Cuando éramos niños, íbamos con nuestros padres a “La Pacífica”, una hermosa hacienda con hotel y áreas de recreo apenas a unos kilómetros de casa, un poco antes del puente sobre el río Corobicí. Visitábamos por lo general al área de las piscinas o bien el “zoológico”; el viejo hotel nunca llegué a conocerlo.
Muchos años después me enteraría de que lo que creíamos que era simplemente un zoológico privado (nosotros los niños, quiero decir), era más que eso, y que aquella hacienda guardaba además de mis secretos, muchos otros a lo largo de más de un siglo. No les voy a hablar aquí de mi secreto en aquella hacienda, para ello ya escribí una novela, sino del albergue de animales.
De la piscina, mis buenos recuerdos tratan del curso de natación que recibimos las juventudes de la Cruz Roja por parte de un instructor del Ejército de Salvación de los EEUU, y las conversaciones en francés que tuve con los dueños, que de vez en cuando apaciguaban el rigor del clima nadando en la piscina. Eran realmente dos, una para niños, y otra para adultos, semiolímpica. Pero eso no tiene importancia para nuestros fines.
No todos lo saben, pero la “Hacienda La Pacífica” tiene más historia de la que incluso un nativo podría imaginar. Cuando Pacífica de las Piedades Fernández Guardia nació el 17 de julio de 1864, en Alajuela, Costa Rica, su padre, Próspero Fernández Oreamuno, tenía 29 años y su madre, María Cristina Guardia Gutiérrez, 22. Luego, muchos años después (bien se entiende), se casaría con el Lic. Ramón Bernardo Soto Alfaro, que al igual que su padre llegaría a ser presidente de la república costarricense.
La Hacienda la Pacífica fue un obsequio de su esposo, para que ella tuviese un lugar de descanso, al que bautizó igual que su consorte. La casa original, construida con cedro y pocho al norte del cantón de Cañas en el año 1888, tenía elementos arquitectónicos con cierto aire europeo, como era el gusto y estilo de la clase alta en aquella época. Se conserva como ruina, como un armazón tenaz que se niega a regresar al polvo, como testimonio de otros tiempos en la bella hacienda de 2000 hectáreas.
Todo esto, sin embargo, no es lo que deseo contarles, pero que sirva de marco de referencia para que tengan al menos una vaga idea del lugar de los hechos.
Pues bien, luego de la muerte de doña Pacífica en 1919, a la edad de 55 años, la hacienda tuvo más historia, saltaremos, hasta 1959, el año de la llegada de don Werner Hagnauer y su esposa, la Sra. Lilly Bodmer. Llegaron de Suiza a la “Suiza de Centroamérica”, como solían llamar a Costa Rica, aunque eso está pasando de moda, para incorporarse al equipo de producción de la hacienda, hasta que en 1971 la compraron y continuaron con el proyecto de agricultura sostenible.
Probablemente una de las primeras veces que estuve en la hacienda fue en 1976, pero de eso dije que ya he hablado en otras partes, pero lo menciono para mostrar que crecí en medio de aquellos paisajes agrestes del trópico seco, y forman parte de mí, de lo que soy, cualquier cosa que esto signifique.
Durante los años 50, lamentablemente la deforestación en Guanacaste estaba en su punto más alto, por lo que mucha fauna perdió su hábitat y sus corredores naturales; y también existía la costumbre deplorable de capturarlos para ser mantenidos como mascotas o para el comercio ilegal. Por eso, la Sra. Lilly, quien siempre tuvo una visión conservacionista, comenzó a recibir fauna silvestre de particulares y de funcionarios del gobierno, e incluso compró algunos animales para salvar sus vidas y brindarles el cuidado adecuado.
En 1985, decidieron vender la hacienda y mantuvieron unas 25 hectáreas, donde, en 1989, fundaron lo que hoy conocemos como el “Centro de Rescate y Santuario Las Pumas”. Esto fue una mejora de lo que en los 70s y principio de los 80s era un incipiente refugio para animales que confundíamos con un zoológico.
Don Werner Hagnauer y su esposa Señora Lilly Bodmer.
Muchos recuerdos quedaron entre los árboles, y muchos secretos entre las aguas. Los turistas llenos de curiosidad caminan ahora admirando jaguares, pumas, saínos, lapas, monos aulladores y cariblancos saltando entre las ramas, resguardados en su protegido hábitat todos aquellos que no regresarán jamás por sus heridas o enfermedades a la selva.
Parece triste a veces, que grandes felinos que llegaron siendo cachorros nunca aprendieran a cazar ni conocieran a su madre, muerta en una carretera o de un disparo de cazador ilegal. Pero allí al menos pasan sus días tranquilos, despertando la conciencia de los visitantes para crear mejores leyes y más amor por la vida silvestre.
En la página1 del refugio Las Pumas puede leerse:
Doña Lilly falleció en 2001 y don Werner en 2015, pero ambos dejaron un legado invaluable para la conservación de la vida silvestre en Costa Rica: el Centro de Rescate y Santuario Las Pumas.
¡Cuánto le debemos los costarricenses! Soy afortunado de haberlos conocido y darles las gracias, aunque fuera en mi francés elemental de entonces.