Si hiciéramos el ejercicio de pensar en qué tipos de situaciones han provocado sufrimiento a nuestra vida, probablemente muchos de nosotros podríamos hacer una lista muy larga y honesta. Y es que el sufrimiento, como sabemos, es inseparable de nuestra naturaleza humana, y aunque no sea algo agradable de sentir, nadie puede determinar no vivirlo.

En muchas ocasiones, la existencia misma nos presenta escenarios dolorosos, en los que a veces somos espectadores y nos dolemos desde la empatía. En otros, somos personajes activos de la trama, y en otras circunstancias, somos los protagonistas de un drama que pareciera no tener fin.

Tan fuerte y tan intenso se puede llegar a sufrir por algo, que nuestros pensamientos parecieran perderse en un abismo negro y vacío, en donde sentimos que cada segundo de vida tuviera el peso de siglos en nuestra alma, donde el respirar se hace consciente y la vida misma se hace compleja en cada fracción de aire. Tan oscura y fría puede llegar a ser esa fosa, que a veces solo quisiéramos cerrar los ojos, que nuestros pensamientos y emociones desaparecieran y probablemente, no despertar nunca más. Y estos momentos pueden llegar a ser muy peligrosos o también pudiesen darnos, un desconocido, pero dulce fruto.

Probablemente, no existe otro sentimiento más detonante para poner en duda la soberanía o la existencia misma de Dios, que un profundo y doloroso sufrimiento. Y es que el dolor nunca viene solo y suele acompañarse de un grupo de camaradas muy oportunos, como la rabia, la frustración, el engaño, la vergüenza, y muchas veces, una palpable y muy presente sensación de injusticia. La cual puede impulsar fuertemente a nuestro corazón, a posicionarse como juez y desde ese lugar determinar, si la razón de su pesar es justa o no.

En esta posición, el dolor pasa a ser el motivo principal de nuestra propia defensa, y levantamos fuertemente un estandarte que pareciera poseer la causa más recta de la tierra y persuadidos de aquello, hacemos pactos internos y nos autoconvencemos que así el dolor se apaciguara un poco. Y pensamos en nuestro corazón...: “Nunca más permitiré que me pase algo como esto”, “Jamás volveré a sufrir así", “Nadie me volverá a hacer daño”, “Solo hasta aquí me permito sufrir”… Pero, ¿qué pasa si nos entregamos al dolor?, si permitimos que ese manto de tristeza inunde nuestro corazón y dejamos que nos lleve a lugares recónditos de nuestra alma, ¿será que el ser humano puede vivir bien un dolor?

Si sufrir es parte de nuestra vida, probablemente resistir al dolor no sea el camino. Sin embargo, entiendo que no queramos estar ahí, ni menos pasar una temporada que no sabemos cuando terminará, ni a qué lugares desconocidos nos llevará. C.S. Lewis, en su libro Una pena en observación, el cual escribió luego de la muerte de su esposa, dice: “Nadie me dijo nunca que el dolor se pareciera tanto al miedo”. Y es que puede llegar a ser aterrador descubrir espacios de tu propio corazón que ni siquiera sabías que existían, acompañado de una sensación de vacío horrenda, donde todo parece perder sentido, fuerza y valor. Mientras al mismo tiempo, tu cuerpo reacciona y comienzas a sentir confusión, un nudo en tu estómago, y una constante opresión en el pecho, que dificulta incluso tu respirar.

Claramente, ninguno de nosotros quisiera estar ahí, y a veces tampoco mirar, sin embargo, hay formas de poder transitar el dolor de manera favorable. Si bien es cierto que en estos procesos también está el riesgo de entrar y luego no poder salir; hay maneras saludables de poder hacerlo y evitar caer en depresión.

Creyentes y no creyentes sienten la pena de la misma manera, sin embargo, el verdadero creyente busca vivirla distinta, ¿por qué?, porque a pesar de la situación que esté atravesando, tiene incrustado en su interior, que a través del dolor, Dios trabajará y transformará su corazón. Sabe que el sufrimiento es la materia prima con la que Dios podrá purificar su alma y hacerlo más semejante a Cristo. Sin embargo, también sabe que en medio de la prueba se está demasiado vulnerable y débil, y que a pesar de haber reconocido y aceptado su dolor, necesita vivirlo en compañía, rodeado de personas que lo amen y lo apoyen.

Cuando el cristiano busca sufrir bien y se sabe necesitado, su dependencia de Cristo aumenta, los atributos de Dios se hacen más tangibles, su oración es más fervorosa, los medios de gracia son su pasaje diario y la Palabra escrita, se transforma literalmente en una poderosa y tierna voz que calma nuestra angustia y nos esperanza con lo venidero. Y todo esto, es sin duda un tremendo beneficio, a nuestra humildad, madurez y gratitud futura.

¿Será beneficioso el dolor solo para las personas creyentes? La verdad es que no… y es que existe también un grupo de hombres y mujeres a las que Dios ha regalado una parte especial de su corazón, y aunque probablemente no todos ellos estén conscientes de su dador, son personas que tienen la capacidad de traducir en gracia los momentos más oscuros de sus vidas. Cuando la tristeza se apodera de nuestro todo y un fuego interno pareciera quemarnos con avidez la vida, aparece Dios, y en un acto de humilde entrega, permite que este gremio de personas fallidas, sean capaces de producir belleza a través del divino y sublime acto de crear. Este tipo de seres humanos, a los cuales las contradicciones de la vida les son el alimento diario, suelen también ser amados por muchos, y al mismo tiempo despreciados por otros. Estos hombres y mujeres suelen llevar el singular nombre de artistas, y yo los amo profundamente y también me considero parte de ellos.

Siempre he sido una admiradora de Van Gogh, no solo de su arte, el cual me parece de una genialidad inmedible, sino también de su vida. No porque ésta haya sido en términos sociales “buena” si no por como cada situación desastrosa lo llevó a un grado de vulnerabilidad más profundo y con ello fue capaz de crear un tremendo legado artístico que existe hasta el día de hoy.

Vincent sufría de depresión y paranoia, y luego del trágico suceso de cortarse la oreja fue recluido en un hospital psiquiátrico, mientras sus vecinos le temían y se referían a él como “el loco pelirrojo”. Sin embargo, una de las cosas más llamativas es lo que ocurre posteriormente a ese evento mientras está internado por algunos periodos en distintos centros psiquiátricos, y es que a pesar de sufrir fuertes crisis, hubo algo que no dejó de hacer nunca, y pintó y retrató cada vez que pudo sin descanso; paisajes, corredores, lirios, noches, cuidadores y más de treinta autorretratos, dos de ellos con la oreja vendada.

No intento con eso avalar una condición mental difícil como algo positivo, ni romantizar situaciones que son dolorosas, si no poder ver cómo lo dañado e imperfecto puede ser capaz de concebir una belleza desconocida. Russ Ramsey, en su libro La desaparición de Rembrandt, se cuestiona cómo esas situaciones de vulnerabilidad pueden sacar algo provechoso del alma y dice: ¿Qué hizo Vincent con su humillación como paciente? Pintó y muchísima belleza salió de esa etapa de su vida, pero una gran humillación y rechazo público la facilitaron”. A veces solo desearíamos que el acto de crear simplemente floreciera de situaciones coloquiales, y aunque también se puede crear a través de la felicidad, es en general, en medio del sufrimiento, que aparecen nuestros cuestionamientos más profundos sobre la existencia, y lo esencial de la vida pareciera verse con mayor nitidez que nunca.

Así que entonces, me atrevería a decir que para cristianos y artistas, el sufrimiento es el camino por donde transitar. Para los cristianos es un precioso medio de redención, y la meta de parecernos a Cristo, hace que cada prueba sea muchas veces un trago amargo en esta vida, pero un dulce manjar en la eternidad.

Para los artistas, es un medio por donde encontrar la verdad, abrazar la fragilidad, reconocer nuestra pobreza espiritual y disponer en total libertad la sensibilidad que Dios nos ha dado. Solo así podemos dar forma a esos profundos dolores, donde las palabras corrientes no alcanzan, las formas habituales se diluyen y el alma se remece dentro de un cuerpo que se le hace pequeño. Pero, es ahí donde aparece el arte, que en un lenguaje desconocido y celestial, es el único capaz, haciendo honor a su Creador, de concebir una inusual belleza, en medio del quebranto.