Empieza un nuevo año, después de las fiestas y celebraciones, de los cierres de cuentas y despedidas de los 365 días pasados, iniciamos otro ciclo con promesas que esperamos cumplir y deseos que queremos hacer realidad. Es quizás la mejor época para proyectar y desear, porque es como si se renovara la energía y, con ella, la fuerza para concretar lo que queremos realizar.
Sin embargo, el comienzo de año es un —inicio que no siempre significa un reinicio— porque entramos en la rueda del tiempo que marcan los calendarios y, sin darnos cuenta, muchas veces aplazamos los planes o se olvidan los propósitos, pues entramos en el ritmo de los días, semanas y meses.
Usamos los calendarios para planear y vivir la vida, definiendo los días de descanso, los de trabajo, las vacaciones y el tiempo que dedicaremos a las actividades que consideramos importantes.
Por eso es maravilloso el inicio de un nuevo año, pues nos permite hacer una pausa que significa detener el tiempo para respirar y tomar el aire que refresca la agenda con recomendaciones, planes, proyectos e ilusiones que nos dan la fuerza para planificar, idear y soñar con lo que queremos realizar.
Poco a poco pasan las horas y los días, al inicio, como todo lo nuevo, parece que se abre el horizonte y el panorama de la renovación o cambio se vislumbra con entusiasmo. No obstante, paulatinamente y casi sin darnos cuenta, pasan las semanas y, con ellas, las hojas del calendario, mientras se difuminan algunos de los propósitos de inicio de año, como el agua que se coge con las manos, las hojas se dan la vuelta para dejar atrás lo planeado como una forma de ser olvidado.
Entonces volvemos al ritmo de lo normal, a la cotidianidad y la rutina del día a día y vamos sintiendo que el tiempo pasa volando, igual que vamos sumando calendarios viejos en el archivo del pasado. Semanas y meses en los que celebramos cumpleaños y aniversarios, como instantes que nos conectan con la vida que tenemos y pausas refrescantes de la vida que pasa día a día.
El tiempo medido en los calendarios y los horarios de la planificación de la vida no suele tener el espacio para anotar lo más importante que es vivir al ritmo propio, al del corazón que no sabe de días ni de metas, sino de su latido fuerte o lento, agitado o cansado porque muchas veces vamos tan rápido que poco nos detenemos para respirar, inspirando lo bello que es estar vivos y exhalando para limpiarnos mientras descansamos.¿Sabías que existen una gran variedad de calendarios? Casi tantos como historia y creencias tenemos los seres humanos. La idea de medir el tiempo es tan antigua que nos lleva a la prehistoria con medidas del tiempo como:
Las del Hueso de Ishango (África central, aprox. 20.000 años a.C.).
El calendario sumerio (3000 a.C.).
El egipcio (aprox. 2700 a.C.).
Y el de Stonehenge (Inglaterra, 3000–2000 a.C.), que continúa vigente en tanto que los megalitos mantienen su función de observatorio que refleja la alineación de los astros.
Hay también otros calendarios antiguos que siguen vigentes:
El chino con su simbolismo animal (2000 a.C.).
El maya y el azteca, que llevan distintas cuentas del tiempo, desde las más cortas relativas a las cosechas hasta las más largas asociadas al movimiento galáctico.
Asimismo, están los calendarios inca y aymara, que continúan vivos entre los habitantes de los Andes, que mantienen la visión ancestral del espacio-tiempo.
Además, los calendarios ecológicos de la Amazonía cuentan los complejos ciclos acordes con la diversidad y exuberancia de la selva.
La lista de calendarios es amplia e incluye otros como el ateniense, romano, hijri (islam), hebreo, juliano y el conocido gregoriano. Existen tantos como posibilidades de contar las lunas, los cambios de posicionamiento del sol y el paso de las estrellas en relación con la Tierra, según el lugar que se habita.
Algunos calendarios son solares, otros lunares y algunos mixtos, pero todos tienen en común la medición del tiempo terrestre en relación con el espacio cósmico y los movimientos de los astros. Por ello son una guía para realizar actividades y festividades, dado que no solo tienen que ver con los ciclos de siembra y recolección, sino también con la celebración de los ciclos vitales.
Sin embargo, pese a la observación astronómica que mide la relación entre el espacio-tiempo con los astros y la Tierra, el calendario Gregoriano —que es el más extendido y rige la vida civil prácticamente en todo el planeta— no considera los movimientos solares de los solsticios y equinoccios, como tampoco tiene en cuenta las fases y ciclos lunares.
En términos prácticos, esto significa que la vida de los seres humanos está sincronizada con un calendario que rige las actividades civiles, pero no las existenciales y profundas que tienen que ver con los ritmos vitales. Es decir, se mide el tiempo para realizar actividades económicas, como fechas de pagos y días de cierre de contabilidades; o para fines sociales, con calendarios laborales y escolares; además de las actividades administrativas y legales en casi todo el mundo.
Es práctico que todos en el planeta tengamos el mismo calendario porque nos permite coordinarnos, organizarnos y hasta convivir, pero también es un hecho que al dejar por fuera los ciclos cósmicos y telúricos, nos alejamos del ritmo natural de la vida y de la profundidad de la existencia que va más allá de las actividades civiles y productivas.
En el mundo productivo y, con las reglas civiles establecidas, especialmente en occidente, nos hemos perdido del propósito de coordinar la vida y la existencia con respecto a los astros y la naturaleza. Por ejemplo, vamos a la peluquería cuando podemos o tenemos un evento, pero pocas veces lo hacemos porque es el día propicio según la fase lunar que facilita el crecimiento o evita la caída del cabello. Es que somos iguales que las plantas, tenemos épocas favorables para la poda, el abono y también para el descanso.
Y aunque hay ciclos vitales —como los de cada siete años de los que hablaban los abuelos o los septenios según Rudolf Steiner—, nos olvidamos de ellos, que es lo mismo que olvidarnos de nosotros mismos. Así pasan los calendarios, las semanas, meses y años sin que tengamos presentes los ciclos existenciales que implican cambios y renovaciones, arraigos o rupturas, y que avanzan igual que el tiempo de vida que tenemos.
Estamos en el tiempo del olvido, como si la amnesia colectiva se hubiera esparcido para hacernos entrar en el sopor de la insoportable levedad del ser humano concentrado en producir y consumir en un modo de vida que le da prioridad al tener por encima del ser. En la sociedad alejada de los ciclos cósmicos y telúricos es fácil medir la vida en el éxito en bienes materiales, olvidando que al final de la existencia solo quedarán para la descendencia, en el mejor de los casos.
Si solo vemos el tiempo lineal para las tareas cotidianas, olvidamos la importancia de mantenernos centrados en el propósito del Ser que trasciende las metas diarias para sentir la esencia de quienes en realidad somos.
Por eso, es el momento propicio para volver a nosotros, para recuperar la memoria personal y colectiva que nos permite redefinir y redignificar el sentido de la vida. Porque el tiempo vuela y con él se van los propósitos.
Así que hoy, aquí y ahora, en este inicio de año podemos empezar por ponernos en el centro del Ser, con acciones diarias tan sencillas como efectivas, como volver a respirar la vida según nuestro ritmo y expectativas existenciales.Es tan fácil como inspirarnos respirando, siendo conscientes que al tomar el aire estamos oxigenando el cuerpo, pausando el ritmo, calmando la mente y nutriendo al corazón para aclararnos, sentirnos, vivirnos. Cuando exhalamos soltamos tensiones, para liberarnos de cargas y despejar el entendimiento, dejando que pasen los pensamientos repetitivos que dominan nuestra vida para permitir que se vayan como las nubes que se lleva el viento.
De esta manera podemos estar conectados con el cosmos y con la tierra que somos, para saber cuándo la luna nos altera, sea llena o nueva, creciente o descendiente. Tenemos la posibilidad de celebrar los solsticios y equinoccios, para que no solo sean las fiestas de fin de año o los fuegos que saltamos en junio, sino eventos que contribuyan a definir los propósitos, a cerrar los ciclos y a darle sentido a que estemos vivos más allá de los horarios y de las cuenta del tiempo que encasillan las posibilidad de la existencia del Ser humanos.
Es ahora, aquí y ahora. Es en el eterno presente cuando podemos mirar al cielo para comprender nuestros estados de ánimo y para descifrar las posibilidades de actuar en concordancia con los ritmos de la existencia humana, que también es galáctica, cósmica y telúrica.
Ahora es cuando podemos trascender los planes y proyectos para poner en el centro lo más importante de la vida: querernos y amarnos sin fechas ni horarios, porque como dice la canción “quererse no tiene horarios, ni fecha en el calendario cuando las ganas se juntan” (Caballo Viejo, Simón Díaz). Y esas ganas simplemente pasan por querernos y así activar nuestra esencia que es inmaterial y humana.















