Un nuevo díptico, un recorrido por lo visible y lo invisible, donde la rutina se convierte en misterio silencioso y los gestos más cotidianos parecen prolongarse en un tiempo detenido, revelando la presencia silenciosa de aquello que observa. Cada relato se refleja en el otro: invitando a descubrir la tensión y el misterio que laten entre lo que se ve y lo que no.
Lo visible
La mujer deja la cucharita sobre el plato. El sonido corta el aire con precisión, un golpe seco que parece medir la tarde. La luz entra por la ventana en franjas irregulares, iluminando su rostro por instantes y dejando sombras que se arrastran por la madera del suelo. Cada reflejo parece bailar con la memoria de días anteriores, y la tarde se siente más larga, más densa.
Frente a ella, un hombre hojea un diario. Cada página que pasa cruje como si respirara, y sus dedos rozan el papel con la lentitud de quien teme interrumpir algo invisible. Los títulos de las noticias parecen deslizarse sin sentido, pero en el movimiento pausado de las manos hay un ritmo que mantiene la calma tensa del lugar. El mozo coloca un café frente a la mujer; el vapor asciende, ondulante y frío, rozando su frente como un suspiro de lo que nadie más percibe. La mujer lo observa sin realmente mirarlo, como si su atención estuviera en un punto intermedio entre el aire y la luz.
La puerta se abre y entra un aire gélido; la bufanda roja se agita, un fragmento de color que corta la calma. Ella apenas lo nota, concentrada en la pausa entre un gesto y otro. Sus ojos parecen buscar algo que se esconde en la luz y la sombra, un secreto que no se atreve a nombrar. Cada cliente que cruza la sala parece ser observado por un tiempo que no existe fuera de ese momento, y ella se convierte en un faro silencioso que fija la mirada de lo que observa sin ser visto.
Un niño cruza la sala; sus pasos golpean la madera con un ritmo extraño, y ella lo observa con calma, como si midiera cada segundo que transcurre entre lo que se ve y lo que está a punto de suceder. Carcajadas y murmullos llenan la sala, cada sonido llega como distorsionado, lejano, con una resonancia que no pertenece al presente. Sus propios pensamientos parecen ralentizarse, entretejidos con el tiempo suspendido del espacio.
Afuera, la lluvia comienza a azotar los cristales; adentro, el tiempo parece detenerse. La mujer permanece en su gesto mínimo, cada movimiento marcado por la solemnidad de un instante que se prolonga más allá de lo posible. Algo invisible la acompaña, un peso silencioso que nadie más percibe, y la sala se convierte en un espacio donde cada sonido y cada sombra parecen contener su propio secreto. La tarde se estira, los murmullos se pliegan sobre sí mismos, y el aire parece contener la respiración de todos los que habitan aquel instante, mientras la mujer permanece inmóvil, observada por algo que no tiene rostro.
Lo oculto
Detrás de la superficie visible, todo es tensión contenida. La madera sostiene la imagen de la mujer; cada fibra, cada clavo, registra los gestos, los pasos, los murmullos de la tarde. Todo vibra con la vida que ocurre sobre ella, invisible para quienes la habitan. El polvo se acumula en las esquinas, atrapando fragmentos de luz que no alcanzan a tocarla. La humedad corroe la madera, y los crujidos surgen como advertencias, invisibles y persistentes. Cada golpe de cucharita, cada roce de la bufanda roja, cada risa: todo queda atrapado, transformado en eco silencioso de lo que nadie ve.
La corriente de aire atraviesa la sala y roza las superficies; un temblor casi imperceptible recorre la madera, un suspiro que parece contener la tensión de todo lo que ocurre. Afuera, la lluvia golpea con fuerza irregular, golpeando los cristales como si intentara hacerse oír en la quietud de la confitería. Cada fragmento de luz, cada reflejo que se mueve por la madera, queda registrado, atrapado en la memoria silenciosa que sostiene lo visible.
La mujer sigue con su gesto, ajena a la presencia que la observa, registra y retiene cada instante. La sala parece contener la respiración: pasos, murmullos, golpes, movimientos, el leve roce de la bufanda. Todo queda atrapado en esta memoria silenciosa, un testigo invisible de la tarde que se estira hasta hacerse eterna.
Y entonces un leve sonido distinto se une a la escena: algo que no debería moverse se desliza detrás de la madera, un crujido distinto, más consciente, más lento, más intencional. La mujer no lo nota, pero el espacio que la sostiene sí: observa, guarda y recuerda cada instante, cada gesto, cada movimiento… mientras la tarde se inclina hacia un silencio más profundo, donde lo visible y lo oculto parecen fundirse en una sola mirada que nunca parpadea. Cada sombra se alarga, cada fibra de la madera palpita con la memoria de lo que ocurre, y la confitería se transforma en un espacio donde la presencia invisible dicta el ritmo de lo que se percibe y de lo que permanece oculto.















