Si tuviera que elegir la pregunta que más veces me ha rondado la cabeza, sería una muy simple y a la vez, abrumadora: ¿en qué soy buena yo?
Recuerdo que me sentaba por largos instantes a pensar cómo podía descubrirlo. Admiraba a todas esas personas —artistas, cantantes, deportistas— que parecían haber sabido desde siempre lo que les apasionaba y, lo mejor de todo, que habían aprendido a vivir de eso, de sus talentos, de estar conectados consigo mismos. Los veía, los admiraba, pero al mismo tiempo un sentimiento de nostalgia me acompañaba y me hacía preguntar: ¿y yo qué? ¿Quién soy? ¿Cómo hago para saber en qué soy buena?
Y así vivía, en la dualidad de mis sentimientos. Porque sí, era muy buena en lo que hacía. Durante más de 15 años me entregué por completo a mi trabajo; sabía con certeza que mi desempeño, mis conocimientos y mi experiencia me garantizaban reconocimiento y estabilidad. Ese éxito tan anhelado y celebrado por el mundo exterior y, por supuesto, también por mí. Aproveché cada oportunidad, cada experiencia para crecer, formarme y crear una vida tranquila que me permitiera hacer lo que quisiera sin mayores preocupaciones.
Fueron años bonitos, de los que estoy profundamente agradecida por todo lo que aprendí, viajé y compartí.
Y aunque amé cada versión de mí en ese camino, no puedo mentir. Detrás de los logros, los viajes y el reconocimiento, había un eco constante, un susurro que me recordaba que algo faltaba. El éxito llenaba mi vida, pero no llenaba mi alma. Lo que hacía me gustaba, sí, pero no vibraba con esa pasión que te hace sentir que estás exactamente donde debes estar.
Cuando el ruido interno empezó a ser más fuerte y la pregunta ¿en qué soy buena yo? se convirtió en algo realmente importante, me di cuenta de que mi relación de pareja me estaba mostrando el espejo de todo lo que yo anhelaba. Mi novio en ese momento, un ingeniero de sistemas, se entregaba cada día con una pasión absoluta a su profesión. Recuerdo que lo miraba y le hacía preguntas llenas de curiosidad, preguntas que en realidad eran para mí: ¿Siempre supiste que esto era lo tuyo? ¿Qué sientes al hacer tu trabajo? Siempre me decía que lo había sabido desde niño, que las computadoras eran lo suyo, y su respuesta a ¿harías esto toda tu vida? era un sí rotundo.
Yo lo miraba y, aunque lo admiraba, también sentía un poco de envidia, por esa plenitud de haber encontrado lo que te mueve. En contraste, yo me sentía atrapada en mis pensamientos, con la sensación de que lo mío no era suficiente, de que algo más me estaba esperando. Pero ¿dónde?, ¿cómo?, ¿qué?, ¿cuándo? No lograba encontrar ni media respuesta que me diera un poco de alivio.
Fue durante la pandemia, recién desempleada, que esa pregunta se hizo más intensa. Una tarde cualquiera, mientras tomábamos un vino en el sofá de su casa, empezamos a conversar sobre nuestras historias de vida. Fue entonces cuando él, al compartirme una vivencia en particular, me habló por primera vez de algo llamado “eneagrama”. Una palabra extraña y completamente nueva para mí, pero que él describía como una herramienta que lo había ayudado años atrás a encontrar respuestas, a conocerse más y a avanzar con mayor claridad.
Mi mente racional reaccionó de inmediato: “Si a él, que ya sabe lo que le gusta, le sirvió… a mí también me puede servir”.
No lo pensé mucho. Le pedí el contacto y esa misma noche me encontré en la página de Facebook que me había mencionado, leyendo la información sobre un taller inmersivo online llamado ‘El Despertar del Ser’. Sentí que era el lugar correcto. Sin darle más vueltas, presioné el botón de pago y me inscribí, sin tener idea alguna de lo que me iba a encontrar, pero con un nivel de expectativa ‘alto’.
Antes de iniciar, tuve que pasar por una pequeña entrevista con el facilitador, quien decidiría si era apta o no para hacer el taller. Recuerdo que pensé: ¡wau!, ¿una entrevista? Lejos de desanimarme, ese filtro me confirmó que estaba en el lugar indicado. Por primera vez, antes incluso de empezar, se me pedía mirar hacia adentro. Llené el formulario con honestidad, tuve la entrevista y finalmente fui aceptada.
Fueron cinco días intensos, con una mezcla de expectativas, emociones y ganas de obtener respuestas, pero también con un poco de susto por lo que me iba a encontrar. Ver que conmigo había tres personas más que, al igual que yo, buscaban respuestas, me dio mi primer gran alivio. Pensé: ¡No estoy sola!
Ese taller fue mi puerta de entrada a una matriz de sabiduría, energía y, lo más importante, respuestas a esas preguntas que llevaba años haciéndome. Descubrí que el Eneagrama es un mapa de autoconocimiento que explica que dentro de nosotros existen nueve personalidades diferentes. Todas viven en nosotros, pero una de ellas nos rige con más fuerza y condiciona gran parte de nuestras decisiones y comportamientos.
Estas personalidades, o eneatipos, vienen acompañadas de características muy específicas que te muestran directamente sus luces y sombras. Es decir, todo lo “bueno” que nos gusta escuchar de nosotros, pero también aquello que muchas veces no queremos ver. A través de un cuestionario, puedes empezar a identificar con cuál de esas tipologías resuenas más. Además, existen conceptos como las alas y los centros operativos (racional, emocional o instintivo) que enriquecen el mapa, y fue aquí donde tuve mi primer gran descubrimiento.
Descubrí que era una tipología 6, conocida en el eneagrama como el Leal. Esta personalidad, en su luz, es confiada, valiente y segura. Ama trabajar en equipo, es responsable y siempre está preparada para cualquier eventualidad. Una parte de mí gritaba ¡sí, esa soy yo!, pero otra dudaba: ¿será que sí, será que no? Necesitaba validar urgentemente lo que estaba sintiendo.
Y antes de que pudiera preguntarle al mentor sobre mis dudas, él empezó a explicar las sombras del 6. Resulta que esta tipología es la que más duda dentro del eneagrama. Necesita validación externa para avanzar, el miedo a fallar se eleva en momentos de inseguridad y pierde por completo la confianza en sí misma. Cuando escuché eso, todo encajó. Era exactamente lo que había estado pasando por mi mente durante horas: la duda constante, el miedo a hablar por temor a estar equivocada.
No fue con mis luces que me identifiqué; fue gracias a las sombras del 6 que me vi de verdad. Y en esa oscuridad, paradójicamente, encontré la mayor de las luces: la aceptación. Entendí que esas dudas no me hacían débil, simplemente me hacían humana. Me hacían ser yo.
Me permití comprender que eso que por años consideré “malo” no lo era. Era parte de una sombra que, si me permitía aceptarla, podía transformar. Podía enfocarme en las luces de mi tipología, en reconocer mis talentos, mi coraje y atreverme a tomar decisiones con la certeza de obtener resultados increíbles. No era un descubrimiento nuevo, era algo que ya había experimentado, pero la distracción en mis miedos no me dejaba recordarlo.
Todo este torbellino de autodescubrimiento me trajo de vuelta, inevitablemente, a la pregunta que lo inició todo: Entonces, ¿en qué soy buena yo?
El Eneagrama me enseñó que la pregunta nunca fue ¿en qué soy buena?, sino ¿quién soy? Al entender mis motivaciones, mis miedos y mis talentos innatos, reconocí que amo trabajar con personas, escuchar, ayudar y mostrar a otros que existen diferentes formas de ver la realidad, y que todas son completamente válidas.
El Eneagrama es profundo: revela las máscaras del ego y nos invita a un viaje interno de aceptación y transformación.
Hoy, reconozco el Eneagrama como mi GPS interno. Gracias a esta herramienta, entendí que todos cargamos una brújula en el alma, una guía que nos permite regresar a nosotros mismos cada vez que nos sentimos perdidos. Y esa brújula, cuando la sigues, no solo te ayuda a descubrir en qué eres bueno, sino a recordar quién eres en esencia.
Después de años de profundizar en esta herramienta, puedo decir que el Eneagrama me ayudó a encontrar mi propósito y a vivir con más claridad. Comprendí que la plenitud no se trata solo de lo que haces, sino de conocerte, aceptarte y aprender a caminar tu propio camino con conciencia.
Hoy te invito a iniciar tu propio viaje de autoconocimiento, a encontrar tu GPS. Te animo a hacerte las preguntas difíciles y a confiar en que las respuestas ya están dentro de ti.
El GPS interno de tu vida ya está instalado de fábrica. No tienes que buscarlo fuera. Solo necesitas el coraje de encenderlo, la confianza para seguir la ruta que te marca y la aceptación para entender que, a veces, un desvío es simplemente una nueva forma de llegar a casa: a ti.















