Crecí con mis abuelos maternos, y desde niña ellos fueron mi verdadera figura de familia. Mi abuelo siempre fue cariñoso con mi abuelita: jugaban como dos niños, se hacían bromas, corrían por la casa, se apoyaban en todo. Él era el proveedor, pero nunca vi una discusión por el dinero ni por lo que cada uno aportaba en el hogar. Me enseñaron que la armonía no depende de cuánto tienes, sino de la forma en que entregas lo que tienes para dar. Cada uno ofrecía lo mejor de sí desde lo que podía, y eso bastaba para vivir en paz y con amor.
También me inculcaron la fe. No éramos de ir a misa todos los domingos, pero había un ritual sagrado que aún llevo en el corazón: cada mañana, al abrir los ojos, lo primero que hacíamos era agradecer a Dios por un nuevo día de vida. Nos dábamos la bendición, poníamos los pies en el piso y empezábamos nuestra jornada con la certeza de que ese simple acto era un regalo divino. Así fui formando mi propia versión de lo que significaba seguir a Cristo: para mí ser buena cristiana era ser complaciente, no generar molestias, dar gusto a los demás aunque yo no quisiera, con la convicción de que agradando a los demás también estaba agradando a Dios.
Con esa idea crecí, y cuando me casé llevé esa dinámica a mi relación de pareja. Viví más de ocho años complaciendo a mi esposo, incapaz de expresar lo que me dolía o me incomodaba. Creía que callar era sinónimo de humildad y bondad. Me repetía que algún día recibiría la recompensa en forma de cariño, de respeto, de ternura. Pero en el fondo me estaba abandonando. Había creado una historia en mi cabeza que me mantenía atada a la complacencia y al sacrificio, una historia que me hacía pensar que mientras yo soportara en silencio, Dios iba a premiarme con el amor que tanto anhelaba.
El verdadero despertar llegó lejos de casa, en Nueva Zelanda. Allí, en medio de la soledad y de mis momentos de tejido, empecé a preguntarme si realmente estaba haciendo las cosas bien. Fue un choque profundo descubrir que estaba completamente desconectada de mí misma. Había perdido mi voz, mi capacidad de elegir, incluso lo más sencillo: cuando alguien me invitaba a un paseo, no sabía qué responder. No sabía si quería ir o si prefería quedarme. Era como si mis decisiones no me pertenecieran.
Estuve casi dos años en ese país, comenzando desde cero en una tierra extraña, rodeada de un idioma que aunque conocía, se me hacía ajeno por el acento tan particular de los kiwis. Créeme, no es lo mismo escuchar inglés en películas que intentar comprenderlo en las calles de Auckland. Al principio todo era nuevo y emocionante: conocer personas de distintas culturas, probar comidas diferentes, perderme en paisajes impresionantes, sentir la libertad de estar en un lugar tan lejano y desconocido. Pero la soledad, esa compañera silenciosa, me obligaba a mirar hacia dentro. Me llevó a hacerme preguntas incómodas, a reevaluar mi vida y a pensar si todo lo que estaba viviendo realmente valía la pena.
Mi objetivo en ese momento era conseguir la residencia para llevar a mi esposo y construir juntos una nueva vida en ese hermoso país. Pero Dios tenía otros planes. Poco a poco fui entendiendo que ya no quería la vida que había tenido antes, que mi corazón pedía otra cosa, que había partes de mí que llevaba demasiado tiempo ignorando. Cuando regresé a Colombia, lo hice con un sentimiento de desarraigo profundo. No sentía que perteneciera aquí, y por momentos me arrepentía de haber vuelto. Aún hoy, siendo sincera, siento el deseo de estar allá, en ese rincón del mundo donde descubrí mi soledad, pero también mi verdad.
Desde hace mes y medio vivo con mi mamá y mi hermana. Ha sido un tiempo para hacer mi duelo, para llorar lo que no pude llorar antes, para pensar en mí. Sin embargo, no es un camino lineal. En ocasiones me descubro repitiendo viejos patrones: hacer cosas solo para agradar a otros, buscar validación en miradas ajenas, sentir frustración por no encajar. El tiempo pasa y yo sigo enfrentándome al eco de mis propias decisiones, cargando con el dolor de haber invertido tanto en un matrimonio que al final me devolvió soledad.
Hace poco, una amiga —y estoy convencida de que Dios la puso en ese momento exacto— me llamó. Sus preguntas fueron sencillas pero transformadoras: ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? Fue un golpe de realidad darme cuenta de que hacía mucho nadie me lo preguntaba de forma sincera. Y lo más fuerte: ni yo misma me lo había preguntado. En esa conversación comprendí que necesito sanar, que debo regresar a mi esencia, que debo empezar a escucharme de nuevo.
Por eso hoy decido escribirme. Hoy me pido perdón por tratarme con tanta dureza, por exigirme siempre más de lo que podía dar, por abandonar mis necesidades en nombre de una fe mal interpretada. Acepto que este proceso es largo y que no puedo acelerarlo. Se vale llorar, se vale sentirme vacía, se vale tener días en los que no quiero hacer nada. Pero también se vale abrazarme, darme apoyo, recordar que dentro de mí existe un motor que me impulsa a reconstruirme.
No quiero volver a vivir con la prisa de cumplir expectativas ajenas. Hoy elijo dar pasos pequeños, aunque sean lentos, porque lo importante es caminar con respeto y amor propio. Entiendo que la urgencia económica, el miedo a estar sola o la necesidad de sentirme aceptada pueden desenfocarme, pero si caigo en ese círculo volvería a olvidarme de mí. Y no estoy dispuesta a hacerlo más.
Nunca imaginé lo difícil que sería reconocer que me abandoné a mí misma por complacer a otros. Pero también he descubierto algo: nunca es tarde para empezar de nuevo. Dios nos amó tanto que entregó a su Hijo para salvarnos. Él ya pagó el precio. Ahora me toca a mí hacer mi parte: amarme primero, aprender a reconocerme como hija valiosa, dejar de buscar amor en lugares equivocados. Solo cuando aprenda a amarme de verdad, estaré lista para amar a los demás y para recibir el amor auténtico que merezco.















