando la correlación de fuerzas es desfavorable, solo queda la fuerza moral, aquella que Gandhi demostró capaz de poner de rodillas al Imperio Británico.

Apelo a ella proponiendo movilizar las siguientes acciones tácticas para aislar al gobierno de Donald Trump y convertirlo en un gobierno paria. No debe quedar ninguna cuerda sin tensar.

  1. Promover manifestaciones dentro de Estados Unidos que reivindiquen el derecho a la paz y exijan el juicio político a Trump por violar la legalidad estadounidense.

  2. Impulsar una declaración condenatoria de la Asamblea General de la ONU, donde más de un centenar de países repudiarán la conducta estadounidense.

  3. Que al menos un país plantee jurídicamente, con base en la Carta de la ONU, la expulsión de Estados Unidos del organismo, aunque no prospere. El solo planteo, sin precedentes, acentuará su aislamiento.

  4. Elaborar una lista negra de los gobiernos que, proclamándose democráticos, respaldaron la invasión y el secuestro. Esa lista de la infamia –incluida la deserción del presidente francés Macron– contribuirá al aislamiento del depredador.

  5. Convocar manifestaciones populares en la mayoría de los países, todos los días 3 de cada mes, en favor de la paz y contra el belicismo estadounidense.

Nuestra América Latina, declarada territorio de paz, ha sido violada. La guerra ya se ha instalado en el continente. Es hora de tomar conciencia y prepararse con nuevas ideas y prácticas realistas. Como advertía Gramsci, vivimos el tiempo en que emergen los monstruos.