(…) La lámpara arrojaba una débil claridad, de suerte que el cuarto estaba casi en tinieblas. Llegué hasta su sillón sin ser sentido, y por curiosidad, sólo por curiosidad, alargué el cuello por encima de su hombro para ver lo que leía. Era un libro de Magia. (…) Cuando se me pasó, vi a Eroteida que estaba a mi lado; pero a Eroteida más deslumbrante que nunca, con su soberbia majestad sólo comparable a la de Semiramis; a Eroteida que sonreía y clavaba sus pupilas en las mías. Sus magníficas pupilas. Jamás me había mirado así, jamás. (…) Mi fantástica imaginación sueña tantas cosas, que a veces me río de mis visiones nocturnas. (…) Al separar mis manos de su garganta, su rostro estaba cárdeno. ¡La había estrangulado!

“Eroteida” encarna la voz de un femicida. Quien escribe es Matilde Elena Wili. El cuento es publicado a fines del siglo XIX.

No hay registros biográficos de Wili porque es el último de los pseudónimos que usaba la entrerriana Raimunda Torres y Quiroga al escribir. No se sabe cuándo nació, cuándo murió ni dónde, que hizo además de escribir. Su actividad es casi fantasmal y pareciese una necesidad ocultarse bajo diferentes nombres para poder hablar.

Raimunda escribe y publica en las revistas “El correo de las niñas”, “La ondina del Plata”, “El álbum del hogar” y “La alborada literaria del Plata”. En esta última, Raimunda enfrenta directa y punzante: “(…) La mujer no ha nacido para ser esclava de la familia, como pretende Alberdi”, no solamente contestándole al político tucumano, sino también a Josefina Pelliza de Sagasta, otra columnista con quien tenían ideas opuestas sobre la educación y la posición de la mujer en la sociedad. Raimunda publicaba sosteniendo su apoyo a la emancipación y Josefina la contradecía: educación sí, emancipación no.

En “Una lengua emancipada. Sátira, prensa y política en Raimunda Torres y Quiroga” de María Vicens transcribe el coro de voces femeninas que se pronuncian a favor y en contra de esta consigna:

–Señoritas, va a tratarse de una cuestión interesantísima: ¡de la Emancipación de la Mujer! –murmuró Doña Yo con voz grave, y arrojando una mirada indefinible sobre el numeroso auditorio.

–¡La Emancipación de la Mujer! ¡Qué horror! –exclamó Tijerita levantándose.

–¡La empantalonización de la mujer! ¡El juicio final es preferible! –dijo Rosita santiguándose.

–¡Magnífico! Profirió Raymunda, haciendo una cabriola con su enorme… ¡cimiento izquierdo!

–¡Sublime tema para un artículo! –profirió Eufrasia.

–¡La mujer debe ser libre, tener la misma independencia que el hombre! –expuso Eulalia.

Y cierra el pasaje con esta reflexión:

¿Por qué se quiere poner un control a nuestra libertad? ¿Por qué someternos a un odioso pupilaje? La mujer posee tantas facultades como el hombre y no son las suyas inferiores a las de su feliz rival.

En este artículo, “Doña Yo” refiere a Raimunda bajo el seudónimo de Luciérnaga, y “Tijerita” es el seudónimo de Pelliza de Sagasta. Eulalia es Eulalia Manso, hija de Juana Manso, Eufrasia es Eufrasia Cabral y Raymunda, ella misma.

Maria Vicens escribe: “El entre nos femenino que la prensa para mujeres había ido entretejiendo en sus páginas es aprovechado y redireccionado para construir un imaginario en torno al debate sobre la emancipación, mantenerlo vigente en la arena pública y explayar sus argumentos. Más allá de entender ese doblez que propone a partir de la sátira, me interesa particularmente recuperar esta zona de su escritura porque inscribe a Torres y Quiroga dentro de una extensa genealogía que había aprovechado las páginas de la prensa para articular voces femeninas que reclamaban a ese Estado naciente una serie de derechos negados por la norma jurídica. Es decir, performan a través de la ficcionalización que presupone la sátira aquella ciudadanía deseada y denegada, transformando esos espacios frívolos del periodismo, destinados a la prosa ligera y el cotorreo, en ámbitos de discusión política”.

Pelliza de Sagasta preserva su nombre para contestarle a Raimunda: “A la señorita Raymunda Torres y Quiroga vamos a darle un consejo, ¿nos lo permite? (…) Déjese de emancipación porque entusiasmándose tanto puede perder el… asunto y dejar a la mujer argentina sin su más decidida defensa”. En medio de este enfrentamiento es cuando Josefina asume la dirección de la revista. Luciérnaga, Celeste, Madre Selva, Leopoldo y Estela con cada uno sus posiciones estéticas, no hablan más, no escriben, desaparecen. Raimunda asume en carne propia las consecuencias de la polémica y es relegada a las sombras.

Al tiempo, Josefina se entera de que Raimunda está prácticamente en ruinas y con la misma mano que le cerró la puerta, le abre otra en “El álbum del hogar”, revista con dirección del poeta Gervasio Méndez. Allí Raimunda se calza a Matilde Elena Wili para discutir aquello que la justicia les negaba a las mujeres y mostrar la realidad de muchas.

Para la tradición eslava, las Wilis son fantasmas de mujeres traicionadas o abandonadas que vagan por los caminos en busca de hombres que anden solos. Los seducen, los invitan a bailar, los hacen moverse hasta morir de agotamiento.

Los personajes de Matilde Elena Wili vuelven para vengarse y tener la justicia que en vida se les negó.

Luego de la publicación de dichos cuentos en 1884, no hay noticias de Raimunda. No hay registros de nuevas voces ni de las anteriores. No vuelve a hablar.

Sin embargo, hace una década atrás Carlos Abraham publicó un ensayo donde recopila y analiza la producción fantástica y de terror de Raimunda. A comienzos de este año se presentó en la sala Borges de la Biblioteca Nacional el libro “Fantasías” de Sandra Gasparini con el ensayo de Vicens, donde se recopila parte de su producción literaria y sus artículos publicados en las revistas. Este libro forma parte de la colección Las Antiguas del sello Buena Vista Editora.

Pareciera que dos siglos después, Raimunda vuelve para susurrar que las cosas no cambiaron demasiado.