Siempre crecí con la idea de que emprender en Colombia era un privilegio reservado para unos pocos. En mi familia, los intentos por generar ingresos adicionales terminaron en fracasos que dejaron más silencios que aprendizajes. Cada vez que ese tema asomaba, aparecía también una sensación de desilusión colectiva que reforzaba la creencia de que crear un negocio propio era una aventura demasiado riesgosa para gente sin contactos ni capital. Esa fue la semilla que marcó mis primeros pensamientos sobre el emprendimiento: “eso no es para nosotros”.
Sin embargo, los caminos de la vida, con sus giros inesperados, suelen llevarnos justo donde menos imaginamos. Cuando regresé de Nueva Zelanda, mi familia tenía muy claro qué debía hacer: buscar cuanto antes un trabajo estable en una empresa reconocida. Me repetían que, gracias a mi inglés, conseguiría rápidamente un buen puesto. Yo escuchaba con respeto, pero en silencio algo dentro de mí vibraba diferente. Desde mi estadía en Nueva Zelanda había decidido que no quería volver a emplearme de forma tradicional, aunque aún no sabía exactamente qué quería construir.
Aun así, para intentar complacer expectativas ajenas y comprobar si estaba equivocada, envié hojas de vida, escribí a contactos conocidos y pregunté por oportunidades laborales. Nada funcionó. Ninguna puerta se abrió, ningún proceso avanzó. Y aunque cada silencio parecía una negativa, yo lo empecé a ver como un mensaje: tal vez no era por ahí. Mientras esto pasaba, seguía viva la idea del emprendimiento, una chispa pequeña pero persistente que empezó a tomar forma cuando busqué capacitaciones ofrecidas por el gobierno. Comprendí que emprender no era improvisar ni “vender algo porque sí”, sino conocer un mundo que mi familia nunca entendió: el legal, el financiero, el tributario, la estrategia, el propósito.
En esos espacios conocí historias de personas que habían fallado muchas veces, pero que habían aprendido más de lo que habían perdido. También encontré a un grupo de mujeres —muchas de ellas madres— que habían vivido situaciones de dolor profundo, maltrato emocional o rupturas complejas, y aun así se levantaron para construir algo propio. Esas historias me conmovieron y me hicieron sentir acompañada, como si existiera un hilo invisible que unía nuestras luchas, nuestras dudas y nuestros anhelos.
Hace dos meses asistí a un brunch con este grupo de emprendedoras. Llevé mi stand con toda la ilusión del mundo, pero al llegar la realidad me golpeó suavemente: nadie se acercaba. Sentí inseguridad, incomodidad y vergüenza. Me pregunté si realmente tenía algo valioso para ofrecer. Ya casi al final del evento, una mentora se acercó, observó mi mesa y me preguntó en qué consistía mi emprendimiento. Después de escucharme con atención, me dijo con honestidad que eso no se veía reflejado en mi stand. Sus palabras me dolieron, pero también me despertaron. Conversamos largo rato, y me brindó herramientas que transformaron completamente mi forma de presentar mi proyecto. Ese día aprendí algo fundamental: el emprendimiento también se construye con la mirada y la generosidad de otros.
Animada por ese impulso, seguí buscando espacios de formación. Encontré otra capacitación gratuita del gobierno donde entendí temas sobre impuestos, formalización y finanzas, asuntos que solemos evitar por miedo, pero que pueden definir la vida o muerte de un negocio. Cuanto más aprendía, más segura me sentía del camino que estaba eligiendo, aunque supiera que estaría lleno de curvas, subidas y bajadas. Emprender no es un sendero recto; es un paisaje cambiante que exige paciencia, resiliencia y la humildad de aceptar que no todo saldrá bien a la primera.
Mientras tanto, mi familia continuaba preguntándome cómo iba “la búsqueda de trabajo”. Algunas veces preferí simplemente decir que “aún nada”. No porque estuviera ocultando algo, sino porque explicar el sueño cuando está recién germinando puede ser complicado. No todo el mundo entiende un proyecto que todavía no tiene resultados visibles. Y está bien. Aprendí que hay decisiones que primero deben sostenerse desde adentro antes de ser compartidas afuera.
Mi emprendimiento nació de algo sencillo: mi amor por el crochet. Al principio solo quería que otras personas sintieran la misma satisfacción que yo al tejer. Luego quise enseñar, y más tarde, descubrí la profundidad del tejido consciente, un espacio donde cada puntada es un acto de presencia, una pausa en medio del ruido, un pequeño refugio personal. Para mí, tejer se convirtió en una forma de escucharme, de reconectar conmigo, incluso de acercarme a Dios de manera silenciosa y sutil.
A partir de esa conexión, empecé a imaginar diferentes caminos en los que mi proyecto podría tener impacto: talleres para empleados que buscan un respiro en medio del estrés laboral, espacios para adolescentes y niños que necesitan actividades que los alejen de las pantallas, o experiencias creativas para quienes quieren reconectar con su bienestar mental. Poco a poco, mi emprendimiento dejó de ser solo una idea y se convirtió en un propósito tangible.
Trabajar en algo propio me ha conectado profundamente con mis valores, mis deseos y mi identidad. Cuando se trabaja para una empresa, uno cumple un horario. Cuando se trabaja para un sueño, el compromiso es emocional, espiritual y hasta físico. Aunque requiere más esfuerzo y más horas, también trae una satisfacción que no se compara con nada. Ver avanzar mi proyecto, recibir apoyo inesperado de personas generosas y sentir que mis creaciones inspiran a otros ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida.
Lo curioso es que, en este tiempo relativamente corto, he avanzado más que en los ocho años en los que solo imaginaba emprender. Y es cierto que incluso escribir este artículo ha sido un reto, porque mientras redacto se me ocurren nuevas ideas, alternativas, rutas posibles, y termino anotándolas en mi cuaderno. Estoy aprendiendo a enfocarme, a hacer una cosa a la vez, a ordenar mi mente y a confiar en que no todo debe hacerse hoy.
De forma paralela, he empezado a cuidar más de mí. Retomé mis rutinas de ejercicio, mejoré mi alimentación, trabajé en mi diálogo interno, en cómo me observo, en cómo me trato. Este camino no ha sido solo profesional: ha sido emocional, espiritual y profundamente personal. He descubierto que emprender también es un acto de amor propio. Es un viaje de autoexploración que me ha permitido sentirme en paz, más auténtica, más consciente de quién soy y de quién quiero ser.
Hoy siento, con una claridad inmensa, que después de los 40 volví a nacer. Y esta vez, con la certeza de que estoy tejiendo un camino propio, puntada a puntada, día tras día, con paciencia, propósito y un corazón que por fin se permite soñar en grande.















