“La loca de la casa” es una expresión muy coloquial y conocida en Colombia, o al menos es ahí donde más la he escuchado a lo largo de mi vida.
La primera vez que la escuché fue de uno de mis mentores mientras realizaba mi primer taller de Eneagrama. Recuerdo claramente cómo, en medio de la explicación sobre tipologías, miedos, luces y sombras de la personalidad, soltó esta frase: “Hay que saber manejar a la loca de la casa”.
Por supuesto, no solo yo, sino también mis compañeros, lo miramos con extrañeza. Nos sonreímos entre nosotros intentando descifrar a quién se refería y por qué hablaba de una “loca”.
Casi de inmediato, él mismo aclaró la duda. Señalándose la cabeza con el dedo índice repitió: Sí, la loca de la casa… la mente.
Esa que, si la dejas suelta, hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere.
En ese momento soltamos la risa y, con total asombro, aceptamos que tenía toda la razón.
Han pasado ya más de seis años desde ese día y esa expresión marcó un antes y un después en mi vida. Tanto, que la adopté y hoy la utilizo constantemente en mis sesiones de coaching y Eneagrama. Porque ponerle nombre a la mente crea conciencia: nos permite observarla, reconocerla y dejar de identificarnos ciegamente con ella.
Y es ahí donde muchas personas se dan cuenta de algo importante: no es la situación la que más pesa, sino la interpretación que hacemos de ella. No es lo que pasa, sino lo que la mente dice que está pasando. Cuando no somos conscientes de esa voz interna, terminamos reaccionando desde el miedo, la prisa o la exigencia.
Piensa en esto: dos personas pueden vivir la misma situación y sentir cosas completamente distintas. Una recibe un mensaje corto y lo interpreta como ‘está ocupado’. Otra recibe el mismo mensaje y su mente lo convierte en ‘ya no le importo’. Una escucha un comentario y lo procesa como una opinión. Otra lo siente como ataque. No cambió el hecho. Cambió la historia que la mente construyó alrededor del hecho.
Y esa historia suele construirse rápido. Tan rápido, que ni siquiera nos damos cuenta de que lo que estamos viviendo no es el presente, sino una película mental. Una película hecha de recuerdos, heridas, miedos, expectativas y necesidad de control. Por eso, muchas veces la mente no solo piensa: dirige.
Controlar a “la loca de la casa” —y lo digo con todo el amor— no significa reprimirla, sino conocernos. Es darnos la oportunidad de observar nuestros pensamientos, entender desde dónde tomamos decisiones, cómo reaccionamos ante las opiniones de otros y cuánto poder le damos a esa voz interna que muchas veces dirige nuestra vida en automático.
La mente está presente todo el tiempo. Es el sobrepensar constante, la indecisión, la duda, los escenarios catastróficos que aún no existen. Es la reacción inmediata por la supervivencia, el “tengo que defenderme”, el vivir en alerta permanente. Es el hacer sin parar y el alejarnos de nuestra esencia por miedo a no encajar o a no cumplir con lo que otros esperan.
Y no siempre se siente como ansiedad evidente. A veces se siente como urgencia. Como prisa. Como necesidad de responder ya, decidir ya, resolver ya. Como esa incomodidad de “si no lo hago ahora, algo malo va a pasar”. La mente ama la inmediatez porque cree que así controla. Pero muchas veces esa urgencia solo es miedo disfrazado.
Es esa voz interna que sabotea: la que dice que no eres suficiente, que no sabes lo necesario, que no tienes la capacidad o el talento. La que te mantiene paralizada por miedo, ansiedad, frustración o por la falsa sensación de seguridad de quedarte donde estás.
Y lo más delicado es que la mente no siempre se presenta como enemiga. A veces se presenta como “prudencia”. Como “realismo”. Como “sentido común”. Y sí: hay momentos donde pensar ayuda. Pero cuando pensar se convierte en una prisión, deja de ser una herramienta. Se convierte en una jaula.
En mi proceso personal de autoconocimiento tuve que enfrentarme a muchos de esos pensamientos. Tuve que mirarme de frente, reconocer mis distintas versiones, hablarme con amor y elegirme incluso con miedo. Aprendí a decirle a la loca de mi casa: stop. A partir de hoy, decido yo.
No fue un cambio de un día para otro. Fue más bien una práctica: darme cuenta de cuándo mi mente estaba narrando una historia, cuándo estaba interpretando sin evidencia, cuándo estaba exagerando un escenario, y cuándo me estaba desconectando de mi presente. Porque cuando la mente toma el control, el cuerpo lo siente: tensión en el pecho, mandíbula apretada, respiración corta, cansancio mental. El cuerpo siempre avisa.
No es que la mente haya desaparecido. No lo hace. Sigue ahí. Pero hoy sé identificarla, observarla y elegir conscientemente qué pensamientos escucho y cuáles no. Hoy entiendo que la decisión siempre es mía.
A mí me ha servido empezar por preguntas simples, de esas que te devuelven al presente.
Preguntas que, en medio del ruido, te devuelven a ti:
¿Esto que estoy pensando es un hecho o una interpretación?
¿Tengo evidencia real o estoy completando la historia?
¿Este pensamiento me acerca a mi paz o me la quita?
¿Estoy reaccionando o estoy eligiendo?
No se trata de pensar “positivo”. Se trata de pensar con tu verdad. Con responsabilidad. Con conciencia. Porque el objetivo no es dejar la mente en blanco; el objetivo es dejar de vivir comandados por ella.
Cuando no observamos nuestra mente, ella toma el control silenciosamente. Decide por nosotros, interpreta por nosotros y nos mantiene atrapados en historias que no siempre son reales. Y así, poco a poco, dejamos de vivir desde la presencia para sobrevivir desde el pensamiento.
Y eso mismo quiero invitarte a hacer hoy.
A mirar con amor a la loca de tu casa. A identificar esos pensamientos que te autosabotean, que te hacen dudar de ti, que te alejan de tu esencia y de tu felicidad. A cuestionar esa voz que te impide avanzar por miedo al juicio externo o a no cumplir expectativas.
Todos los días tenemos la oportunidad de elegir: elegir desde el miedo o desde la conciencia; desde el piloto automático o desde la presencia.
Que hoy sea el día en que decidas tomar el control de tus pensamientos y mirarte al espejo con amor, con confianza y con la certeza de que sí eres capaz.
Yo lo elijo todos los días. Algunos días con más claridad que otros. Pero siempre recordando que no soy mi mente… soy quien puede observarla, cuestionarla y elegir conscientemente cómo vivir.















