Desde que me certifiqué como coach hace ya cinco años, he escuchado muchas cosas diferentes sobre esta palabra: coaching. Opiniones, conceptos, creencias y percepciones muy variadas sobre lo que realmente implica esta práctica.
Cuando escuché por primera vez la palabra coaching, no tenía la menor idea de lo que era, de lo que significaba, ni mucho menos del impacto que podría tener en la vida de las personas. Y, por supuesto, no imaginaba que años después sería mi camino de vida.
Fue gracias a una amiga que acababa de certificarse como coach que empecé a escuchar un poco más sobre el tema. En ese momento la oía hablar con entusiasmo, pero no lograba dimensionar cómo el coaching podía aportarme algo. La verdad es que, como seres humanos, a veces somos egoístas: si algo no parece beneficiarnos directamente, simplemente no le prestamos la suficiente atención. Eso me pasaba a mí cada vez que ella mencionaba la palabra coaching.
En aquel entonces, tenía un trabajo estable, pero me sentía drenada física y emocionalmente. No disfrutaba lo que hacía, ni el ambiente, ni la cultura del lugar. Por dentro, algo me decía que no pertenecía ahí.
Por más que deseaba renunciar y hacer algo distinto, sentía que no tenía un plan B lo suficientemente sólido como para dejarlo todo. Analizaba mis opciones, pero eran tan limitadas como mis pensamientos. No lograba ver más allá de lo que conocía y sabía. Y, claro, no podía hacerlo porque no tenía claridad sobre lo que realmente me gustaba, aquello que me apasionara y me hiciera sentir plena.
La pregunta “¿qué quiero?” empezó a resonar con más fuerza en mi cabeza. La incomodidad por estar donde no quería me abrumaba, y fue entonces cuando la vida me llevó a reencontrarme en una nueva conversación con mi amiga —la misma que tantas veces me hablaba del coaching—.
Fue ahí cuando me animé a preguntarle: ¿Qué es realmente el coaching? ¿Qué hace un coach? ¿Cómo ayuda a las personas? Buscaba respuestas que me ayudaran a entender mi momento actual.
Sus palabras fueron el inicio de un nuevo camino. Me explicó: “El coaching es una herramienta poderosa que ayuda a las personas a encontrar respuestas, propósito y claridad. Te enseña a conocerte, a ver opciones donde antes no las veías, a avanzar con confianza, a tomar decisiones desde un nivel más consciente y a encontrar dentro de ti el poder para lograr lo que te propongas”.
Y agregó algo que me marcó profundamente: “Si no tienes un objetivo claro, el coaching te ayuda a encontrarlo, a disfrutar el proceso y, sobre todo, te enseña a hacerte las preguntas que realmente importan”.
¡Voilà! Era exactamente lo que necesitaba. ¿Cómo era posible que no la hubiera escuchado antes? En ese instante dije: Esto es lo que necesito. Y mi siguiente pregunta fue inmediata: ¿Dónde lo estudiaste?
Me habló de su escuela y de su mentor, un gran ser humano y profesional lleno de sabiduría y propósito. Me encantó lo que escuché y decidí averiguar más. Encontré un curso gratuito de cuatro clases sobre coaching que impartía su mentor y, sin pensarlo, me inscribí.
Aquellas cuatro clases fueron oro puro para mí. Empecé a ver mi realidad desde otros ojos. Descubrí que tenía opciones, que mi falta de claridad era lo que me impedía avanzar. Sentí una nueva energía, emoción, motivación y ganas de aprender más.
Sin duda quería certificarme como coach, pero había un pequeño problema: era plena pandemia, me había quedado sin trabajo y mis ahorros eran limitados. Pero decidí no esperar más. Aunque tenía gastos y responsabilidades, hablé con mi pareja en ese entonces, y le conté lo que quería hacer. Era una inversión en mí y en mi futuro. Él me apoyó y me impulsó a seguir lo que sentía como mi nuevo camino.
Inicié mi certificación en octubre de 2020 y durante seis meses estuve completamente inmersa en el aprendizaje. Fueron horas de estudio, práctica, reflexión y autodescubrimiento. Más allá del conocimiento técnico, fue un viaje hacia mi interior.
Y ahí comprendí la verdadera magia del coaching: no puedes guiar a nadie hacia un lugar al que tú no has ido. Antes de ser coach para otros, tuve que ser mi primera clienta. Cada clase, cada ejercicio y cada práctica se convirtieron en un espacio de transformación personal.
Aprendí a identificar creencias que me limitaban, a reconocer patrones que se repetían, a cambiar hábitos que no me hacían bien. Reprogramé mi mente, aprendí a hablarme con amabilidad, a poner límites sanos, a dejar de culparme y a asumir la responsabilidad de mis acciones. Empecé a tomar decisiones desde un nivel de conciencia diferente.
Poco a poco fui viendo los cambios en mí. Lograba mis objetivos de manera más tranquila, disfrutando el proceso. Me sentía feliz, conectada, plena. Y con cada avance entendía algo más profundo: la magia del coaching está en que te enseña a mirar hacia adentro para transformar lo de afuera.
Entonces lo tuve claro: quería llevar el coaching muy lejos. Quería ayudar a miles de personas que, como yo, buscan respuestas, claridad y propósito. Y pensé: Si yo pude, todos pueden hacerlo, si realmente lo desean.
¿Recuerdas que al principio mencioné que los seres humanos solemos ser egoístas? Esta historia lo confirma. Mi búsqueda “egoísta” por encontrar mis propias respuestas me llevó, sin planearlo, a descubrir el propósito más grande de mi vida: ayudar a otros a encontrar las suyas. Esa es la verdadera magia del coaching: empiezas buscando bienestar para ti y terminas descubriendo que tu bienestar está profundamente conectado con el de los demás.















